CUENTO

Colaborador

de Alejandro Güerri 

En este relato incluido en El interior S.A., un periodista de rock sale de gira con otros colegas para conseguir una entrevista con un músico catalán, mezcla de poeta, ególatra y viejo diletante, que goza de una extraña fama en nuestro país. La historia es un retrato fiel, por momentos desopilante, de los personajes que pululan en el submundo de la escena musical.

 

 


El interior S.A. 
Alejandro Guerri
Añosluz, 2015

 

Nos citaron en el zoológico un sábado a las nueve de la mañana. Llegué primero. A medida que iban apareciendo los demás con sus caras de dragón trasnochado, pensé que los de la compañía discográfica no podrían haber elegido mejor el punto de partida para el viaje. Así como los médicos usan ambo o delantal, y los mecánicos y porteros un overol caqui o azul, los periodistas de rock llevan siempre puesta la remera de su grupo o solista preferido. Es fácil reconocerlos, algunos incluso parecen una versión degradada de las estrellas que admiran. Y aunque me les parezco en mucho y escribo notas para La Rocka, nunca me sentí por completo uno de ellos. Digo esto sin orgullo y con cierta cuota de resignación, sabiendo que el que se aísla, no forma parte de nada.

A eso de las diez, nos invitaron a subir al micro. Mientras el chofer calentaba el motor, la chica de prensa aprovechó para tomar lista. Se ubicó a mitad de pasillo con el cuerpo apoyado sobre el canto de un asiento y cuando escuchaba el grito de confirmación, hacía un tilde con una birome al costado de cada nombre. El único ausente en una comitiva de 35 personas era mi compañero de viaje, el autobautizado “Próspero (a secas)”. Considerado una leyenda de los medios por la gente del rubro, miembro fundador de La Rocka y de otras publicaciones más o menos míticas como El escarabajo eléctrico; con su cámara había registrado momentos fundamentales en la historia del rock nacional. 

Arrancamos derecho por Sarmiento y a la altura del Monumento a los españoles, adiviné que era Próspero el que corría al lado del micro. Su cabeza rapada brillaba al sol igual que en la fotito del staff. (Además, tenía un trípode en la mano). 

El chofer frenó a disgusto, se oyó el bufido del fuelle de las puertas plegándose y Próspero trepó al micro. Saludó a todo el mundo, o mejor dicho, todo el mundo lo saludó a él, en un mini revuelo de palmadas, abrazos y qué haceeés, maestro… Finalmente estacionó frente a mí.

–¿Vos sos…? –me preguntó, mientras metía sus cosas en el portaequipaje.
–Lucas.
–Lucas, ¿qué?
–Lucas Demarco.
–Próspero (a secas) –dijo y me dio la mano. Se acomodó en el asiento y volvió a la carga–. ¿Sobre qué escribiste en el último número?
–Hice una nota sobre Los Sensatos Insensibles –balbuceé–, un grupo de Mendoza.
–Ah, sí, creo que la leí… 

Sus ojos, suspendidos en algún punto del espacio, die-ron la impresión de estar viendo la página impresa, pero enseguida salió del trance y empezó a hurgar en los bolsillos de su campera. Se palpaba ansioso y metía las manos varias veces en los mismos huecos.

–¿Cómo empezaste en La Rocka? –me preguntó. Ya había encontrado lo que quería, una cajita de Gitanes negros de la que sacó un encendedor y un porro. 

–La verdad es que entré a la revista por la ventana… –le confesé, pero evité contarle que la compraba desde que salió a la calle y que en mis sueños de ducha fantaseaba con poner mi firma en una nota descollante, llena de guiños y chistes. Sí le dije a Próspero que una tarde, mientras me secaba con la toalla frente al espejo, posducha, decidí escribirle una carta al editor. Adjunté un artículo mío sobre discos tributo que habían publicado en Retaguardia (una revista de la facultad) y un saquito de té para que la leyera relajado; puse todo en un sobre y lo mandé por correo. 

Bajo una nube de humo, Próspero me prestaba una atención relativa. 

