RESEÑA

Dossier Plato Paceño

Plato Paceño, del argentino Alfredo Grieco y Bavio, es un relato polifónico, un viaje de iniciación y perdición por el país andino-amazónico, una novela cuyos personajes -turistas culturales, peregrinos políticos, hippies altermundialistas, estudiantes universitarios o investigadores académicos- buscan explicar y explicarse el 'milagro boliviano'. Dos novelistas bolivianos, una crítica y teórica literaria ídem y el editor de Invisibles apuntan sus impresiones sobre este libro, presentado en la última Feria del Libro de La Paz. 

 

Foto de Nicolás Pujol

 

Did You Ever Notice? Peripecias argentófugas por los picantes linderos de la bolitofilia

Por los Hnos. Loayza

 

Plato Paceño
Alfredo Grieco y Bavio
Plural Editores, La Paz, Bolivia, 2015

Durante horas podía hablar de drogas, narcotráfico, 
trata de blancas (perdón, “de personas”), tráfico de órganos,
Derechos Humanos, colonización y descolonización, 
gangas y supergangas, cholas, cholitas y wrestling cholitas.

De Plato Paceño

 

Nos nutrimos del sabroso Plato Paceño, el libro, doble mayúscula, con la misma dinámica que exige el plato paceño, doble minúscula, esencial manjar de la cultura chucuta. Es una dinámica modular, en cápsulas independientes, como si obrara por discretas mónadas leibnizianas. Ya que si algo de peculiar tienen como estructura gastronómica los platos paceños es la cualidad de posicionar en forma autónoma sus ingredientes. En palabras del cruceño Gabriel René-Moreno, el platillo símbolo y síntesis de la sede de gobierno, como la entera historia boliviana en sus más claves clivajes, es un ‘consorcio de circunstancias’ únicas. Ya sean las habas, la papa, el choclo o el queso fundido, nada se mezcla ni menos entremezcla. Quizás el solo vehículo capaz de precipitar el menjunje sea la llajwa. Esta magnífica salsa escarlata, a la vez tan picante y tan hidratante, logra la sublime combinación de los ingredientes altiplánicos quintaesenciales. En cada plato paceño, minúsculo o mayúsculo, el todo es más que la suma de las partes.

Cápsulas independientes y breves parecen, a primera vista, los capítulos de la novela Plato Paceño de Alfredo Grieco y Bavio, que la llajwa va fundiendo con su creciente ardor infernal (‘Pain Is Good, Man!’). El narrador nos va narrando las peripecias de Andrés Aribau, protagonista que recorre, con mayor o menor buena fortuna y buen éxito, el camino del héroe.  Este carga nombre y apellido català. Suerte de meta-intelectual gaucho, eterno aspirante a bolivianista, Andrés llega en flota desde Buenos Aires hasta la ex-República. El tiempo es el del actual Estado Plurinacional boliviano de un futuro próximo y próspero. Allí ha de enfrentarse a toda calaña de personajes, nacionales o foráneos, y a todo tipo de situaciones. Poco parece serle ajeno de la ‘loca geografía’ boliviana: ahí están, por citar un puñado de localidades, las ferias alteñas, los taxis cruceños con karaoke, la arquitectura narcodecó de antiguos hoteles de lavado, las sacras islas del Titicaca (escenario de sacrilegios varios pero continuos); no falta, siquiera, el paceño barrio de Següencoma, en sus estribaciones alta y baja.

En Bolivia, Andrés está acompañado la mayor parte del tiempo por su novia Macarena, también rioplatense, también bolivianista bolivianófila, futura autora del estudio, nacido de una beca doctoral argentina, “Neocholas posbirlochas: comercio, sociedad y mujeres empoderadas en El Alto”. Novio y novia, generalmente, dirigen una mirada divergente a la realidad. Ese contraste acentúa el aspecto hilarante de algunos episodios, como la suculenta aparición de L., un críptico personaje altermundialista, que deambula por las orillas del Lago Sagrado, y que fascinó a Macarena en la misma proporción superlativa en que le rompió infatigablemente las pelotas a Andrés.

Escrita en la forma “derecha por líneas torcidas”, al uso del dios cotidiano o deshabitado que citaba Claudel, Plato Paceño termina devolviéndonos al punto de partida, a territorio argentino con un trasmutado Andrés, nuestro viajero, nuestro “guía” retorcido o contorsionista.  La gustosa y nutritiva sensación que nos deja esta novela es la de un lúcido discurrir sobre las infinitas posibilidades de burlarse de uno mismo (seas bolita, gaucho o simplemente terrícola), de reírse del otro mismo o del mismo mismo o del mismo otro.

