RESEÑA

Los días felices

Por Germán Lerzo

 

Luego de su gran debut literario con Mi libro enterrado, Mauro Libertella vuelve con una novela de educación sobre los años confusos de la adolescencia, El invierno con mi generación, que lo confirma como una de las voces destacadas de la nueva narrativa argentina.

 

 

El invierno con mi generación
Mauro Libertella
Editorial Random House Mondadori, 2015

 


Los escritores suelen ser personas raras. Aunque eso no signifique que debamos evaluar su rareza como un defecto. A veces ese rasgo los vuelve interesantes, a otros metódicos, a otros impredecibles o geniales. Incluso puede hacer que algunos logren forjar un estilo personal en virtud de esa rareza. Sería por lo menos exagerado decir que todos escriben con un plan que quieren llevar adelante, porque muy pocos estarían dispuestos a admitir que siguen un programa. Se sabe que muchos de ellos tienen rituales y métodos que respetan a la hora de escribir ficción. Pero eso no los hace más programáticos que otros. Y en última instancia, si la obra en gestación de un escritor permite descubrir la sólida construcción de un proyecto narrativo, ese rasgo no hay que atribuirlo al azar sino a la sigilosa elaboración de un sistema que les confiere cierta legitimidad para ocupar un espacio merecido entre las voces de su generación. El caso de Mauro Libertella (México, 1983) bien podría ubicarse dentro de este grupo de jóvenes narradores: los que, acaso sin quererlo, emprendieron la tarea de entrar en la literatura con una idea bien clara: contar aquello que más conocen, su propia vida, sin fracasar en el intento. 

Si bien Mi libro enterrado (Mansalva, 2014) era la historia con la que se dio a conocer y en donde narraba los últimos días de su padre, el escritor Héctor Libertella, ese relato le permitió encontrar la inapelable lógica del género: “trayendo del pasado la historia del padre, aparece la voz del hijo en el presente” (pág. 66). En El invierno con mi generación, la reciente novela de Mauro Libertella, esa voz propia que buscaba comienza a tomar forma y consistencia en el relato fluido y elegante del final de una etapa, los años confusos de la adolescencia, según palabras del narrador. Y a pesar de que ninguna de sus dos obras publicadas sean estrictamente autobiografías, Mauro Libertella logró eludir las dos características que Paul de Man, en un artículo clásico sobre el tema, le atribuye a ese género tan esquivo a las definiciones: que la autobiografía siempre parece deshonrosa y autocomplaciente comparada con la tragedia, la épica o la poesía lírica (1). Para ser más precisos, El invierno con mi generación tiene todos los elementos de una novela de educación, no sólo porque es una historia sobre el aprendizaje, la amistad y la transición de una etapa de la vida a otra, sino porque hay rituales de iniciación que moldean definitivamente el temperamento de los personajes, en esos años vitales que van desde el final del colegio secundario hasta la incursión en la facultad, los primeros trabajos o la simple deriva. En las novelas de educación está el personaje que le enseña todo al narrador; ese personaje fue Iván para nosotros, se dice en las primeras páginas.

Así, Iván ocupa el lugar del guía y de la razón entre ese grupo reducido pero variado de cuatro adolescentes de clase media a fines de los noventa. Sin embargo, esta no es una novela sobre los años noventa. Al menos no es un relato que intente dar cuenta de esa época en términos históricos o sociales, porque hay apenas dos alusiones a ese contexto particular: cuando el narrador aclara que vivió con sus padres en Palermo antes de que se convirtiera en un barrio comercial o chic; y en el comienzo de la Segunda Parte de la novela, cuando todos terminaron el colegio y deben decidir su futuro luego de la crisis del 2001. Por eso la novela de Libertella es, si se quiere, una historia despolitizada. Esa dimensión no le interesa al narrador, acaso porque aquella crisis económica y social no fue definitoria para la burguesía porteña escolarizada o tal vez porque, sencillamente, no era relevante para la historia que quería contar.