–A las dos semanas, me llamaron para una entrevista en la redacción y quedé.
–¿Querés? –me ofreció con la voz aspirada. 
–No, gracias, no fumo –le dije, tratando de no sonar cortante. 
–Dale, neneee…
–Bueno –tuve que aceptar y entendí lo de “(a secas)”. 

La ronda de dos se propagó a los asientos de atrás. La antorcha pasaba de mano en mano, las anécdotas sobre los músicos se superponían a las risas, y yo empecé a percibir los efectos. Sentía como si estuviera en el micro del viaje de egresados, faltaba un cantito nada más para convertirnos en hinchada. En medio de esa barahúnda, la chica de prensa se abrió paso en el pasillo y repartió unas bolsitas negras con el sello de la compañía. Adentro traían una edición especial del nuevo disco de Ramón Pare –el cantautor catalán que estábamos yendo a ver a Rosario–, stickers con las fechas de la gira y una gacetilla donde explicaban lo que para mí ya era sabido. Pare tenía dos discos editados (Fuera de control y Todo es nada), era un músico de culto en España, admirado por la prensa y por sus colegas que lo invitaban a tocar seguido, dueño de una inventiva novedosa para construir canciones, etcétera, etcétera. También lo precedía una fama de tipo hosco, agresivo, sobre todo con los periodistas.

Saqué el discman de la mochila, rompí el celofán del disco, abrí la cajita, saqué el CD y lo calcé  en el agujerito, cerré la tapa del discman, me puse los auriculares, apreté play y me sumergí en Chorro de luz, el nuevo disco de Ramón Pare.   

Dime, ¿qué me hace salir a buscar 
las cosas que ya no encuentro? 
Tampoco importa que entiendas. 
Río abajo va flotando 
mi corazón en las tinieblas. 

Escuchaba abstraído, los ruidos del micro habían desaparecido bajo la influencia y ahora anotaba en mi libreta: 

Preguntas para hacerle a Pare: Canciones como “Invierno”, “Todo el tiempo que perdí estos años” y “La columna rota”, ¿marcan un rumbo más luminoso en tu forma de escribir y de cantar? ¿Creés que Chorro de luz viene a ser el cierre de una trilogía? Y si esto es así, ¿cómo termina desde tu perspectiva? 

Con los ojos cerrados, visualizaba el momento en que los dos estaríamos conversando, cara a cara.

Cerca de la una, entramos a Rosario. El micro bordeó la rambla a paso de hombre hasta que pegó un par de giros olvidables y estacionó en la puerta del Hotel Imperio. La chica de prensa y el públicas de la compañía, que había permanecido en un segundo plano durante el viaje, nos asignaron las habitaciones. Quedamos en encontrarnos a las tres de la tarde para la conferencia de prensa. 

En la habitación había dos camas separadas por un biombo y una ventana frente a ellas que daba a la calle. Próspero eligió dónde quería dormir, se quedó en calzones y se tiró boca arriba sobre el acolchado. Agradecí la existencia del biombo.  



–Lucas, ¿vos tenés novia? 
–Sí. 

Siempre les miento a los desconocidos que quieren romper el hielo con el martillazo de una pregunta íntima.

–Yo hace quince años que estoy con la misma mujer –dijo y atrás de la frase, vino el sonido del chispazo del encendedor, humo en el aire–. ¿Sabés cómo hice? Bah, cómo hicimos… Cuando nos fuimos a vivir juntos, le dije: “si vos querés estar bien conmigo, no me des responsabilidades”. Y todo bien, pero ahora… 

Próspero se cortó en seco y me quedé a la expectativa de algo que no fue.

–Mirá, mirá el viejo ese –dijo al rato (a secas).

En el balcón de enfrente, había un viejo en jogging gris y camiseta blanca, regando las plantas con una pava de metal enorme.

–Qué imagen increíble, qué belleza, ¿querés? –y se asomó por el biombo con la pequeña antorcha entre los dedos. Una vez que la hubo entregado, sacó su cámara del bolso, se la colgó al cuello y fotografió al viejo del balcón desde todos los ángulos posibles. 
–Hay que dejarse llevar –dijo cuando terminó la sesión. 

