RESEÑA


Notas para El absoluto

Por Juan González del Solar

 

La más reciente novela de Daniel Guebel es una historia total, en la que elabora seis biografías de artistas, contadas en diferentes registros (narración decimonónica, crónica de aventuras, novela de iniciación y tratado científico) que le permiten desplegar su delicado cinismo para contar, ni más ni menos, que una gran historia de amor.    

 

El absoluto 
Daniel Guebel
Random House, 2016

 

“Siete años para escribirla y otros siete para repasarla y resolver publicarla: El absoluto (Penguin, Random House, 2016), de Daniel Guebel, fue por años un mito de la literatura nacional. Resulta difícil recordar un libro de ficción tan esperado, mucho más incluso encontrar una obra con tanta ambición y riesgo que haya sido tan aceptada por la crítica y catalogada de obra maestra en cuestión de días por muchos lectores.

Sin duda, la literatura nacional carece de héroes por estos días, máxime tras la muerte de Fogwill y Piglia y mucho más desde que el mercado y la crítica han asumido que habitan mundos diversos. ¿Es esta una nueva oportunidad? Muy probablemente no lo sea, El absoluto se publicó en julio pasado y no hemos visto anaqueles llenos de estos ejemplares como ocurre con otro tipo de publicaciones. Si la clave del bestseller es nunca alterarle el ritmo ni soltarle la mano al lector, la gran obra de Daniel Guebel deberá conformarse con el muy destacable lugar del longseller.

Una familia de genios, desde el tatarabuelo de la narradora hasta su padre y su tío, Alexander Scriabin, el único personaje con asidero histórico de la dinastía. Luego, como una coda o una adenda, el relato del hijo que vio a su madre absorta en la escritura, “inmóvil ante el reflejo de su imagen (...) al punto que mi propia presencia le pasaba inadvertida”. A lo largo de seis libros, seis biografías de artistas —musicales, políticos, místicos, científicos, revolucionarios— que cambiaron el curso de la historia sin que el mundo se enterase.

Sobre una aparente narración decimonónica, una crónica de aventuras plagada de humor, cinismo e ironía, un despliegue de ficción científica, prosa poética, literatura de vanguardia, utopías, manifiestos, epístolas, entre otros excesos. Pitágoras, Napoleón en Egipto enviando cartas de amor a Josefina, orgías místicas y artísticas, Lenin estudiando con los jesuitas, la Piedra de Rosetta, el cadáver de Evita, Rasputín, Madame Blavatsky, mamuts congelados, Europa, Rusia, Argentina, tanto, muchísimo más de lo que aparece en esta enumeración aleatoria: casi nada de lo humano resulta ajeno a estas páginas de Guebel.

El título es un soporte perfecto para toda la novela. Lo absoluto es una toma de posición, un punto de partida que prescinde de una solución y, por lo tanto, del fracaso, que no consiste en los resultados sino en la entropía que sugiere la inacción —de la que escapan con hidalguía estos personajes—; como absoluto es también el presente con el que se encuentra el narrador del último libro al crear, en búsqueda del futuro y la inmortalidad, una máquina del tiempo que lo lleva al Big Bang y a ver que “el viaje en el tiempo sería como el arte luminoso de las hadas, que al ritmo de sus varitas mágicas sostienen los hilos de la realidad para que no sobrevenga la nada”. La forma cuenta hasta tal punto que, si en vez de letras tuviéramos símbolos, percibiríamos la cadencia, el rigor y el vértigo que propone esta narración desbordante como el Mysterium con el que Scriabin quiso salvar al universo. No es casual que Guebel se fascinara en su adolescencia con este compositor genial que trabajó la sensualidad en la música de manera explícita y original, quien fue un místico y un megalómano en el mejor de los sentidos, con la ambición de quienes pretenden tomar el mundo en sus carencias y hacer de él algo mejor. Guebel es mucho de todo eso, desde el cinismo, con desconfianza, pero sin dejar de intentarlo. Sin dudas, la recepción que pueda provocar la desmesura siempre es subjetiva, pero no es subjetivo que el autor despliega estos límites a conciencia, que su escritura es siempre elegante, intensísima, que tiene una imaginación que deslumbra —todo esto lo sabemos desde hace décadas—, y que estas, entre otras virtudes, hacen que El absoluto sea un inobjetable hito literario.

 

Más allá de las peripecias de esta estirpe inigualable, El absoluto es en todo momento una historia de búsqueda, una novela de iniciación perpetua, y, por sobre todo, una novela de amor: las mujeres constituyen la parte de lucidez necesaria, el verdadero motor detrás de sus hazañas, y la novela puede ser también leída como una carta hacia aquellas que padecen y resemantizan los tormentos de las mentes de sus parejas. Luego, el amor a los antepasados: mientras gran parte de la literatura se construye como respuesta y rechazo a los padres, esta novela de recuperaciones se monta sobre esta “tradición familiar que ahora refulge y esparce sentido”, que sienta las bases de aquello que vendrá; en palabras de Guebel: “La familia es inevitable y lo que importa es trazar líneas de continuidad, trazar líneas de amor”. Detrás de la anécdota, la conciliación y el homenaje, como si dijera ya está, lo hicieron bien, lo hicimos bien, lo mejor que pudimos, y no importa si el mundo se enteró o no, yo me enteré, yo me di cuenta: “Mi padre. Pasan los años y pienso en él y me siento sola, pero me consuela saber que no lo estuve mientras escribía. Hasta el punto final, viví junto a mis ancestros”.

Por último, detrás de todo, el amor al arte, forma y materia para la alquimia, donde se meten las manos para la revolución y la salvación del mundo.

Por lo demás, ¿qué necesita saber el lector de Daniel Guebel? Que es un autor contemporáneo nacido en el 56, que es —desde hace mucho tiempo— una de las voces más importantes de la narrativa local, que publicó decenas de novelas, libros de cuentos, guiones y obras de teatro, que trabajó como editor y periodista, que podrá ampliar fácilmente esta información en la web. Y que no resulta hiperbólico que Pablo Gianera declare que “es la novela que debería leer cualquiera que quiera saber qué cosa es un artista”.