CUENTO

El hotel del lago

De Mauricio Murillo

 

En este relato inédito del joven escritor boliviano Mauricio Murillo, un detective perezoso con preocupaciones gastronómicas sabotea el enigma policial exponiendo su particular interpretación del caso, mientras las reglas del género se difuminan en visiones oníricas y elementos del género de terror.

 

Foto Jordi Meow 

 

El de Regina Mostovoia fue el primer cuerpo muerto que apareció. Lo encontró Paco, el hijo de una de las mujeres que trabajaban en la cocina. Apenas lo vio, corrió hacia el hotel y empezó a pasar la voz de que a orillas del lago había una mujer muerta. Era muy temprano, tipo seis o siete de la mañana. En poco tiempo los pocos huéspedes que teníamos y todos los empleados estábamos rodeando el cadáver, formando un círculo de silencio y curiosidad. 

El señor Rainer, el dueño del hotel, nos dijo a mí y a otro empleado que tapáramos a Regina y que la lleváramos a una habitación vacía. El otro empleado trajo una sábana. Cubrimos el cuerpo.  Él agarró los brazos, yo las piernas. Mis manos aferraban sus tobillos. La imagen era patética. Él la tomaba de los antebrazos. Su espalda casi rozaba el suelo. Parecía un saco lleno de algo pesado que marcaba un arco hacia abajo. La dejamos tapada sobre la cama en una habitación del segundo piso. 

Traté de ocultar que estaba nervioso. Al principio no se supo la causa de la muerte, tampoco nadie la había visto durante el último día, nadie sabía qué había hecho. Yo sí sabía. En la noche me había metido a su cuarto y nos acostamos. Desde que llegó la asumí como una suerte de reto. Era extranjera y yo sabía cómo hablarle a las mujeres que no eran de por acá. Desde que me acerqué no opuso resistencia. El hotel estaba en silencio la noche que toqué su puerta. Yo era el único que caminaba por los pasillos. Cuando Regina me abrió pude ver que había bebido. Me invitó a pasar. En su dormitorio acabamos una botella de ron que ya estaba abierta. 

Ella estaba borracha. Me acerqué y empecé a besarla. Me empujó con una mano. La apoyó en mi cara y golpeó sin fuerza. Hizo una mueca rara, como si estuviera sonriendo. Seguí besándola. Busqué su boca pero ella me esquivó. Entonces empecé a besarla en el cuello. Luego la abracé por los hombros y la jalé hacia abajo. Quedamos acostados lado a lado. Seguí.

El cuarto estaba iluminado por una sola lámpara que brillaba sobre el velador. La luz alcanzaba a una esquina del colchón, la cama permanecía en penumbras. Los ventanales del dormitorio eran grandes, del techo al piso. Comenzaba a amanecer. El cielo celeste iluminaba de a poco el lago, cubierto por una neblina rala. Lejos, las montañas recortaban su silueta pero no se veían totalmente definidas, eran, más bien, solamente un límite, un área de color oscuro ante ese territorio claro que cambiaba segundo a segundo. 

Regina dormía. Me levanté y me vestí, era muy difícil que se despertara. Abrí la puerta revisando los dos lados del pasillo y salí. Cerré la puerta. Caminé hasta mi cuarto, todavía tenía una hora para dormir.

El cuerpo de Regina permaneció todo el día en la misma habitación. Recién al atardecer llegó de la ciudad un auto que se lo llevó. Durante el día todo estuvo más callado de lo normal. Si alguien quería hablar lo hacía en murmullos. Los pocos huéspedes que quedaban pasaron su tiempo viendo tele en la sala común o en sus cuartos. Servimos las comidas como lo hacíamos todos los días. Como pasa siempre por esa época, estuvo nublado. A eso de las seis lloviznó. El viento sopló y agitó las ramas de los árboles. Los empleados del hotel trabajamos igual que la jornada anterior, parecíamos los  mismos de siempre, pero eso no era cierto. 

La enfermera del hotel se encargó de revisar el cuerpo. No era alguien competente ni con muchos conocimientos. Según ella, no había necesidad de dudar de que Regina hubiera muerto ahogada. Ella también fue quien se encargó de lavar el cuerpo y quitarle las ropas mojadas. Los zapatos estaban llenos de barro y algas. No sé si cuando vinieron los de la funeraria a llevarse a Regina estaba desnuda debajo de la sábana que la cubría. No pudimos ver mucho. El señor Rainer nos advirtió que si nos reuníamos alrededor de la camilla nos iba a despedir.

Por lo general, los empleados comíamos luego de servir el almuerzo, todos en la cocina, acomodándonos donde podíamos, con los platos sobre un mesón o apoyados en nuestros muslos. Preferí no hablar. Le había preguntado a la enfermera qué había averiguado.

– Se ha debido ahogar. No tiene heridas. Parece que ha caminado adentro del lago y no ha podido salir.

Era lo mismo que les había dicho a los demás. La enfermera no almorzó con nosotros. 

– Ojalá no se entere mucha gente, ¿quién va a querer venir a un lugar donde se ha muerto una persona? –dijo la madre del chico que había encontrado el cuerpo, se llamaba Irma.

– Igual qué importa eso. Cómo se va a morir esa chica –la que hablaba ahora era otra de las cocineras.

– Y de paso el Paco la ha encontrado, ahí botada, como un animal estaba.

