CUENTO

La nena que levantaba el viento

De Juan Diego Incardona*

 

Una historia sobre la amistad y la inocencia –donde irrumpe la amenaza de los adultos en el conurbano bonaerense– que forma parte del libro Rock barrial (2010) que será reeditado próximamente por Interzona.

 

Juan Diego Incardona por Vito Rivelli.


El día que la familia Maita llegó de Bolivia a Villa Celina, yo estaba solo en la esquina de la Gomería tirándole piedras a los postes o haciendo nada. Era la hora de la siesta y por eso no había nadie alrededor. La luz del sol rebotaba en las aguas de la zanja y formaba arco iris petroquímicos entre las veredas y la calle. La camioneta estacionó bajo un puente de colores, espantando a las hormigas que robaban pepitas de oro de las ollas. De la cabina bajaron los padres y de la caja los tres hijos, Puma, Titi y Alaya, que era la menor y que tenía más o menos mi edad, diez años, once años.

Cuando empezaron a descargar, me ofrecí a ayudarlos. Se miraron entre ellos y sonrieron. Después me dieron una valija para que la llevara adentro. Quise levantarla, pero era tan pesada que la volví a dejar en el piso. Miré a los demás: los hermanos varones llevaban cajas y bultos más grandes y pesados que el mío. Me dio vergüenza que pensaran que no tenía fuerza, así que traté de nuevo, hasta ponerme colorado. A duras penas, atravesé por el pasillo hasta el final, arrastrando la valija. La dejé en la puerta y volví a la vereda. Alaya se acercó y me regaló una naranja. Tenía ojos oscuros y una trenza larguísima que le llegaba a la cintura; era tan flaca que, se me ocurrió, era capaz de pasar por las rejas de las casas. 

—¿Querés ir a jugar? —le dije, y, por primera vez, me pareció tonta la pregunta.

Alaya  miró al padre, que pasaba justo a nuestro lado. 

—Hoy no —dijo—, mañana a la tarde. 

Nos saludamos y me fui corriendo a la calle muerta, a explorar entre los autos quemados. 

Al otro día, después de almorzar, volví a la Gomería y me senté en la sombra. Enfrente, los pastos altos del campito bailaban distintos ritmos musicales y, sobre ellos, las hojas de eucaliptos y gomeros flotaban en el aire como si nadaran en el agua. A eso de las tres, Alaya se asomó a la puerta. Traía una mandarina para cada uno. Cruzamos San Pedrito y después la cancha del nueve pescador, hasta los potreros de Banco Hipotecario. Nos sentamos en el piso. Los yuyos nos tapaban por completo y parecía que estábamos en el mar. Las olas chocaban entre sí y despedían panaderos hacia arriba, para que las nubes formaran dibujos nuevos. Uno era igual al continente americano. Argentina era la pierna de una mujer y Brasil la panza de una embarazada. Por momentos, el mapa se rompía en varias partes y los países quedaban sueltos como islas, en el medio del océano. Al rato, el viento armaba de nuevo la figura, como si fuera un rompecabezas. Yo imaginaba que, si desde ahí podían verse aquellos lugares, en realidad los que estábamos en el cielo éramos nosotros, que capaz Villa Celina era una nube que miraban otros chicos, tirados en los potreros de sus barrios.

De pronto, escuchamos voces de gente grande, que caminaba cerca. Le hice señas a Alaya para que no hiciera ruido, y nos tiramos cuerpo a tierra. Buscaban algo; decían más acá, más allá, por ahí. Me agarró miedo. Corrí despacio el pastizal, como si fuera una cortina, y los espié. Eran tres. Estaban vestidos con algún tipo de uniforme que no podía reconocer. No era ropa de policías ni de bomberos, pero tenían aspectos militares y me recordaban a mis soldaditos. Entonces, empezaban a hablar en otro idioma. Jugando con la mente, imaginé que era una patrulla  inglesa en Las Malvinas, explorando los alrededores o poniendo bombas. Agarré un palito tirado y me lo puse al costado del pantalón, como un cuchillo. Alaya, mientras tanto, permanecía quieta y boca abajo. Le toqué el hombro para que me mirara. Nuestros ojos eran animales sueltos, se iban de la cara por voluntad propia y después escarbaban la tierra como topos, para mirar adentro de las cuevas. Nosotros nos quedábamos ciegos y entonces los oídos escuchaban el doble, o el triple, o todavía más, las palabras que decía el enemigo.

Nos arrastramos varios metros, tratando de alejarnos en silencio, pero una perdiz que también se había escondido, huyendo de sus propios cazadores, salió despavorida, con vuelo pesado y silbando histérica.

-¡Ay! -gritó Alaya.

Nos paramos.  Seguro los soldados nos habían descubierto y se aprestaban a disparar. Empezamos a correr a toda velocidad, en dirección al casco del barrio. Detrás de nosotros, una estela de margaritas y cardos cortaba la tarde con pétalos y espinas. Fuegos de metralla nos zumbaban balas al oído. Adelante, las casas de Villa Celina, en vez de agrandarse, parecían más chicas. La línea urbana  atardecía sobre el campito y se oscurecía, entrando en el horizonte. Si alguien me hubiera dicho que todo el país estaba hecho de ese pasto, le hubiera creído. Ya no se oían los motores de los autos, ni los ladridos de los perros, ni las voces de los vecinos, solamente las balas y los golpes de las botas contra la tierra. En cualquier momento nos darían alcance. Pero no nos entregamos. Corrimos y corrimos hasta el fin de la Provincia, de un costado los potreros, de otro costado los potreros, hacia el descampado en llamas, prendido con nafta y gomas viejas. Nos dimos la mano.  Los tiros hacían  coronitas en el piso. Virgen de Copacabana, que bajaste de La Paz vestida de princesa, ¿fuiste vos la que empezó a soplar tanto viento? Las ráfagas se metían entre las piernas, levantando por momentos a Alaya, que pesaba lo mismo que una pluma. Mientras corría, ella daba saltos de diez, de veinte metros; era mejor que un Hombre Gato. Virgen de Copacabana, tallada en madera de maguey, ¿fuiste vos la que empezó a soplar tanto viento? Los remolinos también me levantaban a mí, que ahora flotaba y daba vueltas. Los soldados quedaban atrás, mirándonos con largavistas. Entonces, los barrios aparecieron de nuevo. Desde el aire, parecían caras de personas. Algunas estaban serias y fruncían la frente de las escuelas y las fábricas; otras se reían y hacían muecas en las comisuras de las casas y las torres. Alaya y yo nunca nos soltamos. Los motores rugían, los perros ladraban, los vecinos señalaban con el dedo. Una estrella fugaz cruzó la Autopista Riccheri antes de que los deseos apagaran las chispas. 

 

 


 

*Dirigió la revista el interpretador. Publicó Objetos maravillosos (2007), Villa Celina (2008), El campito (2009), Rock barrial (2010), Amor bajo cero (2013), Melancolía I (2015), y cuentos en distintas antologías.

Actualmente, realiza actividades en escuelas y bibliotecas populares, en representación de CONABIP. Trabaja en el programa “Memoria en Movimiento” de la Secretaría de Comunicación Pública, coordina ciclos de cine en el ECuNHi, y es columnista de literatura en el programa “Viaje al centro de la noche” (Radio América AM 1190).

La mayor parte de sus relatos están ambientados en el conurbano bonaerense.