RESEÑA

Historias rioplatenses del más allá

El nuevo libro de cuentos de Elvio Gandolfo, premio de la crítica en la Feria del Libro, es un despliegue de géneros que combina terror, realismo y nouvelle, donde confirma su eficacia como cuentista.

 

Por Juan Maisonnave 

 

Cada vez más cerca
Elvio Gandolfo
Caballo negro editora, 2013


Durante años, muchos relacionaron el nombre de Elvio E. Gandolfo (Mendoza, 1947) a un periodista cultural o crítico especializado, un columnista de obra dispersa y difusión, por decirlo de alguna manera, problemática. Es que desde hace más de cuatro décadas realiza múltiples trabajos en el campo periodístico, cultural y editorial, interviniendo a veces como una especie de gourmet literario nómade y urbano (vivió en Rosario, Montevideo y Buenos Aires), que recomienda y rescata del limbo al que se denomina “culto”, del anonimato y los géneros marginales, del consenso arbitrario del espíritu de época, como hizo con Sebald, a otros escritores, con anticipación y apetito –uno de los adjetivos más usados al referirse a él- omnívoro. En cuanto a sus poemas, novelas y cuentos, fueron reeditados en algunos casos tras largas temporadas de saldo y silencio (de la crítica y del propio Gandolfo), en un nuevo formato en general beneficioso, con textos ordenados por el autor, un prólogo y tiempo entre un libro y otro. Fue lo que ocurrió con la primera edición de La reina de las nieves (Centro Editor de América Latina, 1982), que contenía un puñado de relatos y una narración central que bien podría haber ido separada como nouvelle –por extensión y calidad: Fogwill las bautizó novelatos-, algo que viene a subsanar la posterior publicación de Sin creer en nada (trilogía) (Puntosur, 1987), con palabras finales a cargo de Jorge Lafforgue bajo el título no de epílogo sino de “Fichero”: “Observada en su facticidad, la obra de E.E.G. se presenta como una sucesión intrincada de poemas, notas, traducciones, cuentos, ensayos, reportajes, prólogos y selecciones diversas.” Lo mismo puede decirse de Dos Mujeres (Editorial Periférica, 2011), donde se reúnen dos novelas cortas cuya primera edición cumplía más de veinte años al momento de ser reeditadas por la editorial española. Una de ellas –“Rete Carótida”- había sido publicada originalmente en 1990 por Ediciones de la Banda Oriental en una simpática edición de tapas blandas. 

 

A esta obra de digestión lenta viene a sumarse ahora Cada vez más cerca (Caballo negro editora, septiembre de 2013), libro de cuentos y relatos que acaba de recibir el premio de la crítica en la Feria del Libro, o sea que fue reconocido por otros escritores y críticos como lo mejor que se editó el año pasado, sin importar que haya vendido poco o nada, ni la cantidad de notas o las repercusiones en los suplementos culturales que la aparición de un nuevo volumen de cuentos de un autor de este calibre haya provocado. Después de tantos años, pareciera por momentos que Gandolfo sigue siendo una contraseña de calidad literaria para escritores e intelectuales, un secreto bien guardado como alguna vez lo fue Levrero, de quien el autor de La reina de las nieves acaba de publicar un compilado de entrevistas y reportajes en la editorial Mansalva (“Un silencio menos”). En el panorama de la literatura argentina contemporánea –rótulo bajo el cual cada uno pondrá lo que tenga ganas- rara vez se lo cita.  A la ensayista Beatriz Sarlo, por ejemplo, “Frío en Alaska”, relato del escritor argentino Matías Capelli, le recordó, quizás por cierta atmósfera de extrañamiento o por el paisaje del salar, a “Vivir en la salina”, a esta altura un clásico de Gandolfo, en el que alguien llega a un lugar desolado a buscar trabajo, no se sabe de qué huye ni cómo fue a parar ahí, recibe una feroz golpiza sin motivo aparente, y es consultado infinidad de veces por el paradero de una tal Liliana, a quien no conoce. Sin embargo, resulta muy diferente en intención y estructura a “Frío en Alaska”, en el que Sarlo veía influencias o familiaridades: por el lugar principal que ocupa en la trama fragmentada de “Vivir en la salina” el contexto al que el protagonista se encuentra confinado, la zona que lo mantiene bajo su influjo, o prisionero junto a los demás, es más fácil rastrear afinidades en otros autores contemporáneos: en “Las primeras cincuenta mascotas de la Tierra”, de Gustavo Nielsen, hay una comunidad cerrada y masculina de la que es imposible abstraerse, sujeta a reglas inmodificables, como también sucede en “El fin de lo mismo”, de Marcelo Cohen, tal vez uno de los mejores exponentes de esta vertiente. Otro que se acordó de Elvio Gandolfo al momento de dar una entrevista fue el escritor cordobés Carlos Busqued, quien dijo algo así como que no le interesaba nada de lo que se escriben sus contemporáneos porque después de haber leído la trilogía “Sin creer en nada” era inútil seguir buscando. Es otra forma de construir la imagen y la carrera de escritor (algo por lo que Gandolfo no parece muy preocupado): en silencio, convirtiéndose en un guiño para entendidos. 

