POESÍA

Diario Indio

Introducción y Selección de Florencia Abadi

 

Presentamos algunos fragmentos de Diario indio, de Severo Sarduy (1937-1993), recientemente editado por Zindo & Gafuri (con prólogo de Roberto Echavarren). Uno de los mayores exponentes del neobarroco latinoamericano, radicalmente experimental, el cubano Sarduy desarrolló su producción en Francia, tanto en el ámbito de la literatura como del periodismo, la crítica y la pintura. En 1971 viajó a la India –influido por Octavio Paz–, donde escribió este diario que funcionaría como último capítulo de su novela más importante, Cobra, con la que obtuvo el premio Médicis a la mejor novela extranjera. Los textos que aquí presentamos, atravesados por el orientalismo del autor y escritos con un estilo marcadamente descriptivo, abordan insistentemente la cuestión de la muerte (viejo tema del barroco) como elemento inmanente a la vida, que trabaja en el más acá de los cuerpos y la tierra. 

 

 

I

Entre maderos que arden, el cuerpo. Junto a la pira, por el suelo cubierto de ceniza, un perro deshace en bandas de lino y lame el turbante blanco, ensangrentado. Más allá, bajo un alero, otro montón de troncos. Alrededor se apresuran los técnicos de la quema. Un dios-elefantito juguetea entre flores. Campanillas de cobre. La muerte –la pausa que refresca- forma parte de la vida.

 

II

Lavo. Golpes contra la piedra. En los pequeños estanques agua blanca. Agua morada; los otros retuercen, dan jabón, enjuagan, tienden sobre la tierra. Un hedor rancio emana de nuestros cuerpos, vaho de sudor y grasa que asciende hasta el puente –los pasantes viran la cara para no mirarnos: la mirada se mancha. El pelo cae hasta la lejía empozada, los pies en la humedad, entre los dedos grietas.

 

Del otro lado del estercolero, detrás de la miasma, el tren pasa.

De tantos caramelos que comía

al dios-elefantito

le creció la barriga.

Se cayó de su montura – un ratón.

La luna se rió.

Él le tiró un colmillo.

He nacido. Un paso. Muero.

 

III

La muerte no está ni más allá ni más acá. Está al lado, industriosa, ínfima.

 

IV

Escorpión: Tengo miedo a morir en accidente, ¿qué debo hacer?

RESPUESTA DESEADA: Los agregados que componen el hombre, oh pálidos, no son más que productos desprovistos de la menor realidad: comprenderlo engendra una alegría que ignora la muerte.

Respuesta (de lo) real: ¡Vamos hombre! ¡Para eso están los amuletos! Éste, por ejemplo –y toma de una mesita un puñal de  cuatro filos y en el mango emblemas-, codiciado por varios museos de Occidente, envuelve el cuerpo de quien lo posee en un halo invulnerable. O este –sacude mía maruga de pergamino, dos perdigones la golpean, en la punta de  un hilo-, que de seguro nunca han visto: protege y fortalece.

TOTEM: ¿Cómo eliminar la angustia?

EL GRAN LAMA: Siéntese con las piernas cruzadas –y, soltando las pantuflas, cruza él las suyas, que aprieta un pantalón de gamuza amarilla-, la espalda derecha, la atención alerta. Un círculo. En él inscriba un cuadrado. En el centro, una deidad de su preferencia. Concéntrese en ella. Claro está, para comenzar, es necesario un soporte, un mandala pintado, como este –y desarrolla sobre el tapiz una tela pintada, con geometrías concéntricas-, tan milagroso y antiguo, que a usted, para tan noble empeño, le cedería por unos dólares: poco podrían pretenderlo las rupias de este país, y, of course, muchos menos las indias.

 

V

Los elefantes entrechocan sus trompas para saludarse imitando el manotazo de los hombres.

Barbudo, de ojillos ovalados; tu, desnuda, bailas al ritmo de un triángulo, con los brazos en arco muestras ante la frente una manzana.

De pie, desnuda, me escribes una carta.

Con un bastoncillo de madera quemada te alargas la comisura de los párpados, apoyas el codo en la cabeza de un servidor.

