CINE: INVISIBLE ÉRIC ROHMER

Inversiones, perversiones y conversiones del cine francés en dos ensayos sudamericanos

Por Alfredo Grieco y Bavio

Un verano con Rohmer, de la argentina Débora Vázquez, y Dominios inventados, del español peruanoboliviano Diego Valverde, exploran la traición, el anti-heroísmo, la elección y el destino en Éric Rohmer, el más tácito de los realizadores franceses de cine conversado. 

 

 

Antes de su relanzamiento por el papa Francisco, en un universo cosmopolítico cada vez más vigorosa, fragorosamente islámico, o evangelista, el catolicismo romano había dado sus primeros, decisivos pasos en un camino de invisibilización donde lo había precedido el judaísmo. Antes, cuando la Guerra Fría estaba caliente, François Mauriac era católico (y gaullista, Luchino Viscconti era (euro)comunista, Graham Green era católico converso, salaz adúltero consumado, y antiamericano camarada de ruta de los moscovitas. Hoy, ¿quiénes saben que eran, que son católicos romanos el profesor titular de Lógica de la universidad de Oxford (Michael Dummett), un gran teórico marxista de la Literatura (Terry Eagleton), o el mayor novelista gay holandés (Gerard Reve)? 

Del dios escondido

¿Quiénes han reparado, colocándolo en un primer plano, en el misterioso, eficaz, agraciado jansenismo de Éric Rohmer? Hay que decir que Diego Valverde y Débora Vázquez, tartarines regiomontanos que con la mano en la mejilla todo lo llegan a saber, sí lo hacen. En las guerras y guerrillas frías de los Cahiers du Cinéma, de la Nouvelle Vague, el catolicismo singularizaba al crítico y cineasta, pero no lo aislaba. Acaso Robert Bresson, con filmes como El diario de un cura de campaña (1951) o Mouchette (1967), elaborados homenajes y alevosas tergiversaciones de las novelas de Georges Bernanos, fuera a la vez más vistoso, y por tanto más inocuo, más pasible de ser tema de ensayo para Susan Sontag, que Rohmer. 

“Libertad y predestinación (la vieja disputa entre jesuitas y dominicos) parecen llegar a un acuerdo en el corazón de los protagonistas”: así sintetiza adecuadamente Valverde el tema y el problema medulares de casi todos los films de Rohmer. Que suelen contar una historia corriente como ésta, de nuevo en las palabras sintéticas pero no sumarias de Valverde en “Elección y destino en Éric Rohmer”, de su libro Dominios Inventados (La Paz, 2013): “Un hombre ve a una mujer y se enamora de ella. La conoce, comienza a cortejarla y, de repente, ella desaparece. Esa súbita desaparición coincide con el advenimiento de otra mujer, que se cruza en su vida y se le ofrece amorosamente. Cuando todo hace pensar que se va a decantar por la segunda, la primera reaparece en escena. El protagonista vuelve con su primera pasión y se casa con ella”. Sin otros accidentes, con esta linealidad de return-ticket, es, tal cual, el patrón narrativo de La panadera de Monceau (1962) y de Mi noche con Maud (1969). La historia podría parecer cotidiana, incluso trivial... de no ser porque quien la trata es precisamente Rohmer.

Y es aquí donde Valverde, protagonista rohmeriano él también, vuelve sobre sus pasos para decir que ha tomado con toda intención el ejemplo de jesuitas y dominicos, aunque en Mi noche con Maud se alude a la lucha entre jesuitas y jansenistas.  “Quizá no debería extrañarnos –añade con erudición de francesista- que el país de los trovadores, el del Concilio de Remiremont, en el que se debatían asuntos amorosos como si fueran dogmas de fe, donde se hablaba con naturalidad de la religión del Amor, sea la cuna de una película como ésta, en la que amor y religión están tan imbricados”. 

 

Al dios desconocido 

Vázquez, en cambio, arranca a los protagonistas de Rohmer del mundo de la filosofía matemática, para sumergirlos en la pesadilla de la Historia, o al menos en la temporalidad de su historia. De ese mundo de libros, como la librería de Clermont-Ferrand en una de las primeras escenas de Mi noche con Maud, donde en las manos del ingeniero Jean-Louis se suceden un manual de cálculo de probabilidades y los Pensamientos de Blas Pascal. Acto seguido, su rival amoroso, Vidal, profesor de filosofía, hablará de Pascal como de un pensador muy actual, adelantado a su tiempo, que una sola persona reunió al metafísico y al matemático.

Un verano con Rohmer: Crónica de una retrospectiva nos arrebata de la atmósfera del argumento de la apuesta, de las esferas, de las probabilidades matemáticas. Con un sonriente empeño por contrariarnos que nunca la abandona, elige como hilo conductor de una ilación narrativa mayor a lo que el índice volumen pareciera sugerir, el único subgénero de los Festivales de Cine vueltos al pasado con deliberación historicista: la Retrospectiva.

