ARTE

Otra visita al MAMBA

Mientras las colecciones de arte argentino comienzan a salir de los depósitos para exhibirse en los museos,  el trabajo curatorial deja  en evidencia ciertos desajustes como en las muestras del renovado MAMBA.

Por Belén Coluccio
 





MAMBA; San Juan 350.

Horario: 
Martes a viernes: 11 a 19 hs.  Sábados, domingos y feriados: 11 a 20 hs.  Lunes cerrado (excepto feriados). 

Entrada:
Entrada general: $15. Martes gratis.


Los nuevos enfoques de investigación y curaduría de arte argentino permiten valorar esta producción como un conjunto de gran interés que, en relación con los grandes centros de tradición artística, posee una dinámica propia y original. Estas nuevas miradas también se instalan en el ámbito de la gestión de las colecciones nacionales. El caso más paradigmático es la renovación completa del MNBA, que aún se está llevando a cabo y que implicó que por primera vez se catalogara toda su enorme colección. En los últimos años, todos los museos que poseen obra nacional han inaugurado una gran cantidad de muestras que revisan y ponen en valor la obra guardada en los depósitos, editan publicaciones y realizan debates públicos y seminarios.  Además en los últimos años se abrieron numerosos museos públicos y privados dedicados sobre todo al arte argentino y latinoamericano(I) . Con tanta oferta, propuesta e invitación, nos sentimos como público tentados a acercarnos quizá por vez primera a ese gran e indescifrable misterio que es el arte contemporáneo argentino, el de los últimos ’60 años, donde parecen sobresalir como puntas de iceberg los nombres de De La Vega, Minujín y León Ferrari.  

El ejercicio de visitar los museos públicos nacionales nos  permite acercarnos no sólo a las obras  sino también  a las formas de construir el relato artístico nacional. 

Es el último domingo de vacaciones de invierno. Llovizna, pero la feria de la calle Defensa del barrio de San Telmo está repleta. Llegando a la avenida San Juan, y casi como  una continuación de la feria, se entra al MAMBA,  el flamante Museo de Arte Moderno de Buenos Aires re-inaugurado hace poco más de 3 años  después de su completa remodelación y  protagonista de varias polémicas(II) . Hay 6 muestras  abiertas al público y gran cantidad de visitantes muy activos, moviéndose a través de las salas, mirando las obras con curiosidad, comentando, elaborando hipótesis en voz alta. Ese clima tan entusiasta me lleva a preguntarme: si  la cultura es parte de la identidad, entonces,  ¿qué lugar tiene el arte contemporáneo dentro de esa construcción?  ¿Qué es lo que permite que una escultura lumínica o ese piano forrado de plumas multicolores, un poncho salteño,  una escultura de Lola Mora y  un abanico colonial sean considerados “patrimonio nacional”? ¿Cuánto de la identidad argentina resguarda el arte contemporáneo, el de los últimos 60 años?

Me detengo entonces en dos muestras que revisan el acervo del museo. Parece ser una marca de la gestión de la curadora Victoria Noorthoorn, actual directora del museo. Ambas  llevan muchísimos meses  en exhibición. 

“Argentina lisérgica” cuyo texto curatorial afirma que “existe una psicodelia nacional” y reúne un conjunto importante de obras de los ’60 y ’70 de arte argentino cinético, lumínico, algo de diseño grafico, algún registro de performance.  Pero el criterio con el que se maneja me resulta absolutamente incomprensible o bien, increíblemente banal.  Permanece en el misterio cuál es el interés o la reflexión en la elección de ese conjunto de obras, algunas muy dispares entre ellas. Parecería  más bien que hay como una especie  de intención de querer acercar al público al arte moderno  generando una propuesta  “ganchera”, casi picarona. Pero estamos más desorientados que divertidos.  De acuerdo con la propuesta de su directora, el Museo propone“(…) escuchar lo que las imágenes tienen para decirnos, en lugar de fomentar siempre el lugar de la interpretación. En este gran Museo nos interesa tanto la interpretación como la experiencia de las obras; vamos por un museo que afirma la experiencia de los sentidos.”  Eso suena muy bien, pero ciertas tesis curatoriales realizadas con tanta contundencia  necesitan de un acompañamiento, puesto que lo que se está exhibiendo no son solamente las obras sino también su lectura.

Mi impresión al ver la muestra es que detrás de esa afirmación tirada al aire hay un lugar común de estigmatización del artista como sujeto marginal,  como alguien que está metido en su propio (y loco) mundo, aislado de la realidad social.

Y creo no estar tan equivocada, porque en el 2do piso y como para contrarrestar esta impresión, la muestra “Vencedores y vencidos”  reúne 50 obras en las cuales  “se pone de manifiesto, de diversas maneras, la dimensión de la violencia a lo largo de los últimos 60 años”, dándonos una imagen de un arte político, comprometido, militante.  Pero, ¿quiénes son esos vencedores y quienes los vencidos a los que se hace referencia? El título ya propone una lectura binaria, que no permite atender a la tensión que radica en esas obras, su violencia real. 

Tampoco pareciera haber un cuidado especial en la situación de percepción de las obras. No se ven grandes decisiones en los modos de disponerlas ni de iluminarlas, ni se sugerir un cierto recorrido a través de la sala. En la cultura de la sobreinformación y de la completa mediación de la imagen, si no se estimulan otros modos de percepción es difícil que surja una mirada profunda sobre el objeto de arte. Estamos hablando de una institución estatal que no puede no hacerse cargo de una mirada pedagógica e inclusiva sobre el patrimonio, teniendo en cuenta la cultura visual de la época en la que vivimos.  ¿Cómo haremos los ciudadanos para valorar y cuidar esas obras? ¿Por qué se supone que merecen ser adquiridas y mantenidas por el Estado?

Me dejo atravesar por la experiencia de las muestras y solo me genera una sensación de apatía. En lugar de encontrar espacios para mi propia reflexión, la falta de herramientas para acercarse a las obras se siente como un desamparo. 

Pienso entonces cual sería el modo de acercarse a esas obras que, a pesar de todo, siguen estando ahí presentes, hablando para nosotros.   Una forma puede ser prestar atención a esas “intuiciones” que aparecen en la primera vista, y jugar a seguirlas, a ver dónde llevan.  Mirar el espacio de la muestra como una totalidad, intentar hacer lecturas de relación.  Agrupar las obras, pensar cómo están dispuestas en la sala, si uno las hubiera dispuesto de otra manera. Arriesgarse a completar todos los datos “ausentes” que crea que le faltan para leer las obras. Al imaginar esa reconstrucción seguramente aparezcan otros  datos y pensamientos novedosos que permitan apropiarme de ese conjunto y sentirlo más cercano. 

 

 


 

(I)  Museo del Mar de Mar del Plata (2013), el Museo de Arte Tigre (2006), el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (2012), el museo de la Colección Fortabat (2008)  por nombrar solo unos pocos.

(II)  La que más repercusiones tuvo fue la que terminó con la formación del colectivo de Artistas Organizados. http://artistasorganizados.wordpress.com/