RESCATES

La falacia intencional

Por Alfredo Grieco y Bavio

 

C. E. Feiling (Rosario 1961- Buenos Aires 1997) se jactaba de ser un escritor sin inéditos. Demostró ser un novelista nacional, un poeta más perenne que el bronce y un crítico riguroso y divertido pero jamás distraído. Invisibles ofrecerá una serie de antologías temáticas de su obra dispersa, no reunida en Con toda intención. Esta primera, sobre poesía argentina. 

 

 

Tan sólo diez años atrás, cuando con Gabriela Esquivada preparábamos la antología que después fue Con toda intención, habíamos reunido todos los textos en prosa dispersos o inéditos de Charlie Feiling. Dicho esto, harían falta de inmediato tantas aclaraciones y modalizaciones que tendré que resignarme a algunas zonas de sombra y subterfugio.  

Es muy probable que la expresión ‘todos’ sea menos arrogante de lo que parece. Al menos si se tiene en cuenta aquí, por la negativa, a la no-ficción en prosa: a los ensayos, papers en congresos y otras reuniones científicas, contribuciones a doctos e indoctos volúmenes eruditos (sobre filología, sobre lingüística, sobre historia literaria argentina e iberoamericana), crónicas (de viejo periodismo), críticas, reseñas, panoramas, respuestas a encuestas, diálogos, entrevistas (donde era él que preguntaba o el preguntado), traducciones, traducciones comentadas, entradas, auténticas o dudosas, en serio o en broma, para enciclopedias diversas, y aun textos introductorios de antologías preparadas por él o por otros, como este que estoy escribiendo yo mismo, ahora, casi veinte años después de la muerte de Charlie. 

Ocurre que Charlie, como llamaban todos al autor que eligió el nom de plume C.E. Feiling y el pseudónimo Eduardo Gleeson, se jactaba, con razón –la sinrazón no era su fuerte-, de ser una autor sin inéditos. Ahora bien, un latinista como él (fue mi ayudante de Latín I y II en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA: las materias eran anuales, el profesor era Eduardo J. Prieto), sabía muy bien que publicado e impreso no son sinónimos. Un texto compuesto para una ocasión y leído en esa oportuna circunstancia no es, por lo tanto, inédito: “Maecenas atavis edite regibus”, dice el primer verso de la primera oda de Horacio. Es verdad que el texto de estos textos –si puede decirse así-, oídos más que leídos por sus públicos, que los guardaron por retazos sonoros en sus olvidadizas memorias, sólo podía encontrarse, en copia única o casi única, entre los papeles privados o entre registros ‘en soporte informático’ que quedaron tras la muerte de Charlie en julio de 1997. 

De aquel conjunto de textos, algo así como un décimo forma el contenido del libro Con toda intención, unas 290 páginas que, con un prólogo de Rodrigo Fresán (“Apuntes para una teoría de la inteligencia”), publicó en Buenos Aires la editorial Sudamericana en 2005. Es decir que quedaron fuera nueve décimos de los textos reunidos. Al momento de elegirlos –lo difícil era decidir qué nueve textos quedaban fuera-, recuerdo que discutimos con Gabriela. Para ella, lo importante era que, cerrado el volumen, el lector tuviera delante de sí el diorama completo y fulgurante de una época y su escena literaria, que básicamente era la que en Argentina tenía por extremos, de un lado, el buen éxito electoral del doctor Alfonsín, del otro, el primer fracaso del plan del doctor Cavallo. Para mí, lo importante era reunir un vibrante manojo de textos vivos, pugnaces, polémicos, que demostraran la vigencia y urgencia contemporáneas del autor que se alejaba en el tiempo. 

