RESEÑA

Yo soy otro

Por Juan Maisonnave

 

Novela de dobles e impostores que se sitúa en la Alemania dividida y explora zonas de la identidad del pueblo judío, El lienzo es también un tratado histórico, sociológico y teológico escrito con envidiable soltura y ambición por un joven escritor alemán que trascurrió parte de su adolescencia del otro lado del muro.

 

 

El lienzo
Benjamin Stein
Adriana Hidalgo, 2015

Vidas paralelas

El interrogatorio en la sala para sospechosos del aeropuerto se extiende demasiado, con los efectos de una insidiosa sesión de terapia. Es el fin para el viajero/paciente, pero todavía no lo sabe. Vagamente asoman recuerdos de un tour hacia una mikvé, “aguas vivas” de los rituales judíos, piletas –naturales o no- a las que el creyente acude para la purificación espiritual a través de la inmersión, y en el caso de uno de los protagonistas de El lienzo, de Benjamin Stein, la hoya sagrada será escenario de un confuso episodio en el punto dramático más alto de la novela, donde ambas partes confluyen. Una cueva de azules aguas heladas en Moza, en las afueras de Jerusalén, cumple una doble función en esta historia también doble, la de portal a otra vida y encuentro de dos mundos. Independientes y complementarias a la vez, las dos partes -los dos mundos- de este libro son caras de una misma identidad que va construyéndose con pistas falsas y fe ciega en el relato que la transmite.

Y qué otra cosa es un editor sino alguien que confía ciegamente en las ficciones que publica. Una de las caras de El lienzo es Jan Wechsler –el interrogado-, quien dirige una pequeña editorial en Múnich y tuvo una educación sentimental acorde a su personalidad de intelectual judío moderno (Rilke, Orwell, Queneau, Mistral), con el condimento particular de haber vivido dentro de la zona delimitada por el muro conocida como RDA, la República Democrática Alemana, el “pequeño país”, como él lo llama. En las primeras páginas de esta parte, descubrirá algo que desafía lo lógica de los recuerdos y opera sobre los laberínticos corredores de la memoria: o él no es quien dice ser, o existe un doppelgänger suyo en el mundo que, llegado cierto momento, se dedicó a destruir impiadosamente a un farsante, alguien que publicó un libro haciéndose pasar por víctima de los campos de concentración, cuyo nombre es Minsky. 

Hay una paradoja bien explotada por Stein en que sea un editor quien se vea involucrado en un caso de dobles e impostores, porque de los límites entre la realidad y la ficción se ocupa a diario (“Nadie sabe mejor que yo que con todo relato la frontera entre realidad y ficción corre un meandro por el medio del lenguaje, camuflada, inefable; y móvil”). Convertido en personaje central de una trama paranoide, que culminará con el encuentro cara a cara con Ben-Or -el temible agente/psicólogo- interrogándolo sobre una muerte en el aeropuerto, Weschler analiza los momentos más vitales e influyentes de su pasado, como si allí pudiera hallar la respuesta a la pregunta que ahora lo acecha a cada paso –¿quién soy en realidad?-, y el racconto estará atravesado por las tensiones que marcaron una época, entre literatura y estado vigilante, entre un país partido y una comunidad en ruinas que ponía su nuevo horizonte en el flamante Estado de Israel. 

El editor en su laberinto evoca la Alemania dividida con una anécdota ilustrativa: pocos comercios contaban en ese entonces con el servicio de planchado a vapor, y la palabra que designa el planchado a vapor (Mangel en alemán) es la misma que para escasez. “De ese lugar es de donde vengo yo”, remata. Orwell, con 1984, le enseñó lo que era la traición. En la traición de los amantes, el editor no lo duda: está del lado del traidor. Secuelas de la Stasi: “no podemos poner las manos en el fuego sobre cómo actuaremos en circunstancias extremas”. Pero de ser así, ¿cómo no ponerse en el lugar de Minsky, aquel que falseó su pasado para comprender el presente y garantizarse un futuro? ¿Quién mejor que él, Wechsler, un editor, para admitir que lo único que podrá salvarnos es la ficción? No recuerda haber tomado partido en contra del impostor y a favor de los hechos. Todo recrea en él un ambiente de época haciendo aflorar un terror instalado en sus fibras íntimas que quizás niega: “el aceite en el engranaje de las dictaduras es el miedo de los ciudadanos”.

En el desdoblamiento, propio y ajeno (uno no se reconoce verdugo del otro; el otro fraguó datos biográficos ubicándose al lado de las víctimas del Tercer Reich, propagando la historia de un sufrimiento adulterado), al editor le toca visitar varios lugares de la memoria y es allí cuando la novela de Stein vertebra extraordinariamente la historia del pueblo judío luego de Auschwitz con la censura de ciertos libros, el espionaje (género de dobles por excelencia) en la extinta Alemania del Este y un estado de cosas que se parecía muchísimo a estar viviendo dentro de una ficción. De sus días de escuela: “Si uno miente, en cambio, deliberadamente y con la fuerza de persuasión de la creación estética, los alumnos aprenden la mentira de memoria y comienzan voluntariamente el día entonándola”. ¿Y los mitos fundantes de la religión judía? ¿No son, acaso, una forma persistente de ficción que se transmite por generaciones con la fuerza de una realidad incomprobable pero mil veces más viva que un agujero negro o un fotón? Stein –en la consciencia perturbada de Wechsler- nos recuerda que Masada, aquella histórica resistencia judía frente al ataque de los romanos de la que habla Flavio Josefo, fue en realidad un gran fraude pergeñado por las autoridades. Antes de ser asesinados por manos enemigas, y como los rebeldes creían que el suicidio era una deshonra (año 66 a.C.), escribieron sus nombres en trozos de arcilla y sortearon quiénes de entre los suyos debían matar a los otros, hasta que sólo quedaron 10 hombres. Entonces uno de ellos mató a los otros 9 y se suicidó, de ese modo sólo él cargaría con el peso del suicidio. En 1960, un ex militar de la Universidad Hebrea llamado Yigal Yadin fingió, en una expedición con supuesta base científica, haber encontrado pedazos de arcilla con los nombres que confirmaban definitivamente la versión. Wechsler reconoce que la posterior revelación del fraude no consiguió afectar el mito, como la falta de apego y fidelidad por los hechos jamás podrán afectar una buena ficción. “A mí esto me confirmó que la palabra escrita incluso a través de los siglos tiene más fuerza que cualquier prueba científica; o aun la ausencia de ella. Lo que cuenta finalmente es la historia narrada".

