CUENTO

El asesino de chanchos

En este cuento de Luciano Lamberti, que da nombre a su libro publicado por Editorial Tamarisco en 2010, asistimos al hundimiento cotidiano de personajes solitarios y salvajes que habitan un mundo a mitad de camino entre lo rural y lo urbano, donde todo puede cambiar de un momento a otro.

de Luciano Lamberti

Yo no tenía trabajo, ni una familia que pudiera considerar como propia, ni domicilio fijo. Tenía la seguridad de estar atravesando la época anterior a un gran advenimiento, un gran salto que yo y los que me acompañaban estábamos a punto de dar. Hacía unos meses me había ido de casa. Todo era un desastre. Mamá estaba enferma, pero no le quedaba otra que ponerse a vender café, facturas y criollos en la vereda de un hospital público, desde las seis de la mañana, que era cuando empezaban a dar los turnos, hasta las seis de la tarde. Todos los días lo mismo. A las cuatro, llenaba dos termos azules de café y pasaba por la panadería a comprar facturas y criollos todavía calientes. Mi hermano menor la acompañaba. Mi hermano era gordo y problemático. Lo habían echado del Sarmiento por mala conducta. Hacía un par de meses, en el segundo recreo, le había pegado a un compañero. Creo que si la maestra no sale al patio mi hermano lo mata e incluso se lo come. El compañero se llamaba Víctor, nombre raro para un chico, y tuvieron que hospitalizarlo con fractura de cráneo y dos dedos entablillados. Mi hermano no quiso decir por qué lo había hecho, por más que lo interrogamos hasta cansarnos, pero le contó a la sicóloga que Víctor lo gastaba todos los días por el tema de su peso. Incluso frente a los maestros le decía "gordo alcancía pasame el liquid paper", o: "montaña de lípidos, es más fácil saltarte que pasarte al lado", y cosas así, y mi hermano –que en el fondo es un pan de Dios, una persona incapaz de herir a un insecto– un día se cansó. Cuando los separaron tenía las manos llenas de sangre y estaba llorando. Como no iba más al colegio, papá se lo quiso llevar a trabajar con él, pero mamá se negó rotundamente y se lo puso bajo el ala. Decía que papá era una mala influencia. 

Y tenía razón. Papá tiene más de cincuenta años y nunca logró mantener un trabajo. A él también lo echan de todos lados, por ausentismo, porque va borracho o porque se distrae y hace mal las cosas. En esa época su trabajo consistía en repartir zapatillas. Iba y venía por los pueblos de la zona con el asiento trasero del Duna lleno de cajas. Compraba las zapatillas en unos galpones de Córdoba, a unos tipos que a su vez las compraban en la Triple Frontera, y eran de las que imitan a marcas como Adidas o Nike, con un diseño idéntico y una ligera variación en el nombre, casi imperceptible para alguien que estuviese distraído. Se llamaban "Ardidas", o "Mike". Cosas así. Y se vendían bastante bien. Mi papá las distribuía en Villa del Rey, en Devoto, en Toro Seco, en Arroyito, en La Francia. Después almorzaba en parrillas al costado de la ruta, casi siempre unas costillas con ensalada de tomate y cebolla, y volvía al anochecer o —si no llegaba a tiempo– directamente se quedaba a dormir en pensiones o piezas que algunas familias conocidas le alquilaban. Siempre contaba cosas de los lugares donde se quedaba. Que tal cuerneaba a tal, o que tal otro iba de putas y así. Cosas graciosas. Había una mujer que no podía tener hijos y tenía un mono del monte chaqueño en su casa. Un pequeño mono pelado. Lo llevaba a hacer las compras sobre su hombro, iban juntos a la verdulería, a la carnicería, al almacén, y el mono gritaba y les tocaba las tetas a las mujeres. Un día se escapó y anduvo por los cables eléctricos. Los bomberos trataron de rescatarlo subidos a esas escaleras altísimas, pero al final el mono tocó dos cables y se achicharró. 

Hacía dos años que papá se había separado de mamá, pero cada tanto llamaba a sus hijos por teléfono para invitarnos a tomar un helado, una cerveza o un café, dependiendo de la época del año. Cuando me fui, hacía mucho que no sabía nada de él. Porque el preferido de papá era mi hermano mayor, Gonzalo, y en esa época Gonzalo estaba en Catamarca, donde había tenido un hijo. Mi casa no era un buen lugar para vivir. Y una madrugada armé una mochila y me fui. No dejé ni siquiera una nota. 

