ENSAYO

AGENCIADORES DE CUCHUS: MITOS BALCÁNICOS Y NOVELA BOLIVIANA

A propósito de Spedding, Eliade y Lukács

La novela de (Alison) Spedding, Catre de fierro, es una saga familiar que abarca casi un siglo de historia boliviana, en la que el sacrificio humano como mito fundacional recuerda la leyenda de Manole, que vincula a György Lukács y Mircea Eliade.

 

Catre de Fierro,
Alison Spedding
La Paz (Bolivia), Plural Editores, 2015.



Por Alfredo Grieco y Bavio
Desde Porto Alegre, Brasil 

En este mayo de 2015 se cumplieron 80 puntuales años del fin de la Guerra del Chaco. Firmado en Buenos Aires, el armisticio de 1935 ponía fin a una guerra odiosa y sangrienta que desde 1932 había enfrentado, en la inhóspita sabana chaqueña, donde la sed fue tan mortal como las balas, a los ejércitos boliviano y paraguayo. La victoria nominal fue para el Paraguay, y el Premio Nobel de la Paz 1936, para la Argentina, en la figura de su desaliñado canciller Carlos Saavedra Lamas. En este preciso aniversario, se publicaron en La Paz las 500 páginas de Catre de fierro, una de las mayores novelas bolivianas de estos últimos ochenta años. La autora de esta ficción histórica en la forma de una saga familiar es Alison Spedding, antropóloga británica, profesora de sociología en la universidad pública paceña, cultivadora de coca en los Yungas, y etnógrafa que ha recorrido esta región como nadie o casi nadie. 

Catre de fierro recapitula la historia, las sociologías, la historiografía y las literaturas bolivianas de ese casi siglo que separa la paz de 1935 del Estado Plurinacional triunfante de Evo Morales en 2015. Su programa: arrojar sobre este período y sobre aquellas disciplinas una luz cruel pero no engañosa. La crueldad hace su entrada espectacular en el primer capítulo, “El agenciador de cuchus”. Para escritoras latinoamericanas tan diversas como Nellie Campobello, Clarice Lispector, Elena Garro, Hilda Mundy, Silvina Ocampo, Patrícia Melo o Diamela Eltit, la crueldad es prueba de inteligencia y la inteligencia de crueldad. 

No hay fortaleza sin sacrificios, ni construcción sin muerte. El agenciador de cuchus es personaje y narrador central de Catre de fierro. En la ciudad de La Paz, buscaba a quienes emborrachar y matar para enterrar en los cimientos de las nuevas y cada vez más elevadas construcciones de una expansión urbana que crecía en extensión y en altura. Los muertos eran los auténticos cimientos. Cuál será el destino de esa renta, de ese ‘salario del miedo’ así ganado en la ciudad sede del gobierno boliviano, es el desarrollo de la novela. Destino, como diría el poeta sevillano Luis Cernuda, “en el triple y hórrido círculo, familiar, amistoso y nacional”.  

Montellano/ Zelaya

foto de Montellano/ Zelaya

Si la semilla no muere

 A Alison Spedding, la antropóloga, no ha de escapar que un tema mítico funda, asegura el cimiento, como primer capítulo en Catre de fierro, de la narración de Spedding, la novelista, es arcaico, y ha sido estudiado en Europa y América por folkloristas y comparatistas. Nada de esto hay, sabiamente, sin embargo, en la novela: que es tarea de críticos a los que eso interese e importe el explorar esas fuentes y referencias y alusiones. 

En lo que sigue seguiré, de algún modo, y sin reclamar la legitimidad que asiste a Spedding, el mismo método. Es un texto sin notas ni referencias a la bibliografía secundaria ni reconocimientos explícitos a sus alevosas deudas. Por motivos que después quedarán, estos sí patentes, y no latentes, preferí evitar todo esoterismo, y aun el de la crítica literaria. A otros críticos corresponderá a su vez, en el caso de que hallaran ocio y gusto para tal empresa,  el trazar las líneas de puntos y encontrar los  puntos de fuga entre la narrativas que siguen, sobre dos intelectuales de la que era llamada en bloque Europa Oriental en tiempos de la Guerra Fría, y la novelada narrativa de Spedding. 