Olvidas la espina; te miras en un círculo de metal pulido.

Un mono te lame.

Un escorpión te desviste.

Dos nagas coronados entrecruzan sus colas: trenza de escamas. Uno muestra un frasco de perfume.

Yo con pelo de mujer, tú, delante, doblada, las palmas de la mano contra el suelo. Mis dedos marcan depresiones en tu talle, donde se anudan hileras de perlas, ceñidos las nalgas y los senos.

Con el turbante puesto, un guerrero bigotudo, la boca abierta en una carcajada, penetra una yegua con un miembro tan gordo como el de un caballo; su compañero, encaramado en un tarima, burlón, se tapa la cara; otro bebe vino en una concha.

 

VI

Escaleras que suben hacia ninguna parte, muros inclinados, hemisferios vacíos. A su paso por los bordes numerados las sombras reproducen la curva de la Tierra, cifran la altitud de los astros, postulan un Sol fijo. En las escalas borradas por la lluvia cada tarde reitera las medidas. Astrolabios de bronce han quedado entre las ruinas, desechados, rotos.

La hora exacta.

 

VII

TUNDRA: ¿Qué tengo que hacer para convertirme al budismo?

El Gran Lama: Rasparse la cabeza. Ah, y por favor, si de verdad quieren “entrar en la corriente”, detenga ahora mismo toda violencia. El embajador de Francia vino a verme por la mañana; por la tarde, en el Rajasthan, su hijo mató un tigre. De aquí se fueron al Ashoka Club y bebieron cerveza de arroz. De cierto os digo, bikús de Holanda, que es la Sed lo que os impide ver lo no-compuesto, lo no-creado, lo que no es ni permanente ni efímero. ¿Qué les parece esta pintura tan antigua, regalo de un lama encarnado del Bhutan?

 

VIII

Depresiones concéntricas ahuecan el suelo que desciende, inclinado como un techo. Al revés, detenidas en su rodar hacia el arroyo, entre lajas levantadas han quedado las bases de la columna: el aire en las aristas les va arrancando arena. Estratos de distintas vetas arman, superpuestos, las ruinas: rayas horizontales, paralelas, como las marcas, en un muro, de la crecida.

Unos tras otros –los atraviesan los pájaros de un vuelo recto- los templos corroídos, escuetos.

Desde los nichos que anidan lagartos, sin brazos, nos miran niños de mármol, los ojos cernidos por líneas de oro. En un charco de orine, solo en una celda, un orate repite los veinticuatro nombres.

Higueras en los frontispicios. Entre las ramas de un árbol seco, de ceniza, la luna.

 

IX

Amarrada al extremo de la batuta una bolsa de pólvora estalla contra el suelo: el tambor mayor –un cetrino ojeroso con las uñas pintadas- ahuyenta por las calles los espíritus necios. Golpeando grandes tamboras roncas el cortejo llega a la puerta que no ampara una guirnalda de semillas secas. En la sala, rodeado de una multitud que lo festeja, cubierto de flores y de moscas, sobre una sillita de mimbre, el inmóvil espera. Los vecinos señalan sus zapatos lustrados. Hilos de sangre negra y una baba morada le caen de los labios que los dolientes, al llegar, tocan.

 

X

En las ranuras del dalaje pelo encrespado; grumos rojos, como de lacre. Un olor a vísceras tibias, a coágulos y a flores impregna el aire: para aplacar su cólera, para que nos olvide, inmolamos ante la Terrible.

Vagidos. Alguien suena una concha.

Tu rostro es negro, sangrantes los colmillos, tu collar es de cráneos ensartados, en las salpicaduras de las yugulares tajadas se refrescan tus pies.

Al abrigo de tu manto la ciudad se agrieta. El viento salado roe piedras y hombres.

En camillas de bambú los traen: abiertos los ojos vidriosos, tiznada la frente, en los labios dos mariposas blancas.

La mortaja mojada; un polvo bermellón, rociado al voleo, la mancha.

Rumor de bazares alrededor del templo. En los muros borrones rojos. Figuras garabateadas; con carbón letreros en sánscrito. El resplandor de las fábricas alumbra el agua fangosa del río, el puente de hierro.