RESEÑA

Pasajero en tránsito

En la nueva novela de Eduardo Muslip, el escritor en viaje apuesta a la observación y a la exploración cuando la travesía no es sólo una excusa para la escritura, sino un momento donde todo sucede y se ramifica de maneras impensadas.

Por Juan Maisonnave

Avion,
Eduardo Muslip
Baltt&Ríos, 2015


¿Qué hace un escritor durante el viaje? ¿Toma notas, lee con la luz individual que le toque sobre la marcha, escribe incómodo en asientos poco aptos para cuerpos voluminosos o largos, corrige algo distraído un texto dejándose llevar por el ritmo interno que imponen los motores o las turbinas? Tal vez sólo recline su butaca para colaborar con los efectos químicos de una ayuda recetada. Pero es verdad que los tiempos muertos facilitan lecturas pendientes, revisiones postergadas o correcciones de cierta urgencia, siguiendo, con suerte, el impulso escritural: pensado así, el escritor se transformaría en un agente bastante activo dentro de un contexto de pasividad y entrega (somos alimentados, abrigados y atendidos como pacientes de hospital). 

En la novela corta Avión, de Eduardo Muslip, este hipotético escritor viajero prefiere apostar a la observación. Literatura del tránsito, aquí el viaje resulta no sólo la excusa para la escritura, sino el espacio donde todo sucede y se ramifica de maneras impensadas (viajar como una forma de dispersión). Bajo la mirada exploradora del protagonista, las zonas intermedias (check- in, free shop) y la atmósfera controlada del avión adquieren un relieve novedoso y a la vez familiar que lo remite a escenas del pasado reciente (Los Ángeles) y a interiores de los departamentos vecinos en el edificio donde transcurrió su infancia (la divorciada liberal, los fiesteros), y con esas divagaciones termina en Brasil viviendo dentro de una telenovela, mismo mecanismo por el cual unas pocas páginas después discurre sobre Mendeleiev y los gases raros. 

Prosa de notable sutileza reflexiva, la de Muslip, que juega con datos y curiosidades propios de un fanático de los mapas, las enciclopedias y los viajes, a los que recurre para dotarlos de un componente sensible e integrarlos al entramado de evocaciones, citas y especulaciones que ocupan la mente un tanto dopada del narrador en vuelo. El viaje entonces es una brecha donde el presente recobra parte del pasado y hasta llega a adoptar su forma en rostros y fisonomías que, mediante la inducción o la pérdida, se vuelven parte de la biografía personal en los pasillos estrechos de la clase turista. Las incursiones se detienen en un futuro que ya no será de él -un viajero en sus treinta y largos que regresa a casa-, pero que entretiene su imaginación y lo lleva a explorar realidades alternativas, promisorias y lejanas como países remotos. 

Y en los intersticios del pensamiento está el avión (y no al revés). Su cabina presurizada, los besos de las buenas noches de familias ruidosas, la copa de vino, el ambiente oscuro, el pasajero que sostiene un libro de Khalil Gibran. Como ocurre con los efectos sugestivos del desplazamiento por aire o tierra de un lugar a otro -sobre todo en largas distancias-, no cuesta mucho identificarse con los extrañamientos que producen las cosas cotidianas a más 10.000 metros de altura. 

Si la referencia en “Ómnibus”, de Elvio Gandolfo –otro libro de escritura en tránsito-, era el colectivo de Rosario a Buenos Aires, Muslip, haciendo avanzar con habilidad la narración del presente –progreso del vuelo, el avión como punto digital sobre el mapa en la cabecera del asiento delantero- nos devuelve siempre a la butaca y a otro plano de realidad, donde se filtran fantasías sexuales, razonamientos con apariencia de súbitas revelaciones (“Me viene la idea de que mi vida sexual me liga a Buenos Aires”) y, sobre el final, una luz violenta que irrumpe en la cabina y no es otra cosa que el amanecer.