ENSAYO

Viajeros en América

Por Germán Lerzo

 

A fines del siglo XIX y principios del XX, viajar a Estados Unidos era una suerte de ritual iniciático para los escritores de la época. Vladimir Maiakovski, el poeta de la revolución bolchevique, visitó aquel país en 1925 y lo plasmó en sus crónicas, donde combina la observación atenta, una gran capacidad de síntesis y una dosis constante de humor ante las costumbres sociales y los excesos del capitalismo americano. Entre la mirada del turista y la del espía encubierto, Mi descubrimiento de América es un gran ejemplo de la crónica como género.

 

 

Hacia el año 1845, el mayor escritor, polemista e ideólogo del siglo XIX argentino, Domingo Faustino Sarmiento, estaba exiliado en Chile y acababa de publicar Facundo: Civilización o barbarie, donde formuló la crítica más contundente (y exagerada y mal documentada, como demostró luego Valentín Alsina) del régimen rosista, que fue también una plataforma de gobierno para el futuro del país. La polémica en torno a la publicación de ese texto se anticipó en la escena de escritura con la que Sarmiento parte al exilio en 1840. En las paredes blancas del diario El Zonda escribe con carbón una frase en francés que la policía rosista no puede descifrar: On ne tue point les idées, con la que pretendía poner en evidencia la distancia insalvable entre la barbarie y la civilización que él encarnaba. Ya instalado en el país trasandino, Manuel Montt Torres presidente de Chile le encomendó la tarea de viajar por diferentes ciudades del mundo para documentar el sistema educativo de algunos países avanzados y otros no tanto. Sin embargo, lo más destacable de esa labor debería buscarse en las cartas que escribió a sus amigos –escritores, periodistas y políticos– donde registraba sus impresiones de viajero y sacaba a relucir sus dotes de cronista en torno a la experiencia novedosa que ofrecía el brillo de las capitales.

Viajes por Europa, Africa i America (1845-1847) reúne ese conjunto heterogéneo de cartas. De todas esas impresiones, acaso el mayor efecto es el que le produce el descubrimiento de Estados Unidos. Lo primero que llama la atención de Sarmiento es el nivel de organización de ese país, tanto en las pequeñas aldeas dedicadas a la agricultura como en las grandes ciudades. También se detiene en los avances técnicos de la maquinaria adecuada para mejorar cada tarea y oficio, lo que permite aprovechar los recursos al máximo en el menor tiempo posible. Observa que el éxito de un comerciante reside en la originalidad de los carteles con que atraen a los posibles clientes, y no sale del asombro ante la explotación de una estrategia verbal tan eficiente. Se fascina con el tendido de rutas, con el desarrollo del sistema postal y el nivel avanzado del transporte, lo que agiliza la comunicación y el comercio entre diferentes regiones. Y descubre, sobre todo, que esa preocupación tácita del norteamericano promedio en mejorar permanentemente no es sólo el resultado de la búsqueda del progreso económico sino el síntoma de evolución y progreso de la mentalidad de un país. De ahí que, para el autor de Recuerdos de provincia, Estados Unidos no se parezca en nada a los países conocidos. Su desarrollo y organización no tienen punto de comparación. El comienzo de la carta sobre Norteamérica, dirigida a Valentín Alsina en 1847, da cuenta de esa impresión:

“Los Estados-Unidos son una cosa sin modelo anterior, una especie de disparate que choca a la primera vista, i frustra la expectación pugnando contra las ideas recibidas, i no obstante este disparate inconcebible es grande i noble, sublime a veces, regular siempre; i con tales muestras de permanencia i fuerza orgánica se presenta, que el ridículo se deslizaría sobre su superficie como la imponente bala sobre las duras escamas del caimán. No es aquel cuerpo social un ser deforme, monstruo de las especies conocidas, sino un animal nuevo producido por la creación política, extraño como aquellos megaterios cuyos huesos se presentan sobre la superficie de la tierra.” i 

 