Las metamorfosis de los intelectuales de Europa Central y Balcánica fueron el pan de tantos literatos liberales de Occidente. Como en Dr. Criminale (1992), tediosa sátira de Malcolm Bradbury, esas mutaciones bruscas son el aspecto más vistoso, aunque siempre exterior, de los herederos sin testamento del Imperio Austro-húngaro. 

El húngaro Lukács György redactó en alemán la mayor parte de su obra, vivió en Alemania, en Austria, en Florencia, en París, en Moscú, en Budapest y escribió sobre literatura francesa, inglesa, rusa, escandinava, con el mismo conocimiento intachable que de la alemana o la húngara. Cuando dice "nosotros", según la fecha de la publicación se puede tratar de los húngaros, de los alemanes, de los soviéticos o, más católicamente, de todos los pueblos amantes de la paz. Son los residuos de un "cosmopolitismo" que muchos fueron renuentes en perdonar a quien en 1920, después de haber sido comisario del pueblo y comisario político del V Ejército Rojo, ostentaba sobre la tapa de la Teoría de la novela la partícula nobiliaria y crematística von. 

El rumano Mircea Eliade escribió en rumano, en francés, en italiano, en inglés, estudió y enseñó yoga e historia de las religiones en la India, en Gran Bretaña, en Portugal, en París, y finalmente fue profesor en Estados Unidos, en la Universidad de Chicago. Escaló montañas (tan mágicas como la de Naphta), abandonó a una novia en las orillas del Ganges, llevó insolente luto por Corneliu Codreanu en Bucarest, y en el Portugal del dictador António de Oliveira Salazar fue diplomático del gobierno que firmó con un delegado de Adolf Eichmann el acuerdo para deportar a todos los judíos rumanos a los campos de exterminio. Después, huyó con éxito del comunismo. Todo esto (probablemente) con exuberancia, plenitud vital, gusto casi deportivo por aventura y la acción.

Vidas paralelas / Vidas para leerlas

Aproximar, en una misma frase, a quien fuera en los años cuando la Guerra Fría estaba caliente el profesor más prestigioso de la Universidad de Budapest con uno de los más célebres de la de Chicago parecería atenuar el conflicto que en aquella época oponía el Segundo mundo al Primero. Desde la perspectiva de 1971, año de la muerte de Lukács, las razones que impugnan esta aproximación parecen evidentes. Tres décadas antes, en 1942, Jurij Lukács, como lo llamaban sus amigos de la emigración, era un marxista judeo-húngaro refugiado en la Moscú de Stalin, y el rumano Mircea Eliade un eficaz propagandista de la Guardia de Hierro, que conoció ese año su único semestre en el poder. 

Pero si retrocedemos otros treinta años, el camarada Jurij es el aristócrata Georg von Lukács que, después de que su ex novia Irma Seidler se suicidara arrojándose al Danubio, publica primero en húngaro, después en alemán un texto titulado "Acerca de la pobreza de espíritu". Este texto ha sido llamado el más "subjetivo", el más "literario", el más "ficcional" de todos los publicados en vida por Lukács. Lo cierto es que es un texto kitsch, por varios motivos, pero muy notablemente por el propósito de hacer confluir los géneros literarios unos en otros hasta obtener una ‘obra de arte total’. Es una carta al padre. Pero no una carta filial. Está escrita por una amiga del hijo, que además es la hermana de una ex novia de este hijo, una ex novia que se suicidó. Dentro de esta carta al padre, hay un largo diálogo. Aquí Marta, la hermana supérstite, dialoga con quien podemos suponer alter ego de Lukács -aunque esta operación quede vedada a toda crítica literaria que se respete-. En el centro del diálogo, ese alter ego cita, argumentativamente, una conocida leyenda de Dacia y de Europa Oriental, la del maestro mayor de obras Manole que sacrifica a su esposa para erigir su obra, para volverla indestructible. Y esta misma leyenda ha de ser a la vez objeto y figura secreta de la entera vida intelectual de Eliade.

