RESEÑA

El gran fugaz

Por Román Setton

 

El primer volumen de relatos de Ezequiel Sirlin reúne seis cuentos y una novela corta. Las historias conjugan transformaciones urbanas y una mirada nostálgica del pasado. Reconstruyen a su vez la expansión de la radio, el cine y la televisión en el marco de la vida corriente. Con un estilo vistoso, Sirlin ilumina la vida cotidiana de personajes y lugares pequeños.

 

El gran fugaz
Ezequiel Sirlin
Paradiso, 2014

 

El gran fugaz, de Ezequiel Sirlin, es en primer lugar un volumen de cuentos fácilmente disfrutables. Con una lógica severa en la construcción de los argumentos –cf. “Modesta apología del argumento” (Borges / Bioy Casares)–, con historias compactas y una escritura clara y eficiente, los diferentes relatos del libro van conformando una historia (de los medios masivos) de la Argentina. Esa historia es a la vez, curiosamente, una historia de lugares menores, de rincones perdidos. De ese modo, el libro nos ofrece bellas narraciones marginales, vinculadas de modos diversos y misteriosos con el desarrollo y la expansión de la radio, del cine, de la televisión. 

Por momento, y solo por momentos, el estilo se vuelve demasiado vistoso y el trabajo de corrección y de pulido hace que las frases brillen en demasía. No es llamativo en el segundo libro de un autor –en 2007 Sirlin publicó la novela Radioso porvenir (Rosario: Beatriz Viterbo)–. Se debe quizá al simple hecho de que el escritor novel suele estar demasiado ansioso por mostrar todo lo que puede. Y Sirlin puede mucho. 

El gran fugaz está integrado por seis cuentos y una novela corta, “1948”. Todos los relatos están entretejidos por una gran cantidad de motivos, y esto da una vigorosa organicidad al volumen. De todos esos motivos aquí nos interesa detenernos en cuatro, que en gran medida funcionan como los motores narrativos de las historias: la cultura popular y / o masiva (radio, cine, televisión, radioteatro, etc.); las transformaciones urbanas y suburbanas; una cierta mirada nostálgica del pasado, esto es, una dulce añoranza de los buenos viejos tiempos y, por último, la intromisión de un elemento fantástico o maravilloso dentro de un mundo sencillo y corriente –por ejemplo, la posibilidad, aunque limitadísima, de viajar en el tiempo, que se actualiza una vez al mes en ciertos recodos de ciertos pasajes o sitios secretos de algunos barrios. En todos esos parajes perdidos de los pueblitos y de los barrios subalternos penetran las voces de los narradores, y como un bajo continuo, la mirada de Sirlin lo ilumina todo con un sol resplandeciente y anaranjado, que se cuela incluso en los rincones más grises de la vida urbana. 

Por este camino radioso Sirlin acabará por integrarse a la lista de cuentistas argentinos imprescindibles, y casi me atrevo a decir que ya la integra.