– Para qué habrá visto. Ojalá se olvide.

– ¿Qué va hacer ahora don Rainer?

– Una botella de trago han encontrado en su cuarto. Estaba vacía –dijo uno de los hombres encargados de la limpieza de las habitaciones.

– Don Rainer va a saber qué hacer –siguió Irma.

– Mañana va a venir gente de la policía. Están viniendo de la ciudad –dijo la cocinera.

Mi plato estaba intacto. Me dolía la panza. Escuchaba y revolvía el arroz blanco sin metérmelo a la boca.

– Nadie la ha visto salir –dijo Irma.

– ¿Y cómo justo ha ido por ahí el Paco? –la charla volvió a ser un ida y vuelta entre Irma y la otra cocinera.

– Por ahí camina a veces. Por suerte no la ha tocado.

– Para qué viajaba sola esa mujer. 

– Era buena, a mí me trataba bien.

– ¿Y sus cosas? 

Me aburrí. Boté el contenido de mi plato en un basurero. Nadie sospechaba nada de mí. El hotel tenía cámaras que grababan todo el día, pero yo sabía dónde estaban y cómo eludirlas. De todas maneras, fui al cuarto de seguridad. Ahí estaban Roger, uno con los que mejor me llevaba, el encargado de la seguridad, y el señor Rainer. Revisaban las cintas del día anterior y de la madrugada. Al entrar los dos giraron la cabeza. Roger me miró como si estuviera en problemas, como diciéndome que escapara. No entendí su mirada.

– Vos qué haces acá –me dijo el señor Rainer.

Dudé un momento y le dije que lo buscaba por si necesitaba algo en relación al caso de la difunta, eso fue lo que dije, el caso de la difunta.

– No, nada. Estamos viendo los videos. La chica esa no aparece en ninguno desde la mañana. No se ha grabado nada.

– ¿Por dónde habrá salido? –preguntó Roger.

El señor Rainer empujó una silla y salió renegando.

– Dame campo.

Roger retrocedió una de las filmaciones. En la pantalla, que proyectaba imágenes celestes y azules oscuras, las personas caminaban hacia atrás en medio de líneas blancas y borrosas que se movían de abajo hacia arriba. Me senté encima de un escritorio que estaba pegado a una de las paredes de ese cuarto sin iluminación.

– Qué raro, no entiendo nada –dijo Roger–. Por suerte creo que no la han matado. Mañana dice que van a ver eso.

Le pregunté qué pensaba que había pasado.

– Ha debido querer nadar. Estaba borracha. Dicen que se tomó sola una botella entera. Ha debido querer nadar en el lago en la madrugada y no ha podido. Se ha debido enredar en las algas o se ha dormido.

Roger seguía revisando las cintas. Bajé del escritorio y le dije chau. En el hotel todo parecía normal, como si la gente supiera que la única manera de no derrumbarse ante el horror era seguir actuando de la misma manera, fingiendo su propio rol impuesto por alguna fuerza mayor. No quería trabajar, pero había mucho qué hacer. Empezaba a sentir el cansancio de no haber dormido y los efectos del chaqui. La boca seca como si hubiera comido tierra. La cabeza me latía como si estuviera llena de líquido. Mis ojos me dolían, me costaba abrirlos. No me quedaba otra. Puse la mejor cara y empecé a atender a los huéspedes.

Al día siguiente llegó Cortez, un policía que venía de la ciudad. Se presentó como detective. Trajo el informe de la autopsia. No dijo la causa exacta de la muerte de Regina, pero se aseguró de que descartáramos el asesinato. El cuerpo no exhibía ningún signo de violencia. Desde ese momento me sentí más tranquilo, entendí que la noche que pasamos juntos era irrelevante.

El señor Rainer me dijo que asistiera en todo al detective y que estuviera todo el rato a su disposición, que no me separara de él a menos que él me lo pidiera. Le serví el desayuno en una de las mesas. Me pidió que lo acompañara. Jalé una silla y me senté. Cortez comía haciendo ruido, sin parar. Tomaba un pedazo del huevo revuelto con un tenedor y se lo llevaba a la boca. Luego sorbía un poco de café. Seguía con la fruta y el pan con mantequilla y mermelada y volvía al principio. Era una máquina que no variaba el orden ni las cantidades.

– ¿Vos sabes qué ha pasado? –no me preguntaba con sospecha, más bien parecía que quería saber mi opinión.

– No, no sé. Se ha debido ahogar. Estaba borracha creo. Hacía frío.

– Pero estaba vestida. Hasta tenía zapatos. ¿Quién se mete a nadar con zapatos? Ni aunque estés mula de borracho.

– Tal vez salió a caminar y se resbaló.

– Tal vez.

– Usted dijo que descartaron que haya sido un asesinato.

– Sí, pero igual no sabemos qué ha pasado. 

– Las cámaras no han filmado nada.

– Nada. Nadie ha visto nada. Era temprano igual. Hacía frío.

No sabía si seguir hablando o esperar a que él dijera algo. No sabía cómo mostrarme tranquilo. Cada palabra que decía o gesto que hacía delataban que me había acostado con Regina horas antes de su muerte.