Por fortuna, triunfó el buen sentido –el de Gabriela- y Con toda intención es, o creo que es, una antología con sentido propio y completo, a la vez representante y representativa de una época y de uno de sus mejores escritores. Encontrar el título nos llevó su tiempo (en algún lado tengo la lista de los descartados –uno era A timar incautos-): debía tener tres palabras y sólo tres, como las novelas y el libro de poemas de Charlie. Personalmente –aquellos años de latín no se olvidarán- Con toda intención me gustaba por su reivindicación de la intención, de la voluntas retórica, contra la intentional fallacy. Esta ‘falacia intencional’ consistía en el principio de desentenderse de las intenciones del autor al considerar la obra literaria. Era una regla formulada por los New Critics norteamericanos (unos fascistas agrarios, como Chalie sabía muy bien) que se había vuelto moneda corriente, aunque desautorizando, y, más todavía, olvidando por completo ese origen (e invocando la prosapia de los formalistas rusos), en la carrera de Letras porteña de la década de 1980. 

Conociendo la impronta nacionalista de Invisibles, que me hace saber siempre Germán Lerzo, elegí para esta primera antología temática de una serie de antologías de la prosa dispersa de C.E. Feiling, cuatro textos sobre poesía argentina.

El último de ellos, el texto de la presentación de Mínimo figurado, de Sergio Bizzio, es inédito en el sentido de nunca, todavía, impreso –una virginidad, la del papel, que como el tigre de la novela de Dipi, otro personaje de aquellos tiempos, conserva en esta publicación digital. Lo oí en la presentación misma, en la librería Gandhi que entonces quedaba en la calle Montevideo, donde también había trabajado nuestro amigo Sergio Chejfec. Recordaba muy bien la alusión a Max Beerbohm, que me gustaba tanto por entonces, y a Zuleika Dobson, la campus novel oxoniense, que por entonces no había leído, y que después leí en ese mismo ejemplar donde encontró la pareja dispareja Ramallo / Rapallo el presentador, un Penguin Classic, que él mismo me prestó. 

El texto de Charlie fue apareado –parejamente- con otro texto, una alegoría y prosopopeya oceánica, o más bien rioplatense, del mar dulce y leonado, que me recordaba doblemente a “El gran serafín” de Bioy y a su fuente hispánica, que leyó Luis Chitarroni, y que yo nunca leí. Sí leí, finalmente, diez años atrás, en 2005, el texto de Charlie. Pero recién ahora, diez años después, en 2015, advierto, o empiezo a advertir, la perfecta composición, como la de una vilanela. Una Ringstruktur: una estructura de anillo. La presentación de Mínimo figurado comienza con una promesa: “Seré mínimo”. Y culmina con una ensoñación: “Me figuro”. No recuerdo si Sergio Bizzio estaba esa noche tan exultante con la lectura como yo en esta; me figuro que sí, como mínimo.   

   


 

 

Carrera, Arturo, y Cerro, Emeterio. Retrato de un albañil adolescente & Telones zurcidos para títeres con himen.
Babel, Año I, Nº 8, Marzo 1989  Ultimo Reino, Buenos Aires, 1988. 100 páginas.

CARRERA ENTREPRENDE CEMENTERIO PERRO HACIA GAUCHERIAS GAUCHERIES DADAFEISMOS GIRONDINOS TAN FRANCESES AY TAN MORBOGALICOS QUE REPITEN REMEDAN REPICAN EL CUESCO DE JARRY SO JARRING DEAR CON MUEQUITAS MUESQUITAS MIS MUERTAS MUÑEMOSQUITAS HASTA DEJAR AL PUBLICO HECHO PULVICO DE ESTROFAS ABURRIDAS A BURRADAS SO-HECES.

¿A quién le hace gracia?

La pregunta es siempre pertinente cuando se trata de un chiste (y no veo de qué otro modo interpretar este libro de Carrera y Cerro). Por supuesto, muchas veces la mera formulación de esa pregunta implica confesar que uno carece de sentido del humor. Mea culpa, entonces.