Metrópolis

Muchos años después de estas impresiones sarmientinas, el poeta Vladimir Maiakovski,  el mayor referente literario del futurismo y acaso también de la Revolución Rusa, como lo fue Sarmiento de la campaña antirosista, descubre Estados Unidos hacia 1925 y el efecto que le produce no es muy distinto al que provocó en el sanjuanino pero admite algunas variantes. Ante la primera impresión de Nueva York, el espectáculo lo sobrecoge: “abrí los ojos como platos” dice. Y al recorrer las diferentes ciudades de aquel país, el cronista ruso no disimula el asombro ante los avances técnicos aplicados a los medios de transporte con trenes que ya circulan por el aire; la celeridad con que se construyen enormes torres de edificios en la ciudad; el ritmo meticuloso con que los trabajadores motorizan la actividad cosmopolita todas las mañanas; la organización del tránsito vehicular en un país “donde hay más autos que personas” y el avistamiento del primer semáforo. El derroche de luz eléctrica en una ciudad que está siempre excesivamente iluminada como síntoma de progreso y abundancia de recursos hacen que Maiakovski experimente una sensación de admiración y rechazo en torno a este país que muestra todas sus condiciones para ser, ya en 1925, una gran potencia mundial digna de análisis y estudio así como un enemigo futuro a temer o respetar. Justamente la velocidad con que la fisonomía de Nueva York va mutando con el paso del tiempo, debido al auge de la construcción y los avances técnicos, bien podría sintetizarse en un fragmento, no exento de ironía, de Mi descubrimiento de América (Entropía, 2015) sobre lo que dijeron y acaso dirán los sucesivos cronistas ante el crecimiento constante de la metrópolis:

“En una decena de años las construcciones de hormigón cambiarán por completo la cara de las grandes ciudades. 
Hace treinta años, al ver Nueva York, V.G. Korolenko anotó: «A través de la bruma se veían edificios enormes de seis y siete pisos en la costa…»
Hace unos quince años, Gorki, que visitó Nueva York, informaba: «a través de la lluvia oblicua, se veían edificios de quince y veinte pisos en la costa.»
Para no apartarme de las reglas del decoro que, por lo visto, imperan entre los escritores, debería escribir esto: «A través de la bruma oblicua, se ven edificios descomunales de cuarenta y cincuenta pisos…»

Y el poeta del futuro anotará después del viaje: «A través de los edificios rectos con una cantidad indefinida de pisos que se elevan en la costa neoyorkina, no se veían ni humos, ni lluvias oblicuas y mucho menos brumas de ningún tipo.»”
(pág. 121)

 

Podríamos decir que a lo largo de las 150 páginas en las que el poeta Maiakovski se convierte en un lúcido cronista, se combinan el don del observador atento, la enorme capacidad de síntesis y una dosis constante de humor que hacen de este volumen un ejemplo impecable de la crónica como género. No obstante, nada indica que deberíamos procesar estas páginas como el registro de un viajero o de un turista, ya que en su descripción del funcionamiento político, económico y social se cuela, entre líneas, la mirada del espía encubierto que se reúne con los líderes del partido comunista; se informa sobre los reclamos laborales de la clase trabajadora; analiza el funcionamiento de las huelgas obreras, y evalúa las debilidades de ese animal monstruoso donde sería posible avivar el germen revolucionario y horadar las bases de su poder. Por eso, al final del viaje, ya a bordo del barco que lo llevará a Francia, no vacila en sostener: “El propósito de mi ensayo es impulsar el estudio de las debilidades y las fortalezas  de los Estados Unidos en vistas de una lucha futura.” En efecto, para entrar a Norteamérica sin levantar sospechas, Maiakovski, el espía ruso, cumple con el rodeo previo que le recomendaron: hacer escala en Cuba y luego en México, para entrar a Estados Unidos por tierra, ya que si lo hacía directamente desde Rusia, lo más probable era que no le permitieran el ingreso. La estrategia funciona y luego de una larga entrevista con los agentes de migraciones, y un depósito de 500 dólares, le extienden un permiso de turista por el plazo de seis meses.