– Son otra cosa estos huevos –dijo Cortez–. En la ciudad los huevos no tienen color y saben de otra manera. No sé qué es. Los huevos de por acá son otra cosa. Debe ser el lago o la comida. O tal vez no les meten las mierdas que les meten a los que venden en la ciudad. Dicen que ni siquiera son pollos. Son unos seres vivos que en verdad no llegan a ser animales, son más bien unos organismos. Mi primo, que trabaja en una granja enorme, dice que ni siquiera tienen cabeza. Son solo una masa con algo parecido a patas y alas, unas máquinas que dan huevos. Debe ser eso, porque el sabor es una mierda.

Le dije que el hotel tenía su propia granja y su propia huerta.

– Qué suerte–me dijo–. Yo como pura porquería todos los días.

Luego del desayuno salimos al lugar donde Paco había encontrado el cuerpo. Cortez tomó algunas muestras, revisó el suelo y sacó fotos. No aparentaba que estuviera haciendo algo útil. Más bien seguía un protocolo que, en apariencia, no servía para nada. Jugaba al detective de serie gringa. No sacó ninguna conclusión. Después dimos vueltas por el hotel, revisó el cuarto de Regina y sus cosas.

– No sé para qué viajan solas estas chicas –me dijo cuando terminó de inspeccionar su mochila.

Metió todo en una bolsa negra de basura y salió al estacionamiento.

– Cualquier cosa que sepas me vas a llamar.

Esperé a que me diera su tarjeta. En vez de eso me dictó su número y me dijo que lo anotara en mi celular. Antes de entrar miró hacia el lago, hacia las montañas. Apoyaba un brazo en el techo de su auto. 

– Carajo, qué suerte que tienen.

No supe a quién se refería. Entró al auto y prendió el motor. Bajó la ventanilla y extendió su mano.

– Chau, gracias. Ya nos vemos.

Retrocedió con rapidez y salió así, de retro, hasta la carretera. Luego el automóvil y él se perdieron en la lejanía. El viento movía las hojas de uno de los eucaliptos altos que rodeaban el hotel. Parecían bichos que volaban y que en vez de avanzar se mantenían en el mismo lugar, flotando. Soplé mis manos y regresé al lobby.

 

 

La segunda mujer muerta apareció una semana después. Sobre el segundo piso, el hotel tenía un altillo. La mayoría de las habitaciones, y las que más ocupaban los huéspedes, estaban en este piso. La planta baja permanecía deshabitada casi todo el tiempo, los cadáveres los fuimos depositando en estos cuartos hasta que venían por ellos de la ciudad. La gente prefería las habitaciones del piso superior porque tenían vista directa al lago y a los cerros. El altillo era un cuarto de techo bajo donde se guardaban un montón de cosas. El techo triangular era de madera y al fondo había una ventana redonda de, más o menos, un metro de diámetro. Fue por esta ventana que se lanzó la segunda suicida. 

Se llamaba Ericka Lance y era gringa. Hablaba bien español y había llegado al hotel dos días antes. A diferencia de Regina, no vino sola. Su compañero era un hombre alto y rubio que solo entendía inglés. Nunca supimos si era su esposo o su amante o algún viajero que conoció en el viaje y al que decidió tomar como compañero. Yo no sabía inglés, así que fue Roger el que le avisó. 

Roger me contó que al principio el hombre no entendió. Luego se agarró la cabeza y se puso a llorar. El señor Rainer le había dicho a Roger que además de darle la noticia, prestara atención a lo que hubiera en el cuarto y que, además, no dejara salir al hombre de la habitación porque podría ser un sospechoso. El tipo al parecer lo entendió y no hizo ningún lío. Luego lo soltaron porque esta muerte sí aparecía en la filmación de seguridad. Yo la vi después con Cortez que volvió de la ciudad para seguir este nuevo caso.

La muerte ocurrió casi a la misma hora que la de Regina. Esto no podíamos afirmarlo con seguridad porque sabíamos muy poco de la primera muerte, así que luego de discutir llegamos a esta conclusión. En la pantalla celeste Ericka salía del cuarto lentamente, llevaba una polera larga, que la cubría hasta los muslos, y medias. Cerraba la puerta tras de sí y caminaba por el pasillo. Luego se perdía por un momento y aparecía en las gradas. El altillo se conectaba al segundo piso por una escalera de caracol. Ericka subía agarrándose de la baranda, a una velocidad uniforme. Antes, los empleados usábamos el altillo para ir a fumar o para quedarnos a charlar mientras tomábamos algo, hasta que el señor Rainer lo prohibió, por eso hizo instalar una cámara que filmaba todo lo que pasaba en ese cuarto. La imagen mostraba a Ericka. Sin detenerse, se dirigía hacia la ventana circular. Antes de llegar se impulsaba y se lanzaba contra ella. Lo último que se veía era el cuerpo de la mujer atravesando el vidrio y desapareciendo en el vacío. Afuera del marco se veía el lago y más lejos las montañas. 

 – ¡Cómo es!

Cortez salió del auto y me saludó.

– Espero que ahora sí me ayudes. Lo más seguro es que lo obliguemos a tu jefe a cerrar el hotel.

Solo tres cuartos estaban ocupados.

– Igual no se va a culpar a nadie, todo está filmado, pero no se pueden pues morir dos mujeres tan seguido acá.