Soberbio quizás, como tantos argentinos –como Andrés Aribau, que osa instruir a un poscosteño neoplurinacional de cepa sobre un tango con el nombre del IIlimani, el nevado más hermoso de La Paz–, nuestro autor denota y ostenta un soberbio, paródico y autoparódico sentido del humor. Un sentido que a veces se extraña en los 3600 msnm. Brilla por su ausencia en el catálogo de atributos de la (alta) cultura boliviana, tan solemne, tan autoindulgente.  Y tan recalcitrante a cualquier postulado “exógeno” sobre sus luces y sus sombras.

Foto de Tyson Wheatley


La mesa está servida

Por Germán Lerzo

 

“Para escribir hay que saber mirar y saber escuchar cómo habla la gente. Mirar bien a fondo y escuchar a fondo es necesario para los que quieren escribir” arriesga Hebe Uhart en una de sus clases, ahora compiladas por Liliana Villanueva para la editorial Blatt & Ríos. La frase cobra fuerza y mayor sentido cuando recordamos que la narradora argentina es una escritora atenta a las sutiles modulaciones del lenguaje hablado pero también una viajera frecuente, que ha hecho de la escucha y de la observación arte y procedimiento clave para sus crónicas de viaje. El lenguaje que hablan define a los personajes: un solo sintagma, una sola elección léxica bastan para reconstruir su mundo, y entregárnoslo. Mirando el cielo nocturno, una mujer de Coronda le dijo una vez: “viera cómo loquean las estrellas”. Que no es lo mismo que decir cómo brillan, o cómo titilan, o cómo arden. O esa señora a la que preguntó si tenía perros y le respondió: “Unito”.

Plato Paceño, primera novela boliviana que publica el periodista e investigador argentino Alfredo Grieco y Bavio, parece haber oído y atendido aquel consejo de Uhart, aún sin seguirlo conscientemente, o hacer de él un programa. En el libro hay rasgos que podrían considerarse propios de una novela polifónica, y esa pluralidad de voces, según teorizaba Mijail Bajtin, sólo suena artísticamente plural gracias al intercambio de diálogos y a la variedad de tonos, lenguas y dialectos de los diferentes personajes cuya acción hace avanzar la trama novelística. Esa polifonía no sólo retrata fielmente –o traiciona-  la proliferante multiplicidad cultural, social, nacional, étnica, genérica, lingüística de sus orígenes sino también los diferentes usos y abusos, tráficos y descubrimientos de la lengua ‘común’ en la que hablan para hacerse entender, y para entenderse.  

La voz argentina de Andrés, protagonista, pero no narrador, de la novela, parece cumplir, cuando podemos oírla –leerla- la función de reacomodar las piezas sueltas de los discursos ajenos con sus apreciaciones –que parecen certeras-, sus conocimientos sobre literatura e historia –que creemos vastos-, y su ironía –que luce delicada-. Las otras voces se intercalan en el relato de la historia como luces parciales del cuadro general, sin que por eso perdamos de vista el eje de la acción que estamos leyendo.

Plato paceño es también una suerte de road movie literario donde los personajes suelen ser turistas, estudiantes, investigadores, hippies existenciales con o sin OSDE, o simples lugareños que se cruzan en medio de la travesía por el país andino-amazónico, para descubrir, constatar, explicarse o explicar el llamado “milagro boliviano”: el crecimiento económico logrado durante el gobierno del Movimiento al Socialismo presidido por un antiguo dirigente cocalero, el indio aymara Evo Morales. Estos personajes buscan terminar en una universidad paceña la investigación de una tesis de doctorado, o bien, recorrer las ciudades bolivianas dejándose llevar por un destino improvisado dentro de la lógica del turista cultural o el académico oportunista que nunca elaboró un plan de viaje. Por eso, nada parece quedar nunca claramente definido en las relaciones intensas pero con destino efímero que se establecen entre los personajes. Hay vínculos, hay afinidad electiva, no faltan, siquiera, los encuentros furtivos, las charlas nocturnas y las revelaciones oscuras, pero lo único que permanece más o menos estable es la relación de Macarena con Andrés, y la de Andrés con el conocimiento. 

