SERIES



Principio de incertidumbre


Por Juan Maisonnave*

 




Un puñado de skaters raya el fondo de la pileta vacía en sus deslizamientos. Uno de ellos ejecuta un kickflip perfecto, otro muerde por un segundo el borde con la tabla y desciende de nuevo. A pocos metros descansa el esqueleto fracturado de hormigón que servía de plataforma para el trampolín. Cuando el plano se abre vemos una casa abandonada. Después llega Walter White. Anteojos de marco cuadrado, pelo y barba como si nunca hubiera tenido cáncer. Está desaliñado y tiene un rifle de asalto en el baúl. En la pared de la que era su casa, un grafiti lo nombra: Heisenberg. Los golpes secos de las patinetas en el jardín dan la impresión ahora de que estuvieran profanando un lugar sagrado. 

En este flashforward que se insinúa desde que arrancó la quinta y última temporada de Breaking Bad, el personaje que encarna Bryan Cranston vuelve a una tierra arrasada. Y vuelve solo, en actitud de quien regresa a terminar lo que empezó. En el camino quedaron la novia de Jesse, ahogada en su propio vómito; el cuerpo de uno del cartel disuelto en ácido fluorhídrico adentro de una bañadera; Tuco y los primos de Tuco, que en un extraño ritual se arrastraban por el desierto de Chihuahua como reptiles; el chileno gerente de Los Pollos Hermanos, Gustavo “Gus” Fring, y Héctor “Tío” Salamanca, que hablaba a través de la campanita adherida a su silla de ruedas y voló por los aires en el cuarto de Casa Tranquila, el hogar de ancianos donde pasaba los días, en la venganza más potente orquestada por Walter, y la lista sigue. 

Si al comienzo las muertes tuvieron como trasfondo un objetivo noble por parte de Walter White, esto es, aliviar económicamente a su familia antes de perder la batalla contra el cáncer, con el transcurso de la serie la voracidad desatada de Heisenberg anuló al profesor de química tibio y apocado que era, y de alguna forma también lo salvó de su enfermedad, porque tuvo un motivo más valioso para vivir que la familia: su carrera y su reputación como el mejor cocinero de todos, que no estaba dispuesto a tirar por la borda ni a cotizar barato. Sin duda, ésta es una línea narrativa fundamental de la serie creada por Vince Gilligan: el odio y la ambición como motores vitales de las acciones de los seres humanos (no es novedosa, pero siempre es interesante ver hacia dónde nos lleva). Otra línea podría ser la fuerza sanadora de la violencia. A medida que el negocio y los millones de Walter crecen, el cáncer remite y hasta su vida sexual mejora. Empieza a ser la figura paterna que nunca había sido, y su hijo lo ve con otros ojos, como antes lo veía al tío Hank, que en este movimiento es desplazado de su posición de macho alfa en la familia, posición que en esta temporada busca desesperadamente recobrar, junto con su orgullo. 

Quizás Walter White ya no sirva para tener una vida relajada en compañía de su esposa y sus hijos. Por  eso, en lo poco que vimos desde el 11 de agosto hasta acá, la enfermedad recrudece, lo agarra con la guardia baja. Si se lo propusiera, su sola presencia bastaría para amedrentar a los skaters que practican en los fondos de su casa, y eso es algo que forjó en todo este tiempo: la posibilidad antes no explorada de resolver los asuntos con aprietes mafiosos, brillantes manipulaciones (el video de confesión de la última entrega es otra genialidad) y distintos tipos de violencia. Gilligan parecería decirnos que en muchos sitios –Albuquerque, por ejemplo-, y en determinadas situaciones, no se consigue nada con buenos modales.  

Sin embargo, la prepotencia de Walter encuentra límites impensados y todo el tiempo está tapando baches. En general, estas barreras, además de sus competidores y aliados, las pone el azar, como si el nombre de guerra elegido irradiara una influencia desestabilizadora. El físico alemán Werner Heisenberg formuló el muy divulgado principio de incertidumbre, según el cual no puede saberse simultáneamente la velocidad y posición de una partícula, porque resulta que a nivel cuántico las partículas no son esferas sino borrones. Y durante toda la serie campea la sensación de que Walter es una malabarista con demasiados objetos en el aire y a su lado siempre aparece alguien para darle pataditas o distraerlo de la forma que sea. La irrupción de elementos imponderables como la única constante confiable de este mundo. 

Algo así pasa en el capítulo de la araña y el tren. Como en un universo paralelo, un niño con su bicicleta junta una tarántula del suelo agrietado del desierto. Mientras tanto, Walter y los demás planean detener un tren de carga para chuparle la metilamina. Mucho más tarde, cuando el robo maestro se esté ejecutando y ya nos habíamos olvidado de él, el niño con su bicicleta será de golpe una presencia que amenaza con desbaratar toda la maniobra. Este encuentro, como cada vez que Walter cree tener el control de las cosas, lo toma por sorpresa y de nuevo deberá enfrentarse a rebuscadas consecuencias que todavía hoy lo persiguen. La indeterminación del universo de Walter White casi siempre está compuesta de variables tan imperceptibles como esas partículas de las que habla Heisenberg, tan imprevistas como el libro de Whitman que Hank encontró en el baño.