Para ese momento Cortez no había visto todavía el video, pero sabía de él porque don Rainer se lo había descrito con todos los detalles. Desde que llegó de la ciudad al hotel, nunca se mostró suspicaz ni receloso. En realidad, estaba todo el rato sonriendo y tratando bien a la gente, como si creyera todo lo que decían. En ningún momento presentó ninguna acusación o apresó a algún sospechoso.

– Acompañame.

Cortez tomó mi antebrazo, como si fuéramos amigos de años, y me dijo que lo llevara a donde estaba todavía el cadáver. Don Rainer no quiso mover nada hasta que llegaran los detectives de la ciudad. Le había dicho la operadora de la policía que mandarían a dos, pero solo llegó Cortez. El cuerpo de Ericka permanecía en el lugar donde había caído. Seguía tapado, otra vez, como en la repetición de un chiste malo, por una sábana blanca.

– Levantala.

Ni siquiera me miró. Dudé unos segundos y jalé la sábana. El cuerpo estaba boca abajo, con la cabeza ladeada y los ojos abiertos. La mitad de la cara destruida. Los brazos se doblaban hacia lugares inverosímiles. Una sangre oscura y densa cubría el cabello. Alrededor, una mancha roja rodeaba el cuerpo, casi un círculo perfecto. Parecía un ángel estrellado. La polera larga estaba levantada hasta la espalda. Pude reconocer un tatuaje medio despintado que representaba una cara, ya deforme por los años, de la que salían dos alas. Las medias de lana eran amarillas. 

– Cubrila de nuevo.

Cortez no hizo mucho. Se puso de cuclillas, miró a detalle distintas partes del cuerpo, anotó algo en su libreta y siguió mirando. Cuando cubrí el cuerpo, levantó la vista y se quedó quieto observando la ventana circular. Luego bajó la vista hacia Ericka y movió la cabeza rápidamente hacia el altillo. Hizo esto tres veces, como si estuviera calculando la caída, imaginando o dibujando el trayecto y su velocidad. 

Me miró. Tomó aire inflando su pecho. Sonrió.

– Bueno, ahora, ¿qué es de esos huevos orgánicos que saben cocinar acá?

Tuve que desayunar con él. Al terminar limpió el plato que tenía algo de yema con un pedazo de pan y se lo metió a la boca. 

– La primera murió ahogada.

Me agarró distraído. 

– Los resultados mostraron eso. También que no estaba tan borracha y que había estado con alguien durante la noche.

No me quitaba los ojos de encima. No reaccioné, o por lo menos creo que no lo hice.

– Tampoco se han encontrado signos de violencia ni nada por el estilo. Por eso no se puede sospechar que la hayan arrastrado o empujado al lago. Tampoco que la hayan violado. La segunda se lanzó.

Me pidió que lo acompañara afuera para fumar un cigarrillo. Prendió uno apoyado en uno de los ventanales y me ofreció otro. Lo rechacé. Sacó un pedazo de comida de entre sus dientes con la uña del meñique y escupió. Nos quedamos así un momento.

– ¿Qué más me puedes decir de la primera muerta?

– No mucho más de lo que los demás saben y le han dicho –respondí.

– Ya, no te hagas. No me importa tanto encontrar un sospechoso. Quiero escuchar una rica historia nomás. El caso de esa mina ya está archivado.

Dudé. Al final terminé contándole todo. No sé si era porque me había puesto contra la pared o porque quería impresionarlo. En ese momento no me pareció que estaba cometiendo un error. Los primeros coqueteos, las señales, todas esas huevadas. Le di todos los detalles. Luego narré con detenimiento el momento en que entendí que Ericka quería que me metiera en su cuarto, cómo me escabullí, cómo toqué su puerta y cómo nos tomamos toda la botella. Paré en ese momento.

– Seguí cojudo, cuidado quieras guardarte lo mejor. 

Cortez se veía excitado. Prendió otro cigarro. Fui minucioso en la descripción. Hablé de mi cuerpo como si fuera el de otro. A Roger le contaba todo, pero esa vez fue distinto. Nada me unía a Cortez, casi no lo conocía.

– Y vos callándote todo esto. Alguien más sabe.

Le dije que no.

– No te preocupes, tampoco le voy a decir a nadie.

Ya era media mañana. En una parte del cielo se abrió una grieta y las nubes mostraron un pedazo demasiado celeste, casi artificial. Cortez notó el lugar donde miraba e hizo lo mismo. 

– En la ciudad no está tan nublado como acá. 

– Acá casi siempre es así –dije.

No bajé la cabeza.

– Es raro eso de las parejas –siguió hablando, sin importar que lo que dijera me interesara o no–. Yo no tengo esposa. Tuve una amante muchos años pero todo acabó. No hace mucho. Al final es como si solo nos importara el momento del sexo. Y creo que sí, que es lo más importante. Pero igual no son dos los que tienen sexo, es uno nomás. Siempre hay una distancia.

No entendía nada. O sea, sí entendía lo que decía y toda su perorata, pero no entendía por qué lo hacía, porqué confiaba en mí, porqué me miraba como un igual. Ahora sí dirigía mis ojos hacia él y él me hablaba directamente.

– Es como si los cuerpos no se tocaran. Es como si la mina con la que estuve quisiera acariciarme el pecho o agarrarme la pija pero nunca pudiera hacerlo de verdad, porque antes de llegar a mí tendría que llegar a la mitad que nos separa y así. Como si todo fuera artificial nomás y nos lo imagináramos. Antes de tocarla sería necesario que tocara primero ese espacio que nos divide y antes de eso habría otro espacio.