A mí no me hace nada de gracia; es más, me provoca un poco de vergüenza ajena imaginar a dos personas devanándose los sesos para acuñar el siguiente “afuerismo”: “El coraje es una hipocresía que escapa a toda enagua o combinación”, o riéndose a carcajadas mientras componen una tirada como: “el titirí sanjónfluvial harapintoespiral obliterado sibilino gá-/ rrulo momio/ el titirí ventiscoso risado capón franjo boscaje alcanfor ignoto/ escintín...”.

Claro que uno tiene sus prejuicios; el mogolismo auto-inducido de Tzara jamás me pareció interesante y tampoco, una vez pasada la adolescencia, pude encontrar en el surrealismo mayor valor que el de haber dirigido la atención de los lectores hacia figuras como William Beckford (por otra parte, para no citar a precursores como Alphonse Allais, Apollinaire ya había hecho todo lo valioso mucho antes de Breton y sus seguidores stalinistas). No quisiera, sin embargo, dar la impresión de estar siquiera comparando la irreverente actividad de Tzara o Bréton con estos textos de Carrera y Cerro: más de sesenta años, si somos benévolos, separan los alaridos de las vanguardias europeas de sus epígonos argentinos. Más de sesenta años, un Océano Atlántico y libros como Veinte poemas para ser leídos en el tranvía.

Si todavía hay algún lector interesado en los chistes dadaístas, o en averiguar con quiénes se encuentran C & C para tomar un café en el centro (los autores proveen de una lista completa de sus amistades “literarias”), se encontrará con dos textos que comparten el anacrónico carácter de manifiesto. Si el mencionado lector tiene el coraje y el tiempo suficiente, además del gusto estragado, como para terminar realmente el libro, podrá enterarse de toda una serie de novedades artísticas: el valor del teatro de títeres, qué es el arte cúnico, cuán prisioneros estamos de la estétrica, de qué se compone la literatura, etc. (Me pregunto si C & C han sido asesorados por cierto popular animador televisivo; Raúl Portal ciertamente comparte con ellos la afición por tan ingeniosos juegos de palabras.)

Es difícil saber qué puede haber movido a Arturo Carrera, el poeta de Arturo y yo, uno de los mejores libros de los últimos años, a entrar en asociación ilícita con Emeterio Cerro para escribir “Retrato...” y “Telones...”. Más difícil aún resulta comprender por qué Severo Sarduy (que tampoco se luce mucho) les escribió un laudatorio prólogo. ¿Será el agujero de ozono?

 


El cencerro y las vacas / Reflexiones de un bienpensante
 
Babel, Año III, N° 20, Noviembre 1990



El peligro de sentir un odio irracional hacia la irracionalidad debe ser evitado, es cierto. Perder la compostura (o, si se prefiere llamarla de otro modo, la impostura de cortesía) frente a los defensores del sinsentido es entregarse al pecado de Carnap y los positivistas lógicos: suponer que carecen de significado todas las proposiciones que no son ni verdaderas a priori ni pueden ser verificadas en la experiencia. El odio irracional siempre se equivoca, como puede comprobar quienquiera reflexione sobre el sentido de la proposición “Carecen de significado todas las proposiciones que etcétera”. Porque de acuerdo con su propio significado, dicha proposición carece de significado.

Alguien afirma: “Lo que hace Fulano ni siquiera es literatura”. Otro le retruca: “Fulano es un excelente escritor”. Puede que, en el deprimido panorama cultural argentino, eso sea como pelearse por un baño de Constitución. De todas formas, como difícilmente esas opiniones constituyan juicios analíticos a priori, y tampoco tratan de un asunto meteorológico, que se pueda verificar apelando a la empiria (¿está lloviendo?), sólo resta sentarse a discutir. Y hacerlo con pasión que no descuide la cortesía: el mundo es demasiado miserable como para empeorarla comportándose groseramente.