Escuché que se metía adentro de las sábanas. 

–Voy a echarme una siestita, Lucas. 
–¿Querés que te despierte para la conferencia? –sugerí.
–No, ni me avises, la nota va con fotos del show.

Cinco minutos después, Próspero roncaba como un sapo.

Tres menos cinco, bajé del ascensor y el hall del hotel explotaba de gente. Periodistas rosarinos y de Córdoba, principalmente, se habían sumado a la troupe capitalina. Éramos como cien con cámaras, trípodes, mochilas, grabadorcitos, libretas. En el aire flotaba la energía tensa que se acumula cuando muchas personas están impacientes. Firme pero sin apuro, me abrí paso hasta llegar a la sala de la conferencia. Sobre la puerta colgaba un cartel manuscrito que decía “Sin palabras”. 

Si bien se decía que Ramón Pare era más bien reacio al contacto con la prensa (una vez respondió a una pregunta con una escupida en la cara), nunca me imaginé que en su primera gira a la Argentina nos iba a dejar así clavados. Para nosotros, los representantes de los medios, reunidos en el hall del Hotel Imperio, su silencio implicaba no entregar el trabajo prometido. 

–Gallego de mierda –escuché decir a un colega entre dientes, y me abstuve de aclararle que Pare había nacido en Catalunia.

En una punta del hall se formó un tumulto repentino. El públicas de la compañía, escoltado por la chica de prensa, improvisaba un futuro amparado en la oscuridad de sus anteojos negros.  

–Vamos a ver cómo está de ánimo Ramón más tarde 
–dijo–. Vamos a preguntarle si quiere hablar. Vamos a tener todos un poquito más de paciencia. 

Subí a la habitación y, cuando abrí la puerta, Próspero estaba sentado en su cama, en bolas, terminando de armarse un porro, con las persianas bajas y la tele prendida en un canal de dibujitos. 

–¿Ya volviste? –preguntó sin atinar a taparse.
–Sí –le dije y pasé rápido a mi lado del cuarto–. Pare no apareció, me quiero morir. Sin declaraciones no hay nota. 
–Despreocupate –dijo Próspero, ya encendido–. Vamos a hacer la entrevista. Y si no, siempre se pueden inventar dos o tres frases que no le hagan mal a nadie…
–Recién a las siete vamos a saber si quiere hablar, hay que estar en el…
–¿Conocés Rosario? –me interrumpió Próspero–. Ah, no… Bueno, andate a pasear un rato que yo me ocupo del tema… 

Agarré el discman de mi mesa de luz y atravesé el biombo en dirección a la puerta. 

–¿Sabés lo que me gusta de las giras? –dijo Próspero, envuelto en la penumbra de una nube–. Que sirven para reacomodar la cabeza… La comunicación es una cosa fundamental en las relaciones, ¿no te parece?
–Puede ser… –le dije.
–Recién me cayó la ficha de cómo solucionar el asunto este con mi mujer…

Pensé que no me iba a largar más, pero para mi sorpresa, apagó el porro con la lengua y dio por terminado el asunto. 

–Tomá, llevatelo para el camino –me dijo. 

No sé cuánto tiempo deambulé por el centro de Rosario hasta que frené hambriento en un puesto de pizza que había en una feria gigante junto al río. Comí en la barra dos porciones a toda velocidad. Me abrumaba la cantidad de gente que veía dando vueltas.

Abrí mi libreta y repasé las preguntas que había anotado. Demasiado largas, muy poco directas, eran mis propias afirmaciones disfrazadas con signos de interrogación. Recordé el consejo que me dio el editor de La Rocka: “Hay que preguntar casi, casi, como si uno no supiera”. Arranqué las hojas, pasé en limpio lo que me servía y las tiré. ¿Por qué en tus canciones siempre hay historias dentro de historias? ¿Hasta qué punto tus canciones son autobiográficas? Pagué la cuenta y empecé a caminar sin rumbo, con Chorro de luz metido en mis oídos. Me estremeció el final de “El oasis”, el último tema del disco. 