Como ocurre con todo consumo cultural masivo, la recepción y propagación en internet y redes sociales de Breaking Bad es periódica y a menudo sorprendente. A las pocas horas de estrenado el noveno episodio de la quinta temporada ya había una versión animada de la idea del Badger, el amigo yonqui de Jesse, para un capítulo de Star Trek en el que la tripulación compite a ver quién come más cantidad de tartas de arándanos (Spock no engorda, Kirk elabora una triquiñuela para ganar, etc.). 

En el episodio siguiente, Saul Goodman, el abogado de Walter, usa la simpática expresión “podés mandarlo a Belize” como eufemismo para asesinar a Hank. Con gran sentido del humor y buenos reflejos, una agencia de turismo del país centroamericano envió al otro día una invitación a todo el elenco a pasar unas vacaciones de verdad en Belize y relajarse. Los comerciantes de Albuquerque aprovechan el fenómeno y ya hay desde recorridas por los lugares que transitan los personajes hasta sales de baño en forma de pequeños cristales azules llamadas “Bathing Bad”

Nos enteramos también de la historia de un amable profesor de kinesiología de la universidad de San Bernardino, California, apreciado por sus colegas y de conducta intachable, que aparentemente lideraba una banda de motoqueros a la que utilizaba como medio para proveer de metanfetaminas a sus clientes. En los mensajes de texto que le mandaban pedían un cuarto más de cebollas. Aaron Paul, el actor que hace de Jesse Pinkman, se convierte en estrella de Twitter sorprendiendo a sus followers con llamadas telefónicas. 

En este bombardeo incesante nos llega la historia de Kevin Cordasco, un adolescente con cáncer (otra derivación de Breaking Bad, un poco más polémica: el cáncer “cool”) a quien dedicaron el reciente episodio “Blood Money”, que cumplió el sueño de conocer a Cranston y al resto de los actores. Según trascendió, Gilligan le habría ofrecido a Kevin, poco antes de que muera en marzo de este año, los guiones con el desenlace de la serie, pero él lo rechazó porque dijo que era muy difícil no contárselo a nadie.


Pese a este nivel de dispersión que se traduce en millones de televidentes, fue una buena idea no alargar de manera indefinida la historia. Resulta difícil sostener la intensidad de los episodios a lo largo de las temporadas. Ya desde el inicio hay una apuesta fuerte, con esa casa rodante en el medio del desierto y él desencajado y en calzoncillos grabando un mensaje para la posteridad. 

Aquel punto de partida generaba una identificación automática. Ese tipo de norteamericano tan corriente, un profesor de secundario al que ni sus alumnos registraban demasiado, empieza a moverse en el submundo del narcotráfico cerca de la frontera porosa y caliente con México. Al poco tiempo está tomando decisiones de las que depende la vida de una persona. Cada nueva decisión, cada paso que daba en este paisaje árido y salvaje, abría puertas a territorios inhóspitos que se parecían bastante a una forma de locura. La puesta en marcha de la empresa arrolladora, criminal y muy estimulante de Walter, con sus buenos y malos resultados -pero sobre todo buenos-, provocó desde el inicio un efecto bola de nieve que fue empujando hasta límites muy peligrosos su paranoia, representada por Cranston mediante un cuerpo que se deteriora en el proceso; la cara surcada de líneas, el andar desgarbado, óseo. Es excelente el episodio en el que persigue furioso una mosca en el laboratorio bajo el pretexto de la asepsia indispensable para su trabajo, una situación que va tornándose cada vez más asfixiante y desquiciada. Por momentos, él mismo fue ese insecto atrapado en la cocina pulcra y con tecnología de punta de Gus Fring, y sus movimientos y reacciones registrados por el circuito cerrado de cámaras, en una trama que es un lujo para lo que cuesta el minuto en televisión. 

En esta última parte, las partículas que orbitan alrededor de Heisenberg son altamente inestables. Ya se vio a Jesse Pinkman descartando sus miles de dólares desde el auto, tirándolos por la ventanilla a las puertas de las casas como un repartidor que en lugar de diarios arroja fajos. Ahora Jesse va por su exsocio. Walter White está solo y parece tener un plan, una salida. Atrás quedaron sus operaciones, su prolijo colchón de dólares, la leyenda de Heisenberg, la frágil estabilidad conseguida sobre la que acecha, a falta de enemigos, su círculo íntimo. Y después está el desierto. En la etapa final, algo ata a Walter White con el desierto: su retiro definitivo y el de su familia, en tambores de doscientos litros cargados de billetes que él mismo escondió a más o menos seis metros bajo tierra. 

 

 

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*Juan Maisonnave es un joven narrador que acaba de publicar el libro de cuentos Los juegos compartidos, en la colección Parabellum de Santiago Arcos Editor.