RESEÑA

#algunasdemás

Pola Oloixarac vuelve con los mismos recursos de su obra anterior. Desborde, verborragia, adjetivación extraña y culta, pornografía para intelectuales. Virtuosa pero no siempre potente, una historia de exploradores y nerds avanza hasta llegar a una descripción demasiado clásica del futuro.

Por Horacio Mohando
@ladraqueperro

Las Constelaciones Oscuras
Pola Oloixarac
Ramdom House, 2015

En Argentina, apreciemos la riqueza sin valor real de mercado, la gente que más lee (casi los únicos) es gente que escribe. Consagrados, en el sentido pajero del término, casi todos. Así la circulación de sangre literaria se da en un espacio reducido, de poco oxígeno, una especie de galaxia pero con bordes definidos, concretos, nada oscuros. O en todo caso diríamos mejor una vía láctea, dado que la mayoría son hombres que giran formando una espiral que se afina hasta desaparecer en su justo centro. Y está Pola (Florencia Bonelli, dicen los habitantes estelares, no es escritora; Claudia Piñeiro nos cae simpática y, concluyen, hay que mirar con desconfianza a Selva Almada) Pola hizo ruido al entrar con su primera novela Las Teorías Salvajes (Entropía, 2008). No sin cierto desconcierto el literato local se encontró con un libro de excesos: antropología, definiciones académicas, fórmulas matemáticas, poemas, retazos de historia argentina, las infaltables referencias al consumo irónico (el gordo Porcel, por poner un ejemplo) y más. Bastante más. Tuvo defensores (Piglia: “…inolvidable, filosófica,…”; Sarlo: “…la mezcla de bizarros, nerds y beautiful people produce un tratado de microetnografía cultural…”; la contratapa la escribió Daniel Link, oh sí señores) y detractores cuya argumentación, sin disimulo ni falta de indignación, fue para el lado de señalar que esta señorita (¿o es señora?) está preocupada en demostrar que además de linda es inteligente (¿Es linda Pola? ¿Se puede hacer semejante pregunta o un ejército de seres bien intencionados escudados con un hashtag se indignará hasta el descontrol? ¿Está mal querer demostrar que hay inteligencia cuando la testosterona crítica la da por supuesta entre las feas?) Usaron además el término valorativo preferido de la crítica: ambición. Y por preferido quiero decir ambiguo. 

Pola lo volvió a hacer en Las Constelaciones Oscuras. El mismo desborde, barroco, de adjetivación tan extraña y culta, un conjunto de personajes que caben perfectos en la enumeración hecha por Sarlo, palabras en casi todos los idiomas conocidos del planeta tierra. Los terrenos donde un escritor se siente cómodo terminan construyendo, para bien y para mal, su estilo. Y este parece ser el lugar de Pola. Tomando como punto de partida el punto de vista de sus detractores (que no es del todo nacido en el prejuicio o insolvente) la pregunta surge sola: ¿cuál es la necesidad de esta exhibición pornográfica de intelectualidad y bagaje cultural, de desparramo, de regodeo en textos filosóficos? Pero antes de arriesgar, o tirar sin pensar, apasionadamente, una respuesta se puede considerar la opción de que en realidad hay una pulsión, un dejarse llevar por la escritura hasta límites que, es cierto, a veces, dan un poco de vergüenza ajena. Pero sí, no se puede negar que en esta elección, que mucho tiene de estética, del modo narrativo, hay fundamento, hay conocimiento, no se trata de solo de referencias sacadas de Wikipedia (algo que de por sí no es necesariamente malo). El texto, como capa extra, adquiere forma, se une con fluidez poética, femenina, donde el amor y el sexo está más relacionado con la erótica evolución de la naturaleza que con el goce terrenal de dos perros cogiendo en la vereda (en todo caso, si Pola describiera esta situación seguramente usaría los de Pavlov). 

La historia de Las Constelaciones Oscuras es larga. Con tres bloques bien definidos (capítulos, los llama el vulgo) arranca en 1882. La verborragia acompaña perfectamente el principio del relato, lleno de exploradores y entomólogos, de especies raras en la flora y en la fauna. La segunda cuenta la historia de cómo un nerd (yo soy de la época en la que se le decía “traga”), generación 1983, se convierte en the new sexy, que no es nada original ni novedoso pero no deja de ser entretenido (la literatura, señores, puede perfectamente darse el lujo de ser juguete de niños clase media con tristeza simulada). Es raro y notorio que en esta parte del relato falte la cuestión económica, dadas las múltiples perspectivas desde la que Pola construye situaciones. Es decir, cómo influye el tamaño del bolsillo en la construcción de los héroes actuales, que se visten mal, que son flacos y jorobados, que siguen sin coger pero se los mira con envidia (componente imprescindible del deseo).  Retrógada pero pedagógica la explicación a esta ausencia se debe a que el dinero es un elemento masculino. No es del todo claro el nexo que une la primera parte con el resto del libro. Se intuye una cuestión de espíritu, de escenario sentimental. Entre la segunda y la tercera parte, que transcurre en el 2024, sin embargo hay una continuación explicita, de avance en la línea del tiempo de una misma historia (aunque cambie el punto de vista). Lo extraño es que este último bloque el relato del futuro está presentado desde lo formal, rigurosamente, siguiendo los lineamientos de los autores más clásicos de la ciencia ficción. Más cerca de Stanislaw Lem (¿de Cohen?) que de Bradbury o Asimov. Pero todo aquello que brilla o genera odio en la escritura de Pola, acá se estandariza, se hace plano. Las palabras difíciles suenan (y son) inventadas, caprichosas, futuro imaginado en los 60’. Los diálogos están dispuestos, un poco forzados, para dar largas explicaciones de cómo funciona el mundo, de dar contexto no siempre relevante. La diferencia cualitativa está en que el escenario tecnológico está mezclado con la carne y el pensamiento de los hombres de manera profunda, mezclados en lo biológico. Pero aun así el intento fracasa. El virtuosismo está pero se diluye la potencia, como confirmando una vez más que estamos condenados: nunca vamos a ser capaces de hablar (o de escribir) más que del presente en las formas del pasado. Aunque sea una mujer la que lo intente.