Cuando veas el futuro del futuro 
y no sepas bien qué hacer
estarás donde yo estuve
solamente para volver
con una canción como esta.

Próspero estaba en el bar del hotel, tomando un whisky en una mesa de cuatro.  

–Vení, Lucas, traete una silla –me gritó cuando intentaba pasar desapercibido hacia el ascensor–. Te presento a los muchachos: Rafa, el Nino, Hernández Chinar. Él es Lucas, colabora para La Rocka, una de las nuevas caras…

Saludé y me ubiqué al margen. La charla iba de rock. O mejor dicho, de cómo estos viejos lobos del mar de los medios habían compartido horas de intimidad intensa con músicos conocidos. Mi única preocupación era la nota. Vi en el reloj de la barra que faltaba menos de media hora para el encuentro en el hall. 

–Necesito un favor –me pidió Próspero por lo bajo, jugando con un hielo entre los dientes. Tenía los ojos rojos y ¿llorosos?  
–Sí, decime –dije.
–Acompañame a la habitación. 

Hizo un último brindis de parado, prometiendo volver más tarde, y nos alejamos rumbo al ascensor. 

Cuando las puertas se abrieron en el sexto, Próspero salió tambaleando. Entramos a la habitación y se tiró en una silla que había junto a su cama. La luz rojiza de la lámpara caía de lleno sobre su pelada, dejando en sombras el resto del cuerpo.

–Ayudame a armar el bolso –dijo exhausto–. Me tengo que bajar de la gira. 
–¿Me estás jodiendo? –le dije.
–No, en serio, nene. Hablé con mi mujer, la gorda está con fiebre. No me queda otra, me tengo que bajar, me tengo que bajar…
–¿Qué gorda? –pregunté desorientado.
–Tengo una beba de dos meses. ¿No te dije? Mirá, mirá.

Próspero me extendió su billetera abierta al medio. Adentro había una foto carnet de un bebé gordo con aritos dorados y ojos marrones muy abiertos. 

–¿Cómo se llama? –le pregunté.
–Margarita –dijo y cerró la billetera–. Meteme las cosas así nomás que yo estoy roto. En una hora sale el micro.

Empecé a reunir sus pertenencias dispersas sobre la cama hasta que me vi con su calzón en la mano. 

–Te arreglé lo de la entrevista –dijo Próspero, recomponiéndose a medias–. Tenés que estar a las 9 en la puerta de Circus, preguntá por Pedro de parte mía. Es el manager de Pare, estuve con él hasta hace un rato. Vas a tener media hora a solas. 
–Sos un maestro –le dije–. Muchas gracias...
–Eh, no es para tanto… –dijo–. Eso no me lo guardes todavía, pasameló.

Le alcancé su kit fumón y, sin moverse de la silla, armó un cigarrillo y lo encendió.

–¿Y con las fotos cómo hacemos, Próspero? 
–Las vamos a tener, el Nino me debe un par de favores. ¿Querés?

Veinte minutos más tarde, Próspero salió volando de la habitación y de mi vida.

Circus quedaba frente al río. Toqué timbre ya de noche y me hicieron pasar por una puertita que había al costado de la entrada. En el salón principal me recibió Pedro, que resultó ser un tipo muy flaco y muy narigón, bastante amable. 

–Ramón está en el camarín, concentrándose –me dijo–. Voy a avisarle a ver qué dice. Hoy tiene un día bravo. 

Me quedé esperando en una punta de la barra. ¿Qué tan bravo podía ser un día bravo de Pare? Una moza barría apurada entre las mesas, y otra iba y venía de la cocina al mostrador trayendo botellas y vasos. En las paredes había instrumentos enmarcados y fotos autografiadas de músicos que habían tocado en Circus. Todo me resultaba difuso y lejano, hasta el simple hecho de estar parado ahí, con el grabador y la libreta en los bolsillos. 

–Ven, por aquí –me gritó Pedro desde un costado del escenario. 