Si el lector, hermano o hermana hipócrita, puede disculparme por esta vez que naufrague en la primera persona, diré que cierto autor que admiro (esto es sinceridad, no captatio benevolentiae: temo que será malinterpretada), ha sostenido hace poco los méritos de alguien a quien yo vacilaría en calificar de “escritor”. Según César Aira, las personas que abominan de Emeterio Cerro en nombre de la literatura cometen una grave equivocación, porque lo que caracteriza al escritor genial es ser incomprensible para sus contemporáneos, no ajustarse al gusto y las expectativas de los lectores. Aira compara a Cerro con Raymond Roussel (el símil es bueno: pocos libros peor escritos que Impresiones de Africa, el proyecto descabellado de un ingeniero paranoico), y moteja de bienpensantes a quienes no comprenden que Cerro es la literatura del futuro.

Es una lástima que Aira haya elegido el mote erróneo. Uno preferiría, aspira a ser tildado de reaccionario en lugar de bienpensante, pero qué se le va a hacer. En esta vida ningún deseo se cumple, y para colmo no hay otra.

Independientemente de esta decepción, sin embargo, cabe reconstruir el argumento de Aira para polemizar con él. Lo importante es el escritor, no su obra. El escritor tiene el deber de escandalizar a sus contemporáneos. El buen escritor es aquél a quien sólo comprenderán en el futuro. Por lo tanto, quienes abominan de x (un contemporáneo escandaloso), no son sino bienpensante que únicamente aceptan como literatura una serie de nombres sobre los que hay consenso, pacto de damas y caballeros para otorgar un reconocimiento casi póstumo, o póstumo a secas.

Presentado así, el argumento recupera su aura de déja vu.

Dejando de lado la primera premisa, que nada contribuye a la conclusión y es de un romanticismo tardío e incurable, lo que el argumento explicita es una (variante de) la teoría institucional del arte. Por fortuna para este pobre escriba, Richard Wollheim ha pensado una refutación de dicha teoría (v. “The Institutional Theory of Art”, en Art and its Objects. Cambridge, 1980). Lo esencial de la refutación es comprender que, según los institucionalistas (y perdón por este atentado a la lengua), aquello que hace de un objeto candidato a la apreciación estética es que una persona o grupo de personas, de rol activo en ciertas instituciones sociales, le hayan otorgado el status de candidato a la apreciación estética. La teoría es atractiva porque parece proporcionar una definición del arte. Sin embargo, basta con reparar en que el status de candidato a la apreciación estética puede ser conferido por algún motivo o sin él. Que sea conferido sin motivo viola dos intuiciones que tenemos: que hay un vínculo entre ser una obra de arte y ser una buena obra de arte, y que hay algo importante en el status de obra de arte. En cambio, si el status es conferido por alguna razón, entonces esa razón es necesaria para que algo sea una obra de arte, y reconocerla es el paso previo a conferirle a un objeto el status de obra de arte. La refutación que Wolllheim hace de los institucionalistas los enfrenta a un dilema. O la teoría no es una teoría institucional del arte o no es una teoría institucional del arte.

Un detalle del argumento de Aira que excede el núcleo de la teoría institucional (y lo pone a él en el incómodo rol de profeta), es concebir a la historia de la literatura como una carrera de postas: x  no es comprendido por sus contemporáneos sino por los contemporáneos de y, que a su vez no es comprendido por sus contemporáneos sino por los contemporáneos de z, que a su vez... Contra esto, los bienpensantes opinan que la historia de la literatura es un poquito más complicada, y que la crítica literaria no consiste en colgarle cencerros a una vaca para que otras la sigan. Los bienpensantes además reconocen que todo crítico debería tener enmarcadas en su estudio las “Lines to a Reviewer” de Shelley: “(...) Of your antipathy / If I am the Narcissus, you are free / To pine into a sound with hating me”. De tu antipatía / si yo soy el Narciso, no te impido / volverte por odiarme en un sonido.

