RESCATES

La materia inmortal:

Una lectura de Madurar hacia la infancia1 

Por Daniel Fara

 

El pintor y escritor polaco Bruno Schulz se destacó por su vasta producción cuentística, tan sólida como poco reconocida por la crítica. Amigo de Gombrowicz y reconocido admirador de Kafka, a quien tradujo, Schulz elaboró un proyecto narrativo donde la figura de su padre está omnipresente, y las pesadillas oscuras del mundo que construye no están exentas de hedonismo, color y belleza

 

Jews at a long table (1932) Dibujo de Bruno Schulz


Bruno Schulz nació (1892), vivió y murió (1942) en Drohobycz (Galitzia Oriental, Polonia); fue profesor de dibujo, artista plástico y escritor. Su obra pictórica y literaria -reconocida tempranamente por pocos pero entusiastas lectores- tuvo más suerte que él en la vida. Esta circunstancia sólo sirvió para que los críticos lo marcaran como artista torturado y, así, sus cuentos increíbles fueron leídos en función de confirmar las patologías del autor, no al revés, como debió haber sido.

Lo mismo pasó con Kafka, con la obra de Kafka, traída a colación porque es la mayor influencia reconocible en la narrativa de Schulz y también porque hubo coincidencias importantes entre los autores. Los dos fueron judíos, hijos de padres que tenían una tienda de ropa y en ambos casos, esos padres fueron desconectados de lo autobiográfico e ingresaron, como entes míticos, de naturaleza estética, a la obra de Franz y Bruno.

Además, Schulz tradujo al polaco El proceso y le agregó un epílogo crítico en el que podemos leer. 

Los libros de Kafka no son un cuadro alegórico, una lección ni la exégesis de una doctrina; son una realidad poética autónoma, esférica, cerrada por todas partes, apaciguada y que halla su motivo en ella misma. Más allá de sus alusiones místicas y de sus intuiciones religiosas, la obra vive de su propia vida poética.:

Esta lúcida observación podría haberla aplicado a su propia producción narrativa, Las tiendas color de canela (1933) y Sanatorio bajo clepsidra (1937) dos colecciones de cuentos. En este punto culminarían las coincidencias entre Kafka y Schulz. El primero nos presentó un mundo agrisado, regido por el humor absurdo, presentado de modo casi indolente por un alemán extrañado, seco, pelado hasta el hueso. El mundo schulzeano, en cambio, aparece como hedonista, colorido, pagano, sensual, lírico. 

El horror gráfico de Alfred Kubin y la escritura anárquica renovadora de Witold Gombrowicz -amigo de Schulz- completan el contexto inmediato en el que se inscribe esta obra donde hasta las más negras pesadillas (y aparecen muchas) aparecen veteadas de color y belleza.

Para marcar un centro en la producción de Bruno Schulz hay que referirse a la presencia de Jacov, el Padre mitificado, que aparece en la mayoría de los cuentos de Las tiendas color de canela y de Sanatorio bajo clepsidra. 

En el primer libro, Jacov es, a la vez, un mago, el hacedor de estrellas que Stapledon no pudo terminar, alguien que pasa sin solución de continuidad de la ausencia a la ubicuidad, que puede adoptar posturas físicas imposibles, que aúna lo más exquisito con lo más sórdido. Jacov que de ser el callado y concentrado propietario de una tienda pasa a convertirse de pronto en un orador exaltado, visionario, que se enferma por su propia ira pero también por la tristeza que le causa el modo en que el Demiurgo hizo al mundo. "¡Menos contenido, más forma!", reclama con el puño en alto. Y le explica luego al Creador cómo es la materia que modeló en el principio de todo, porque, según Jacov, ese Creador no la conocía bien. Por ejemplo, le hace saber que "la materia posee una fertilidad infinita, un poder vital sin fin y, a la vez, esa ilusoria fuerza de la tentación que nos impulsa a moldearla. En la profundidad de la materia se delinean sonrisas indefinibles, se engendran tensiones, se acumulan los esbozos de formas". Aunque la explicación al demiurgo y la discusión del Génesis ocupa tres cuentos, este párrafo es suficiente para advertir que Jacov está proclamando la estética de Schulz por debajo de su histrionismo.

 

En Sanatorio bajo la clepsidra, el padre vuelve a aparecer, vestido de bombero resplandeciente, convertido en un ser mitad langosta de mar, mitad escorpión, y también muere y, en el cuento que lleva el mismo nombre que el libro, ha muerto pero en ese Sanatorio, que ejerce un control relativo sobre el tiempo, el director, llamado también "el sepulturero" permite a Josef (hijo de Jacov y narrador de la historia) compartir la vida relativa, sobrevida o posvida del padre. Base de una película homónima, este cuento es probablemente la obra maestra de Schulz. El clima onírico se intensifica pero no ahoga a una historia circular de precisiones anticipatorias y comprobaciones dolorosas.

Le hemos dedicado mucho tiempo a Jacov porque Schulz le dedicó mucho espacio. Y cuando no se ocupó del padre, sus cuentos se hicieron más descriptivos; por caso, las increíbles casas de la Calle de los Cocodrilos, en las que ciertas habitaciones se integran de un modo laberíntico que conduce al propietario a perderse en el interior de los edificios, vagando por casas ajenas, y otros cuartos, al ser ignorados por sus dueños, optan por desaparecer. Otros cuentos describen a familiares de Jacov, siempre personajes esotéricos e inquietantes, como Dodó o Nemrod.

Fuera de su ficción, Bruno Schulz fue (hemos dado un par de muestras) un lector agudo, renovador de la crítica y uno de los responsables de que los juicios preceptivos autoritarios de los críticos se convirtieran en lecturas y en escritura de esas lecturas.

Entusiasmado con el Ferdydurke, de Gombrowicz, llevó adelante toda una cruzada que suscitó interés por la novela en un público polaco bastante amplio y que fue aciagamente interrumpida por el estallido de la Segunda Guerra. Se ocupó de Kafka, como dijimos ya, de cuestiones semiológicas, de su propia obra a la que comentó con afecto y, a la vez,  con distancia.

Todo lo comentado aparece en esta gran compilación hecha por Editorial Siruela, que incluye inéditos y muchos de sus dibujos. El título proviene de una frase de Schulz cuyo valor estético y su concepción del arte convienen, al citarla íntegra, para cerrar, meritoriamente, estos apuntes..   

    

Me parece que el tipo de arte que me interesa es precisamente una regresión, es una infancia reintegrada. Si fuese posible llevar hacia atrás el desarrollo, alcanzar de nuevo la infancia por un camino tortuoso -poseerla otra vez, ilimitada-, sería hacer realidad la "época genial", los "tiempos mesiánicos" que todas las mitologías nos han  prometido y jurado. Mi ideal es "madurar" hacia la infancia. Ésta sería la verdadera madurez.

 

En noviembre de 1942, Schulz intentó escapar de Drohobycz con documentos falsos. Murió de un disparo de un oficial de la Gestapo.

 

  1Schulz, Bruno (2008) Madurar hacia la infancia, Madrid, Ed. Siruela. El libro, que se pudo conseguir en la Argentina recién en 2014, contiene los cuentos completos de Schulz, textos inéditos y una cantidad importante de ilustraciones, por ejemplo los dibujos que acompañaron la primera edición de la colección Sanatorio bajo clepsidra.