A pesar de todas las taumaturgias y peripecias antes narradas, cuya sola mención parece prometer un multiforme ingenio, en Eliade el razonamiento suele ser un poco corto. No importa desde donde parta el autor, siempre obramos bajo la impresión de que casi inmediatamente nos condujeron al centro de la doctrina. Desde una anécdota hasta a la idea más abstracta, es para él sugestión y revelación. Y en ese centro hallamos, justamente, esa leyenda de sacrificio fundacional que en una de sus versiones establece el origen mítico de la nacionalidad rumana: la balada del Maestro Manole.  

La lección del Maestro

El que sigue es el resumen que de la leyenda del Maestro Manole hace el alter ego de Lukács a su interlocutora Marta. No insisto en que el nombre Marta es una cita bíblica (Lc 10,38). Tampoco en que este personaje bíblico contrapuesto a su hermana María, había sido revalorizado en un sermón antiquietista de Meister Eckhart:

Usted conoce la antigua leyenda de la edificación del templo, donde los demonios destruían durante la noche todo lo que había sido edificado durante el día, hasta que se resolvió que uno de los que trabajaban en la construcción tenía que sacrificar a su mujer, a la mujer que en un día determinado fuera la primera en acercarse a ellos. Fue la mujer del maestro mayor de obras. 

Lukács no ofrece una interpretación de la leyenda. Se limita a apuntar que un "azar brutal y sin sentido" [ein brutaler, sinnloser Zufall] designó a la víctima fatal entre todas las elegibles. 

[Acá voy a hacer un brevísimo excursus. Algunxs lectorxs habrán notado que el sacrificio fundacional [Bauopfer] ocupa un lugar conspicuo en la Novelle de Theodor Storm titulada El jinete del caballo blanco (1888). No sólo eso. Lukács, en su ensayo de El alma y las formas (1911) dedicado a Storm habla justamente de una "fuerza mecánica" del destino. Pero, para citar una frase dilecta de Lukács, y también de Eliade, "no es este el lugar" para tratar la cuestión].

La leyenda del maestro Manole ocupa entonces una posición central en "Acerca de la pobreza de espíritu". La interpretación surge nítida del texto en su totalidad. Más aún: en la leyenda está la clave para interpretarlo. Pareja bivalencia encontramos en la obra de Eliade: dedicó toda su carrera de historiador de las religiones a una prolija hermenéutica de esta leyenda. Escribió varios artículos hasta culminar en un libro completo en 1943. Muchos artículos más en las cuatro décadas que siguieron hasta su muerte en 1986. Y cuantiosas referencias de diversa extensión en sus historias y tratados sistemáticos, como también en sus memorias y diarios íntimos. Aquí también, como veremos, no se limita a interpretar la leyenda: es la clave, confesadamente esotérica, para interpretar el mensaje secreto de la obra y sus designios. 

Voy a citar un pasaje de una de las interpretaciones de Eliade; prometo que será casi la única cita un poco extensa que haga:

Para durar, una construcción (casa, obra técnica, pero también obra espiritual) debe ser animada, esto es, debe recibir a la vez una vida y un alma. La transferencia del alma sólo es posible a través del sacrificio; en otros términos, a través de una muerte violenta. La transferencia ritual de la vida por medio del sacrificio no se limita a las construcciones (templos, ciudades, puentes, casas) ni a los objetos utilitarios: también se sacrifican víctimas humanas para asegurar el éxito de una operación y aun la duración histórica de una empresa espiritual. (Desde Zalmoxis hasta Gengis-Khan, 1970)

El sacrificio humano: mito y rito de fundación

El sacrificio humano de fundación fue base de la mística o religión de la muerte de la Guardia de Hierro rumana. Fundada por Codreanu, esta fue una de las formaciones fascistas más extremadas en la Europa de la década de 1930; la muerte del fundador enlutó a Eliade en 1938. Los legionarios férreos -es decir, los militantes de la Guardia de Hierro- son ascetas sea por necesidad, sea por deliberada decisión. La Guardia de Hierro nunca fue un cuerpo oficial del Estado, sino que guardó con el gobierno rumano relaciones peligrosas y vivió muchas veces en la semiclandestinidad, como una sociedad secreta. El legionario es el representante de un movimiento que se declara cristianísimo, tutelado por el arcángel San Miguel. Su religión de la muerte es también una mística de la culpa necesaria. Hay que matar al adversario y al judío, porque el judío es deicida y además asesino y vampiro del pueblo rumano. Pero si el legionario es capturado, debe aceptar el castigo por esas muertes como una oportunidad de justa expiación. 