 

 

Presentación de Mínimo figurado, de Sergio Bizzio

Seré mínimo. Hasta ayer por la noche creía tener solucionado el problema de presentar este libro de Sergio Bizzio. Mi presentación hubiera comenzado más o menos así: “Conozco solo dos escritores vinculados a Ramallo. El primero de ellos, Max Beerbohm, tuvo la delicadeza de morir en Ramallo (un lugar de la Riviera italiana) en 1956; el segundo, Sergio Bizzio, nació oportunamente en Ramallo (Provincia de Buenos Aires) en 1956”.

La infausta noche de ayer malogró este comienzo tan convencional. A menos que Sergio me haya mentido acerca de su edad (lo cual no es descartable, dada su incipiente calvicie), la coincidencia de fechas es correcta: Max Beerbohm murió en 1956; Sergio Bizzio nació en 1956... pero según consta en mi edición de Zuleika Dobson, el incomparable Sir Max Beerbohm no murió en Ramallo, sino en un lugar llamado Rapallo (como quiera que se pronuncie este itálico nombre).

Ramallo no es Rapallo. Una verdad necesaria, que vulnera mi amor propio. Y hace algo peor: me impide apelar al método intuitivo-analógico tan propio de nuestras veladas culturales –desarrollar, por ejemplo, sobre la base de varias rotundas identidades sonoras (Ramallo/Rapallo, 1956/1956, muerte/nacimiento), la gama de profundas correspondencias que seguramente existen entre el caricaturista inglés y el poeta bonaerense. Lo de anoche fue un adiós al significante.

Sergio Bizzio, que no nació en Rapallo ni en la Riviera italiana, sobrelleva con dignidad el hecho de haber nacido en Villa Ramallo, Provincia de Buenos Aires. Como no soy amigo de meterme en vidas ajenas, mencionaré solamente dos detalles de la de Sergio.

a) Su paso por la Facultad de Filosofía y Letras de nuestra ínclita Universidad Nacional de Buenos Aires duró lo suficiente como para que se diera cuenta de que, si no la vida, la literatura está en otra parte.

b) Antes de Mínimo figurado, publicó otro libro de poemas, Gran salón con piano, de fama inmerecida (porque fue poca).

La poesía de Bizzio tiene la ventaja de ahorrarnos tanto las engoladas declaraciones de guerra (esa guerra que ganarán los obreros de manos callosas y moral intachable) como el surrealismo manido, “vanguardista”. En la poesía de Bizzio se registra cómo ocurren algunas cosas: la mano que levanta un vaso, el pie que se introduce en el agua para probar su temperatura. Hay líquidos, brillos de líquidos, hojas y flores (flores nombradas, sobre todo, con la palabra “flor”). Pero no esperen encontrar a un Francis Ponge. De cuando en cuando, la nimiedad es interrumpida por un diminutivo, por una pregunta molesta:

“¿Y si me toco y no me toco y si me toco y no estoy?”

Es más que suficiente. Me figuro.

 


La zona incandescente
La Gaceta del Fondo de Cultura Económica
6/V/1990  J. Washington Noriega. Obra completa (edición a cargo de Juan Pablo Renzi).
Santa Fe, Municipalidad de Rosario/Universidad Nacional del Litoral, 1990. 783 páginas.

 

Afirmar de J[orge] Washington Noriega –como afirmar de cualquier persona– que “eligió un mal momento para morir” es, si de un oxímoron se trata, un caso de mala affectatio. O sea: un exceso de retórica, que por pura licencia estética degenera en licencia de otro tipo. “Licenciosidad”, libertinaje.

Sin embargo, no caben dudas de que en 1978 las miradas del país estaban demasiado absortas en ciertos vicios argentinos (el fútbol y la dictadura) como para volverse hacia Rincón Norte, Santa Fe. La noticia del deceso fue despachada en pocas líneas por dos diarios provinciales, La Región y La Capital. Recuerdo que, al cabo de varios meses, un periodista de Gente menos ignorante que la mayoría le preguntó a Borges qué pensaba acerca de Washington Noriega. Borges pudo fingir un esfuerzo de la memoria, tartamudear luego su epitafio injusto: “¿Noriega? Ya me acuerdo, sí... Un viejito provinciano, creo que de San Luis. Escribía haikus. María Kodama me leyó uno –‘Moncholos y amarillos’, ¿no?– bastante notable”.