Me fui a la casa de una amiga que se llamaba Mara y diseñaba ropa para animales. Tenía una buena clientela en las veterinarias chic de la ciudad, también llamadas "clínicas para mascotas". La casa donde vivía era modelo años treinta, techos altos, habitaciones conectadas de forma intricada y laberíntica, un desván, una galería, piezas menores que no sirven aparentemente para nada. Había perros y gatos por todos lados, viviendo en pacífica armonía, como en esos folletos de los Testigos de Jehová donde el león duerme al lado del cordero. Había una iguana que se llamaba Joaquín. Había dos hámsters en una pecera de vidrio, y un tercero que se había escapado y cada tanto reaparecía en los lugares más inexplicables. Había un canario en una jaula inmensa. Mara vivía sola (su abuela le dejó la casa después de morirse), amaba a los animales y había utilizado ese amor para algo útil. En cierto sentido, su trabajo le proporcionó una razonable paz espiritual. Sus diseños, cosidos o tejidos, eran confeccionados especialmente para cada animal, y tenían en cuenta no sólo las medidas sino también el temperamento (Mara hablaba de "energía", pero yo no creo en esas cosas). Hacía vestidos, chombas, bufandas, pequeñas gorras de lana. Había cursado un par de años del profesorado de arte en un terciario local, y tenía buen gusto para la composición. Además, es la persona más dulce que conocí en mi vida. Cuando le toqué el timbre, una noche muy fría de principios de julio, sin plata y con la nariz colorada como un tomate de quinta, me abrazó y me hizo pasar y calentó unos zapallitos rellenos. 

En su casa siempre podías encontrar música étnica, mates amargos y tucas de marihuana. Era una casa, como dijo ella alguna vez, con reglas propias. Si uno atravesaba el umbral, sabía que el mundo de los adultos, el mundo que le habíamos visto hacer a nuestros padres, ese mundo lleno de tristeza y frustración y sexo sin ganas y agonía, quedaba atrás, por lo menos por un rato. Había una foto de Cortázar en la cocina, una gran foto pegada con chinches a la pared donde Cortázar todavía no tenía barba pero sí un sobretodo gris, y se apoyaba en un puente seguramente parisino y el viento le desordenaba el pelo como si estuviera soplando dentro de la foto. Había libros de Galeano, de Benedetti, de Alejandro Dolina, de historia latinoamericana. Y había visitantes ocasionales tirados en el sofá frente al televisor o en bolsas de dormir en distintos puntos de la casa. Gente de paso, a la que todas sus posesiones le entraban en una mochila. Llegaban sucios y cansados y hablaban de los semáforos donde habían tenido que hacer malabares con clavas y pelotas de tenis, de unas rutas extrañas y de lugares paradisíacos, y se sentaban a hacer sus artesanías en alpaca y comentaban de piedras como el topacio o el lapislázuli, y hablaban de Venezuela y de Uruguay y de Bolivia, sobre todo de Bolivia, de los que estaba pasando en Bolivia y en tantos otros países donde creían vislumbrar una esperanza, y oían Manu Chao y bailaban y salteaban vegetales y estaban quietos y tranquilos pero incómodos, porque les picaba el bichito del viaje. Su estado natural era el movimiento. Yo siempre me encuentro gente así. Gente reunida alrededor de un fuego, mirando el fuego con ojos brillantes. En casa de Mara, todos tenían lugar. Aunque había algunos qué se aprovechaban. Los uruguayos, por ejemplo. Mara me dijo que ya la habían cansado. Hay que ser especial para cansar a alguien como ella. Unas verdaderas ratas, si tengo que ser sincero. Los tipos dormían hasta las doce, se levantaban con el olor de la comida, devoraban todo, se fumaban un porro y volvían a dormir, sin lavar los platos ni levantar la mesa. Tuvimos que pedirles amablemente que se fueran y encima se hicieron los ofendidos. Lo de los uruguayos fue una mala experiencia. 

