SOCIEDAD

80 años de guerra del Chaco Boreal
Bolivia y Paraguay en la cancha

 

Por Alfredo Grieco y Bavio
Desde Asunción y Montevideo


 

Pasados 80 años del inicio –pero no del fin- de la Guerra del Chaco, Bolivia fue derrotada como visitante en el campo de juego asunceno que podría haberla llevado a la Copa FIFA 2014. El abrumador 4 a 0 reiteró, lúdico, una victoria bélica y trágica, que llevó a una centuria melancólica de mésententes, desentendimiento, para citar el título de Jacques Rancière.  

LA PAZ POR OTROS MEDIOS. En 1933, en un momento decisivo de la Guerra de 1932-1935, los paraguayos habían recuperado la iniciativa, y logrado cercar a las tropas bolivianas en Pampa Grande y Pozo Favorito. Los títulos de los diarios asuncenos de septiembre de 2013 repetían clichés de 1933. Leímos “Para volver a creer” en la tapa del liberal Última Hora, “Cuatro goles que mantienen la ilusión” en la del más colorado, y coloreado, ABC Color, “Ya no somos bolí kuña” (algo así como “Los bolitas ya no nos la ponen”, jopara fashion) en la tapa del Popular, y por último “El que no salta… ¡es curepí!”, tapa de Crónica. Para quienes el guaraní paraguayo no resulte tan transparente, curepa es ‘chancho de piel blanca’, vale decir, argentino (anagrama de ‘ignorante’, apuntaba Sarmiento). La Argentina fue siempre un observador más participante que desinteresado en los conflictos y armonías entre Bolivia y Paraguay. 

LA GUERRA FLORIDA. “Le ganamos a una de las peores Bolivia de los últimos tiempos”, escribe el gran cronista deportivo de Última Hora, que tiene nombre de gran músico argentino, Ariel Ramírez. Un párrafo antes, el mismo periodista convoca, en una única frase, metáforas bélicas de hospital de sangre para alcanzar su clímax personal en una nota de sermón laico que eleva la moral de la tropa. “La herida de no estar en la lucha por un cupo mundialista está allí, pero si nos ponemos a pensar a futuro, en mirar a lo que viene, el triunfo sirve como un gran envión anímico”, sostiene Ramírez: presencia de una ausencia, élan vital apuntado como flecha al horizonte, boreal y austral: volverá la antigua bienandanza.

TUGURIO ROMA. Este reportero estuvo a pocos metros del estadio asunceno –que homenajea a los vencedores del Chaco- donde el seis de setiembre se libraba el partido, al mismo tiempo que se disputaba. En la parrilla Roma, llamada “El Tugu”, lugar de conspiraciones y complicidades, con la anuencia de su dueño, en los largos períodos presidenciales de Alfredo Stroessner, las alternancias del partido se seguían con una combinación perfecta de interés y capacidad de atención a cuestiones múltiples y ajenas por entero al fútbol, que iban, por los presentes, desde los museos de Berlín hasta etnobotánica del Paraguay. El triunfo de la albirroja fue celebrado por los comensales de ambos sexos con otra combinación perfecta y sin sutura de dos antónimos, el entusiasmo y el escepticismo, expresada en un guaraní más secreto, pero no menos gráfico, con expresiones que aluden, en definitiva, a ‘una erección blanda’. Este espectador vio, pero no oyó los goles; es decir, la ciudad no se unía en un grito al unísono con cada patada triunfal del júbilo de un ingreso, punta karaja. 

EPÍLOGO EN MONTEVIDEO. Apenas cuatro días después, el martes 10, en Montevideo, la ciudad temblaba como se espera en el Río de la Plata, antes, durante, y después del partido en el estadio Centenario. El día anterior al partido, en el hotel donde se alojaba este reportero, colombianos y colombianas de Bogotá o Bucaramanga lucían poleras oficiales de su Selección Nacional, que al día posterior, tras la derrota, habían cambiado por adecuadas ropas civiles. Un seminario de posgrado en el que participó el reportero se vio amenazado por su superposición con la hora sagrada. Las calles estaban colapsadas, las pizzerías llenas, la celebración celeste fue estridente, pocas horas después, semidesnudo, José María Giménez se hacía fotografiar mientras le tatuaban, en el brazo, la fecha de su día más soñado, su hora más gloriosa. 

CÉSPED SINTÉTICO. En la cancha, sólo hubo fútbol entre Uruguay y Colombia. No había ningún recuerdo de otros entreveros. “Es que los bolivianos no quieren reconocer que ellos perdieron”, nos dice Javier Viveros, uno de los mayores narradores contemporáneos paraguayos y antólogo de cuentos nacionales futboleros. Pero se refiere a la Guerra de 1932-35, no al partido reciente. Sobre esa Guerra, ha venido publicando, con bello dibujo de Juan Moreno (a quien pertenece la ilustración en esta página), una novela gráfica seriada, Pólvora y Espanto (cuyo nombre alude al título de Abelardo Arias, Polvo y espanto, de trece letras como todos los de este autor, y una de las grandes novelas del siglo XX argentino). Los paraguayos saben poco de Bolivia. A veces, también a los bolivianos puede desertar la simpatía. Cuando este reportero era editor de Política Internacional en el diario La Razón, durante una infinita reunión de edición dos antiguos macrojefes, que así se los llama en el Alto Auquisamaña, le reprocharon en 2012 que usara la expresión ‘Golpe’ para referirse al derrocamiento del presidente paraguayo Fernando Lugo, porque constitucionalmente no lo era. ¿Qué Constitución define a un golpe?, pensó el entonces editor. Pero con buena educación paceña cambió por ‘destitución’ u otro bien constituido eufemismo. Nunca olvidó la lección de periodismo y deferencia: los lectores verán que no ha llamado ‘dictador’ a Stroessner. Constitucionalmente, no lo era.