"Los legionarios mueren cantando, los legionarios cantan muriendo". Así reza un himno de la Guardia de Hierro. ¿Qué cantan los legionarios? Cantan la balada "Mioritza", dominada por el tema de la muerte como novia y de los desposorios con la muerte, por el tema de la boda como suicidio, y del suicidio como unión mística con la naturaleza. Pero los legionarios prefieren cantar, por supuesto, la balada tradicional que narra la leyenda del maestro Manole. 

La perspectiva del legionario no es la de vencer o morir, como el himno nacional de los paraguayos muertos en el genocidio de la Triple Alianza. Es la de vencer muriendo. Esto ha sido reiterado por los historiadores del movimiento. 

Folklore y religión del asesinato

En el diario íntimo de Eliade encontramos una anotación que lo revela ubicándose a él mismo en el lugar del "maestro de verdad", maître de verité. Esta anotación abre una espiral de "secretos" (como veremos, la palabra es de Eliade). Hace aflorar el componente esotérico, a veces vagamente sospechado, de la Guardia de Hierro. Pero sobre todo, parece indicar que la leyenda del maestro Manole no es un vago precedente folklórico, sino una auténtica formulación sagrada (hieròs lógos). 

Es una entrada de 1959:  

Hojeo mi Tratado de historia de las Religiones (1949), deteniéndome en el largo capítulo sobre los dioses del cielo. Me pregunto si habrá sido entendido el mensaje secreto del libro, la teología que implica mi desciframiento de la historia de las religiones. Sin embargo, es posible deducir el sentido: los mitos y las religiones son el resultado del vacío que Dios dejó en el mundo al retirarse, al transformarse en deus otiosus. Dios fue suplantado por otras formas divinas: divinidades activas, fecundadoras, dramáticas. Pero, ¿se habrá entendido que la `verdadera' religión comienza recién cuando Dios se ha retirado del mundo? ¿Que su trascendencia se confunde y coincide con su eclipsarse?

Lo primero que hay que decir es que habría que ser un verdadero iniciado para poder inferir este mensaje secreto del Tratado de Historia de las Religiones si nos encontráramos ese libro en una biblioteca. Y si el libro fuera un gigantesco criptograma, como sugiere Eliade, dejaría de ser tan trivial como es. Es cierto que esta es sólo su forma exotérica. 

Lo segundo es más importante, y se apoya sobre este secreto. El origen de la religión según Eliade coincide con la explicación de la creación ex nihilo según la Cábala judía, en especial a partir de Isaac Luria (1534-1562). En palabras de Gershom Scholem, "Dios, para garantizar la posibilidad del mundo, hubo de dejar vacía una zona en su ser". Es decir que, según su propia revelación, el antisemita Eliade construyó todo su Tratado como un laberinto que tiene en su centro un mensaje, pero un mensaje secreto, y ese secreto es una doctrina judía. 

Ni siquiera el "trivial Eliade" -como lo llamaba otro húngaro que escribía en alemán, Károly Kerényi- podía ignorar, en cuanto historiador de las religiones, esta noción cardinal de la Cábala. Tampoco se puede dudar de que en un diario íntimo centrado en la noción del propio exilio, en la proscripción de Rumania y aun de Europa, Eliade haya revelado como mensaje secreto la doctrina del eclipsarse de Dios sin saber que en la cultura judía del siglo XVI se interpretó este retirarse divino en términos de destierro, dramatizando en términos cosmogónicos la catástrofe de la expulsión de España que se configuraba como repetición o acentuación de la diáspora, del exilio de Palestina. 