 

En Cada vez más cerca, los seguidores de sus historias encontrarán intacto el estilo y las pulsiones narrativas que desvelan y motorizan al autor desde sus primeros cuentos. Se le suelen colgar etiquetas como lo “fantástico latinoamericano”, cultor del cuento de terror y la distopía, del policial y el realismo infiltrado por un elemento extraño que dispara toda clase de paranoias, mundos alternativos y pesadillas. Hay bastante de eso último en el libro. Es el género que, con matices y gran soltura, Gandolfo ejerce con maestría: son textos muy pulidos, de atmósferas que enrarecen gradualmente (en sus palabras: “El relato en cambio es atmósfera, que debe ser asediada, penetrada, lentamente “pintada”. Es trabajo, trabajo, trabajo.”), con detalles parciales, dosificados de lo que sucede, pero a la vez muy precisos, como en las descripciones materiales y espaciales de “Hilo amarillo”, el encuentro en el baño de un bar con una especie de punk que deriva en una compleja y revulsiva metamorfosis. O parte de un entorno o situaciones confusas valiéndose de una frase inicial que cumple dos efectos esenciales dentro de la economía narrativa: instalar de inmediato al lector en ese futuro arrasado o en esa dimensión desconocida, y atraparlo automáticamente para que siga la lectura. “Siempre estamos juntos, en nubes que no se ven, flotando” (“Pequeño”). Es un procedimiento recurrente en este tipo de narraciones del que Gandolfo ofrece muchísimos ejemplos, uno más atractivo que el otro, sean de la época que sean: “Pensaban partir todos al amanecer, pero el muchacho descalzo no aparecía”, es el genial comienzo de “Viaje”, relato fechado por el autor en enero de 1972. O el mismo “En la salina”: “Eran tres y me estaban pegando”. Frases enigmáticas y al hueso, como si nos subiéramos a una máquina en movimiento. 

 

También es posible hallar, en este nuevo libro, ciertas imágenes o escenas con las que se podría intentar el trazado de un mapa de correspondencias y similitudes entre los cuentos viejos y los nuevos (aunque la forma irregular y dispar con que acostumbra a publicar el autor vuelva poco confiable esta clasificación: hay sólo dos relatos con fechas al pie en Cada vez más cerca: 2002 y enero 2003, mayo 2004). El sillón de dentista de “El cuerpo”, donde el narrador con la boca abierta y sangrante utiliza el recuerdo de una rara aventura amorosa para escapar a la consciencia del cuerpo y del dolor, trae ecos de “En la barbería”, pero aquí entregarse a la comodidad y a las manos de otro, en una postura relajada e indefensa, costaba más caro. En “Contacto” se relata el encuentro entre un coronel retirado viviendo en un pueblo marítimo y un cubo con capacidades extrasensoriales, que aparece de la nada sobre la escollera. El escenario elegido -rocas lamidas por el oleaje- es el mismo que el del cuento de 1973 titulado “Sobre las rocas”. Allí, un gordo monumental contemplaba impávido la extinción de la humanidad desde un peñasco frente al mar. Uno de los relatos más ingenioso y bello de Cada vez más cerca transcurre en una Rosario del futuro. Luego de una debacle ecológica mundial, la ciudad quedó a merced de surfers apáticos obligados por ley a utilizar un nombre nacional y un apellido extranjero (Teresa Camus). Incluir un gerundio en el título (“Pegando la vuelta”) quizás podría tratarse de una broma autorreferencial por la maravillosa “Caminando alrededor”, segunda novela de la trilogía “Sin creer en nada”. 