Cuando se fueron, adquirí la costumbre de levantarme muy temprano, a eso de las seis de la mañana. Me despertaba el canario que a esa hora cantaba como loco. Desayunaba café y tostadas y salía a pasear un par de perros esquivando a los hippies que dormían en el piso. Siempre elegía un perro distinto, aunque tenía una preferida, una bretón de siete meses que se llamaba Lucía y era tremendamente cariñosa. La llevaba a ella  y a otro, elegido al azar. Mara me tenía confianza desde el incidente con Uruguay y me había dado un juego de llaves. En esa época aprendí a disfrutar de la madrugada. Algo que nunca me había pasado, porque siempre fui una persona nocturna. Pero la madrugada es la mejor hora. Las luces de la calle se acaban de apagar y el aire está oscuro pero en el cielo ya es de día. Me cruzaba con obreros que iban al trabajo en bicicleta, con chicos de guardapolvo que se paraban para acariciar a los perros. Después caminaba hasta la vieja estación de trenes abandonada, el puente de hierro, alambre y madera que cruza las vías. Era mi lugar preferido. Podía pasarme una hora mirando los trenes cargueros. A veces, en los bancos abandonados, encontraba a un tipo durmiendo, envuelto en un montón de ropa sucia y tenía que sostener a los perros para que no se le fueran encima. Y a veces, de uno de los vagones emergía una mujer con un balde y se ponía a colgar ropa en una soga. Mientras tanto, dejaba a los perros correr por el pasto. Cuando el sol me calentaba la cabeza, los llamaba con un chiflido y nos íbamos a casa. Una vez tardaron mucho en venir y bajé a buscarlos. Me metí entre los yuyos brillantes de rocío. Cuando llegué vi que husmeaban un bulto que resultó ser el cuerpo de una mujer. Estaba bocabajo con el pelo largo y oscuro sobre la cara, polera gris y pantalones de gimnasia. Se lo conté a Mara y ella me dijo que en las vías siempre se encontraban cosas horribles, una vez unos chicos habían encontrado una pierna de alguien que se había tirado abajo del tren. Pasaba mucho. ¿Qué pasaba? La gente se tiraba abajo del tren. O el tipo que tenía que bajar las barreras se emborrachaba y un auto cruzaba las vías y era arrastrado y convertido en una masa amorfa de hierros retorcidos. En los días siguientes busqué en las noticias policiales del diario loca] alguna mención sobre la mujer muerta. Nada. Mara me dijo que seguro era un suicidio. Los suicidios no salían en el diario, por precaución y miedo al contagio. Lo que sí encontré fue un artículo sobre El asesino de chanchos. Y luego encontré muchos artículos sobre El asesino de chanchos: "EL ASESINO DE CHANCHOS ESTARÍA PRÓFUGO". "ENCUENTRAN MIEMBROS HUMANOS EN EL ALJIBE DEL ASESINO DE CHANCHOS". "SIGUEN LAS PERICIAS ALREDEDOR DEL CASO DEL ASESINO DE CHANCHOS". "UN CLIENTE DECLARA: Me ofreció una picadita con salame y lengua a la vinagreta. Ahora no sé qué comí". 

El asesino de chanchos vivía sobre una ruta en desuso: la vieja 9 que va a Rafaela. Tenía clientes fijos, algunos carniceros, y ocasionales que eran recomendados por otros clientes, alguien que necesita un chancho para un veinticuatro de diciembre o un cumpleaños. Se llamaba Belisario Amaya y usaba un gran delantal de hule y botas de goma para evitar mancharse con la sangre. Uno de los clientes habituales había ido a verlo para comprarle un chancho. Estacionó en el patio de tierra delantero y estuvo golpeando las manos sin obtener respuesta. Rodeó la casa y entre las chapas y las baterías podridas de atrás encontró un tacho de doscientos litros lleno de moscas. Era el tacho donde Amaya guardaba pedazos de chancho para dárselo a los perros, pero cuando el cliente espantó las moscas distinguió algunos miembros humanos, brazos, piernas, órganos rosados. El cliente vomitó al lado del tacho, luego escuchó un ruido y corrió hacia el auto y vomitó mientras corría. La policía llegó tres horas después. Cercó la zona, llamó a los forenses. Dos de las víctimas del tacho se identificaron. Vivían lejos y se creía que el asesino las había adormecido en su lugar de origen y las había cargado en el rastrojero donde transportaba los chanchos. Una adolescente de catorce años que se llamaba Judith Gonzaga, estudiaba en el colegio San Martín y daba catequesis a un grupo de chicos los sábados a la mañana. Y un cliente habitual que se llamaba José Noveno y tenía campos cerca de Quebracho Herrado. Con Mara empezamos a seguir los detalles del caso día por día, en la tele y en el diario. Nos imaginábamos al tipo escondiéndose en casas abandonadas o cambiando de identidad como en esas películas de fugitivos que dan los sábados a la tarde. A mí me generaba más intriga que a ella, y por alguna razón me alegraba que no lo encontraran. El asesino era una especie de héroe para mí. 

