CINE

La conjura de las letras, o de la imagen subliminal 

Por Mariano Dagatti

 

Cinco años después de Hacerme feriante, Cuerpo de letra, opus dos de Julián D’Angiolillo, convierte el retrato de un grupo de letristas de publicidad política “alternativa” en el gran film político argentino de los últimos años. La apuesta parece clara: en la cultura “líquida” del capital, el cine le devuelve espesor a los signos.

 



El inicio de un film es, por lo general, una declaración de principios. ¿Cómo empieza Cuerpo de letra, el segundo film de Julián D’Angiolillo? Objetos: una brocha, un tarro con pintura, autos; sonidos: una voz, motores, el roce de las ruedas en el asfalto; un espacio: el radio de las autopistas, sus canteros, su luminaria, sus muros. Conviven allí, conjurados, los tabúes de la letra: la letra no tiene cuerpo, la letra no tiene voz, la letra no tiene tiempo. Prisionera del símbolo, la letra no existe. Para el cineasta, se trata, entonces, de inventar, como en un trance, el aliento de la forma: conjugar sujetos, sensaciones, imágenes; la retórica le ha dado un nombre: sinestesia.

Cuerpo de letra filma a los miembros de una cuadrilla de letristas dedicados a pintar publicidad política en las paredes de las autopistas y calles de esa zona fronteriza entre Capital y Conurbano. En la intemperie del tránsito, en medio del paso delirante de autos, camiones y camionetas, grupos de jóvenes trabajan sobre el espacio visual de los muros, convertidos en superficies de persuasión. Ficción y documental tejen sus líneas: una historia ficcional, la de “Eze” y sus compañeros, atraviesa una documental, la del trabajo de los rotulistas en la campaña electoral de las legislativas de 2013. Hacia el final, los dos planos convergen, y, paradoja de los registros, la aceleración desquiciada de los tiempos de la realidad encuentra en la institución del cine su propia forma: el “mundo imaginal” del cine bélico, el western, el cine de pandillas sublima la verdad del sufragio; nunca fue dicho de manera tan sutil que la política es la guerra por otros medios.

Cuerpo, sonido y tiempo configuran la experiencia sensorial que da ingreso al trance de la letra, que es, claro está, el de los letristas y, a fortiori, obra y gracia del cineasta, el de los espectadores.Todo pasa por mimetizarse con la experiencia perceptiva y topológica de los protagonistas; la sinestesia, se infiere, puede ser un gaje del oficio, y también de la expectación. No hay cine político que no implique una política de su consumo. Poética y política de la película: podríamos decir, como Roland Barthes, que “en la letra podemos hallar el mundo”.

Entre tanto, una pregunta se impone: ¿cómo darle cuerpo a las letras? No hay secretos: encuadre y plano. Por un lado, trabajar las escalas: dibujar las relaciones entre los cuerpos (de los letristas, de las letras) y el espacio, de modo tal de alterar los niveles de percepción, es decir, los de consumo; por el otro, trabajar el tiempo, de modo tal que las superficies (muros, paredes, pantallas) dejen emerger las capas. Son dos procedimientos contra el fetiche: el de la palabra, que se vuelve letra, y cobra cuerpo; el de la superficie, que se vuelve palimpsesto, y cobra volumen.

Encuadre: después de todo, alterar la percepción es engendrar un sentido nuevo (se dice: “todo De Staël en 3 cm2 de Cézanne”). Implica, vieja lección de la física, una relativización del espacio del sentido: reorganizar lo visible. D’angiolillo, artista plástico, se ubica en la bisagra del cuadro con el fin de destruir lo instantáneo. Fatalidad visual de la letra, la palabra implica tiempo: “Macri 2015” es momentáneamente “Cri 2015”; “Ramiro” es “amiro”; Massa es “SSA” (de allí que la aritmética del nombre sea, en fin, una economía de la letra); “RENOVA” será “FRENTE RENOVADOR”. Si el consumo de la palabra envuelve una percepción instantánea, el trabajo de los letristas es progresivo, temporal, corpóreo.

El cineasta se empeña, pues, en sustituir el imperio de la palabra por el del gesto:importa el trazo, la consistencia, el pulso. Cuerpo de letra, silueta de la escritura. Carente de énfasis, el gesto del film es, no obstante, explícito: convertir la letra en un fetiche para exorcizar el fetiche de la palabra; desnaturalizar, de paso, la seducción de la onomástica: desarmar el nombre, vehículo secular de la política. El mal, se sabe, empieza con las palabras, y devolverle la materia a la letra nos conduce a un estado adánico del lenguaje. Llegar a la letra, entonces, para dotar de cuerpo al sentido;la literalidad es aquí un asunto decisivo. Poderosa ecuación: darle cuerpo a la letra es apostar por la “hechura” del sentido.