Andrés busca ser bolivianista, empaparse en los saberes sociales, históricos y culturales de aquel país, con la fascinación del que quiere aprenderlo todo sobre esa cultura que pre/siente propia. Sabe, por fortuna, que ese conocimiento no se obtiene exclusivamente mediante el estudio aplicado ni la información enciclopédica, sino también con la experiencia siempre novedosa de mezclarse entre y con los otros, de viajar y compartir sus hábitos. Esta práctica bien podría tomarse como el método etnográfico más básico en sus “estudios de campo”. Andrés hace todos los gestos del investigador que entiende que un método eficiente para conocer al otro es vivir y convivir su experiencia en contacto con el mundo del otro. De ahí una curiosidad siempre atenta a lo nuevo y lo desconocido: –Eso que come el hombre, ¿qué es? pregunta en un mercado; ¿qué significa ñojo? Interroga a una chola que ha pronunciado esa palabra en un micro y que nunca le revelará su significado.  En clase de aymara pregunta a su profesor: –Si hay sufijos interrogativos, al escribir, ¿hace falta poner signo de pregunta al final? –Veloz has pensado, jilata. No, no hace falta, le responde el profesor. La inagotable curiosidad de Andrés la describe muy bien un chofer de minibús alteño con el que mantiene un intercambio: Observador el gaucho, todo lo miran, todito. Puuuucha.

Foto de Tyson Wheatley

 
A pesar de esa atención minuciosa a las expresiones orales, la perspectiva del protagonista logra eludir los clichés y lugares comunes en los que se detiene la mirada del turista, en especial la de aquellos que vivieron por primera vez apenas una semana en el país y ya creen saberlo todo.

Plato Paceño está compuesto por capítulos generalmente breves que ofrecen una instantánea luminosa sobre diferentes episodios de la vida de los personajes. Mails, cartas, relatos, mensajes por whatsapp, diálogos trasnochados en hostels o en islas al borde del lago navegable más alto del mundo: la lógica de la brevedad, de los fragmentos que se van adhiriendo unos a otros como a una piedra imán, permiten al lector ir construyendo un panorama completo del cuadro general a cuentagotas. Todos los personajes parecen compartir la aventura de experimentar la novedad o la voluntad de comunicarla, si es que tuvieron la dicha de haberla encontrado.

Promediando el relato novelístico, leemos en una libreta de anotaciones que tiene Andrés: “La épica será vasalla de la lírica”. Y esa afirmación no parece ser tan inocente. Plato Paceño, con su estructura elaborada sobre la base dialógica de las diferentes voces, constituye, en cierta forma, el triunfo de la lírica arbitraria y personal de los hablantes, donde la acción es presupuesta, pasa a un segundo plano, y se construye sobre la base del ocultamiento y de los secretos, que emergerán a la superficie, por obra del narrador, hacia el final de la historia, con elegancia y maestría, como un iceberg fatal y letal que irrumpiera en medio de un país sin salida al mar, tan atrapante como atrapado. 

 

Foto de Nicolás Pujol


En Bolivia kolla todo es trampantojo

Por Ximena Soruco Sologuren


Andrés Aribau,  protagonista  y a veces narrador de Plato Paceño pronuncia una frase que parece resumir la construcción de esta novela de Alfredo Grieco y Bavio: “En Bolivia colla todo es un trampantojo, desde el Titicaca hasta el Illimani”.

Trampantojo o “engaña el ojo” es una técnica pictórica barroca que busca engañar la vista jugando con el entorno, la perspectiva, el sombreado y otros mecanismos ópticos y de fingimiento. Consigue el efecto de una realidad tan real e intensificada… que implosiona en absurdo.

En términos más generales, es una ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es. Pero también puede entenderse –y así ocurre en Plato Paceño– como una ilusión que acaba por autoengañar al ilusionista, quien se pierde en el laberinto de lo que alguna vez (o ancestralmente) fuera su propio relato.

El artefacto que construye Plato Paceño es un viaje-trabajo de campo a Bolivia como aspirante a investigadores del CONICET argentino de Andrés y de su novia Macarena. “Como si los grados académicos guardaran alguna relación con la realidad, Andres sabía más: había visitado desde mucho antes, muchas veces, como un maniático, el Estado Plurinacional”.

En la primera lectura: un viaje de Buenos Aires a Villazón, El Alto, La Paz, Copacabana, la Isla del Sol, Sucre, Santa Cruz, el Beni. El recorrido es el recorrido turístico mainstream. Ahí coinciden el visitante New Age y el pachamámico. Ahí se encuentran el revolucionario antiimperialista y el aspirante a doctorcito, un futuro etno-académico. 