Atravesé una puerta lateral, semiescondida, y aparecí adentro del camarín. Ahí estaba Ramón Pare, sentado de espaldas a mí, en un sillón blanco de tres cuerpos, con la cabeza inclinada sobre una mesa ratona gigante. Sentí que el corazón me palpitaba acelerado y me aferré al grabador para tranquilizarme. 


–Ramón, te presento a Lucas –intervino Pedro.

Pare se dio vuelta y me miró de arriba abajo.

–Bienvenido al infierno –dijo sonriendo y me dio la mano.
–¿Por qué no te ubicas en el sillón, así haces la nota más cómodo? –sugirió Pedro.

Cuando pasé por delante de Pare, noté que estaba vestido con una túnica de arpillera hasta los tobillos y borceguíes negros.

–¿Y tú qué hacés? –me preguntó.
–¿Yo? Soy colaborador en La Rocka, una revista de rock de acá.
–¿Y en qué colaborás?
–Escribiendo, supongo –le dije. 

Pare me miró fijo unos segundos y, no sé qué habrá visto él, pero en sus pupilas chispeantes yo vi la mirada del animal arrinconado que se defiende atacando. Después se inclinó sobre la mesa y ahí vi el objeto de sus agachadas, un platito blanco con cocaína. 

–Si quieres hacerme la nota, tendrás que tomar conmigo –propuso con una sonrisa amenazante. 
–Ramón… yo no… Yo no.
–Puedes irte cuando gustes. 

Y así fue cómo, por primera vez, aspiré el veneno que (se dice) los Incas inventaron para joder a los europeos. Sin dudas, Pare estaba jodido y ahora yo iba atrás suyo, arrastrado aguas abajo por el mismo río turbio. ¿Qué estaba dispuesto a hacer por una nota? Saqué el grabador, me puse la libreta abierta sobre las piernas y volví a subirme al caballo corcoveante de la realidad.

–¿Empezamos? –propuse y apreté play/rec en el grabador.
–Te escucho…

Pare se despejaba los mechones de pelo que le caían sobre la cara para mirarme mejor con sus ojos punzantes. Pispeé la libreta y me decidí por una de las últimas preguntas.

–¿Qué se mantiene y qué cambia en las historias de tus tres discos?
–Ah, es una entrevista de las de pensar… –dijo con sarcasmo, echándose hacia atrás–. El asunto es que siempre hablas como quiere que hables el periodista. Te pueden hacer quedar como un intelectual o como un reo, y después se va fijando una imagen tuya. Hay reportajes en los que vienen y te preguntan: “¿es cierto que tú dijiste esto y esto otro?”. Y yo no sé. O sí, pero ¿qué importa? Casi nunca estoy de acuerdo con lo que digo. 

La verborragia exaltada de Pare me daba un poco de miedo.

–¿Hasta qué punto tus canciones son autobiográficas? –me apuré en cambiar el ángulo.
–Hasta el punto de dejar de serlo. 
–¿Cómo sería eso? 
–Amas las explicaciones, ¿no? 
–Puede ser –le dije. 
–Esta es muy sencilla. Todo puede nacer de mí pero debe morir en mí para que sea, ¿sabes?
–Sí, claro –le dije, pero no sé si entendí del todo–. Hay una frase en Chorro de luz que me parece muy significativa. Es la que dice “río abajo está flotando / mi corazón en las tinieblas”, ¿qué quiere decir esa imagen?
–Es un doble homenaje, evidentemente –dijo Pare, corriéndose el flequillo de la cara–. Pero la gracia de estas canciones es que no tienen respuesta. Si te doy demasiadas pistas, se rompe el encanto que tú sientes cuando la escuchas, esa asociación de ideas e imágenes que te suscita. A mí en las canciones me gusta más preguntar cosas que responderlas.

Pedro entró en escena con la delicadeza sigilosa de un mayordomo. Traía una bandeja con tres shots de tequila. Dudé si poner o no el grabador en pausa.

