CINE

El gran Hotel Budapest  
Director: Wes Anderson (2014) 

La última película de Wes Anderson, basada en textos de Stephan Zweig, es un ejemplo minucioso del relato enmarcado, en la que una historia contiene mil historias que combinan suspenso, policial y elementos de la comedia dramática.

 

Por Marina Ponce 

 

Nadie ignora que existen infinitos recursos para contar una historia. Y la elección que se haga nunca es arbitraria porque es funcional a la trama o al misterio que se intenta crear. Uno de esos recursos es el relato enmarcado: una historia dentro de otra historia que el narrador principal cuenta, no porque la haya vivido, sino porque se la ha transmitido otro que la vivió desde un lugar privilegiado. Así, el narrador es una suerte de intermediario, un eslabón secundario pero fundamental entre el relato oral que escucha de otro y el receptor final de esa historia a quien se la cuenta. En el caso de la literatura, Borges nos ha dado varios relatos perfectos con ese recurso, que generalmente usó para contar la historia de gauchos y cuchilleros sobre los que escuchó  de un testigo que presenció los hechos. Sin ir más lejos, “La forma de la espada” es uno de esos relatos donde ejecuta dicho recurso de manera impecable.

En la última película de Wes Anderson, El gran hotel Budapest, basada en textos de Stephan Zweig, vemos una puesta en escena de ese tipo de relatos enmarcados. La película comienza cuando el autor (Tom Wilkinson) en su gabinete de trabajo le habla a la cámara y a los espectadores sobre la historia que vamos a ver. Los hechos ocurrieron hace muchos años en el Hotel Budapest, suerte de retiro creativo donde se hospedaban los escritores para encontrar la inspiración y el aislamiento que les permitieran desarrollar su obra. Es entonces cuando el flashback nos transporta a los salones inmaculados del hotel donde los hechos comienzan para el joven escritor, interpretado por Jude Law.  Allí se entera que el excéntrico Sr. Mustafá (F. Murray Abraham) es el dueño de ese imperio majestuoso, y entabla un diálogo con él, en un encuentro inesperado. En el momento que le pregunta cómo compró el hotel, se produce un breve silencio y luego responde: No lo compré. Ahí comienza la historia dentro de la historia. Así como el autor que nos introduce, se remite a su propio pasado inexperto, Mustafá hará lo propio y un nuevo flashback nos retrotrae a sus inicios como botonés en el Hotel Budapest, bajo las órdenes de Gustave (Ralph Fiennes), el protagonista de la historia.

La película se presenta entonces como una suerte de cajas chinas donde una historia contiene a la otra, y un personaje encuentra su razón de ser al lado de otro que lo introduce a la experiencia. En el cine de Wes Anderson no se descarta nada: hay elementos del suspenso, del cine de aventuras, del humor inocente de Chaplin y Buster Keaton. Todo eso compone un mosaico narrativo donde la peripecia que emprenden el conserje y su ayudante para despedir a una amante los incluye en una trama complicada de acusaciones falsas, crímenes macabros y el robo de una obra de arte durante el proceso de una herencia millonaria.  Todo esto con el sello inconfundible de una estética minuciosa y obsesiva, atenta a los menores detalles, donde el sentido de la peripecia, como en Viaje a Darjeeling y Vida acuática, intenta darle unidad al todo.  Así, El gran hotel Budapest es un fresco en el que las identidades de los protagonistas se definen en relación con otro personaje, con otras vidas, y con el entorno que las contiene y las determina. Solo resta preguntarse si esta idea del cine que nos ofrece nuevamente el director no es más que una repetición de fórmulas que le han funcionado y de las que esperaríamos, a esta altura de su carrera, un poco más de riesgo si lo que se pretende es hacer una nueva estética del cine.