Jacha Uru aymara, del abatimiento del exilio a la utopía de la redención

El mesianismo antinómico fue la reacción de las comunidades judías durante el siglo siguiente, el XVII, en un pasaje del polo del abatimiento del exilio al polo de la utopía de la redención, como en los mitos del Jacha Uru, del gran año cósmico que vendrá (la expresión es aymara), para los indios americanos ‘sometidos pero no vencidos’. Conviene retener esta noción de antinomia, del valor ritual de la deliberada infracción de la ley. En pocas palabras, la ley debe ser infringida para que se instaure la nueva ley, pero sigue siendo, en el acto de infringirla, la ley. Así unimos mentalmente la línea de puntos, para lo que se dirá después sobre los usos de la balada del maestro Manole en Eliade y en Lukács. Se pueden extender también líneas de puntos en otras direcciones, no desvinculadas con nuestro tema, como hacia las relaciones peligrosas y las afinidades electivas entre iluminados e iluministas en el siglo XVIII, o hacia textos como la novela yidisch de 1935, Satán en Goray de Isaac Bashevis Singer, que tratan del desgarramiento de la moral comunitaria por el fracaso de la promesa mesiánica. 

Estos elementos de la cultura judía, que incidieron y dejaron su mayor huella en la Europa balcánico-danubiana, pueden servir para aproximarnos a las antinómicas coincidencias de los autorretratos místicos de víctimas y victimarios. Desde luego, resulta ocioso aclarar que no se trata de armonías preestablecidas ni de justicias cósmicas, sino, en términos de Furio Jesi, a quien aquí y en todo seguimos, de una tecnificación del mito. La Guardia de Hierro tuvo su génesis ritual en la prisión de Vacaresti, donde estaban recluidos Codreanu y sus compañeros. La experiencia fue definida como de culpa, de asunción de todos los pecados de la estirpe: allí eligieron como patrono al arcángel Miguel, cuyo ícono presidía la iglesia de la prisión. 

La tradición de la angelología griego-ortodoxa permite suponer que la elección del arcángel Miguel es la prueba del retirarse de Dios y la formalización de la necesidad del sacrificio, del martirio-pecado, tutelada por quien, como el arcángel de la espada, queda epifánicamente accesible en el exilio divino. Cuando Dios está presente, no se desenvaina la espada: en el Evangelio, la espada desenvainada de Pedro en presencia de Cristo (Jn 18,10, Mt 26,52) es signo de culpa no necesaria. Cuando Dios está en exilio dentro de sí mismo, cuando quedan accesibles solamente formas sub-divinas, como el arcángel, los justos deben ser culpables y deben matar.

Acelerar el nuevo reino por la infracción de la ley

Con esto volvemos de lleno a la balada del maestro Manole: la víctima ritual designada para que la obra dure no debe ser consanguínea, y debe ser afín. Como el pueblo judío, como la mujer del maestro mayor de obras. Como "Irma Seidler".

Matar es la culpa por excelencia, y el homicidio (o el suicidio inducido) es un ritual de aceleración del nuevo reino por la infracción de la ley. Por eso hay que matar a los judíos, porque son el pueblo que elige a Dios. "Se sacrifican víctimas humanas para asegurar la duración histórica de una empresa espiritual", decía Eliade. Los judíos, pueblo por excelencia del antiguo reino, son afines a los cristianos. Pero dar muerte es un acto culpable, y el legionario que mata quiere también morir. La figura de la mujer del maestro mayor de obras Manole, sacrificada para erigir el edificio, es la del judío muerto, pero también la del soldado del arcángel que, después de matar, se hará matar.

La guerra de castas

En su Dostoyevski Lukács encontrará en un hipostasiado pueblo ruso una vía comunitaria que es un modelo de redención de la humanidad emancipada de la ética, pero en "Acerca de la pobreza de espíritu" la vía es individual. El modelo es San Francisco de Asís, pero también personajes dostoyevskianos como el idiota Myschkin o el místico Aliosha Karamázov. Si se puede ver y comprender sin mediaciones, como hace San Francisco, se desintegran la ética y la comunicación: "los pensamientos secretos -escribe Lukács- se vuelven manifiestos", es posible "superar la mera discursividad".

La bondad de San Francisco es antinómica. Francisco de Asís será una figura central en el expresionismo alemán, como modelo de vida individual pacifista pero no quietista, y por su oposición antinómica a la disciplina de la jerarquía eclesiástica. La "bondad" del "varón que tiene el corazón de lis" es una posesión [Besessenheit], casi una posesión sexual o diabólica: hace saltar las formas interhumanas de comprensión. El alma del bueno, dice Lukács, ha sido "vaciada", es una "pura hoja en blanco en  la que el destino escribe su orden absurda [seinen absurden Befehl]".   

