ENSAYO



Antígona y las leyes


Por Néstor López

 

 

"Es una ley antigua la que nos manda esconder abajo nuestra miseria.”

Antígona Vélez

 

El pasado 24 de abril, la presidenta Cristina Kirchner se reunió en la Casa Rosada con dos jóvenes militantes del Pro que fueron agredidos en diferentes circunstancias y por diferentes motivos. Uno de ellos es Pedro Robledo, quien se encontraba en una fiesta junto a su novio, y fue agredido físicamente por alguien con quien había discutido acerca de lo que podía o no podía hacer debido a su orientación sexual. El otro es Demián Martínez Naya, quien participó en la marcha del 18 de abril contra la reforma judicial que promovía el gobierno. En cierto momento, los manifestantes quisieron entrar al Congreso y Demian se interpuso, junto con otros, en las puertas del parlamento tratando de evitar que la situación se desbordara. En virtud de ese acto de abnegación, la presidenta interpretó (habrá interpretado) un gesto heroico en defensa de las instituciones, a pesar de que esas mismas instituciones no lo representaran del todo, ya que Demian pertenece a otro partido político, el Pro, de Mauricio Macri. 

Son dos casos distintos pero en ambos se distingue una relación particular entre el imperio de la ley, la práctica de la violencia y el ejercicio del poder. No es casual que involucrarse hoy en cuestiones políticas y reclamar ciertos derechos tenga este tipo de consecuencias, que pone en evidencia un esquema tácito en el que la ley, la violencia o el poder se ejercen para manifestar el lugar que uno ocupa o pretende defender. Se ha naturalizado la idea de que no se puede participar de la cosa pública sin que uno de esos tres elementos esté en juego y el cuerpo no opere como mediador de esa relación.

De todas formas, lo que interesa aquí no es evaluar la eficacia que puedan llegar a tener las acciones aisladas de estos jóvenes en su espacio político (en particular) o en la política del país (en general) que, de todos modos, sospechamos intrascendente. Lo más interesante de estos incidentes es la interpretación y la posterior clave de lectura que la presidenta ofreció en torno a la agresión sufrida por Robledo, registrada en una serie de tweets que escribió el 27 de marzo, recién enterada de la agresión:

Confieso que he releído Antígona, de Sófocles, innumerable cantidad de veces para entender la libertad de la que habla la presidenta, incluso releí Antígona Vélez de Marechal, escritor ligado al peronismo, con la esperanza de entender mejor. Pero seguía empantanado en pleno proceso hermenéutico. Hasta que finalmente comprendí que el tema central de la tragedia griega y de su versión criolla no es la libertad ni la condición humana, sino los dos sistemas jurídicos que están enfrentados: la ley del Estado y las leyes divinas; o la ley de la llanura y la ley de los dioses, para decirlo con Marechal. En ambas, la libertad no es sino un modo de actuar dentro de los dos sistemas de leyes conocidos, pero sólo uno es social y políticamente válido: el respeto de las leyes escritas, es decir, de las instituciones.

El problema al que se enfrenta Antígona como personaje trágico es que sus dos hermanos han muerto en la guerra: uno defendiendo a su pueblo; el otro como soldado enemigo. El primero será velado con todos los honores; el cadáver del segundo, en tanto desertor, debe quedar insepulto. Traicionar ese decreto del rey supone pagar con la vida. Pero Antígona actúa en función de una ley más antigua (la de los dioses) y por eso decide enterrar ella misma a su hermano, asumiendo las consecuencias. Lo que está en juego no es la libertad de acción, ni la condición humana, sino el respeto de la ley del Estado que rige la vida de los hombres y que asegura el principio de sociabilidad en un espacio determinado.

Antígona es un caso diametralmente opuesto al de Pedro Robledo. A él lo amparan dos leyes escritas contra actos de discriminación, la Ley n° 23.592 (sancionada en 1988) y la Ley n° 24.782 (sancionda en 1997), así como también varios artículos de la Constitución Nacional. No obstante, los representantes de las leyes de Dios en el mundo (la Iglesia) no reconocen el derecho de Pedro Robledo a celebrar el matrimonio con alguien de su mismo sexo, amparándose en un dudoso concepto de ley natural. Entonces cabe la pregunta, ¿por qué Cristina nos recomienda la lectura de Antígona para entender el caso de Robledo? 

¿Nuestra Presidenta habrá entendido mal el argumento de la obra a causa de una lectura superficial o de una erudición fallida? ¿O será que el mito de Antígona refleja el modo en que Cristina entiende su relación con la Justicia de los hombres, y se considera una víctima de ella? En los tiempos que corren (a días de haberse sancionado en el Congreso las leyes que reforman el sistema judicial) resulta sumamente llamativa, y hasta disparatada, la referencia al mito de Antígona, ya que este personaje trágico nunca puede imponer su deseo por sobre la justicia de los hombres, y mucho menos por sobre las decisiones que toma el poder. No obstante, Cristina Kirchner ha podido superar el hecho de sentirse víctima del sistema judicial (que le negó la posibilidad de enterrar a su enemigo más acérrimo) y lograr, al mismo tiempo, la modificación de esas leyes que le dan la libertad de acción sobre la que twiteaba. De esta forma, la Presidenta ha logrado concretar esta fantasía singular de ser Antígona y Creonte al mismo tiempo, de ser la víctima de un sistema jurídico y la encargada de dictar nuevas leyes, acordes a su voluntad.  Como si en este momento tan especial que vive el país, el problema más urgente a resolver fuera pura y exclusivamente judicial, convirtiendo en una cuestión de Estado una pelea de larga data entre dos particulares.

Se produce así un retorno a eso que Foucault describe en La verdad y las formas jurídicas como la lógica del antiguo Derecho Germánico, en la que el derecho es una forma reglamentada de hacer la guerra, y el procedimiento legal es una ritualización de la lucha entre individuos. En ese sistema jurídico (en el que sólo hay dos personas implicadas) no se opone la guerra a la justicia, ni se identifica la justicia a la paz, ya que el derecho es una forma singular de encadenar actos de venganza: “El derecho es, en consecuencia, la forma ritual de la guerra.” El rol del Estado, en este supuesto, se limita al de garantizar que ese enfrentamiento se perpetúe en un marco legal creado ad hoc.

Ahora bien, si el poder judicial es sometido a sucesivos cambios que aseguren la manera de ritualizar el litigio permanente, y la política se entiende como un sistema de confrontación inagotable, esta realidad pone en evidencia que todo está atravesado por la política y que nadie puede tomarse la libertad de ser neutral. La realidad nos interpela, la política nos obliga a tomar partido, debemos comprometernos con una causa, estar informados sobre todos los temas de la agenda, renunciar a la posibilidad de desentendernos y poner el cuerpo cuando la defensa de una idea se prolongue hasta en las calles. ¿Por qué nos acostumbramos a esto? ¿Será esta la tragedia que nos tocó en suerte y en la que debemos identificarnos con estos héroes de barro que la realidad nos ofrece?

Resulta evidente que la obra de Sófocles no nos ayuda a interpretar los casos aislados de dos militantes, sino que nos permite descubrir cuáles son los motivos profundos que animan al mandatario de turno a hacer que la ley de Estado, de los dioses y del gobernante, coincidan en un mismo objetivo, del que aún ignoramos sus consecuencias definitivas, mientras dudamos entre un sentimiento de piedad o temor.