RESEÑA

Confianza ciega

Las novelas de Ariana Harwicz se destacan por el trabajo delicado con el lenguaje, donde la elección de cada palabra es una artesanía laboriosa que logra un resultado eficaz pero despojado de ornamentos.


Por Horacio Mohando
@ladraqueperro 



Matate, Amor
Ariana Harwicz
Paraíso, 2012

 

La Débil Mental
Ariana Harwicz
Mardulce, 2014


Los escritores tienen una caja de herramientas. Profunda, capaz de contener adminículos de tamaño variado, de efectos controlados. La necesitan porque además de trazar el camino, necesitan cavar pozos, poner alambres a la altura del tobillo, crear accidentes. Si bien, dicho así, esto pareciera tener que ver más con una obra de ingeniería, la verdad es que, y las novelas de Ariana Harwicz pueden tomarse como sólida prueba de ello, este cuidado al elegir con precisión qué palabra va en cada caso es el laborioso trabajo de un artesano. A su vez esta concentración puesta en el detalle hace que la búsqueda y la utilización, inteligente, acertada, de las herramientas sea menos consciente, una especie de zen deforme, un utilitarismo extraño, eficaz pero despojado de cualquier intención de trampa. Porque el objetivo es contar y en eso se piensa, y en cómo, pero no hay lugar para mucho más. Ni siquiera para el lector, real o potencial. Los escritores, los buenos escritores como Ariana Harwicz, no piensan en el lector. Lo tienen presente como un efecto secundario ineludible, obligatorio, pero de ninguna manera como elemento constitutivo. Este olvido del lector no es desprecio sino confianza. Ariana Harwicz sabe que se podrá recomponer lo que está ausente, que lo está como invitación a colaborar con la arquitectura. Pero no por eso es una invitación relajada. Las historias  exigen atención y no de manera condescendiente sino más bien que la demandan con una cachetada.

En Matate, Amor una mujer demasiado conciente de la normalidad que la rodea y constituye su vida trata de escapar, pero la única salida es la locura. La protagonista de La Débil Mental podría ser la misma mujer, unos años después, que ahora busca cierta estabilidad, un poco de amor y sexo, y se encuentra con el rechazo. Estaremos, en ambos casos, todo el tiempo en la cabeza de esas mujeres. El resto, las madres, los esposos, los hijos, los amantes, tendrán de vez en cuando apariciones pequeñas. Pero estas apariciones no dejarán marca, ni en el devenir de la historia ni en la hoja impresa. El manejo de los recursos brilla en estos casos por su ausencia. Hay pocos puntos finales, ningún signo de interrogación o exclamación ni guiones indicando el diálogo. Y esto que podría ser una mezcla homogénea y confusa es la propuesta de un encuentro tan cercano que expone justamente los límites de las personas y las cosas, que se evidencia en los detalles con la sutileza suficiente como para que quede clara la historia pero a su vez se plantee el enigma necesario para que uno no pueda dejar de leer, con la misma euforia y desesperación con la que, se sospecha, fueron escritos estos libros. Uno se siente arrastrado pero a su vez avanza con paso atento porque se teme que si las deja algo se va a perder, algo no vamos a entender. Pero no. Uno puede detenerse para tomarse el tiempo necesario para hacer alguna de las trivialidades usuales (comer, partir) porque al regresar todo sigue ahí, con todos los huecos que cimientan una fortaleza.

 

Matate, Amor y La Débil Mental son historias de obsesión. Y Ariana Harwciz las construyó con la misma pasión destructiva. ¿Cómo explicar sino la medida duración de todas y cada una de las frases? ¿O qué otra cosa es una obsesión sino el dar vueltas alrededor de los hechos y las palabras  hasta de encontrarle todos y cada uno de los significados posibles a los gestos, a los sustantivos, a los verbos? Y optar no por el más lejano sino por aquel que sea capaz de representar de manera exacta la tormenta que puede ser a veces la cabeza que se lleva sobre los hombros.