RESEÑA

El proceso

Por Matías H. Raia

 

Un día en el extranjero, de Carlos Ríos, se construye con señuelos narrativos que mixturan tiempos, referencias, sentidos. Un fiscal se desenvuelve en un mundo burocrático y animal pero a la vez ritual y contemporáneo para llevar a cabo una investigación imposible en la que tal vez no haya nada que descifrar. 

 

 

Carlos Ríos
Un día en el extranjero
Puente aéreo ediciones, 2015

Una novela. Una novela argentina publicada en 2015. Una novela argentina publicada en 2015 cuyo personaje principal es un fiscal. Y no se llama Alberto Nisman. Pero, claro, la tentación es grande: ¿cómo no íbamos a leer el relato como una alegoría? 

Y sin embargo, Un día en el extranjero, de Carlos Ríos no es una alegoría. No hay nada que descifrar, nada que interpretar. La narración de este fiscal que viaja a un extraño lugar plagado de insectos y de otros seres burocráticos y grises como él, que busca la forma de resolver su caso (¿cuál es su caso?), que soporta los llamados reiterados de reclamos de sus exesposas, esta historia, digo, no porta un secreto a develar. Es un cofre sin llave. Como sucedía en Manigua y en Cuaderno de Pripyat, Ríos nos vuelve a brindar un artefacto narrativo que funciona bajo su propia lógica. Claro, la tentación está: esa necesidad de buscar la referencia contextual, de atar la imaginación literaria a un caso amarillista que atravesó el discurso social de los ultimísimos años es grande.  

Pero la historia del fiscal Mendoza se cierra sobre sí misma. Carlos Ríos invita al lector a un lugar anómalo, regido por sus propias leyes y normas, donde cada acción del fiscal parece parte de una investigación-ritual para intentar resolver un caso indescifrable. Ahora bien, cada escena se construye con señuelos narrativos que mixturan tiempos, referencias, sentidos. Como nos tiene acostumbrados el autor, Un día en el extranjero es una maquina narrativa anacrónica. 

¿De qué estamos hablando? Rompo con la idea de que una reseña podría revelarnos mágicamente cómo es la obra que se reseña, y me tomo el atrevimiento de citar in extenso el capítulo 17 de Un día del extranjero:

Los cuidacoches lo conducen hasta una montaña hecha de escombros digitales. Le dicen que tiene cuatro horas para rebuscar sus pruebas en ese lugar. El fiscal Mendoza deja el volante de aire, enciende su discman y se dispone a escuchar los discos compactos que brillan como restos de petrolux deformados por el agua. Al retirar los insectos del plástico se dibuja un reflejo que le devuelve su rostro original, revestido ahora por materiales de un nuevo suministro quirúrgico, cubierto a su vez por una máscara de antílope. Examina los escombros con dedicación. Recibe un llamado de su octava exmujer. Hay algo que tiene que saber con urgencia. Lo deja para después. Es un asunto que atenderá cuando regrese del extranjero. Recolecta decenas de muestras gráficas y audios a los que los fiscales asignarán, de acuerdo con el manual de orfebrería, diferentes subcontextos residuales, con la esperanza de que detonen en un momento decisivo de la causa.

Ahora sí. ¿Cómo conviven en un párrafo las palabras cuidacoches y antílope, discman y orfebrería, petrolux y exmujer, insectos y plástico? ¿Por qué los cuidacoches parecen funcionar de guías del fiscal Mendoza y cuáles son sus intenciones? ¿De dónde proviene ese “montaña hecha de escombros digitales”; por qué hay insectos sobre los discos? ¿Qué puede hallar entre esos antiguos discos compactos el fiscal Mendoza para detonar el momento decisivo de la causa? Las respuestas no están claramente definidas ni en capítulos anteriores ni en capítulos posteriores. Y sin embargo, todo funciona porque los cuidacoches han aparecido y vuelven a aparecer cumpliendo distintas funciones, porque la máscara de antílope del fiscal es un elemento central en la trama, porque la investigación debe continuar a pesar de linchamientos, traiciones y desvíos. 

Un día en el extranjero funciona bajo sus propias premisas, premisas que incluso para el propio fiscal pueden volverse opacas. Como en las nouvelles del mexicano Mario Bellatin, la fragmentación del relato (párrafos como capítulos) y el manejo de un mundo narrativo de pocos elementos (el fiscal, el extranjero, las exmujeres, los cuidacoches, el asegurador, más conocido como perro y cordero, las exmujeres, insectos, etcétera; acciones que se repiten como gestos rituales) son dos recursos que Carlos Ríos dispone para elaborar una historia que nos vuelve extranjeros en el extranjero. Y en todo caso, la aparición de ciertos guiños o referencias solo son excusa para despistar, para demostrarnos que lo familiar engendra lo extraño (siempre y cuando realicemos tal o cual afiliación, tal o cual yuxtaposición). Algo similar ocurría en Manigua, donde la ciudad de cartón mezclaba guiños a culturas africanas antiguas pero también a villas argentinas actuales, generando un desconcierto en el lector, mostrándole un señuelo: sí pero no, no, es otra cosa. 

Ahora bien, Un día en el extranjero abre con un epígrafe del escritor colombiano Juan Cárdenas: “Lo raro es que uno ya conoce la historia”. Esas palabras, tomadas del relato “Agentes secretos”, son gozozas para las lecturas alegóricas de la novela de Ríos. Y sin embargo, el anzuelo paratextual puede alejarse de la invitación al desciframiento al evocar un epígrafe-subtítulo similar de Perros héroes, la nouvelle de Mario Bellatin (Interzona, 2003). En ese librito, el autor mexicano abría su relato con la frase: “Tratado sobre el futuro de América Latina visto a través de un hombre inmóvil y sus treinta Pastor Belga Malinois”. La tentación, de nuevo, era grande. ¿En serio ese relato sobre el mejor entrenador de Pastor Belga Malinois, que compartía la casa con su madre, su hermana, un enfermero-entrenador y sus treinta perros, que pasaba sus días entre rutinas insólitas encerraba una verdad sobre el destino latinoamericano? ¿No se trataba más bien de un señuelo, de un desmarque frente a la lectura referencial? Quien haya leído a Bellatin y haya participado de sus artefactos narrativos puede leer Un día en el extranjero sin tomarse en términos hermenéuticos ese epígrafe inicial. En todo caso, bajo la lógica del fiscal Mendoza de que “en el extranjero, se sabe, uno nunca es el que debe ser”, la frase citada de Cárdenas nos conduce al sentimiento de lo extrañamente familiar. 

En definitiva, en Un día en el extranjero el fiscal Mendoza se desenvuelve en un mundo burocrático y animal pero a la vez ritual y contemporáneo para llevar a cabo una investigación imposible en la que, como el lector, siempre se cree a punto de descifrar algo cuando tal vez no haya nada que descifrar. Como se lee en la novela, “Ser un extranjero fuera del extranjero o viceversa; dejar de serlo dentro del territorio denominado el extranjero; ser el extranjero en el extranjero…”, se trata de seguir el juego de palabras para participar de una narración incesante e inestable que se cierra sobre sí misma, que no otorga certezas, que nos desconcierta. Como un jeroglífico cuya piedra rosetta está rota desde siempre.