¿Cómo se hace el sentido; o al menos, quiénes producen estos signos de publicidad política? La escritura está hecha de letras, pero la letra, ¿de qué está hecha? La letra es la inscripción del cuerpo en un espacio sistemático de signos. Un hecho lo sintetiza: la firma. “Franky”, “Eze”, “El Narigón”, “Batata”, “Beto”, “El Chino”, “Chelo”. ¿Cómo filmar esas cuadrillas?, ¿qué espacio, qué ámbito, qué lugares son los que envuelven a esos trabajadores? Panorámicas, planos generales, planos medios, planos detalles: un literal reparto de lo sensible a través del encuadre. De allí las extraordinarias panorámicas de los letristas con sus linternas en el corazón de la autopista: dimensionar la letra trae aparejado dimensionar la escala del trabajo en la trama urbana. El proceso de todo trabajo no se ve, pero se puede filmar. Porque desfetichizar la palabra publicitaria es también volver visible sus modos de producción: después de excavar capas de sentido olvidado, el film hace ver que la política es el poder de lo humano en su construcción de un mundo común. 



Fósiles del presente: el tiempo del plano le ofrece cuerpo a la letra, mientras las múltiples señales del espacio urbano le ofrecen profundidad al plano: esa es la dialéctica de la cámara. D’Angiolillo cumple en Cuerpo de letra el papel de un arqueólogo de la mediatización marginal, en el que los rituales de viejas prácticas murales conviven con una multiplicidad de carteles, afiches y pasacalles: Banco Patagonia, Showmatch, “Gracias San Expedito por los milagros” (Mónica), “Dinero ya!!!”, “Aire acondicionado / Alarmas”, “Hotel Alcázar – Nuevas Habitaciones. Turno de 4 hs. De Lunes a Domingos de 6 a 22 hs”. Las publicidades aéreas confieren a la colonización mercantil del espacio una densidad también sonora: “Todo en indumentarias. Paseo de Compras. La Plata 45. Calle 45 entre 150 y 151. Paseo de la Familia. Vamos todos a comprar La Plata 45”, “Cómo seducir a una audiencia. Aprenda a hablar en público. Con firmeza, persuasión y convencimiento”, “Compromiso Federal. Es posible, Buenos Aires. Tenemos lealtad y proyectos. Estos son los candidatos de Adolfo Rodríguez Sáa. Lista 502”. El arte del apóstrofe no va a la zaga de aquel otro menos directo de la enumeración: “Como si esto fuera poco, en el cierre se corona la mejor cumbia santafesina: ‘Tú eres mi destino’, ‘Alguien como yo’, “Ahora vivo de recuerdos’, ‘Cabaretera’, ‘Mujer cósmica’, ‘Isla de palmera parrandera’, ‘La orgullosa’, ‘Rosa Púrpura’, ‘Amor en la Ribera’, ‘Bailando batuque’, ‘Muñeca presumida’, ‘Solita en la playa’, ‘Las caracolas’, ‘Aeropuerto’ y muchos otros éxitos en vivo. Camping La Hormiga”. Vender, persuadir, comprar: una representación abigarrada de la esfera pública emerge entre el abarrote de estímulos y señales, en la que una economía barroca, frágil, precaria articula tácticas de resolución de la vida, redes informales, emprendimientos alternativos y modalidades específicas de negociación de derechos. 

Invasión y desolación. La multitud de signos no disimula, sin embargo, un paisaje finalmente inhumano, para el que no hay otra palabra más precisa que distopía: fina ironía, una estética futurista que carece de confianza en el futuro. El cine, arte del presente, conjuga aquí lo efímero eterno, que parece ser la manera en que D’Angiolillo concibe la aceleración del capitalismo contemporáneo. Al pie de la letra, su literalidad filma lo real y nos devuelve un mundo de ciencia ficción; por esa razón, no hay aquí registro observacional, etnografía al uso, sino que el montaje reproduce en el orden de los planos el juego de las capas: fundidos encadenados de planos en movimiento, dislocaciones del sonido y la imagen exacerban el efecto de la diégesis, con sus bombardeos sonoros, sus rugidos maquínicos y su desbocado consumo. Confiado en el poder sugestivo del cine, D’Angiolillo traslada la atmósfera visual y sonora de los letristas a la experiencia apoltronada del espectador.  



Film breve, los últimos veinte minutos son extraordinarios. La escena decisiva es la que abre el final. Son las horas previas a la veda electoral. En la televisión, los conductores del noticiero de canal 13 hablan de la prohibición de seguir haciendo campaña y proselitismo después de la medianoche. Mientras lo hacen, en las imágenes transmitidas por la señal se alcanzan a ver algunas de las pintadas de los letristas que Cuerpo de letra acompaña en su trabajo. Como salidos de una hipnosis, el film nos ofrece aquí su verdad profunda: la puesta en escena de lo subliminal. Los juegos sensoriales, la alteración de los niveles de percepción, la ostentación del espesor de los signos; todo apunta a exhibir la potencia subliminal de la imagen. En los medios de comunicación masivos como en la política de las grandes ligas, la ciudad real es siempre un fondo de pantalla. Y he aquí que, potencia del arte, la imagen denuncia las tretas de la imagen, el fondo de operaciones que se disuelve en la superficie. Darle cuerpo a la letra es, después de todo, darle cuerpo a la imagen. Letristas y cineasta participan del mismo trance.


PS: Hablamos de hipnosis, de niveles de percepción, de imágenes y sonidos; Cuerpo de letra reivindica como pocos filmes argentinos la experiencia corporal del cine. Quien no vea esta película en una sala, en el exilio y el ensueño de la penumbra, no habrá participado del juego. Coda política, pues, del cineasta: la defensa del cine como experiencia integral.