RESEÑA



El infierno de Dante


 Por Martín Doria

 

 

Cámara Gesell
De Guillermo Saccomano
Ed. Planeta (2012)

 

 

 

Nada va a servirle más al lector que se pregunta de qué va la última novela de Saccomano, que la definición formal del instrumento que le presta su nombre: Cámara Gesell es una habitación acondicionada para permitir la observación de personas a través de un vidrio de visión unilateral con objeto de análisis y/o experimentación.

Feliz coincidencia el nombre de la Villa y el invento del pediatra-psicólogo Arnold Gesell para Saccomanno. Ahí mismo, en el nombre del dispositivo, reside ni más ni menos que toda la estrategia narrativa de la novela. Pero esas cosas no vienen tan fácil. Antes hay que tener en la cabeza a Manhatan Transfer (aquí el equivalente al periodista Jimmy Herf de Dos Pasos, se llama Dante y trabaja para un pequeño periódico local). A Sherwood Anderson (Winesburg, Ohio y su periodista local George Willard). Faulkner, por supuesto. Y Tolstoi, y hasta Onetti. Saccomanno lo dice y da una pista inesperada: Deadwood, una serie de TV norteamericana sobre la fiebre de oro en el Yukón y la construcción de un pueblo. La misma construcción del capitalismo.

La historia entonces: el relato polifónico de las vidas en la Villa (así se la nombra y no Gesell, en un claro intento de escaparle a lo verídico, a la crónica y hacernos suponer que este lugar se trata sólo de una construcción literaria) en el tiempo entre una temporada de verano y la siguiente. El tiempo de las playas solitarias, los negocios cerrados, del frío, del cielo gris y las sudestadas. El tiempo donde la ciudad pierde la voluntad febril de hacerse el año con los turistas y le presta atención a las miserias íntimas. Y en la Villa (cuenta Saccomanno, cuentan todas esas voces narradoras) las miserias son muchas.

Y me pregunto, me imagino que cualquier lector que termina el libro se preguntará también, a dónde se va a ir a vivir Saccomanno si un uno por ciento de todas esas historias (muchas, muchas, a cual más sucia y pestilente) tiene nombres propios de la comunidad de Gesell. Él mismo cuenta que las fue juntando, entre oídas y recortes de diarios zonales, durante años. Porque el relato es tan minucioso, tan cercano a la escritura de un redactor de pequeño semanario de provincia (ahí está Dante, mezcla de periodista riguroso y chusma de barrio, conectando las historias), que casi no hay matemática posible para que realidad (Gesell) y la creación literaria (la Villa) no entrecrucen sus moléculas. 

Se dice que lo peor que le puede suceder a una familia es que le nazca un escritor; vale para un pueblo, y en el caso de Saccomanno: que le llegue un escritor para quedarse.

Y la estructura: capítulos cortísimos, de una o media página, historias como recortadas de una charla de café o una cola en el banco. Muchos personajes, el libro desparrama personajes de a docenas y acá está el principal desafío para el lector: recordar la relación entre personajes, la incidencia en el tiempo de uno sobre otro. Porque Saccomanno no brinda ayuda tampoco. La narración es caótica y la velocidad, altísima. El recorrido: largo, casi seiscientas páginas. Al final nos esperan (literal, literariamente) los fuegos artificiales que celebran el inicio de una nueva temporada y de paso, nuestra templanza en el placer culposo de espiar al otro, escuchar lo que dice y lo que piensa, ocultos detrás de una pared de invisibilidad.  

Y el tema: historias duras. Adulterio, asesinatos, narcotráfico, suicidios, bebés quemados, violaciones de niños, la presencia fagocítica de la villa dentro de la Villa: los pibes chorros y su cultura de afano y falopa. Una historia detrás de la otra. Tocándose en algún punto o directamente entrelazadas. Su disposición es impiadosa y no hay el menor espacio para la esperanza. Los lectores de Saccomanno sabemos qué dunas transitamos. A los desprevenidos, va la advertencia. 

La Villa, Gesell, con su mar, sus bosques, sus alamedas, toda esa belleza natural. «Si fuera tan maravilloso como dicen, los que van y lo ven se quedarían ahí para toda la vida» dice un personaje desencantado, un padre deprimido que le escribe una carta de despedida a su familia. «Hay un momento en que uno se aburre, se levanta y se va». 

Muchos personajes en la novela están preocupados por las consecuencias, lo que puede provocar en la próxima temporada turística la divulgación de tal o cual escándalo, sobre todo aquellos relacionados con la inseguridad. No creo que haya peligro de que un lector casual de Cámara Gesell tema poner un pie en la Villa en sus próximas vacaciones. De cualquier manera, el libro no hace sino juntar y amplificar las mismas voces que podríamos escuchar en nuestro propio barrio, en cualquier ciudad, de cualquier provincia. Pura miseria humana. Incluso, extrañamente, si se llevara el libro a la playa y lo leyera frente a las olas que vienen y van, una y otra vez, en un movimiento eterno, seguirá atento (morbo, que le dicen, un poco) a cada historia que esas voces le cuentan, historias que van y vienen pero que no lo dejan sin embargo aburrirse, ni levantarse, ni irse, hasta acabarlas todas.