Llamé a mi casa y me atendió mamá. La oí sollozar y le dije que estaba bien, que no se preocupara. Me preguntó dónde estaba, le dije que no era importante. Se quedó callada. Le pregunté cómo estaban. Me dijo que estaban bien, que papá seguía con el reparto y que ella y mi hermano menor trabajaban todas las mañanas y que mi hermano mayor había vuelto. ¿Gonzalo? Sí. Había vuelto con un lado de la cara como de color verde, porque la novia le había encontrado un mensaje de otra chica en el teléfono y le había pegado con el taco del zapato. Ahora se había mudado a nuestra vieja pieza adolescente y, según mamá, se dedicaba a hacerle los mandados a las viejas del barrio y a juntar las moneditas de los vueltos para comprarse tetabricks de vino Toro. Se encerraba en la pieza y tomaba el vino y apilaba las cajas. A veces se meaba encima y no se daba cuenta. Iba a tomar mates a la casa de mi abuela (que vive a una cuadra) y mi abuela le preguntaba ¿Qué es ese olor? y abría las ventanas. A veces, le contó a mamá, se veía a sí mismo con cara de gorila, incluso se tocaba la cara y sentía la piel granulosa y como plastificada de los gorilas. Después se iba a dormir y se levantaba de lo más bien, pero la semana anterior había roto con un martillo todos los espejos de la casa, el espejo del baño y el espejo del comedor y el espejo anaranjado con el que mamá se depilaba sentada en el patio. 

Llegaron unos porteños. Llegó un norteamericano que se llamaba Ted y todos empezamos a hablar en inglés, el inglés ridículo que sabíamos de las peliculas y las canciones. Un venezolano que había recorrido latinoamérica nos pegó el "tú" en vez del "vos". Decíamos: "¿Tienes una tuquera?" O: "¿Crees que va a llover esta noche?" Después llegó una pareja chilena que el norteamericano había conocido en el desierto de Atacama. El norteamericano había estado en Europa, en África, en la India, y decía que el desierto de Atacama era el lugar más metafísico que había conocido en su vida, porque la mente no tenía donde reposar, los pensamientos no podían consumirse y era enloquecedor. Nos pasábamos largas noches fumando y hablando de lugares exóticos y de lugares que lo cambiaban a uno, de lugares mágicos, de lugares horribles. Yo nunca había viajado. Apenas conocía las sierras de Córdoba. No me había subido a un avión, ni había visto el mar. Así que esos relatos me parecían leyendas del fin del mundo y después de escucharlos no podía dormir, salía al patio y si hubiera estado solo habría gritado. Una mañana, de golpe, se fueron todos. Con Mara nos miramos un poco como esas parejas que organizan una cena y al final se preguntan para qué, si lo único que queda son platos sucios. 