Los viajes se hacen por bus o ‘flota’ (paradoja nominalista de un país sin mar, repetida paradoja que Andrés se divierte en repetir), por avioneta del Transporte Aéreo Militar (TAM) y por el infaltable aunque nunca bien ponderado minibús nuestro. Grieco y Bavio, parece, no ha logrado liberarse de la noventera y neoliberal nostalgia del vocero, inmortalizado por la banda musical Atajo en “De Satélite a la Pérez”, de su disco Personajes Paceños. Nostalgia que, dicho sea de paso, yo comparto. 

Los personajes se suceden al estereotipo de los lugares. 

Foto de Gimena Herrera

Está la novia Macarena, arpía y marketinera académica. Digo esto con abundante evidencia: el título de la tesis que va a escribir, “Neocholas postbirlochas: comercio, sociedad y mujeres empoderadas en El Alto”, el utilizar la American Ethnologist y la legitimación de la CIDOB para decir solo lo políticamente correcto, el referirse a Andrés como el Mono-Temático, etc..

Está el pachamámico L, gaucho que tras una semana en Copacabana exhala cosmología aymara: “Si estás acá, tenés que cambiar tu manera de pensar. Redefinirla. Los pueblos originarios aceptan su destino. La muerte es parte de la vida, no su fin. Todo es Pacha Mama. Fue la lucha constante de Occidente contra el destino lo que ha creado un mundo de hipocondríacos”. Pero que no repara en  botar a una niña que le pide dinero en la isla del Sol con un “SALÍ. ¡RAJÁ DE ACÁ, TURRITA!”. 

O el Hombre de azul argentino, que en el Café de La Paz, reconoce a su compatriota y le refiere a gritos: “Hace veinte años que vivo en este país de mierda. Esta gente es una  mierda (…) Los bolivianos. Nos odian. Raza siniestra. Son estúpidos –y ahí se ríe a las carcajadas”. 

O el voluntario danés: “Soy Bo. Como Bolivia, pero sin Livia. Soy danés, me vine acá para ayudar (…) a los campesinos. A aprender a leer, a estudiar, a sumar, a multiplicar, a tener una agricultura sustentable. Más sustentable, también en Europa tenemos que aprender del milagro boliviano”.  

Pero los extranjeros a Bolivia no son los únicos personajes que fingiendo una identidad son otra cosa que tampoco llegan a ser, o a la inversa. Luis Humberto Pérez Limachi, el ceremonioso profesor de aymara (“Me da vergüenza decirlo –comenta el bueno de Andrés. Pero: parece un ratón vestido de traje. Tres piezas. Los botones son de metal, color raza de bronce”.)

El profesor de aymara hace recitar a sus estudiantes en aymara este más mono que diálogo:

-¿Con quién ha comprado la casa?
-Ha comprado con su hermano.
-¿Con su hermano ha comprado?
-Sí, ha comprado con su hermano.
-¿Con su hermana ha comprado?
-No, te he dicho ya, no ha comprado con su hermana. Ha comprado con su hermano.
-¿No ha comprado con su hermana?
-No. No. No. 

Aruskipasipxañanakasipunirakispawa, dice a su estudiante Andrés, lo que sería la más breve y eficiente expresión de nuestra cultura, como breve y eficiente es la narración de Plato Paceño: “Ahora nos reuniremos aquí todos juntos para discutir en voz alta los unos contra los otros”. A quien de los lectores quiera aprender sabiduría u obtener certificado plurinacional de lengua aymara, les paso su email: bobesponja_ahíThis email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.

O el taxista que le dice al desprevenido Andrés, quien no había preguntado cuánto saldría el viaje:  “-Son 25 bolivianos joven. En 30 redondearemos”.

O don Abraham Chiquenoy, ayoreo que recibió su vivienda, junto a 100 familias, de la Muy Autónoma Ciudad de Santa Cruz de la Sierra, y quien “se dice orgulloso por los logros de su gente. ¿Qué logros serán esos? pregunta este antropólogo/periodista (Andrés). Mi hija Dalila. La señorita Dalila Chiquenoy obtuvo el título de bachiller y ahora persigue la carrera en trabajo social”.

¿Por qué Plato Paceño? Andrés “pidió trucha del Titicaca. Vegetariana. Cuando llegó, el pez lucía en el plato como una trucha verdadera. Estaba hecha con harina de garbanzo, pintada con colorante de zanahoria. Tenía ojos de gelatina y espinas dibujadas con un tenedor torcido”. Si el “hambre sagrada” de Alfredo no mengua con este trampantojo, quizá sea porque no hay artificio posible, no hay simulación viable para el buen comer. Como le sucede con la comida sabrosa que cocina Sandra, periodista e investigadora. Pero, nadie sabe con qué tiempo, Sandra también es gran cocinera.