 

 

Mientras hablaba empecé a rascar con mi uña unas gotas de pintura que estaban pegadas al cristal. Cuando volví mi atención a él vi que Cortez estaba lagrimeando. Se frotó los pómulos con la manga y botó el cigarrillo que tenía en la mano. No dijo nada sobre eso, no me pidió disculpas ni se avergonzó. Se alejó de la pared en la que estaba apoyado.

Luego dimos un paseo por la orilla del lago. Cortez estaba pegado al agua, las olas llegaban por momentos a sus zapatos y caminábamos sobre las algas. Me explicó que el caso era muy extraño como para que le tiraran bola las autoridades o la prensa. En ese momento pensé que la falta de atención se debía, en realidad, a la lejanía, pese a que era un hotel conocido.

– En la oficina central no les importa mucho qué pasa acá. Yo digo que son suicidios y listo. Tampoco es que quieren que esto se conozca. Mientras el señor Rainer demuestre que acá nadie ha matado a nadie y ponga algo de plata todos felices. Por lo menos, yo feliz.

Ese día después del almuerzo Cortez y don Rainer se encerraron casi dos horas en su oficina. Cuando salió no habló con nadie. Fui al garaje para despedirme. Ya estaba adentro de su auto, detrás del volante. 

– ¿Todo bien? –pregunté.

– Chau, nos vemos pronto –dijo–. Seguro que va a volver a pasar.

Le creí.

 

Fueron días tensos hasta que apareció el tercer cuerpo. Los nuevos huéspedes no se enteraban, así que seguían llegando y se iban como si nada hubiera pasado. La mujer muerta se llamaba Kate Schneider. También había llegado sola. A ella ni me le acerqué. Se dedicaba todo el día a sacar fotografías. Hablaba poco. Creo que no sabía nada de español. En el hotel los empleados la trataban con pena, o tal vez era miedo. Solucionaban todo lo que pedía y se esmeraban más de lo acostumbrado. Don Rainer le hablaba en alemán y se portaba cordial, le invitaba chocolates importados.

Igual se mató. Nadie pudo evitarlo. Nadie estuvo ahí cuando pasó. Don Rainer sabía que era ilegal, pero le ordenó a Roger que instalara cámaras en los dormitorios donde hubiera mujeres. Roger no discutió y lo hizo cuando las mucamas entraban a ordenar los cuartos. Esta muerte, como la anterior, la vimos todos en un televisor. Esta vez ya no había tanto pudor. Nos arremolinamos unos sobre otros frente a la pantalla y Roger dejó correr la cinta.

Las sábanas sobre la cama estaban hechas un ovillo y las  almohadas, tiradas en el suelo. Era de madrugada o comenzaba a amanecer, eso parecía. La mujer permanecía sentada desnuda al borde de la cama. Apoyaba las manos en el colchón, esto hacía que tuviera los brazos pegados a su torso. Las piernas colgaban balaceándose, eran lo único que se movía en la escena. Creo que nadie notó lo que tenía en la mano derecha, por lo menos yo no lo noté hasta que empezó a levantar el brazo. Aferraba con el puño uno de los cuchillos de plata de la vajilla para cenar. La mano se veía como si estuviera haciendo mucha fuerza. Las piernas dejaron de balancearse mientras el brazo subía. Kate llevó el cuchillo hasta su garganta, se quedó quieta un momento con el filo pegado al cuello y luego de unos segundos jaló el arma hacia un lado. La sangre brotó en chorros, como un abanico líquido. Ella se quedó un momento sentada, con los brazos flácidos, luego cayó de costado. La sangre no paraba de salir, manchando la cama y el piso. A sus pies reconocí el cuchillo que brillaba con los rayos del sol que ya había salido y que entraba por el ventanal. Los haces de luz se proyectaban apenas desde las montañas, rebotando en los picos de las pequeñas olas del lago, también rebotaban en el metal del cuchillo.

 

 

Limpiar el cuarto fue imposible. El señor Rainer, resignado e impenetrable, le dijo a la encargada que lo dejara así. Que recogiera todo lo de valor y que clausurara el cuarto, que no se olvidara de sacar cualquier cosa que se pudiera pudrir y que cubriera con aserrín el charco de sangre. En ese momento apareció Irma, que había oído lo último.

– La sangre sale si se le pone ablandador de carne encima. Hay en la cocina, le voy a poner a la alfombra

Don Rainer habló de nuevo con la encargada de la limpieza del hotel.

– No, hagan nomás lo que les he dicho. Ya hemos perdido ese cuarto.

Hablaba como si se tratara de un territorio. Algo se quedaba ahí, algo se perdía en ese encierro, en ese cuarto antiguo con memoria ominosa. No sé porque me sentí mejor cuando vi que el auto de Cortez entraba por el camino de tierra de la entrada. Esperé a que estacionara y me acerqué para saludarlo. 

– Hace frío –dijo.

Le respondí que sí. Le ofrecí tomar algo caliente en el comedor. Aceptó.

– ¿No quieres hablar primero con el señor Rainer?

– Después. Más rato también veo el cuarto. 

