CUENTO

Dos cuentos de Federico Merea

 

Lo audiovisual como un detrás de cámara de realidades asordinadas: la experiencia fallida de un joven aprendiz en el ambiente publicitario y televisivo; y una salida de caza mayor narrada por un camarógrafo. Relatos que van al hueso con un humor muy sutil y que forman parte de La poética del asunto (Blatt & Ríos, 2015). 

 

 




El aire

Gustavo Valenti durmió pésimo, apagó el despertador y salió de la cama mareado. Desde que la mujer lo dejó casi no duerme. Con un cuchillo se ayuda para arrancar la hojita del calendario, separarla del toco comprimido. Antes era tarea de su mujer, él no registraba así los días. Ahora no puede dejar de hacerlo, es la manía vital a la que se obliga para mitigar su ausencia. Noviembre, 6, viernes, San Severo, Luna llena, Sol sale 5.46, se pone 19.27. Y al dorso: “El sueño y la esperanza son los dos calmantes que concede la Naturaleza al hombre”. Sonríe por dentro, indignado por la ironía. No puede dormir, no tiene esperanza. Sólo están las acciones de otros hombres que lo perjudicaron, y su propia culpa. Eso es todo. 

Empezó como extra. Las cosas que ahora ve con alguna claridad, o al menos eso quiere creer (quizá en unos años vea todo distinto otra vez), no las veía en su momento. En su momento era un adolescente de callada ansiedad. Se anotó en varias agencias y finalmente de alguna lo llamaron. 

La primera fue una publicidad. Una chica nerviosísima lo atajó en la puerta del estudio: “¿vos sos extra?” fue su saludo. En esa película no salió, no quedó en la edición. La siguiente se cayó la campaña, por algún motivo comercial. La tercera salió en otros países. En la cuarta finalmente apareció. Una mano. No se cansaba de decir al ver la propaganda, a todo el que quisiera escuchar, y al que no también: “esa es mi mano”. 

En la siguiente entró de cuerpo entero, si bien al fondo y fuera de foco. Fuera de foco total y absoluto; nadie, casi ni él mismo, podía reconocerlo. 

Eventualmente apareció claro y preciso. Reconocible para el mundo. Después de un breve período de estúpido orgullo (ahora le resulta estúpido, en ese momento le generó gran excitación ver su imagen reproducida), se le apareció el cuestionamiento: “¿y?”. Traducido a hoy: “¿y qué, idiota?”. Con piedad se dice que para darse cuenta tuvo que hacerlo. No hay aprendizaje como la experiencia. 

10 de Noviembre: “Las ruinas de un ser sirven, a la activa Naturaleza, para la vida de otro”. “Mi ruina, la vida de otro. Me cago en la activa Naturaleza”. 

Ve dos partidos seguidos de tenis en vivo. Cree que la gestualidad del tenista no tiene actuación, es pura, que en la realidad se ven naturalidades inconseguibles en la ficción. Siente que fue un autómata por años. Que nunca sintió nada de verdad. 

Un programa con un segmento de humor lo inquieta: “El hombre, a los veinte años, ama a todas las mujeres. A los treinta, a una. Y a los cuarenta (el humorista cordobés hace pausita y pone cara de remate de chiste): a todas, menos a una”. Varias veces empieza a marcar el número de su ex. Marca los primeros números y corta antes de completarlo. Camina por todo el departamento. 

Le duelen los ojos de tanta televisión, se hecha unas gotas y sigue. Fragmentos de películas. Noticieros como el suyo. El vértigo de estar en vivo y en directo. Su época de notero, el soldado que pone el cuerpo en el campo de batalla. Iban al lugar del hecho. Veían la situación. Averiguaban. Retrocedían cien metros. Ahí comenzaban con la actuada desprolijidad. Cámara grabando. Caminata agitada y jadeante a la noticia. 

Su error. La manada que él llamó mamada. Fue su error, no hay a quién echar la culpa, el teleprompter funcionó bien, el videograph tampoco fue la causa. Una letra, no hubiera sido tan grave si lo hubiera manejado, con reflejos autoparódicos, con humor, pasando a otra cosa. Pero no pudo, afectadísimo, tartamudeando y colorado. Su imagen al mundo. Comienzo de la debacle. Los técnicos que lo estigmatizan por lo bajo: “¿Cómo va, mamada?”, “Hola, mamadita, ¿ya la mamaste?”. No sabe cómo hacer. El error lo persigue. Le quita el sueño. Las cargadas no disminuyen, se concatenan, aparecen nuevas, lo toman de punto. El gaste persiste si el sujeto no puede evitar mostrarse afectado. No puede evitar ser ese sujeto. “¿Por qué, mierda, por qué?”. Ya el error se convierte en algo corpóreo, pasa a ser un canal para toda su oscuridad, todas sus dudas, todas sus debilidades. 