 

Entre revolución y reacción

La tesis de Vázquez es tan sutil como finalmente convincente. Rohmer es un cineasta ahistórico pero a la vez comprometido con el pasado. Éric Rohmer nunca fue un reaccionario. No lo imaginamos como a un Claude Autant-Lara, finalmente diputado europeo por el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen.  la reacción impide evocar o convocar al pasado desde el presente, porque anula el recular, al instalarse imaginariamente, aunque de lleno y de una vez por todas, en un tiempo pretérito y positivo. 

Católico francés, anti-revolucionario y germanófilo, Rohmer prefería el Antiguo Régimen a una Revolución de cuyos logros descreía. Un guionista que en literatura estimaba los diálogos de una novelista conservadora y también católica, la prolífica condesa de Ségur, por sobre los de Marcel Proust, asmático novelista medio-judío medio-homosexual.  Con agudeza, Vázquez recalca el regusto de Rohmer de definir por negaciones. Que compartía con el colega y amigo suizo Jean-Luc Godard, para quien la esposa previó el epitafio “Al contrario”. 

 

La mujer de al lado

El libro de Vázquez es un proyecto autobiográfico. Antes que ofrecer una ilusoria imagen completa de Rohmer, busca ver los films que no vio, los que le faltan: visibilizar completa una imagen y colmar una información que ya de por sí son muy colmadas y completas.

Nada hay más recortadamente individual que una aventura que ha de atravesar una experiencia colectiva. Sin proponérselo, en el Festival de Cine cada quien conoce a los otros hipócritas cinéfilos, nuestros semejantes, nuestros hermanos desnaturalizados. Lo que para unos es terminar, para otros es empezar. En la fila en la calle, para entrar a ver un postrero film de Rohmer, Los amores de Astrea y Celadón, la cronista oye que dos jóvenes varones se preguntan si Rohmer se acentúa en la primera o en la segunda sílaba. La cronista sabe que ellos ignoran que este apellido es un seudónimo, está segura de que no vieron antes ninguna película de su director dilecto, se inquieta pensando que verán un film ‘de época’, teme que éste, acaso, los disuada de ver los otros…

En la misma fila, vive otra experiencia clave del culto público del cineasta secreto, que esto es una Retrospectiva en un Festival. Esta vez, la experiencia es del otro lado del eje de los sexos. Dos adolescentes tardías, blondas y esbeltas, se quejan: ¡Pero por qué hay tanta gente! En verdad, les fastidiaba que se tratara de un público tan heterogéneo y no la típica fauna festivalera, aquella que busca asesinar el protagonista del film de los hermanos Quintana, Making off sangriento: Masacre en el set de filmación. 

 

Los aprendices de brujo

Al salir del cine, la cronista descubre que su elevada vigilia rohmeriana no fue compartida por quienes sin embargo compartieron proyección y sala: “Era una belleza pero me quedaba dormida”, oye decir a una mujer que se disculpa ante el que parece su marido y una pareja de amigos. Al salir de la Retrospectiva, en un barrio elegante de Buenos Aires, cuesta conseguir taxi. A esas horas, el transporte público, que tanto honró en sus films el comunitarista Rohmer, deserta esas vecindades. Al subirse al bienvenido auto, la prudencia hace que sepa que no debe resistirse a la indiscreción del taxista. Debe responder qué hacía ahí, qué película vio, cómo era, definirla demóticamente: vio Perceval el Galo, una adaptación de dos horas y media de un poema medieval, “una de época”, “algo así como teatro pintado”. Estas fórmulas forzadas la ayudan, sin embargo. Al llegar a su casa, todavía más tarde, algo escribirá. Pronto llegará el alba, cuando “Los pájaros en su latín / Alegremente canten a la mañana”, que es como empieza el poema de Perceval, y el film de Rohmer. También en los Festivales, a veces, algún ciclo se cierra.

Váyanse, la misa terminó 

Ahora ya sí, lector, ahora puedes cerrar el libro y, tras la catarsis que produce leer literatura fantástica, puedes volver a la tranquilidad de lo cotidiano. Puedes irte a la cama confiado. Antes, como cualquier persona normal, te lavas los dientes mecánicamente y te miras un segundo en el espejo. ¿Reconoces tus ojos?

Diego Valverde, “El hombre de la arena”, Dominios Inventados

El culto tiene un principio, un comienzo, y un fin. Como la misa católica, tan bellamente ilustrada, si no en un film, sí en una suerte de telenovela, por Daniel-Rops, otro judío converso, en otro libro de la Guerra Fría, Missa Est (1952), con fotografías de Laure Albin-Guillot. 

El tempo de mi noche con Maud –concluye Valverde- está marcado por tres misas. En la primera, la mujer deseada primero, Françoise aparece de forma epifánica. La segunda es la misa del gallo, la de Navidad, y allí van Jean-Louis y Vidal, en un preludio a la velada en casa de Maud. Y a la tercera van juntos Jean-Louis y Françoise, en la que es, de hecho, su primera cita. “El juego a tres bandas de la velada central se plantea sobre el tema de la religión y el amor”, escribe Valverde, y continúa. Frente al marxista, puritano y pascaliano Vidal y la librepensadora Maud, Jean-Louis –el seductor jesuítico– proclama: “La religión acrecienta el amor, y el amor acrecienta la religión”. Ite, missa est, concluía la misa latina.