Lo que el viento se llevó

En su breve escala por La Habana, luego de meses de viaje en el vapor Spagne que lo trae a América en primera clase, Maiakovski advierte que la ciudad combina una realidad miserable y pobre para el cubano, y una oferta variada de esplendor, vicios y riquezas para la aristocracia estadounidense. Son dos panoramas distintos, completamente opuestos, donde el imperialismo norteamericano impone gobiernos, presidentes, casinos, hoteles de lujo y negocios lucrativos con el tráfico de alcohol hacia el país del norte, donde la ley seca está en plena vigencia y hace aún más rentable la exportación ilegal. Cuba es entonces una suerte de isla de la fantasía para ese turista adinerado que busca concretar allí el deseo que no puede satisfacer libremente en su propio país. Pero la isla es además una fuente de recursos para agotar y obtener ganancias de la forma más dinámica: “todo lo que está relacionado con los estadounidenses está montado con eficacia y bien organizado” escribe.

En México el panorama no será muy distinto: “es un país desvalijado por los imperialistas estadounidenses supuestamente civilizadores”. Su anfitrión y guía será el joven pintor y muralista Diego Rivera. Luego de las formalidades del caso, Maiakovski sale a recorrer la ciudad y descubre que toda la vida y la actividad social transcurren en la calle, a la luz del día.  Allí se percata de que “la gente más importante son los lustrabotas y los vendedores de lotería”, y que todo lo que sea naturaleza y elementos exóticos queda para uso exclusivo de los nativos, mientras que las riquezas, una vez más, son explotadas para remitir su ganancia al país del norte. “El país más rico del mundo ya ha sido reducido por el imperialismo estadounidense a raciones de hambre”, sentencia. Cuba y México, por su peligrosa cercanía con el monstruo norteamericano, fueron así convertidos en colonias dependientes del poder estadounidense, sin tener mucho margen de acción fuera de lo que permiten las fuerzas externas. A pesar de que el mexicano es revolucionario por naturaleza y todos lleven una pistola Colt en la cintura “desde los 15 hasta los 75 años”, y su actividad preferida sea derrocar presidentes, el cronista intuye que el germen revolucionario es allí muy desorganizado. La violencia, el malestar contra el poder de turno no tienen origen en una ideología sostenible que pueda encausarlos hacia el bien común, sino que refleja más bien el temperamento indómito del mexicano promedio. 

El ciudadano

“Todo el país es una aglomeración de extranjeros reunidos para explotar personas, especular y comerciar”. Un eslabón fundamental del entramado social norteamericano lo componen los inmigrantes que, sólo en la ciudad de Nueva York, constituyen casi 2 millones de judíos, 1 millón de italianos, 500.000 alemanes, 300.000 irlandeses e igual cantidad de rusos; 250 mil negros y 300.000 hispanos, chinos y finlandeses. Esta variada diversidad plantea un interrogante central: “El enigma es: ¿quiénes son los estadounidenses propiamente dichos…?” Un panfleto del Partido Comunista que llega a las manos de Maiakovski tal vez ofrezca una respuesta: “Hay distintos tipos de estadounidenses: algunos son proletarios; otros, burgueses”.

A estos integrantes de la sociedad americana habría que agregar una buena cantidad de ricos y una parte no menor de multimillonarios dedicados a la inversión inmobiliaria y a la especulación financiera, “que escapan de la Quinta Avenida por su estrépito de autos y la avalancha de las multitudes” y tienen la extraña costumbre de cenar a la luz de las velas. Así, la sociedad norteamericana está marcadamente estratificada por el volumen de su riqueza y por la división social del trabajo. Lógicamente, cada clase tiene sus rutinas, sus espacios y oportunidades bien diferenciados unos de otros. (En la descripción detallada de los consumos gastronómicos de los estratos sociales aparece, más que la mirada de un cronista, la de un etnógrafo experimentado.)

