RESEÑA

El coleccionista de muertos

La última novela de Yuri Herrera completa la trilogía que retrata el submundo narco mexicano, y despliega una formidable artillería de recursos narrativos combinados con dosis de humor.

 

Por Juan Maisonnave 


 

Es probable que muchos hayan empezado a prestarle atención a Yuri Herrera (Actopan, México, 1970) a partir de una entrevista en la que el recomendador serial Rodolfo Fogwill elogió sin reparos Señales que precederán al fin del mundo por su trabajo sobre el lenguaje. En realidad, explicaba Fogwill medio despatarrado en una silla blanca de su departamento con perchas colgadas en la baranda de la escalera, libros y desorden compulsivo, eran tres las lenguas imbricadas a la largo del texto, y el virtuosismo de Herrera había estado en saber dosificarlas de acuerdo a lo que ocurriera en cada una de las escenas. Según quiénes fueran los participantes de la conversación o de la transa, entonces, podía tratarse tanto de chicano, del slang de los narcos o modismos en inglés, como de dialecto aborigen. Makina, la protagonista de esa novela (obra maestra, dijo Fogwill en varias oportunidades más, y fue a Montevideo, en el que sería su último viaje, entusiasmado por la idea de encontrarse con el autor), parte a una travesía iniciática y también final hacia el Gran Chilango, que le depara encuentros obligados con personajes turbios y paradas intermedias azarosas. Pese a las denominaciones abstractas y arbitrarias de paisajes y personas (lo que se acentúa bastante en su última novela con nombres al mejor estilo pulp), todo posee coordenadas muy claras –se trata de cruzar la frontera para el Cartel, se trata de Juárez, de Chihuahua y Sinaloa- pero Herrera huye desde la primera línea del encuadre realista pleno no sólo con la complejidad buscada del lenguaje que refería Fogwill, sino también a través de una prosa enérgica, cruda, pícara y de a ratos poderosamente lírica: “Aún no amanecía del todo, el cielo era apenas una exhalación encarnada que no se decidía a caer sobre el mundo”. 

Antes de Señales…, esta especie de trilogía apocalíptica había comenzado con Trabajos del reino, ganadora del premio Otras voces, otros ámbitos, y contaba la historia de un cantante de corridos en las entrañas de la residencia de un capo narco y su heterogéneo entorno que, cual emperador romano, cuenta con alguien para que redacte su biografía (el Periodista), otro para que lo pinte (el Artista) y quien lo entretenga (Lobo). De nuevo no hay nombres propios, referencias geográficas ni señas particularmente reconocibles: el autor parte de esa coyuntura candente para el pueblo mexicano, transitada infinidad de veces y en sus distintas variantes –La parte de los muertos de 2666, Don Winslow, Alma Guillermoprieto-, para amoldarla a una cadencia vertiginosa y a un ritmo narrativo ágil, sin descuidar la gracia –notable- de las descripciones y sin soltarle la mano a la historia, que entretiene y en muchos casos conmueve. Herrera vivió en el Paso y caminó las calles de Ciudad Juárez, pero desde el principio queda claro, y él lo ha dicho, que sus intenciones son opuestas a las de un cronista: “Yo creo que en la manera en que nosotros reconstruimos el mundo estamos no sólo desarrollando una voz propia, sino estamos haciendo un cierto tipo de crítica y un cierto tipo de interpretación de lo que sucede”. Así, a la hora de construir el espacio que habitarán sus personajes y de hacerlos interactuar en ese medio áspero, prefiere imágenes descompuestas, como piezas que de entrada no entendemos bien y hay que rearmar, y la metáfora justa que con poco pinta de cuerpo entero la zona en ebullición que sea. A veces las frases de Trabajos del reino, quizás la más jugada formalmente de las tres, se rompen en un dibujo poético o brotan como desviaciones febriles de la mente de este mariachi que por golpe de suerte pasó de una cantina polvorienta al Palacio del Rey. “Están muertos. Todos ellos están muertos. Los otros. Tosen y escupen y sudan su muerte podrida con engaño pagado de sí mismo, como si cagaran diamantes. Sonríen los dientes pelados cual cadáveres; cual cadáveres, calculan que nada malo les puede pasar.” 

