CUENTO



¿Cómo llegó hasta acá?


Por Carlos Godoy* 

 

Cuando Glaar estaba en Europa de luna de miel su padre murió de un infarto. Lo encontraron desnudo en el baño, curiosamente sin protección. Taskal, su hermano mayor, le sugirió que no volviera, que él se encargaría de todo. Glaar lo consultó con Kova, su mujer, y acordaron continuar con el viaje porque así lo hubiera querido su padre. Taskal le pidió una serie de autorizaciones en las que delegaba su responsabilidad jurídica. Si bien el ánimo no fue como el de los primeros días, continuaron con el cronograma del viaje tal cual estaba estipulado; hicieron las excursiones y se sacaron todas las fotos planeadas. 

De vuelta en su ciudad, Glaar, fue a visitar a Taskal que se mostró distante e inquieto. Glaar le propuso pasar a buscar a su madre por la guardería de ancianos e ir en familia a visitar la tumba de su padre, pero Taskal, con excusas de trabajo logró escabullirse. Esa tarde Glaar retiró a su madre y junto con su esposa fueron al cementerio que está en las afueras de la ciudad a dejar un enorme ramo de flores que compraron de pasada por un pequeño mercado, en el que también compraron unos pescados y unas verduras para la cena. A Glaar le sorprendió la fotografía que habían escogido para la lápida, era una en la que no parecía su padre. Apoyó el ramo de flores y lloró mientras Kove caminaba entre las demás lápidas con su madre que nunca entendió que estaba visitando la tumba de quien supo ser su marido. Ella, entusiasmada, disfrutaba de un día campo o de un paseo por la costanera. 

Los días siguientes su hermano no respondió los llamados y con su mujer empezaron a sospechar hasta que una mañana antes de salir al trabajo le llegó la notificación de un juzgado solicitándole que abandone su casa en 30 días ya que había sido prendada como parte de una hipoteca a nombre de su hermano. Fue inmediatamente hasta la casa de Taskal pero estaba vacía. No contestaba a su celular, había renunciado a su trabajo y hacía tres meses que no veía a su ex mujer ni a sus hijos. Glaar se sentó en su auto y lloró desconsoladamente. 

En casa su mujer le dijo que saldrían adelante. Alquilarían algo y empezarían de cero, como unos recién casados. Pero al día siguiente Glaar, oprimido por la angustia y el estrés, reaccionó con violencia frente a su jefe cuando le reclamó por un trabajo realizado con “poca motivación” y fue suspendido para después ser despedido. Esta vez Kova le dijo que no entendía qué es lo que le sucedía, pero que temía por su integridad psíquica y que había decidido ir a casa de su madre y esperar un tiempo hasta ver cómo seguían los eventos de la vida de ambos para saber si continúan o no, con un mismo proyecto. A Glaar le quedó grabada en la memoria la vocalización de Kova al pronunciar lentamente la palabra “proyecto”.

Glaar alquiló una habitación en un hotel para viajantes que estaba frente a una construcción. Llevó dos valijas con ropa y algunos objetos de valor entre los que había un giroscopio que le había regalado su abuelo, una lupa con la que jugaba de niño y la máscara que uso durante su trabajo como voluntario buscando víctimas después de erupción del Lanín. Se la pasaba encerrado desde que se despertaba hasta que se dormía haciendo mandalas con una regla circular diseñada para ese tipo de dibujos. 

Cada dos o tres días llevaba su ropa sucia a una lavandería y trataba de localizar a su hermano. Visitaba a los amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos; tratando de que le den una pista, algo de que agarrarse. Otras veces iba hasta la casa de la madre de Kova y pedía hablar con ella, pero nunca estaba o estaba durmiendo. 

A medida que su barba crecía, la construcción del frente iba tomando forma. Glaar veía desde la ventana de su habitación la velocidad con la que día a día hacían lozas, colocaban puertas, instalaban enormes vidrios. Hasta que una tarde, finalmente, colgaron un cartel que decía “Iglesia observatorio de Sekón” y ocupaba todo el frente. 

A partir de entonces los domingos a la mañana empezó a entrar por su ventana el sonido brumoso de un orador hablándoles a los fieles. Era una bola de sonido que rebotaba en las altas paredes del templo y llegaban a su habitación como un bufido, sin posibilidades de distinguir las palabras que contenía ese mensaje. Después de cantar aplaudían y, en ese momento, Glaar iba hasta la ventana porque sabía que era cuando todos se amontonaban en la entrada, se subían a las bicicletas y desaparecían.  

Durante sus pocas salidas, en las que también empezó a visitar a un abogado que trataba de salvarle la casa, los fieles lo abordaban con panfletos, diarios, grillas de actividades. Glaar al principio los rechazó, después, ante la insistencia empezó a aceptar esos papelitos con imágenes de planetas distantes y los guardaba en su habitación para dibujar sus mandalas. Cada vez que dibujaba uno lo pegaba con cinta en alguna de las paredes de su habitación. Representaban lo que en ese momento de su vida significaba el paso del tiempo. La mujer encargada de la limpieza del hotel se sentía incómoda cuando entraba a su habitación con todos esos papeles y le preguntó más de una vez a la encargada, qué hacer con esos dibujos con formas y colores extraños, pero la encargada siempre le decía no le haga caso, que los deje. 