La práctica de las "órdenes absurdas", de las tareas inútiles, resulta funcional y aun necesaria a una sociedad jerarquizada por "castas espirituales", como las llama Lukács en este texto. Integran el sistema de la iniciación, al que Eliade dedicó libros y esfuerzos. La metafísica de las castas tiene su origen lejano en el misticismo hinduista y, para Lukács, uno más cercano en un artículo de Rudolf Kassner de 1903, titulado "El idealismo indio". Las castas son rígidas, y el mayor pecado, según resume Marta en el diálogo, consiste en la "confusión de castas". No importa el número de castas; no importa, siquiera, su jerarquía. Pero son rígidas. Si no fueran compartimentos estancos, si su diferencia no fuera cualitativa, no darían "forma" a la vida, ni organización a la sociedad. A cada casta corresponde una forma, fruto de la virtud decantada con el ascetismo. Estas castas son "espirituales": no se nace en ellas, como en una raza o en una etnia, o como en las castas de la India histórica. Se las merece: son -la palabra no está en Lukács- una meritocracia, una carrera abierta a los talentos. Aquí la vinculación se impone con vertientes ni biológicas ni raciales del fascismo. Pensemos en una figura que ahora está siendo revalorizada en Italia, la de Julius Evola, y en su noción espiritualizada de raza. 

El estudio ético-social de las castas será continuado por Max Weber en sus análisis de sociología del hinduismo en especial y de sociología de la religión en general. Se ha señalado el nexo que une la noción weberiana de "carisma", y este diálogo de Lukács. Entre los tres tipos de dominio legítimo que distingue Weber, el carismático (charismatische Herrschaft) se funda en la devoción a un guía (Führer) ungido por la gracia divina: los tipos clásicos son los santos, los profetas, los sabios y los líderes militares. Los "buenos" de Lukács pertenecen a esta categoría. O mejor dicho, esta categoría weberiana ha sido deducida de estos buenos. Como el héroe mítico de Eliade, el bueno, el carismático San Francisco destruye la teoría del conocimiento, anula las relaciones de causa y efecto, trasciende la pesadilla de la historia. Pero, a diferencia de la magia weberiana, en Lukács y Eliade el matador de la víctima sacrificial debe reunirse con ella en la muerte. La balada rumana tiene un final que "Lukács" omite deliberadamente en su síntesis: la muerte violenta del maestro Manole. El texto "Acerca de la pobreza de espíritu", que tiene como narradora a Marta, acaba, en un golpe de teatro, o de opereta, con el suicidio del alter ego de Lukács. En la vida del propio Lukács sabemos que no fue así: "Me refugié en la gnoseología y en la frivolidad", dice un citadísimo pasaje de su diario (15/XII/1911), donde elogia la eficacia salvífica de estas dos disciplinas, después del suicidio de Irma Seidler y de la muerte por tuberculosis de su amigo Leo Popper.

Tempo é galant’uomo

Parece innecesario concluir reiterando que las posiciones finales de Lukács y de Eliade son irreconciliables. Dios, dice el libro de Job, no necesita las mentiras de los hombres; Lukács no necesita los cumplidos de los hegelo-marxistas, apurados en declarar (para que su memoria no sufra por la falta) que llegó puntual a las convicciones que importan. Por el contrario, tal vez convenga apuntar, con más bathos que pathos, el carácter contingente y no predeterminado, libre en suma, del desarrollo de la obra de Lukács. Sólo por una ilusión retrospectiva puede reconstruírsela como una evolución contradictoria pero siempre dirigida hacia el comunismo y hacia su propia filosofía última. 

“El tiempo”, decía Schopenhauer, “es todo un caballero”. Llega puntualmente a la cita, como en 2015 Bolivia al aniversario de 1935, y al recuerdo de la muerte de la nación y de sus mejores, en los campos de batalla y los sitios y asedios de la derrota de la Guerra del Chaco, como un cuchu sacrificial para el nacimiento del Estado Plurinacional, y para la historia que reescribe, pero también mitifica, Spedding en la gran novela del Catre de fierro