Entramos al hotel. Se quitó los guantes que llevaba, aspiró fuerte. Yo no olía nada, ni café ni comida, pero hizo una mueca de alegría y buscó una mesa. Se sentó frente al ventanal, todas las veces hacía lo mismo, y se quedó durante largo rato viendo el lago y las montañas. Yo me quedé parado tratando de mirar lo que él miraba.

– Café –dijo–, recién hecho, no esas cagadas instantáneas. Sé que tienen.

Entré a la cocina para pedir dos cafés. Muchos empleados estaban reunidos con caras de preocupación. Esta vez nadie hablaba de la muerta. Hablaban del futuro de cada uno. No se dirigían al otro, parecían robots que por turno exponían un monólogo sin objetivo. 

– Van a cerrar el hotel y nos van a botar a todos.

– Cuidado nos quieran hacer preguntas y registrarnos.

– Pobre Paco, todo ha visto.

– Y de paso hay que atender a los que quedan.

Ordené los dos cafés. No esperé, me escapé de ahí. La mesa de Cortez estaba vacía. Supuse que había ido a hablar con el señor Rainer. Luego de buscar en el comedor, lo encontré acuclillado muy cerca del ventanal, fumando un cigarro.

– Sé que no se puede fumar, pero ya no hay casi nadie en el hotel, no creo que haya lío.

En realidad, no sabía si era un problema o no. En ese momento todo era distinto, ya no podíamos pensar como unas semanas atrás. Lo dejé.

Cuando terminamos los cafés subimos al segundo piso. Cortez quería ver el cuarto donde se había matado Kate.

– Luego me muestras el cadáver.

Con la llave en la mano, caminé al lado de Cortez todo el pasillo hasta llegar a la puerta. Escuché unos ruidos leves en el interior, como alguien sacudiendo una colcha o un vaso que cae sobre la alfombra. Para ese momento, pensé, ya tendrían que haber acabado con la limpieza. Intenté girar la chapa, pero no giró. Estaba cerrada con llave. Metí la llave y abrí la puerta. No había nadie adentro. El charco de sangre estaba rosado. El colchón no tenía ninguna sábana y, sobre él, en una de las esquinas, también se dibujaba una mancha opaca, que parecía que tenía años en ese lugar. En el cuarto no había indicios humanos, ni jaboncillos, ni almohadas, ni adornos. 

Cortez se acercó a la sangre seca y la comenzó a observar de cerca. Puso la palma sobre la alfombra. Luego tocó el colchón.

No me dijo nada. Salió del cuarto. En el pasillo me hizo un gesto que creí que significaba algo como que nos reencontráramos más rato o que lo esperara. Se fue en dirección de la gerencia.

Don Rainer me llamó. Cortez estaba a su lado.

– Vas a acompañar al detective a la ciudad. Dice que necesita ayuda. Además te vas a encargar de unos temas. No sospechan de nosotros, pero hay unas cosas que resolver.

Pensé que sería un viaje sencillo. Empezaba a disfrutar la compañía de Cortez. Era poco lo que yo decía, a Cortez no le molestaba hablar y ser el que proponía temas de conversación. La ciudad me gustaba. Don Rainer me avisó que pasaría la noche en una hostal que tenía negocios con nuestro hotel, así que no nos cobraban y nos trataban bien, no como a un huésped, pero tampoco teníamos que trabajar. 

– Ven, ayúdame a cargar el cuerpo –dijo Cortez.

Me quedé quieto. No sé si no entendí o preferí que la reacción tardara.

– Ya pues, carajo –dijo don Rainer–. El detective no puede solo. 

Caminé detrás de Cortez hasta toparnos con el cuerpo de Kate, cubierto como los otros por una sábana.

– Agarrá las piernas –ordenó Cortez.

No sabía cómo carajos en menos de un mes me encontraba por segunda vez agarrando con fuerza los tobillos del cadáver de una mujer. Salimos al pasillo, revisando que ningún huésped estuviera cerca, y comenzamos a avanzar. Cortez iba de espaldas. La sábana empezó a deslizarse. Hice el ademán de sujetarla antes de que se cayera. 

– Dejá nomás, en el auto la acomodamos de nuevo. 

La sábana cayó, dejando al descubierto el cuerpo desnudo de Kate. La herida de la garganta era profunda y prolija, parecía una sonrisa, las paredes de la piel estaban secas y pálidas, como si Kate se hubiera secado. La cara tenía los ojos abiertos y la boca estaba cerrada, supuse que la mandíbula presionaba hacia arriba, pero el corte extendía el gesto, como si no estuviera muerta. Mientras la cargábamos no pude dejar de mirar el cuerpo. 

La metimos en el asiento de atrás. Corrí para recoger la sábana y cubrimos el cadáver. 

– Vamos.

Quise despedirme de alguien, pero no vi a nadie cerca. Cortez subió al auto y lo encendió. Yo ni siquiera traía una chamarra. No dije nada. Subí al asiento del copiloto y arrancamos.

Fuimos directo a la Estación de Policía. Dejamos el auto en el estacionamiento y entramos a las oficinas por la puerta de atrás. Cortez les dijo a dos oficiales que sacaran el cuerpo, luego me pidió que lo siguiera. Eran las seis. No había mucha gente trabajando. En su escritorio, que estaba pegado a otros dos, Cortez dejó unos papeles que tenía en el bolsillo de su saco. No habló con nadie. Ese mismo momento, sin sentarnos, sin parar, bajamos al sótano. La Estación tenía un cuarto donde hacían, muy de vez en cuando, alguna autopsia, pero era más que todo para dejar los cuerpos antes de que alguien los recogiera o los llevara a la morgue. 