 

Más allá de estos puntos de contacto, obsesiones y coincidencias a lo largo de la obra (algo que por lo general queda fuera del control de los propios autores), la mayoría de los narradores y protagonistas de Gandolfo comparten una personalidad muy definida: seres de ciudad y departamento, sensibles o directamente ligados por sus trabajos a la cultura, con tendencia a refugiarse en bares y a la introspección, pícaros y un poco depresivos. El personaje habitual de las páginas de Gandolfo es una especie de loser rioplatense con muchas horas de lectura y cine que cuesta poco identificar con él y con una forma de ser entre montevideana y rosarina, presente también en las novelas de otros uruguayos. El profesor, el intelectual de apariencia poco saludable que habita un dos ambientes desordenado, más o menos huraño según se trate de Levrero, Onetti o Carlos María Domínguez, de quien su protagonista en “La casa de papel” es un buen ejemplo: “Si usted quiere escribir un poema, necesita un papel y una grafo que funcione, así como si quiere enamorar a una mujer, deberá hallarse preparado en muchos órdenes diferentes y acaso, ingratos, como cortarse, por ejemplo, las uñas de los pies.” Incluso, la identificación con el personaje gandolfiano –obviamente, hasta cierto punto- se refuerza en este libro porque el escritor aparece como él mismo en “El tango y Tito Lamónica”, mientras que en “Clasificación”, si bien el narrador no lleva su nombre, él le pondría la firma a más de una de sus afirmaciones: “Hay libros de nivel 1, otros de nivel 2, hasta llegar al nivel 15. (…) ¿Libros de nivel 1? Sin pensarlo: El Gran Gatsby, de Fitzgerald, Ethan Frome, de la amiga de Henry James (¿cómo era?). Ah, sí: Edith Warton. Todo Kafka, todo Felisberto Hernández, todo Macedonio Fernández, todo Arlt: esa gente era total, compacta. Hasta cuando se tiraban un pedo, era un pedo de nivel 1. Respiraban y excretaban nivel 1. Ya que estamos, un raro: todo W.G. Sebald”. 

 

El despliegue de género en todo su potencial y en distintas variantes, sea terror a la Lovecraft (“Grande”) o gore (“Carne”), sea lo inexplicable o lo siniestro (“Más bien bajo, sonriente, diminuto”, “Un movimiento torpe”), cede en favor de narraciones despojadas de cualquier suceso o irrupción que corra los límites del realismo, como ocurre en dos de los mejores cuentos de la serie: “Las negritas” (aunque, para ser justos, hay unos maullidos de lo más perturbadores), y el ya nombrado “El tango y Tito Lamónica”. Este último quizá entra dentro de la categoría novelato propuesta por Fogwill, porque a través de cinco extensos capítulos abarca el apogeo y caída de un artista rosarino, el devenir de su familia y sus amistades, sus opiniones sobre el arte y la música, la relación conflictiva con la ciudad que cambió por Buenos Aires (“nunca terminaba de irse del todo de un lugar, dejarlo atrás”), a la que regresa para el momento culminante: el festejo del cumpleaños número setenta de su madre, ocasión que da lugar a un baile narrado de manera magistral. Arranca así: “En un punto predeterminado y exacto de las baldosas, Franco y Dora Lamónica se detuvieron en un segundo también exacto del tiempo que les marcaba la música, frente a frente.” Para “Las negritas”, Gandolfo le pone voz a un gay recién instalado en el barrio de Pompeya y, de nuevo, el punto más alto está en otra escena de baile, ésta más explosiva y desaforada, una desviación de algo pesado y turbio que viene cocinándose a fuego lento desde el inicio. “Cada vez más cerca” cierra con “Los amigos”, cuento que explica y en parte contiene el título del libro, o al menos esa impresión queda después de leer el encuentro de bar con viejas amistades, una despedida a los pasajeros del tren de la noche rosarina.