Esa noche, cuando terminamos de limpiar la casa y nos sentamos a tomar un té, Mara me contó que a veces soñaba con su vecino. El del almacén. Se llamaba Horacio y el almacén estaba justo a la vuelta de su casa. Yo había ido un par de veces a comprar salsa de tomate para nuestros gigantescos guisos. En el mostrador había una mujer con los brazos muy gordos que siempre se estaba quejando del marido. Y sentado en una punta del negocio, o caminando por la vereda, estaba Horacio. Era un tipo muy alto, casi dos metros, con grandes gafas negras de carey que trataban de disimular una cicatriz en la cara. No hablaba, no se reía. Caminaba con paso irregular, el pie derecho describiendo una elipsis antes de volver a asentarse. A veces respondía con un gemido malhumorado a las palabras de su mujer. Mara me contó que antes del almacén Horacio tenía una sodería, y que la explosión de un sifón le había volado parte de la cara y lo había dejado medio tocate un tango. Mara lo conocía de cuando iba a visitar a su abuela, era una nena cuando lo veía cargar los cajones o las garrafas sin esfuerzo, y con eso soñaba ahora, soñaba con que Horacio estaba otra vez joven y sano fumando un cigarrillo, charlando, prendiendo la complicada máquina con la que se cargaban los sifones. Al despertar sentía tristeza y angustia, un vacío de color neutral en el que estaba sola y arrodillada, o en el que alguien más chico que ella (y que era ella) se arrodillaba en su pecho. Dijo eso y se largó a llorar. La abracé. Nos desnudamos hicimos el amor. Todo era justo, todo era bueno, todo podía pasar. Todo tenía que pasar así. Desde esa tarde estuvimos haciendo el amor por lo menos tres veces por día, en distintos lugares de la casa. No hablábamos del tema. Al terminar, nos poníamos a ver una película y fumar. Los platos empezaron a acumularse en la bacha. Había una montaña de bolsas de basura en el comedor. Los perros vestidos nos venían a mirar mientras cogíamos en el piso (o en la mesa, o en la ducha) y volvían a su lugar, decepcionados. El canario estuvo dos días sin comer, y casi se muere, así que con Mara decidimos soltarlo. Fuimos desnudos al patio, dijimos unas palabras de despedida y abrimos la puerta de la jaula. El pájaro se acercó despacio a la puerta, nos miró a uno y a otro y salió volando. 

Y el asesino de chanchos seguía sin aparecer. A veces yo salía a tomar un poco de aire fresco y compraba el diario y buscaba en los policiales noticias relacionadas. Ofrecían una recompensa de quinientos mil pesos para el que pudiera brindar información fidedigna. Un tipo salió diciendo que él era el asesino, que había matado y comido a más de veinte personas, pero después se comprobó que estaba medio loco y quería darse importancia. Mara tenía la hipótesis de que Amaya se había fugado del país. Yo creía que no. Su sed no había sido saciada. Estaba por acá, dando vueltas. En cualquier momento podía abrir la puerta con el delantal de hule y un gran cuchillo de carnicero. Rezábamos para que no lo agarraran. Estábamos seguros de que el gobernador no iba a dejar semejante estrella en su currículum, y Amaya se iba a terminar "suicidando" en la cárcel. Una mañana llegué con el diario y había una pareja de neuquinos. El chico tocaba la guitarra mientras la chica le hacía las trenzas. Dejé pasar el momento y a la noche le pregunté a Mara porqué los había dejado entrar en nuestro Edén privado. Se quedó mirándome y después dijo que si seguíamos así, cogiendo todo el día y leyendo el diario en la cama, íbamos a terminar comprando un lavarropas o esa clase de cosas, y no quería eso para nosotros. Después me acarició la cara y me besó y debo haber estado muy sensible porque me largué a llorar. Pero todo fue muy hermoso, como siempre con ella. Le pregunté si podíamos hacer el amor por última vez, como para despedirnos, y negó con la cabeza. Era una pésima idea, de verdad. 

Después se me ocurrió otra idea. Me voy, le dije. ¿Adónde? Adonde sea. No conozco nada, así que me da lo mismo. Me voy a Bolivia, a Venezuela, a Colombia. Voy viajando, paro en cualquier lado, consigo un trabajo en un bar. Si el pueblo me gusta, me quedo. Si no, sigo camino. Sin posesiones, sin amigos, sin una vida estable. Al otro día me levanté muy temprano y armé la mochila y me fui sin saludar ni dejar una nota. Me paré al lado de la ruta, me puse a hacer dedo y un camión me levantó y me llevó hasta Arroyito. Entré a una estación de servicio a tomar un café. Abrí el diario y vi que habían agarrado al Asesino. Estaba en Río Cuarto, en la casa de su hermana, tomando mates. No opuso resistencia. Declaró que lo suyo era un acto de justicia. Sentí que se había cerrado una etapa de mi vida. Algo que no tenía vuelta atrás. Pagué el café y salí de la estación.