Bajamos. No era un cuarto como el de las películas, con una iluminación blanca, azulejos en la pared y esos roperos a los costados con cajones refrigerados para meter a la gente que ya está muerta. Nada que ver. El cuarto era húmedo y oscuro, solo lo iluminaban dos tubos fluorescentes. Varios fólderes y papeles cubrían un viejo escritorio de madera. No había nadie. El cuerpo de Kate ya estaba de espaldas sobre una mesa al medio de la habitación. Sobre el pecho alguien había dejado una tabla que sujetaba con el clip superior unos papeles. Cortez la alzó y revisó las páginas pasándolas hacia arriba. Me pidió que le alcanzara un bolígrafo. Firmó y volvió a colocar la tabla sobre el pecho frío de Kate. Hizo el ademan de salir pero se detuvo al verme quieto. Pregunté si le iban a hacer la autopsia. Cortez me dijo que no, que no había plata. Dejamos el cuerpo sobre la mesa de metal. Cortez me dijo que no era necesario cubrirlo, que lo dejara así.

– Allá hay una pila. Si quieres lavate las manos.

Él salió así nomás. Me esperaba afuera. 

– Vamos a tomar –me dijo–. Cerveza o lo que sea. Acá cerca hay un bar. Tiene rocola.

Primero le dije que sí, pero al comenzar a caminar por el pasillo con las paredes verde pastel y una alfombra plana y desgastada cambié de idea. Le dije que estaba cansado, que el señor Rainer me esperaba temprano en el hotel, que estaba confundido, que todavía no caía en cuenta de todo lo que pasaba.

– No desayunes acá en la ciudad. No vale la pena. Andate nomás directo, movilidades hay desde temprano. Ya no voy a volver a ir al hotel. Si pasa de nuevo ya nadie va a ir. Se quedan solos con esto. 

No esperó a que respondiera o a que cambiara de idea. Me dejó ahí parado. No tenía ni chompa ni chamarra, igual no hacía mucho frío. Apenas llevaba mi billetera y mi celular. Cortez se alejó. Mientras caminaba levantó una mano con el pulgar hacia arriba, sin darse la vuelta, sin detenerse. Escuché la piedra del encendedor y luego vi delante de él como se iluminaba el pasillo. Esperé a que desapareciera. Los focos del techo colgaban sin lámparas, los revestía una capa de grasa. No titilaban, pero creí que lo hacían. Subí las gradas. La Estación estaba vacía o eso parecía. Tardé en encontrar el botón que abría el portón eléctrico. Ya era de noche, no sabía qué hora exactamente. Intenté recordar dónde quedaba la hostal donde me tenía que quedar. Miré en las cuatro direcciones, pensé un momento y luego me puse a caminar.

 

 

El hotel lucía abandonado. Quedaban dos o tres habitaciones con huéspedes. Una bruma tenue tapaba las faldas de los cerros, de los cuales solo se veían los picos. El lago estaba quieto, no distinguí ninguna ola. 

Adentro busqué a Roger. Lo encontré en la sala de vigilancia. Las imágenes de las pequeñas pantallas parecían congeladas. De vez en cuando una raya blanca, como una rasgadura, surcaba su superficie. Me contó que no había pasado nada. Don Rainer parecía tranquilo. Le dije que el hotel me parecía más silencioso, como si estuviera cerrado al público. Él también pensaba eso.

– Se ha ido la mitad –dijo.

Primero creí que se refería a los huéspedes y que ya no había nadie a quién atender, pero caí en cuenta que hablaba del personal.

– Igual con los que se han quedado lo logramos.

Pasaba las escenas con un botón. El pasillo, el comedor, el garaje, la cocina, el altillo con la ventana circular rota. Mirábamos lo que las cámaras registraban en ese momento. Cuando pasaba por los cuartos me ponía incómodo, él tardaba más en cambiar la imagen. 

Luego de una ducha di vueltas por el hotel y por la orilla del lago. No me topé con nadie. Al entrar por la puerta principal, reconocí una figura sentada en una de las mesas del comedor.

– Ven, sentate 

Era don Rainer. Tomaba un whisky. No me ofreció nada.

– Vamos a cerrar el hotel –me dijo–. Igual la gente dejó de venir.

Recostó la espalda en la silla y dejó caer los brazos a los costados. 

– ¿Vos por qué crees que está pasando esto?

– No sé.

– Debe ser un castigo.

– Tal vez es algo que no podemos entender, algo que está más allá de nuestras manos, algo que no podemos controlar.

– O un castigo o algo para que paguemos nuestras culpas. 

Tomó un sorbo, dejó el whisky un momento en la boca y después lo tragó. Escupió una flema en el suelo.

