RESEÑA

Que de lejos parecen moscas

La última novela de Kike Ferrari tiene la contundencia y el pulso decidido de un buen cuento. La flecha que va directo a su diana. No se entretiene demasiado, sabe lo que tiene para contar y se ocupa de eso con una prosa sin florituras académicas.


Por Martín Doria
 




“Probablemente no vuelvas a encontrar una historia así de redonda”. La frase, proferida a un escritor, complace tanto como amilana. Si además fue proferida por el maestro Paco Taibo II, la cosa suena a sentencia. Cómo seguir escribiendo después de eso, habrá pensado Kike Ferrari, el autor de Que de lejos parecen moscas, la novela (la historia redonda) en cuestión. Pero Ferrari, representante de la generación argentina mimada por la Semana Negra de Gijón (junto a Guillermo Saccomanno, Leo Oyola, Horacio Convertini, Mariano Quiroz, entre otros) tiene espalda suficiente. Novelas y cuentos suyos ya han merecido honores. El Casa de las Américas, por ejemplo, por la novela Lo que no fue. Recién ahora su presencia en los sucesivos festivales de novela negra que proliferaron en la Argentina (a saber: el BAN!, el “Azabache”, el “Córdoba Mata” y el Festival de Rosario) lo rescatan para el público autóctono. Una celebración entonces merece la colección Código Negro de Punto de Encuentro, que publica esta novela, ganadora en España del Premio Silverio Cañada y finalista en Francia del Gran Prix de Littérature Policière y el Prix SCNF du Polar.

 

La novela de Ferrari (desde ahora Moscas...) alcanza dos grandes objetivos que debe cumplir una novela para gustar a público y crítica. Una buena historia, “atrapante” según los términos habituales de las contratapas, y una estructura simple y efectiva. Quizás por su corta extensión (150 páginas en edición de bolsillo), Moscas... remite más bien a un cuento largo. Tiene la contundencia y el pulso decidido de un buen cuento. La flecha que va directo a su diana. No se entretiene demasiado, sabe lo que tiene para contar y se ocupa de eso con una prosa sin florituras académicas, una prosa que acompaña −es una prolongación − del habla cruda de sus personajes, personajes que hacen honor al lunfardo podrido de los malvivientes y los corruptos. No confundir el título, una referencia quizás oscura o demasiado literaria, con alguna intención snob del autor. Nada hay en la novela, fuera de ese título y los nombres de cada capítulo (una curiosa clasificación del mundo animal presente en el cuento "El idioma analítico de John Wilkins" de Borges), que pretenda jugar en esos niveles metaliterarios.

 

Machi (el Señor Machi) es un garca, en la mejor definición posible de nuestro lunfardo. Es un malo malísimo, un malo de antología en la reciente novela negra argentina. La novela es suya por entero. De hecho la historia abarca apenas unas horas del peor día de su vida. Un día que comienza según sus parámetros de éxito: un culo joven en la cama, el sabor de un Montecristo, un traje Armani y un BMW en la cochera. Diez palos verdes en el banco. Pero incluso para él, todos podemos tener un mal día. Encontrarnos por ejemplo un muerto en el baúl de nuestro auto de alta gama. Un muerto cuya identidad no conocemos. Y ahí comienza el cuento de Moscas... Machi como víctima de un complot y a la vez detective de un misterio. En el tiempo (poco) que tiene para resolver el acertijo y salir de esa situación, su cabeza recorrerá una lista larguísima de posibles perpetradores. Una lista tan larga como su inmundo prontuario de garca.

¿Habrá sido el Cloaca Pereyra, su jefe de seguridad, temible torturador del Proceso a quien sus abogados salvaron después de uno de sus tantos crímenes? ¿Una traición? ¿O una cuestión de guita?

¿Su mujer, agotada de ser una cornuda crónica?

¿El Patrón Casal, entrenador de fútbol cuya mujer fue su amante ocasional?

¿Alguna de las putas, usadas y maltratadas a su gusto?

¿Alan, su torturado hijo gay?

¿Algún empleado explotado de su negocio?

¿Don Heredia, el representante de boxeadores traicionado en una pelea arreglada?

Y la lista sigue.

 

En Moscas... Ferrari hace que el recorrido mental de su protagonista decante el horror que arrastran las últimas décadas de la Argentina, tanto en dictadura como en democracia. Machi no ha tenido problema en hacer tratos con los peores personajes de nuestra historia reciente para constituir su poder. Por su negocio, el apropiadamente llamado bar Imperio, han pasado diputados, ministros, intendentes, secretarios, lobbistas, sushi-boys. Su nutrida agenda le permite acudir a ellos en el caso que la actualidad amenace sus intereses. Así hace quebrar algunos emprendimientos para su beneficio (cuando la convertibilidad), elimina focos de rebelión trabajadora en su negocio (durante la crisis), zafa del “corralito”. Un juego divertido es descubrir los nombres reales de los personajes que en la ficción se vinculan con Machi. Hay muchos de ellos, personajes insignes de nuestra farándula y nuestra política.

La sorpresa de la historia, esa que la hace tan redonda, nos espera al final.

En la apuntalada nueva novela negra argentina, Ferrari ocupa junto a varios una segunda tropilla de avanzada, quizás eclipsada por esa primera línea donde pelean con mayor éxito de ventas los libros de Claudia Piñeiro o Guillermo Martinez. Aplaudidos y honrados primero en España, autores nuevos como Ferrari, Leo Oyola o autores prolíficos como Guillermo Orsi, Fernando López o Raúl Argemí merecen mayor difusión en nuestro medio. La promisoria reserva de autores que adoptan el género empieza a abultarse con Juan Carrá (cercano su registro al de la crónica social), Gastón Intelisano (en el registro de la investigación forense tipo CSI), Alejandro Soifer (en construcción de una interesante trilogía de crimen en el mundo judaico), Ezequiel Dellutri (en rescate original de las novelas de detective y ayudante en ámbito suburbano), entre muchos otros.

Todavía sin el apoyo de las mayores editoriales, pero con mejor distribución y difusión gracias al esfuerzo “independiente” de las nuevas colecciones, sumado al esfuerzo particular de los factótum de los festivales vernáculos, la armada literaria de la nueva novela negra está lista. Y a la espera de sus lectores.