–¿Todo en orden? –le preguntó a Pare. 
–Sí.
–¡Salud! –dijo Pedro. Brindamos los tres y fondo blanco.
–¿Por qué elegiste Ramón Pare como seudónimo? 
–Ramón era el nombre de mi abuelo y de mi padre y también es el mío. “Pare” en catalán quiere decir padre. Y eso es algo que nunca voy a ser, supongo. Pero tampoco quiero dejar de vivirlo, por eso soy el padre del padre del padre. 

No lo pude evitar. Pensé en la muerte de papá. Fue algo súbito e inexplicable, yo tenía doce años y tuve que llevar una de las seis manijas del cajón. El corazón se me aceleró más. Ramón volvió a inclinarse sobre el plato, y yo decliné su invitación. Ya no podía más conmigo. 



–¿Hay una búsqueda de mayor claridad en las letras de Chorro de luz? –leí textual de mi libreta.
–A mí me gustaría tomar tu cuaderno –dijo Pare y cumplió en los hechos con su palabra–, agitarlo así en el aire, que se caigan todas las palabras sobre la mesa y que me hagas la pregunta que se forme aleatoriamente con el orden nuevo. Chorro de luz es un imposible, no existe, no puede existir y sin embargo…
–¿Reflexionás sobre lo que hacés? –pregunté fuera de libreta.
–¿Tú qué crees? 
–Que sí, pero digo: ¿reflexionás mientras lo estás haciendo?
–¿Y tú piensas lo que dices mientras hablas? –me apuró Pare.
–Creo que sí, no todo el tiempo. Respóndeme algo, Ramón –le supliqué.
–Pregúntame algo que te importe.
–¿Te importa lo que se publica sobre vos? 
–Sí, muchísimo –dijo con una risa inocente y diabólica–. A veces, estoy en el auto con amigos o con una chica, haciéndome una raya encima de una revista en la que han publicado una nota sobre mí, y empiezo a leerla. Es un ejercicio interesante. Claro que no siempre las termino, me aburren.
–¿Y qué te divierte? 
–A mí me gusta pasar de todo. Yo voy por la vida andando y paso, paso, como pasa la música. No me acuerdo dónde estaba viviendo hace dos años y no importa. Hace cuatro días que empezamos la gira y hace dos que no duermo. Siempre que pueda cantar, la sensación de no estar en ninguna parte desaparece, se va.
–Entonces, ¿tocar es lo que más disfrutás de todo?
–No he hecho aún un ranking del disfrute –se rió Pare–, pero a mí lo que más me gusta de todo es irme. Muchas canciones hablan de eso… mi pasatiempo es no estar. 

Paladeé la respuesta unos instantes, íntimamente supe que ya había un título posible.

–¿Por qué en tus canciones siempre hay historias dentro de historias? 
–¿Por qué todo se cruza todo el tiempo? –repreguntó Pare–. Tú ahora estás hablando conmigo y a su vez nosotros hoy hablamos con otras personas que hablaron con otras más y entre todos de una manera muy sutil estamos conectados y nos influimos sin siquiera saberlo…

Silencioso como una serpiente, Pedro apareció por detrás de mí.

–Ramón, en cinco minutos estamos para salir, ¿eh?
–En diez –dijo Pare y se inclinó otra vez sobre el platito. Cuando emergió a la superficie, me preguntó–: ¿Tú quieres saber algo más? 

Y ante mi negativa, dijo:

–Puedes quedarte si haces silencio. 

Pare se puso a elongar como si estuviera a punto de correr una maratón. Estiraba las piernas y los brazos con un vigor frenético. Después siguió con unos ejercicios de respiración poco ortodoxos, se golpeaba el pecho y repetía un mantra poco claro, aunque a mí me pareció escuchar: “fuera, demonios, fuera”. 

Vi el show desde abajo. En el escenario Pare era un raro en su especie, una energía oscura y tierna que brillaba, alguien compenetrado con su arte hasta el fondo, concentrado en cada movimiento del cuerpo, en los matices de la voz y en cómo transmitir la canción en vivo y en directo. Fue una hora y media que pasó en un minuto, algo tan bueno que me dejó lleno y vacío. Ojalá que cuando escriba la nota logre poner en palabras el desajuste que siento entre mi imaginación y lo real desde que salimos del zoológico.