Otra publicidad. A una chica rubia en su trabajo la encaran diversos morochos. Vuelve a su hogar y la vemos comiendo. El subtexto de los creativos: “Mejor quedate en tu casa a consumir este producto que afuera hay negros que te quieren culear”. Cliente, agencia, productora. Sin darse cuenta, luego de dieciséis horas de rodaje, agarra media galletita. Era la mesa del cliente, no podía poner sus sucias manos de extra adolescente ahí. Con una mirada un productor se lo hace saber. No lo llamaron más. Programas de cocina le recuerdan su hambre. Se come un pan con queso. 

Su error se instala. Lo domina por completo. Furcios, baches y problemas técnicos lo tienen como protagonista. No hay forma de revertirlo. Desde el control central se decreta su salida. Hace tiempo que querían sacarlo, ahora es el momento. Uno más joven, con el pelo prolijísimo, que le repugna y ya lo había reemplazado en ocasiones, es el indicado. No lo echan directamente, deciden irlo degradando. Hasta que arreglan un dinero y su salida. 

La primera mañana desempleado se siente otra persona. Sale a la calle con alivio, angustia, vértigo, extrañamiento. Va a tomar café a un bar. Todo le parece nuevo y deslumbrante, como si fuera la primera vez. Ve las veredas limpias, excepto la de una casa abandonada. Es un rectángulo lleno de hojas secas del amarillo al marrón en el que los porteros contiguos no intervienen. Ahí comen los gatos lo que les dejan unas señoras en bandejitas plásticas. Hay gatos debajo de los autos. Hay uno muy lastimado. Respira con dificultad, tiene un hueco infectado, una mirada terrible. 

Cumple un día entero mirando televisión. Son las cuatro de la tarde y Gustavo Valenti está totalmente borracho. Camina enjaulado por el living. Se tira al piso. Se queda dormido. Se despierta. Se lava la cara. Se sirve otro whisky. Desde su balcón ve televisores a lo lejos. Cortes equivalentes, pausados ¿una telenovela?, mucho corte ¿videoclip?, plano fijo y cortes ¿noticiero? 

Las siete, las ocho, la hora del noticiero, su hora. Cae el sol, las noticias del día, él no está más. Sale a la calle de noche. Camina zigzagueando. Enseguida se le aparece el gato. Más escuálido, el pelo ralo, las costras sanguinolentas. Horribles contorsiones, espeluznantes quejidos. Vomita un líquido amarillento delante suyo y maúlla mientras le clava la mirada. 

Come algo con un amigo en un bar sin televisores. El gato transita una muerte social. Los otros gatos lo desprecian. O más bien ni siquiera lo registran, lo dan por muerto.Se siente igual: moribundo, paria. Por eso y alentado por su amigo, “necesitás entretener el cuerpo”, deciden ir de putas. La chica le pregunta nombre, edad, si está casado. Dice que se llama Tony, se saca siete años, contesta que es viudo. Acaba rápido y se siente más vacío que antes. 

Se encuentra con un productor en una parrilla. Le ofrece una posibilidad de trabajo. Todos miran un partido de fútbol. Vuelve a su casa caminando borracho. El gato le cae a sus pies desde un árbol. Se oculta en la oscuridad, debajo de un auto estacionado frente a la casa abandonada con las hojas secas, que crujen bajo sus pasos apurados mientras escucha la respiración del gato, más horrorosa que nunca. Piedad. Alguien que lo mate. Alguien que lo salve. Por favor. Quiere ayudar pero no sabe cómo. “Tengo que buscar una veterinaria.” 

Otra reunión en el departamento del productor para charlar del programa. Comparten rayas, whisky y verborragia toda la noche. La plata está, el programa es un hecho, la grabación inminente. La locuacidad se termina y se despiden al amanecer. A la mañana sin dormir se dice que es su última recaída. Cuando está por sacar la hojita del calendario se detiene. Arranca todo y lo tira adentro de la pileta de la cocina. El primer fósforo que saca de la caja está usado. El segundo también. Da vuelta la caja sobre el mármol. Rompe uno, otro está húmedo. Al fin hace fuego y ve arder el calendario. 

En la calle el gato no aparece más. O murió o lo que sea, lo olvida con ganas. 