En otras lecturas de esta novela, se ha notado cierta semejanza con Los años felices, de Sebastián Robles (Pánico el pánico, 2011). Sabiendo que todas las comparaciones son odiosas, reconozcamos al menos aquellos rasgos que diferencian a la novela de Mauro Libertella de la de Robles, que también es una gran historia de aprendizaje durante esos años. Solo que en la del primero este grupo de amigos se repliega en espacios cerrados, ya que el encierro permite “crear sociedades en miniatura” para celebrar rituales de iniciación (fumar marihuana, tener la primera experiencia sexual, charlar de diferentes temas, escuchar música, etc). En la novela de Robles, en cambio, los personajes siempre circulan y deambulan por espacios exteriores –entre la ciudad y el barrio de Villa Ballester, incluso Pinamar– porque la casa familiar clausura la posibilidad de la aventura. Y lo que en el relato de Libertella es apenas una reflexión precisa y necesaria de esos cambios que se produjeron por aquellos años al decir “fuimos la última generación analógica. Las nuestras son postales del mundo tres o cuatro segundos antes de volverse digital”, en la novela de Robles esos datos están presentes todo el tiempo, como un saber que le da legitimidad al relato, ya que esas transformaciones sociales también provocan cambios en la experiencia de los protagonistas: la privatización de los trenes hacía difícil colarse y viajar gratis; los cines de barrio se transformaron en iglesias evangelistas y para ver películas había que viajar a capital; las estaciones de servicio empezaron a tener minimercados, lo que las volvía espacios de socialización y consumo; las importaciones permitían que en toda casa hubiera un reproductor de láser disc y un teléfono inalámbrico; los locutorios proliferaban con la privatización de Entel, y comunicarse ya no era una odisea. 

En ambos casos, el dinero parece no ser un problema. Hacia el final de El invierno con mi generación se lee: “lo cierto es que no se veía a nadie trabajando; vivíamos, en líneas generales, del aire.” Y en Los años felices, cuando están de vacaciones en Pinamar, uno de los personajes paga la compra del supermercado con la extensión de la tarjeta de crédito del padre. Lo concreto es que estas ficciones que narran los años noventa desde el presente, tienden a desmentir el relato actual sobre esa década, como si un espejismo hipnótico creado ad hoc en ese momento hubiera impedido ver el trasfondo de esa realidad en la que todos parecen haber sido felices al atravesar la adolescencia en ese tiempo. De acuerdo con estas ficciones del presente, «estaba bueno» ser joven a fines de los noventa para esa generación nacida a fines de los 70 y principio de los 80, en la que coinciden narradores como Libertella, Robles y Maqueira (Electrónica, Interzona 2014), por nombrar algunos. Un párrafo de la segunda parte de El invierno con mi generación, sobre el contexto posterior a la crisis de 2001, tal vez sintetice esta idea: "El país estaba por caerse al piso y romperse en mil pedazos, estudiábamos carreras que no nos gustaban, teníamos trabajos dudosos y afuera hacía un frío asesino. Pero todo era genial."

En esta etapa de juventud que abarca la segunda parte de la novela es donde se narra el lento proceso de dispersión de los personajes, los infructuosos intentos en la Universidad y las primeras experiencias laborales, cuando los rituales ya pasan a ser otros: El Club del desayuno es reemplazado por La comunidad de la terraza, lo que significa que las charlas socráticas matinales en un McDonalds mutaron a conversaciones nocturnas bajo el efecto dulzón del porro en una terraza de la ciudad, donde se habla y reflexiona sobre diversos temas con un soundtrack variado sonando de fondo, distinto al que acompañaba las reuniones de la primera adolescencia. Hasta que el encierro impuesto de algún personaje, la búsqueda de oportunidades en el exterior y la responsabilidad del estudio los termina alejando de a poco. 

Ignoro si Mauro Libertella tenía un plan como narrador, pero si nos detenemos en una escena de Mi libro enterrado, ahí podemos encontrar una clave de interpretación. Hacia el final del relato, el narrador recuerda las palabras de su padre, cuando éste le explicó, alguna vez, la etimología del apellido: “Libertella quiere decir libro para la tierra."  Entonces el hijo, que estuvo elaborando con calma la intensa historia de su padre, que es también su propia historia, sostiene: Desde su muerte, entonces, Libertella vuelve a cero. Yo tendré que encontrar el modo de inventarle de nuevo un origen, un relato, para así regar todos los días, a mi modo, el libro para la tierra.” Si eso puede definirse como un plan, basta con la lectura de esta novela para constatar que lo está llevando a cabo con envidiable destreza. 

 

1Paul de Man. La autobiografía como desfiguración. Suplemento Anthropos, Nro. 29. Diciembre de 1991.