Borges pudo fingir porque en 1978 Noriega parecía algo salido del inimaginable pasado, el último –nació en 1896– de los intelectuales decimonónicos: activista político de izquierda, poeta, traductor de los parnasianos, Secretario de Cultura de Santa Fe durante el primer gobierno de Perón, Don Juan, antropólogo aficionado, estudioso de las religiones orientales, paciente psiquiátrico ocasional. Pero sabemos, o deberíamos saber, que Borges mintió descaradamente. Lo prueban algunos viejos números de la revista Proa; lo prueban las Memorias de Brandán Caraffa, donde se relata la violentísima discusión que mantuvieron Borges y Noriega (en una de las escasas visitas del poeta santafecino a la capital), poco después de que Yrigoyen resultara electo para su segundo período como presidente.

Durante su vida, Noriega publicó solamente cuatro volúmenes de poesía, ninguno de más de sesenta páginas: Del rojo al negro (1921), Los fundamentos Tendai (1936), Homenaje a Higinio Gómez (1959) e Hipodamos de Mileto (1961). Para editar su Obra completa (que no es en verdad tal, porque faltan las traducciones y los ensayos políticos), Juan Pablo Renzi ha debido realizar una labor hercúlea. Algunos poemas inéditos estaban escritos a lápiz en papel madera, las conferencias sobre los indios Colastiné (“Lugar, Linaje, Lengua, Lógica”) eran una pila de notas taquigráficas, la mayor parte de los artículos debían ser recuperados de publicaciones casi inhallables (la reseña de un libro de Carlos Tomatis, de la fugacísima revista Setecientosmonos, los “Vagos pensamientos sobre el expresionismo abstracto” del catálogo para una exposición de Rita Fonseca, “Arte popular: ganaron los mencheviques” de un periódico que editaba el Sindicato de carniceros, etc.). Considerando este esfuerzo, es una lástima que los blancos volúmenes de la Universidad del Litoral se caractericen más por la calidad d los autores publicados (Saer, Padeletti, ahora Noriega) que por su ausencia de erratas.

Decir que Washington Noriega “eligió un mal momento para morir” es una afectación del estilo. Pronosticar que esta Obra completa marca el comienzo de una merecida y tardía fama es conducta de astrólogo (sobre todo en un país que se jacta de haber ganado dos campeonatos mundiales de fútbol). Afirmar, en cambio, que los poemas y la prosa de Noriega constituyen uno de los proyectos estéticos de mayor densidad filosófica de la literatura argentina, es simplemente informar al público de un hecho. La justificación de este aserto puede obtenerse leyendo “Colastiné, Mississippi”, ensayo sobre Faulkner en que Noriega argumenta que sólo la fidelidad a una zona, el registro puntual de sus objetos (animales, minerales, plantas, personas, instituciones), garantiza que la escritura no se vuelva un quehacer inmoral. “Sin esa fidelidad”, dice Noriega, “más vale administrar un burdel o poner un supermercado”. Pero prefiero justificar mi juicio acerca del escritor santafecino apartándome un poco del formato habitual de la reseña bibliográfica. Citaré completo el primer poema del libro en que Noriega trabajaba antes de morir (Todos se zambullen iba a ser el críptico título de la colección). El poema, una variante de la villanelle por su forma, parte de un juego infantil para llegar a un “descubrimiento” acerca de la percepción humana:

 

VEO VEO

 

No brilla maravillosa

cuando conjura el pincel,

a duras penas, la cosa.

 

Si del contorno que posa

volumen labra cincel,

no brilla maravillosa.

 

Unos la llaman tramposa,

para otros recobra fiel

(a duras penas), la cosa.

 

No brilla maravillosa

sobre el espejo que acosa:

no vemos luz, sino piel

de duras penas, la cosa.