MÚSICA

Craig Taborn, el ángel vengador

Por Mariano Pedrosa*

 

Craig Taborn es un virtuoso exponente de la vanguardia musical contemporánea que surge de la improvisación y el jazz pero que viaja hacia nuevos horizontes. El piano en los dedos de Taborn es una caja de percusión como John Cage quería. Analizamos aquí su reciente presentación en Buenos Aires y los sonidos de su último disco, Avenging angel.

 


Craig Taborn es una figura poco conocida fuera del círculo de los más enterados del mundo de la vanguardia musical, fue uno de los invitados de lujo al Festival piano, piano en la Ballena Azul en julio de este año. Esa ocasión permitió popularizar un poco más el trabajo de uno de los grandes virtuosos contemporáneos del instrumento, artista que guía las nuevas tendencias musicales.

Presenciar un solo de piano de Craig Taborn es una experiencia iniciática. Apenas unos golpecitos sobre el teclado bastaron para marcar la diferencia y concentrar en el escenario toda la atención dispersa en el auditorio. La fuerza y precisión del toque de Taborn parecen obra de un cirujano, aunque siempre hay otra cosa que habita allí, un demiurgo que puede golpear una tecla y hacerla reverberar por todo el interior de La ballena azul –como un pequeño Ahab musical– y del cuerpo de cada uno de los presentes. Su capacidad rebasa la pericia académica, cruza las fronteras del virtuosismo creando desde la potencia y la vitalidad de su música una personalidad reconocible que lo destacan sobre el resto.

En el show, unas primeras notas sueltas se perdían en la profundidad del silencio, como un aventurero viajando hacia el centro de una jungla secreta, allí resonaban en toda su extensión, dejando expuesto todo su ciclo vital, en un juego de sutiles y exactos contrastes. Muy lentamente las notas fueron creando una red musical hasta que llegó un punto en que la música creó una densidad material tal que parecía que iba a desfondar a la misma música. Es el modo habitual de Taborn, partir de estructuras más simples hacia las más complejas, esta caracterización no implica un menoscabo de la sencillez, por el contrario, la destreza del artista nunca toma el centro de la escena sino que queda entregada al plan mayor de la expresión musical.

De la caricia al golpe, no hubo matiz que el negro rubio norteamericano no atacara. El espectáculo fue una exploración en esa línea de la música contemporánea que surge del jazz pero que viaja hacia nuevos horizontes, en permanente movimiento. Improvisó sobre composiciones propias, de su álbum Avenging Angel (2011), editado por ECM, el fabuloso sello de Manfred Eicher, que no deja de sumar a su elenco a las estrellas más relumbrantes de la música, como Keith Jarrett, Chick Corea, entre otros.

La improvisación se basa en el criterio, prácticamente zen, de estar presente en cada segundo de la creación, es además una práctica argumentativo-musical. Este disco surge de las treinta y dos piezas que improvisó en estudio, aunque sólo trece se grabaron en este álbum. El primer tema, “The Broad Day King”, encierra gran parte de lo que irá desarrollando en el resto de ese disco: una afición por dar vida a cada nota –hundiéndose en el silencio o contrastando con otras– para sentirlas con plenitud. El piano en los dedos de Taborn es la caja de percusión como John Cage quería. 

 

“Diamond Turing Dream” es un tema pequeño pero con mayor densidad que un átomo. Muy difícil de definir, cada nota vibra en el silencio, como si se despojara de su vestimenta pero quedara envuelta en una energía relumbrante, casi como si emergiera directamente desde un volcán. En “Avenging Angel”, el tema que nombra al disco, es posible escuchar el carácter  percusivo del piano. 

Este disco –y también los dos shows que brindó en Argentina y que pueden verse en partes en YouTube– abarca junto con la exactitud del toque, el golpe con el puño o el antebrazo, estos “racimos de notas” o tonos cluster–como se llaman técnicamente– perfilan patrones rítmicos sobre los que construye escenarios sonoros desconcertantes para el oído tradicional, un músico capaz de arrancar truenos y rayos al instrumento. Desde aquí podemos rastrear la influencia del enorme Cecyl Taylor. El planteo de Craig Taborn va desde la sustracción –es decir, sortear toda nota dela que se pueda prescindir, restar hasta llegar a las fuerzas mínimas, esenciales– hasta el vértigo de la máxima velocidad, no por el ejercicio del mero virtuosismo sino en pos de un objetivo mayor: dejarse llevar hacia donde la música indique sin condicionamientos.

Unas declaraciones, que ya no recordamos de dónde tradujimos, expresan desde su propia voz, su visión personal de la música: “Para mí, toda improvisación es más sobre prestar atención al sonido que generar ideas. Atención y manipulación, la música ambient se acerca a eso. Es la filosofía de John Cage. Él hablaba de un camino que tendiera al sonido, y yo trato de brindarle ese nivel de atención. Morton Feldman siempre prestaba atención a la caída, a toda la forma de una nota. (…) Cuando pensás en Miles, Wayne Shorter, Roscoe Mitchell en el continuum del jazz. Estos muchachos prestan atención a todo el evento musical, a toda la forma y el crecimiento de una nota –dónde va, dónde termina. Cuando deja de ser audible y se vuelve imaginaria. Esa es la clave del más profundo mundo de la creación musical. Los verdaderos maestros son conscientes de eso, como  Gerald, o Thomas, o Mat Maneri. Se puede decir inmediatamente cuán conscientes de esto son. Algunos músicos no prestan tanta atención, se están moviendo en cuando las cosas todavía se están desarrollando”.

 

 
*Mariano Pedrosa es periodista y editor de la revista de música Al Oído.