– Sabes que yo no soy de acá, ¿no? O sea, del país. Llegué por azar. Yo tenía una mujer y un hijo. Era mi esposa. Vivía con ellos. No era feliz. Le pegaba a mi hijo, no lo quería. El niño hablaba en las noches de dormido, era sonámbulo también, no me gustaba. Igual no era solo eso. Por ese tiempo había perdido mi trabajo y me quedaba todo el día en la casa cuidando al niño. Mi esposa trabajaba en un supermercado cercano. Uno de esos días nos olvidamos comprar algo para la cena, no me acuerdo. La cosa es que ella salió. Justo estaba bañando al niño. Me dijo que lo cuidara y que lo chequeara de rato en rato. Revisalo, me dijo, está en el agua. Yo miraba un programa, no sé de qué, pero había agarrado mi atención. En las pausas para las propagandas iba un rato al baño y desde el umbral de la puerta revisaba que el niño siguiera jugando. En una de esas pausas me dijo que el agua estaba fría y que se quería salir. Le dije que se saliera. Puse una toalla sobre el inodoro y le dije que se secara. Me dijo que no sabía secarse. Le repetí que se secara, él seguía sentado en el agua fría dentro de la tina. Ya salí y secate, le dije. El niño se puso a llorar y a golpear el agua. Me acerqué y le di un sopapo en la nuca y repetí otra vez la orden. Se calló, pero bajó la cabeza y se puso a llorar, haciendo caer sus lágrimas al agua. Luego me fui a ver de nuevo la televisión. No escuché ningún sonido en el baño, así que me paré furioso del sillón y caminé renegando, imaginando el putazo y la paliza que le iba a dar por no hacerme caso. Cuando llegué a la puerta, por un momento no pude reaccionar. Su espalda y su cabello flotando. Seguía sentado, pero la cara y el pecho estaban sumergidos, los brazos se movían como ramas. Lo demás no lo recuerdo tan bien. Lo saqué de la tina y lo llevé alzado a la calle. En la acera traté de darle respiración boca a boca mientras chillaba por ayuda. Todo fue en vano. Mira, fue un accidente, no sé, o eso creo. Cuando levanté la vista estaba rodeado de gente. Escuché una sirena que se acercaba. Les expliqué a los vecinos y a la policía que había sido un accidente y me creyeron. Mi esposa no quiso verme nunca más, ni siquiera recogió sus cosas de la casa. Yo vendí todo y me fui. No sé porque elegí venirme acá.

Mientras hablábamos apareció una mujer. Tenía los pies descalzos y solo llevaba un camisón blanco. Caminaba automáticamente, con los brazos colgando. No nos vio. Más bien, parecía que no veía nada, como si lo que tuviera adentro de los ojos fuera eso, nada. Cruzó por el comedor y entró a la cocina.

Parándose, don Rainer me hizo un gesto para que lo siguiera. Caminó lentamente. Tuve que seguirlo. Dio vuelta su cabeza, levantó el dedo índice y se lo llevó a los labios. Luego continuó.

Entramos a la cocina. Nos ocultamos detrás de un estante. La mujer estaba frente a la freidora. Primero metió las manos y el aceite empezó a crepitar. Hice el ademán de correr hacia ella pero el señor Rainer me agarró del brazo. No pude zafarme. Le dije que teníamos que hacer algo. Me dijo que ya nada había que hacer, que no podíamos hacer nada. La mujer metió con violencia la cabeza. El aceite rebalsó espumeante y el cuerpo, con las manos y la cabeza dentro, se sacudió un momento, luego se quedó quieto. El aceite seguía saltando en burbujas claras y pequeñas, amarillas, en olas espesas que desde el mesón caían al piso.

El hotel cerró esa misma semana. El señor Rainer esperó a que las otras personas que estaban hospedadas desocuparan sus habitaciones y nos lo comunicó. Clausuraría el hotel y vendería la propiedad. Algunos empleados lloraron, otros se retiraron sin despedirse. En la ciudad solo apareció una pequeña nota a la que nadie le prestó atención. En un periódico de crónica roja mencionaban un hotel a orillas de un lago donde turistas mujeres se registraban pero nunca salían. Estaba escrito con un tono falso, exagerado. Sugería que los empleados del hotel las raptaban y las mataban en algún rito satánico o que los dueños lo hacían para vender sus órganos. Cuando acabe de leer, no me quedó claro si el cronista hablaba de nuestro hotel o de otro cercano.

Creo que don Rainer regresó a su país. Con el único que hablé luego de dejar el trabajo fue con Roger. Tomamos algunas cervezas y hablamos de cosas sin ninguna importancia. No mencionamos nada sobre las mujeres. 

La otra noche soñé de nuevo con el hotel. En el sueño caminaba por el pasillo. Todo estaba húmedo, como si hubiera estado sumergido por algún tiempo, parecía el pasillo de un barco hundido. En vez de alfombra, el piso estaba cubierto por una capa de algas. El pasillo estaba algo inclinado. Al fondo reconocí la escalera de caracol. Luego de subirla llegaba al altillo. En la pared más lejana estaba la ventana rota, delimitaba un espacio redondo y blanco, sin nada detrás, un espacio luminoso, fluorescente. No me acerqué a la ventana, no llegué ni al centro de la habitación, pero sentí, o creí sentir, lo que sucedía cuando uno cruzaba el marco. Eso, nada más.

 


 

 

Mauricio Murillo (La Paz, 1982) estudió Literatura en la Universidad Mayor de San Andrés donde también realizó una Maestría en Literatura Latinoamericana. Es docente en la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés y en la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”. En 2010 ganó el Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo con su relato “El torturador”. En 2011 publicó en Editorial El cuervo su primera novela: Los abismos posibles. Ha publicado cuentos en distintas antologías nacionales e internacionales.