En otra edición de belleza y calidad superior a cargo de Periférica, La transmigración de los cuerpos cierra esta trilogía retomando el tema de la muerte que se desdobla en, por una parte, el acecho permanente con la forma de una epidemia que arrasa la ciudad militarizada y en cuarentena, y, por otra, los servicios que presta el Alfaqueque como fixer, el tipo dedicado a resolver problemas muy específicos, problemas surgidos de la guerra de bandas, ajuste de cuentas y arreglos cuyas consecuencias –un excedente que molesta o es necesario recuperar- no son otra cosa que cadáveres. Vendría a ser una especie de Harvey Keitel en Pulp Fiction, personaje que en ciertas áreas del México actual desarrolla un papel de gran importancia por los conocimientos que adquiere, por ejemplo, en el manejo de la soda cáustica y otros ácidos para desintegrar cuerpos. En este caso, la misión encomendada al Alfaqueque será mucho menos extrema, apenas el intercambio de difuntos que deberá concretar para que queden todos contentos. Reaparecen los modos de vida y códigos de aquellas familias millonarias y exuberantes detrás de mansiones con historias por todos conocidas y aceptadas, a lo que se agrega, en esta tercera novela, la sensación de un final que ahora, de alguna u otra forma toca a todos, como un castigo divino. Las personas llevan tapabocas (barbijos) y no confían ni en sus vecinos –principalmente en sus vecinos-, todo se desmorona a la vista y en las calles, el gobierno pretende minimizar la catástrofe en ciernes, y esta realidad viciada constituye el trasfondo del encargo del protagonista: un portal que se abre a otra dimensión donde ciertas situaciones hasta entonces impensadas serán permitidas, como el intercambio sexual con la Tres Veces Rubia, su vecina, el objeto de deseo inalcanzable antes de la propagación de la gripe mortal. En el camino florecen personajes que, como se dijo arriba, son nombrados con algún rasgo que define sus intenciones y personalidades (Ñándertal, Delfín, Menonita). El tráfico de cuerpos tiene idas y vueltas, transcurre entre escenas breves siempre salpicadas de detalles sugerentes, por momentos morbosos e insólitos, un regodeo con algo de malicia para contar que hace más disfrutable la lectura: “El sótano estaba ensombrecido por una luz sorda que, desde una esquina, perfilaba una docena de cadenas con ganchos de los que colgaban becerros, guajolotes y media vaca. El Alfaqueque no preguntó, pero al ver sus cejas alzadas, el señor dijo No confiamos en carne ajena”.

Tres elementos se mantienen constantes y atraviesan la trama de La transmigración de los cuerpos: el humor, el sexo y la figura de un perro negro. Evitando cualquier roce berreta con la psicología, lo que sucede es que la sensación de perdido por perdido en la que se encuentra inmersa la ciudad y sus habitantes, sencillamente facilita las cosas para el protagonista, que parece venir de una temporada larga de abstención. Los encuentros sexuales son grandes momentos del relato, contrapuntos gozosos y celebratorios de la realidad infecciosa puertas afuera, y están narrados con esa gracia excepcional a la que ya se hizo referencia. También se contrarresta la amenaza de extinción de la humanidad –como en toda buena historia zombie- con frases hechas ridículas que en esas circunstancias pasan a convertirse en auténticos gags, a los que Herrera les reconoce su valor: “(…) para encontrar la palabra justa para decir las cosas de manera precisas uno puede echar mano de todas las herramientas que tenga ahí cerca, unas son lenguaje popular, algunas son las lecturas y algunas las palabras que uno puede inventar. El chiste, me parece, está en cómo articular eso para que haya una manera coherente en la cual se reconstruya la lengua.” El asunto del perro negro es más delicado porque entra en el terreno de lo simbólico, pero por suerte no hay un abuso de esto y, como casi con todo lo demás, el autor lo suministra con una espontaneidad envidiable. De todas formas, volviendo al principio, a Fogwill y a las maneras de utilizar el lenguaje, uno de los méritos del mexicano es el de haber logrado imprimirle a sus narraciones oralidad y lengua popular sin por eso renunciar a formas más clásicas cuando ciertos pasajes lo requieren. Aunque podría decirse que lo suyo va más allá de eso: para cerrar o abrir un capítulo puede servirse de la poesía, del corrido, ser más tradicional después en el desarrollo del párrafo, intercalar un diálogo hilarante o una enumeración fervorosa en el medio, ir desdibujando el fraseo, fragmentarlo hacia el final; en la página siguiente, atacar a pura acumulación de palabras que nuclean el sentido disperso en fragmentos anteriores. Lo cierto es que, con la formidable artillería de recursos de que dispone, a Herrera a veces le basta con plantar una pregunta en el lugar exacto (“¿Cuándo dejamos de enterrar con nuestras propias manos a los que amamos?”) para que detone al terminar la escena y uno se detenga por unos segundos antes de seguir leyendo.