En Chicago, “el corazón industrial de Estados Unidos”, Maiakovski se entusiasma con el desarrollo del germen revolucionario y de las demandas obreras pero advierte que allí “a los defensores de la clase trabajadora se los castiga con la pena de muerte”, como sucedió con Sacco y Vanzetti, y con otros cinco dirigentes gremiales. En Filadelfia nota que la situación es mucho peor debido a la impunidad con que la burguesía armada tiene prácticas medievales en las que asesina negros desde la organización Ku Klux Klan como si se tratara de un pasatiempo preferido. No obstante, a pesar de esta expresión salvaje del racismo norteamericano, esta violencia es la única que puede provocar en Estados Unidos la revuelta social: “Los negros, calentados por las hogueras de Texas, son una pólvora lo suficientemente seca para las explosiones revolucionarias.” 

Si hubiera que nombrar tan sólo un elemento en común de toda la sociedad norteamericana, sería la fascinación que tiene por su moneda: “Dios es el dólar, el dólar es el Padre, el dólar es el Espíritu Santo.” Por eso, un norteamericano jamás te saludará con un “cómo estás” sino que dirá: cuánto dinero has ganado hoy. Esta idea se resume en una frase magistral: “El estadounidense obtiene placer estético admirando el color verde del dólar, identificándolo con la primavera, y el toro dentro del óvalo le parece retratar a un hombre fortachón y ser el símbolo de su bienestar.” 

Tiempos modernos

Hacia el final del viaje, Maiakovski analiza el desarrollo industrial norteamericano que tiene su expresión más acabada en la producción seriada de vehículos: nada menos que 7000 por día. “En Estados Unidos hay más coches que personas”, repite en diferentes partes del texto. Entonces el poeta encubierto se dirige a Detroit y asiste a una visita guiada en la fábrica Ford donde observa por primera vez la línea de montaje, en la que una fila de obreros cumple una función única pero fundamental en el proceso general de ensamblado. Luego, como si fuera un delegado gremial, los obreros le informan sobre sus demandas laborales: no cobran horas extras, tienen quince minutos para comer parados al lado de la máquina; no se los indemniza por los accidentes laborales y, entre otros problemas, la empresa les prohíbe escupir en el piso pero tampoco les dan escupideras. La jornada laboral es agotadora. Y el ruso se permite, tal vez, una última humorada: “Detroit tiene el record de divorcios. El sistema de Ford vuelve impotente a los trabajadores.”

Así, el desarrollo industrial aplicado mediante el fordismo y la dinámica acelerada de la especulación financiera (“entregan créditos a quien sea: incluso al Papa”) son los dos motores del capitalismo norteamericano de acuerdo con el análisis del cronista ruso. Tan solo tres años después, en 1929, esa rueda inmanejable de las finanzas haría estallar la bolsa de Nueva York y gran parte de la economía mundial.

La muerte de un viajante

Cinco años después del viaje de Sarmiento por Estados Unidos, el gobierno de Rosas es finalmente derrocado en 1852. El escritor sanjuanino participaría de la campaña de Urquiza de la que daría cuenta en uno de sus libros más atrayentes: Campaña en el Ejército Grande. Pero tomaría distancia de la nueva realidad y volvería al exilio. Algunos años después sería gobernador de su provincia, y luego presidente. 

La suerte de Maiakovski fue muy distinta. El ascenso de Stalin al poder marcaría una situación mucho más incómoda para el poeta de la revolución bolchevique que ya no gozaría del mismo crédito social y político que en los tiempos de Lenin. Y en abril de 1930 se dispara un tiro en el pecho. Tenía 36 años. Las palabras con que nos introduce a Mi descubrimiento de América bien podrían haber servido para elaborar su epitafio:

                  He vivido demasiado poco como para describir los detalles de forma correcta y pormenorizada.
                  He vivido lo suficientemente como para retratar fielmente los rasgos generales.

 i Domingo F. Sarmiento. Viajes. FCE. Colección Archivos, 1993. Pág.290. Reproducimos el texto original con los cambios que el mismo Sarmiento intentaba promover en el lenguaje escrito del castellano.