Desde su posición, Gustavo Valenti está un poco enceguecido por las luces. La escenografía colorinche y muy cerca de su espalda; tiene las cámaras enfrente, las lentes le apuntan. Ve a la gente de producción, a la meritoria que está en sus planes de conquista, a los iluminadores, la maquilladora, el sonidista, algunos conocidos. “Estaba en el aire, ahora caí al cable. Ya voy a volver a subir”. Es el único de ese lado, los demás están del otro. Todo está casi listo, algunos caminan desganados atrás, se hacen los últimos ajustes. Van a empezar la grabación, otra vez su imagen va a ser reproducida.

 

Los bichos

 

 

 

Ni bien llegamos, Ramírez y Zaldívar probaron las armas. Clavaron un blanco en un árbol, ayudados por un hombre que se presentó a saludar cuando el polvo que levantó la 4x4 todavía estaba en el aire. Era el encargado del coto de caza, de unos cincuenta años, panza descomunal y un repasador colgando de un hombro con el que se secaba la transpiración de la frente: Don Ríos. Ramírez no aguantaba más, necesitaba disparar; jadeando su apenas contenida excitación empezó con un rifle de mira telescópica. Zaldívar, ya camuflado desde la ciudad, le pasaba las municiones y lo alentaba por lo bajo con voz cavernosa: “bien, negro, bien”. 

Caminando hacia la estancia comprobamos de reojo que la pileta prometida era un tanque metálico de escasos dos metros de diámetro, lleno en un siete por ciento de su capacidad por un musgo acuoso. Después lo transmutamos en inolvidables manguereadas, las más vitales de toda nuestra vida profesional. 

En una mesa de piedra, en el patio del comedor (habitado por una taxidermia apabullante en cantidad y variedad), nos esperaban unas empanadas fritas de carne. Obligaban a comerlas con las rodillas marcando las diez y diez, dejando espacio para que el aceite decorase el piso. Disfrutamos también la gelidez de la cerveza, resaltada por el calor entrerriano, insoportable en enero.

Atontados después de una siesta lisérgica, sudando con profusión la carne ingerida, salimos al acecho de un grupo de búfalos que se presumía, según datos de Don Ríos, recorriendo la zona. Eran, en rigor, búfalos de agua, una especie que insospechadamente habita la región y tiene grandes similitudes con lo que se intuye de un búfalo prototípico. Los cazadores tenían la indumentaria y los gestos de manual, eran lo esperable, aunque ver esa plausibilidad encarnada en hombres no dejaba de ser notable. Nosotros estábamos disfrazados con un camuflaje militar verde oliva y polainas de símil cuero, para protegernos de las posibles víboras. Con cursilería se podría decir que ellos portaban fusiles Remington 375 HHMG, y nosotros cámaras Sony DSR-390P. Una vez parapetados, después de una marcha cuerpo a tierra más insoportable por lo aparatoso de la actuación que por la incomodidad general y el calor dañino, empezamos la cacería propiamente dicha. 

La manada está a la vista con el duplicador que le agregamos al lente para hacer las aproximaciones pertinentes; se pueden ver algunos movimientos de los bóvidos, aunque con cierto hiperrealismo rayano en la abstracción. En ese momento me acordé de la charla de hace dos días, en la cual se nos hizo una síntesis del piloto sobre caza mayor que teníamos que hacer, y se nos pidió (con esto asocié en particular) especial atención en el instante de los disparos, ya que matar cada animal costaba un dinero exorbitante y perder el momento en que se los ultima era imperdonable. Se escuchó el primer tiro y luego los subsiguientes. Es difícil hacerse una idea del tiempo que les tomó morir; en actitud de protección, los búfalos que quedaron en pie formaron un círculo perfecto alrededor de las víctimas, hasta que se fueron retirando. Al acercarnos confirmamos que por impericia el cazador había dado muerte a dos ejemplares, en lugar del único pactado previamente y con impactante solemnidad también se supo, al ver las ubres hinchadas, que ambos eran hembras preñadas. 

Continuamos tomando imágenes. En un momento me encuentro a centímetros del hocico sangrante de una de las víctimas, que había caído en su final cerca de unos arbustos espinosos. No había nadie alrededor. Hago foco en el brillo del ojo abierto, negro, sin vida del cuerpo del animal, y es entonces cuando certifico la obviedad de que el registro electromagnético que estoy creando en la cinta de video decreta aun más la muerte de la hembra. Su ojo se encontraba con el mío a través del lente. Nos miramos por unos inolvidables segundos. Eventualmente vino un tractor verde, enganchó los cuerpos y se los llevó arrastrando, para hacerlos desaparecer tras la línea del horizonte. Zaldívar no parecía estar afectado ni un poco. Ramírez, autor de los disparos, tenía apenas una muequita de contrariedad. 

