ARTE

A

Tras la visita a dos museos de Buenos Aires, el cronista se pregunta si el arte moderno es inquietud antes que certeza, cuántas formas hay de exhibir un quiebre, un signo de interrogación sobre la experiencia estética. 

 

Por Horacio Mohando

@ladraqueperro

 

 

Museo de Arte Moderno de Buenos Aires

Av. San Juan 350

Martes a viernes: 11 a 19 hs. Sábados, domingos y feriados: 11 a 20 hs. Lunes cerrado (excepto feriados).

Entrada general: $5. Martes gratis.

 

Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires

Av. San Juan 328

Lunes a viernes de 12:00 a 19:00. Sábados y domingos de 11:00 a 19:30. Martes cerrado.

Adultos: $ 25. Estudiantes, docentes y jubilados (o mayores de 65) con acreditación vigente: $ 15.

 

Lo curioso es la actualidad que presenta el viejo concepto estético de arte moderno. Incluso, si seguimos con esta cruzada de lo instantáneo como única fuente de placer, si este es el horizonte de apariencia ineludible, la sola propuesta de materializar una idea, y que esta idea a su vez sea más importante que su representación, no deja de tener su espíritu revolucionario. Sin olvidar, claro, que nos han tocado tiempos donde las revoluciones no solo son televisadas, sino que además reproducidas en pantallas que se sostienen con las manos y que por lo tanto tienen el mismo impacto que una mosca contra un vidrio. 

Por otra parte, si bien sabemos que esta distancia entre concepto y materialización es intencional, es válido preguntarse si esta brecha es parte de la génesis de una obra de arte, un elemento constitutivo esencial o la resignación a la incapacidad, la asunción, teorizada a posteriori, de nuestra natural falta de talento para concretizar lo pensado. La otra parte de la duda que surge es cuál es el elemento que nos lleva a cubrir esta distancia, ya sea de la mano, de los pelos o a patadas. Entre el plástico, la madera y cualquier otro material alejado de la nobleza utilizado para la creación artística moderna, habría un anzuelo dispuesto a clavarse en la otra orilla, a hacer fuerza para angostar lo máximo posible el río de incertidumbre que corre a los pies del visitante de un museo.

Alguna vez, caminando por las salas del Museo Nacional de Bellas Artes, descubrí lo obvio: la dificultad de expresar y, en consecuencia, de compartir la experiencia de estar parado frente a, por ejemplo, un cuadro que nos fascina o perturba de manera sutil y silenciosa. Empujado por la compulsiva y personal necesidad de ponerle palabras a todo, para combatir de manera sentimental el espíritu científico asociado al vacío, investigué, leí, pregunté a los que saben, hice una visita guiada. Aprendí, contextualicé, eduqué un poco, sin ningún tipo de pedagogía, la percepción. Una tarde de sábado, parado otra vez delante del objeto de mi inquietud, la certeza descendió, llevándose por delante cualquier pared academicista que haya intentado construir, cual epifanía, paradójica, de clase media con aspiraciones: el arte es una herramienta útil para sentirse menos solo. O, en todo caso, tiene la capacidad de incluir en su recorrido lugares donde la soledad sirve como descanso. 

Ese fue el espíritu que me acompaño hasta la Av. San Juan. Sin espera, sin hacer ninguna larga cola y un precio accesible, mientras subía las escaleras del MAMBA, se me vino a la cabeza esa costumbre que tiene el ser nacional, sacándole brillo a su chapa de burgués, de visitar cuanto museo se le cruce al recorrer las calles de la capital europea elegida como destino vacacional. La falta de fe, siempre necesaria para llegar a las conclusiones correctas, me hizo asegurar que ese hábito no se replica cuando, aduana mediante, de turista glorioso vuelve a su estado inicial de habitante del suelo argentino.

El acervo del MAMBA, cuantioso, exhibe la vistosa desprolijidad de la variación. Si el arte moderno es inquietud antes que certeza, es lícito preguntarse cuantas formas hay de exhibir un quiebre, un signo de interrogación, una duda. No hay que responder millones o infinitas, provocando el exceso que provoca la anulación. En el arte, más que en ningún otro lugar, todo es lo mismo que decir nada. La renuncia explícita a determinados estándares de ninguna manera implica que debemos conformarnos con la intención ni que este asegurado, debido al corrimiento del goce banal de lo sensorial, el movimiento interno de la reflexión provocada. La teoría y la función del arte llevadas hacia el lado del disfrute refinado proveniente del cerebro confiesa aquello que hasta ese momento las corrientes artísticas nunca se animaron a decir del todo: es para unos pocos. Somos la élite pensante, la que reflexiona, la que se despoja de la belleza prefabricada de la imitación para llevarte al desorden industrial y vacío de nuestro tiempo. Si no sos capaz de ver eso en un migitorio dado vuelta, no sos digno.

No hace falta cruzarse de vereda, literal ni metafóricamente. El arte contemporáneo está al lado. El edificio es más amargo, más chico, más sobrio, más oscuro. Al momento de mi recorrida, la exhibición en el MACBA era Percezione E Illusione: Arte Programmata E Cinetica Italiana. Arte cinético. Más parecido a una feria de ciencias de la secundaria, muchísima más aburrida que la lisergia argentina del museo anterior, el triple de fascinante. Pero no hay distancia. El conocimiento sigue siendo la llave. De lo contrario las obras serán vistas como una caja de plástico con luces, una caja cortada, un colgante sobrevaluado. Así que hay que acercarse al cartelito pegado al costado.

Se habla, en defensa del arte, que la reacción puede ser cualquiera. El militante a ultranza dirá que la indiferencia también es válida. Se argumentará, dependiendo la corriente dominante, que lo importante es la obra y no el artista, aunque su nombre cuelgue largo y vistoso en el frente. Y si todo esto falla, si queda alguna luz o bordes imperfectos que no encastran, la solución  final está escrita en la pared de una sala, en las páginas de un catálogo. Si no funciona, el mecanismo efectivo de defensa es la culpa. Si no lo ves, si no entendés, es por tus limitaciones. Es el espectador quien debe terminar la costura, quien debe responder la interpelación propuesta, quien debe terminar de soldar, de pintar, de amasar, de sumar basura, como si la responsabilidad última fuera suya y de nadie más. Forzando el límite de su orgullo se busca que diga que sí, que ahora entiende intención y desarrollo. Se lo suma a la cadena de legitimación de la que se desconoce su eslabón inicial pero se sabe que está hecha de cristal. Cuando la luz la atraviesa, se descompone en todos los colores del mundo, incluido el del dinero.