RESEÑA

El llamado a las armas

Por Horacio Mohando

 

En una isla del Delta Panorámico, ese espacio literario, simbólico y mental en el que una tras otra transcurren las ficciones de Marcelo Cohen, se desarrolla Algo más, esta nueva novela del autor con el foco puesto en el conflicto político que tendrá en dos rebeldes un contrapunto fructífero como una especie de bastión último de la resistencia artística.

 

Algo Más
Marcelo Cohen
Páprika, 2015


Gaco y Tamastú se conocen en una esquina. Uno lleva una piedra en la mano y el otro, un palo. Están en el medio de un levantamiento del pueblo contra el gobierno de la Isla Kump. Se lee: “lo primero que sorprendió a cada uno fue la cortesía del otro”. Después, se pondrán a hablar y descubrirán que piensan parecido o que en todo caso sus ideas, fantasías débiles de argumento, pueden ser complementarias. Llevan a cabo un plan, errático, largo, que avanza obligado por los fracasos, para cambiar el mundo. Las herramientas elegidas: el cine y otras artes, la agricultura. Esto es lo que pasa en Algo Más, la nueva novela de Marcelo Cohen. 

Es fácil reconocer un escrito de Marcelo Cohen. Lugares inventados, un coqueteo perverso y no asumido del todo con la ciencia ficción, los neologismos o la resignificación de las palabras. La literatura, dijo en una entrevista, está para darnos maneras de decir que nos permitan liberarnos de un régimen del decir. Y este intento de producir un lenguaje más relacionado a una estructura sensitiva (una palabra significa también por el lugar que ocupa en una frase) que al simple y desesperado intento de cualquiera de contar una historia, es lo que nos permite decir que Cohen es Gaco y Tamastú. Un revolucionario sin intenciones claras para los que lo observan, aferrado, sin paradoja de por medio, a un clasicismo inventado por él mismo (lo justo sería decir cultor de una prosa inusual de larga tradición). Efectivo, brillante la mayoría de las veces, en este caso en particular se filtra una sensación de herramienta desapasionada. Cierto desgaste, cierta falta de lubricación y desacople que no deja que se produzca la unidad de verborragia compleja pero sólida a la que tiene acostumbrado a sus lectores.

No hay falta de mérito. En esta novela, en toda la obra de Cohen, el estilo tiene alta dosis de riesgo, afrenta incluso para los más avezados amantes de la literatura. Hay frases de una belleza rara y extraordinaria. De tanto en tanto otras brillan por su simpleza. A veces una palabra sola, desubicada, demasiado actual para tanto escape a referencias temporales y geográficas concretas, emerge victoriosa. Y aun así, los hechos se suceden sin descanso, con pasos largos y rápidos, sin detenerse en detalles, descripciones exhaustivas y vaciados, por suerte, de ese defecto tan común de querer explicar lo innecesario. El mundo de Gaco y Tamastú se nos va revelando de a retazos, tal como estamos construyendo a Marte en nuestras cabezas con titulares de noticias. 

Pero es la historia, el largo y variado camino de nuestros héroes culturales, la que de a poco termina restando brillo a Algo Más. Acá vale preguntarse si esto es un defecto de la obra o si una vez más el contexto (siempre, el contexto) el momento justo donde sale publicada, no es un factor determinante para esta apreciación. ¿Cuántas veces nos han contado hasta hoy, incluso a veces como Historia y Verdad, una revolución? ¿Cuántas veces nos la presentaron simbolizada, encriptada, hecha metáfora, disimulada en realidades paralelas, en futuros y pasados ciertos e inciertos, en sátiras, en verso, en formato haiku o grafiti? La literatura es siempre el relato de una revuelta y por eso es justo reclamar que no sea siempre lo mismo. El problema es que el trabajo intencional, arduo e inteligente sobre el lenguaje no solo que no alcanza a borrar esa sensación de deja vú sino que por el contrario expone el nivel poco ambicioso del universo simbólico propuesto. El gobierno opresor es un gobierno opresor, la burocracia son Ministerios y Secretarías, se cortan alas con impuestos, se combate con dinero cualquier tipo de poesía. No alcanza entonces con cambiarles el nombre, con demostrar ingenio nominativo para que el relato se nutra de capas o significados que sean más profundos y que a su vez lo expandan hacia lugares de novedad o de pregunta.

Lo bueno es que Marcelo Cohen va a seguir escribiendo. Y ese es el espíritu que conquista y queremos acompañar, ese es el romanticismo anacrónico con que seduce un héroe. Como dice Namastú frente a un aparato volador desarmado “vivimos de la reanimación de lo obsoleto”. Y esa es toda una declaración de guerra.