Una siesta, después de comer una caja de suministros azules, se quedó dormido con sus brazos acodados sobre la mesa. Soñó con su padre y se despertó exaltado. Demoró un rato en entender que estaba en su habitación del hotel sentado frente a la ventana. Miraba sus  manos y le parecían extrañas, como las garras de un animal. Se fue al baño a lavarse la cara y cuando se vio en el espejo reconoció los gestos que compartía con su padre y con su hermano. Glaar empezó a sentir cómo la angustia crecía adentro suyo. Hacía meses que convivía con una angustia plana, que no subía ni bajaba, pero está vez subió más de lo que podía soportar. Agarró un cinturón y calculó que si se trepaba a su cama, lo sujetaba del portalámparas, lo acomodaba alrededor de su cuello y saltaba podría romperse el cuello y terminar con todo. Glaar desprendió el portalámparas, arrancó un pedazo de cielo raso y cayó con el cinturón enroscado en la garganta. Su cara dio contra el piso y quedó apoyada sobre uno de los folletos que los fieles solían entregarle en la esquina. El titular del folleto decía: ¿Cómo llegó hasta acá? Glaar se puso de pie, se sacudió, se quitó el cinturón del cuello y, con el folleto en la mano, se cruzó a la iglesia. El folleto tenía los dibujos de unos humanoides que emanaban luz desde el centro de su pecho y que flotaban en una geografía acuática repleta de enormes corales.  
Eran las tres de la tarde, el templo estaba vacío. Golpeó una puerta de vidrio y se asomó una señora que sin abrirle le hizo señas de que estaba cerrado. Insistió hasta que la mujer le abrió media hoja de la puerta y entonces le dijo con su tono de voz casi femenino: “Hace quince minutos intenté matarme, fracasé y encontré este papel”. Glaar tenía en el pelo  restos blancos del cielo raso y marcas en la cara y el cuello. La mujer sin responderle lo hizo pasar. El templo tenía zonas en las que faltaba pintar y se veía el color del cemento. Todavía algunos albañiles subidos a un andamio retocaban imperfecciones. A Glaar le llamó la atención el olor a pis que había. Era muy profundo y se sentía con la misma intensidad a lo largo de todo el salón. Llegaron al fondo, salieron a un patio que tenía acumuladas cajas y cajas con botellas de cerveza, hasta que se detuvieron frente a una puerta despintada de lata. La mujer golpeó y a los minutos salió un hombre morocho, de baja estatura, abotonándose una camisa mangas cortas de color celeste. Tenía pantalones de fútbol y los ojos casi cerrados, encandilados por la luz. El hombre le extendió la mano y le dijo: “Lo estaba esperando, vamos afuera, acá hay un olor a meada bárbaro”. Después le explicó que el olor era porque los albañiles en vez de ir hasta el baño de afuera, meaban en la montaña de arena que usaban para hacer el cemento. Pero se mostraba optimista y decía que en un par de meses el olor se iría.  

El hombre morocho se presentó como Menda y le agradeció a Glaar por haber ido a visitarlo. Le dijo que había sido enviado por Sekón porque Sekón vive en nuestros corazones y tiene un plan para cada uno de nosotros. La clave es saber escucharlo. “Hay que saber escuchar el llamado”, le dijo. Menda le pidió que lo espere unos minutos y se volvió hasta la puerta de lata. Salió con un libro enorme de tapas negras. Glaar lo miraba acercarse y vio como Menda se detuvo, se sacó la pantufla del pie izquierdo, apoyó el libro negro en el piso y tomando la pantufla con las dos manos, clavó los dientes en la suela y sacó algo que lo agarró con los dedos y lo miró mientras se la volvía a poner y recogía el libro. Llegó hasta donde estaban sentados hace un momento y le dijo: “Estos albañiles de mierda dejan tachuelas por todos lados. Lo que no entiendo es para qué las usan. Ya les pregunté y me dicen que ellos no son. Pero si ellos no son ¿quién es?”. Se quedó mirándolo con una sonrisa de asombro. Glaar esperaba que Menda abriera el libro negro y le leyera algunos pasajes o que le mostrara imágenes de seres de piel azul que irradian luz, pero Menda, apoyó el libro sobre una silla y lo invitó a hacer ayuno con unos aceites que podía comprar en la entrada del templo y a participar de los encuentros que pronto le traerían alivio a su alma dolida. Lo acompañó hasta la puerta y le dijo que él conoció a Sekón a los 18 años cuando escuchó el llamado y desde entonces cada día es más feliz. Le dijo que seguramente Glaar podría llegar a eso si se lo propusiera. Glaar, se despidió y se sintió raramente aliviado. Cuando llegó a su habitación del hotel sacudió con la mano el yeso del cielo raso que había caído sobre su cama y sacó de su bolsillo el papel con la leyenda ¿Cómo llegó hasta acá?. Volvió a mirar al ser que tenía luz en el pecho y dijo en voz alta: “Sekón”. Fue hasta la mesa donde había dejado la caja vacía de suministro azul, la tiró al piso y buscó en el cajón de la mesa su regla circular. Apoyó el papel que tenía en la mano y dibujó un nuevo mandala. 

 

 

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*Carlos Godoy nació en Córdoba en 1983. Estudió letras en la UNC. Publicó los poemarios Prendas (Gog y Magog, 2005), Escolástica Peronista Ilustrada (Funesiana, 2007 / Interzona 2013), Temporada de vizcachas (Stanton, 2009), Paritarias + Soy la decepción (Stanton, 2011). También participó de la antología de jóvenes escritores Un grito de corazón (Mondadori, 2009), publicó la nuvelle Sugar blueberry, sugar blueberry (Mancha de aceite 2011 / Nulú Bonsái 2013), la colección de relatos Can Solar (17Grises, 2012) y antologó el libro Vienen Bajando, primera antología argentina del cuento zombie (Ediciones CEC, 2011). Actualmente coordina talleres literarios y colabora en el suplemento joven Ni a palos, del diario Miradas al Sur; en el suplemento Radar del diario Página12 y en las revistas Brando, Crisis, Ñ entre otras.