Vidas imaginarias



La parte del impostor –un tal Minsky, circunspecto y sensible luthier especialista en violines a quien los padres rescataron de un orfanato- sí cuenta con un psicólogo licenciado (pero nada tradicional): Ammon Zichroni. Es el nombre de la otra entrada o parte de El lienzo, y puede leerse como una novela de iniciación en la cual un joven traiciona la rigurosa observancia familiar del Talmud y la Torá para codearse con Freud, Jung, Dorian Grey y la Yeshuvá University de Nueva York. Pero no se trata solamente del crecimiento intelectual y espiritual de un ciudadano neoyorquino judío con futuro promisorio, porque Ammon es mucho más que eso. Posee un poder sobrenatural, como un superhéroe. Al contacto con las personas, como una especie de chamán involuntario, puede no sólo entrar a sus recuerdos sino experimentar con total nitidez las exactas sensaciones que vivieron. En el conflicto ético y existencial que suscita detentar esta indiscreta capacidad y los usos que puede darle, transcurre gran parte de esta novela dentro de la novela. Hasta que un día conoce a Minsky y, por medio de hipnosis y terapias alternativas, de alguna manera lo conduce a escribir sus falsas memorias. 

“Nuestros recuerdos son lo que hacen de nosotros los que somos”. Como analista su objetivo es peligroso pero sincero: convertirse en un lienzo sobre el que los pacientes puedan recordar y resignificar los recuerdos para convivir con su pasado. En el psicoanálisis, dice Ammon, “yo no veía nada menos que la natural relación entre arte y curación.” El don, como sucede en fábulas y tragedias, es la causa de su perdición. Trabada la rivalidad mortal entre Minski (impostor) y Wechsler (que lo desenmascara pero no parece recordarlo, en un complejo juego de espejos entre voluntad, memoria y olvido), Ammon es llamado a terciar. Bajo la fachada de viaje de turismo, Wechsler sale en busca de redención y así es como termina en Moza, al borde de una hoya de agua helada con la esperanza de renacer (“si se siente como recién nacido también debe sentirse como la muerte”). Ammon es su guía, su confidente, su secreto enemigo.

Uno y el universo

“Muchas cosas no estaban claras y siguieron estando confusas. Eso nunca lo negó. Para él su vida, así me lo describió cuando estábamos regresando de Polonia, era como un lienzo, como un gigantesco cuadro falsificado. Él lo que hacía era ir sacando el color para llegar a la capa de imprimación, esos primeros cinco años de su vida sobre los que había pintado encima toscamente” (con la mentira de su paso por los campos de concentración). El caso real fue utilizado por Javier Cercas en su novela El impostor, donde narra la historia de Enric Marco, un sindicalista español que se fabricó un pasado como prisionero de los nazis en Mauthausen. Hay otros casos igual de interesantes: es recomendable el documental The Woman Who Wasn't There, sobre Alicia Steve Head, quien afirmó haber perdido a su pareja en el 9/11, convirtiéndose en integrante de la red de sobrevivientes del World Trade Center en 2004. Luego se comprobó que Tania Head, así la conocían en el círculo de familiares de las víctimas, ni siquiera vivía en Nueva York para el 2001, sino en Barcelona, de donde era oriunda. 

Benjamin Stein no se quedó con la fascinación que ejerce el estafador hábil, capaz de sostener una doble vida, pública y privada (Tania Head solía hablar de su perro con gran afecto, hasta que una compañera de trabajo, cansada de no poder acariciarlo cada vez que iba a visitarla, le preguntó si realmente tenía uno, cosa que tampoco era real). Este alemán nacido en Berlín Oriental en 1970 escribió un libro sobre judaísmo con honestidad y sensibilidad contemporánea, donde indaga en los puntos de coincidencia con otras doctrinas orientales (por ejemplo, la transmigración de las almas: en las “ratas con alas”, como se llama a las palomas, vuela el alma de los justos) y en el clima imperante dentro de la colectividad después del Holocausto (es decir, cómo era ser judío en Alemania después de 1945). El lienzo también es un libro sobre el arte de la autobiografía apócrifa, sobre los modos en que la ficción construye su verdad a partir de falseamientos e imposturas (como lo hace la religión), moldeando lo real con la única finalidad del goce estético. Finalmente, es una novela que habla de los contornos difusos de la identidad, determinada por elementos aleatorios que orbitaron alrededor del yo (un libro, un muro) como átomos de una materia muy inestable. En ciertas (extremas) circunstancias, parece decir Stein, sumergirse en uno mismo puede ser tan revelador como terrorífico.