En la cena volvieron las empanadas del mediodía, y se agregó una carne con papas. Don Ríos, que seguía secándose con el repasador el sudor de la frente, contó anécdotas de la colimba. Ramírez y Zaldívar coincidieron en que la instrucción militar era “una gran cosa”. En la sobremesa, con un dulce de mamón en el plato y una copa de vino en la mano, Ramírez se ufanó de la conquista de “una negra caribeña” que tenía, susurrado en tono confesional, “la concha roja como una fruta”. Mencionaron los más diversos mamíferos, todos nombrados como “los bichos”. Inclusive Zaldívar, señalando con el tenedor una embalsamada cabeza de ciervo con ramificados cuernos, le dijo con la boca llena de carne a Don Ríos: “lindo bichito ese”. 

 

Nos despertamos al alba, cuando algún gallo empezaba a cantar. Había que aprovechar el amanecer. Apurando unos mates nos subimos a la parte de atrás de la camioneta de Don Ríos y el viento cálido nos fue despertando. La rama de un árbol le sacó la gorrita a mi compañero y le hizo un pequeño corte en la frente. Bajábamos por hondonadas en las que crecía el fresco y la humedad. 

Escondidos sigilosamente para no espantar a los ciervos, buscábamos el mejor punto de grabación. Les habíamos explicado con seriedad que si no lo tomaba la cámara no existía. Que tenían que esperar estrictamente nuestro visto bueno para disparar. Zaldívar, en acto incontinente, le disparó igual al ciervo cuando las cámaras aguardaban. Lo reprendimos con severidad y bajó la cabeza como un alumno en penitencia. Con ayuda de Don Ríos ataron con unas sogas el ciervo muerto a unos árboles para dejarlo caer, haciendo como que lo cazaban de un disparo que repitieron, esta vez grabando, y ver si lo mentíamos en edición. 

Esa noche dormimos con mi compañero en el apostadero, para estar en medio del campo y tomar imágenes al amanecer de los ciervos que se fueron espantados el día anterior por el disparo de Zaldívar, y de otros bichos que aparecieran. Era una precaria y elevada construcción de madera en la que tiramos dos colchones sucios. Mucho nos dijeron que los bichos se espantaban con los más mínimos ruidos y olores. Por eso nos dieron para mear durante la noche una botella de gaseosa abierta al medio. Mirando las incontables estrellas uno sentía llegar el calor de su orina a la mano que sostenía el plástico. 

Cuando estábamos grabando unos antílopes a media mañana, Ramírez se apareció gateando con un cigarrillo encendido en la comisura, pisó una ramita que crujió al quebrarse y se rajó un pedo. Lo miramos para recriminarle los dos ruidos y los dos olores que eran supuestamente injustificables y nos devolvió una sonrisa pícara. A la tarde salimos en la 4x4. Me subí atrás con Ramírez mientras esperábamos que mi compañero lo grabara a Zaldívar actuar con unos binoculares. Una mosca se posó en la ventanilla polarizada del lado de afuera. Ramírez armó un revólver con la mano, índice y pulgar en L, los otros tres dedos recogidos, apoyó el caño en el vidrio apuntando al insecto. Me miró con su bigote castrense en primer plano y al gatillar con el pulgar dijo en tono grave y solemne: pum. La mosca siguió ahí y salió volando cuando Zaldívar dio un portazo al subir. 

Nos faltaban los jabalíes, pero no aparecían por ningún lado. Otra vez surgió providencial Don Ríos, que, por unos billetes más, ofreció recurrir a Ricardito, el chancho salvaje domesticado de un conocido. Lo encerraron sin agua ni comida por un día. Nos posicionamos en un chiquero que le armaron, le tiraron una mezcla con maíz y otras cosas, que un manso Ricardito devoraba. Esta vez sí, el disparo lo tomaron las dos cámaras. 

A la mañana siguiente cargamos con parsimonia las cosas en el baúl. Teníamos las imágenes, ya podíamos volver.

 


 

 


Federico Merea nació en Buenos Aires en 1973. Se desempeña como fotógrafo y camarógrafo. En 2015 publicó “La poética del asunto” (Blatt&Ríos) y "Letristas, la escritura que se canta", (Gourmet Musical) un libro de entrevistas en coautoría con Alejandro Güerri.