RESEÑA

El nadador

En la última novela del brasilero Daniel Galera, Barba empapada de sangre, un profesor de educación física se instala en un pueblo de pescadores para desentrañar la desaparición de su abuelo. La trama combina filosofía del cuerpo, misterio y un ritmo personal de evasión.


Por Juan Maisonnave
 




En un reciente encuentro entre David Lynch y Patti Smith que toma la caprichosa forma de entrevista (de ella hacia él), la cantante y escritora cuenta que mientras estaba de gira, su vecino, ante la ausencia de la artista y por lo visto alarmado por el crecimiento incontrolable del jardín delantero de la casa de al lado, quiso hacerle un favor y decidió motu proprio cortárselo al ras, acaso porque alteraba la simetría tan característica del suburbio norteamericano. Para la ex poeta del punk (hoy conmovida con el Papa tercermundista), el suceso condensaría el horror que se desprende de la normalidad, ese mismo horror que late en tantos fotogramas de Twin Peaks, por ejemplo. 

Conocida y prolífica vertiente del realismo, la del pueblo chico: el ámbito pueblerino, suburbano o rural como normalidad alienante y siniestra convoca los nombres consagrados habituales (Flannery O'Connor, Cheever), pero también, para citar muy arbitrariamente dos en nuestro siglo y país, “Flores nuevas”, de Federico Falco, y “El colectivo”, de Eugenia Almeida. En Barba empapada de sangre la versión del infierno grande que se nos ofrece es la de la playa fuera de temporada. Última obra del brasileño Daniel Galera (San Pablo, 1979) -segunda novela que llega a la Argentina luego del gran debut con Manos de caballo-, Barba… sitúa a un profesor de educación física treintañero, nadador y participante de triatlones, en Garopaba, pueblito pesquero en el que se interna voluntariamente para resolver un misterio, asediar una muerte, atar un cabo suelto que lo persigue con la fuerza de las pesadillas y define el sentido último de su aislamiento. 

Desde las primeras páginas está claro que la búsqueda será a su vez la manera de transitar los contornos sinuosos del pueblo, sus anacrónicos y esforzados pescadores, sus vecinos (a veces, bastante parecidos al de Patti Smith), la ética de los surfistas, todos ellos posibles enemigos, cómplices de los verdugos, encubridores de un misterio que le da fuerza al relato y Galera va despuntando calculada y morosamente. 

El abandono amoroso sirve de disparador para ir tras los pasos de quien al parecer abandonó esta tierra y una familia hace muchos años atrás. El abuelo del joven profesor de educación física, desaparecido de Garopaba en forma abrupta, irresuelta, es el enigma policial, el MacGuffin que mantiene en vilo la lectura pero es demorado todo el tiempo mientras transcurre el devenir del pueblo entre fiestas, amores de verano, la llegada del circo, amistades nuevas, un poco de new age y entrenamientos natatorios.

Quizá lo más atractivo de Barba empapada de sangre sea un extraño cruce entre vitalidad expuesta, disfrutada y compartida, y la más absoluta soledad: el valor del ejercicio físico, en cualquiera de sus variantes, es menos un aporte a las tan de moda prácticas saludables urbanas –runners, CrossFit- que una especie de filosofía del cuerpo y un ritmo personal de evasión, que sólo en contadas ocasiones es propicio para acercarse de verdad a los demás. Por otra parte, la famosa casa frente al mar no es fuente de inspiración, ni plataforma para escribir una novela, sino un sitio que sirve para escaparse de una traición (lo que el protagonista ve como traición) y adentrarse en el enigma que, más que ayudarlo a olvidar, lo hará sentirse vivo de nuevo. La actividad física salva tanto como condena, y el cuerpo siempre pasa factura a esa compulsión que muchas veces se resuelve zambulléndose en el mar, teatro de operaciones para todo tipo de batallas solitarias: la de los pescadores, la del personaje, la de una tormenta alucinante.


Manos de caballo
era una novela obsesiva, que tomaba ciertos riesgos y en el comienzo parecía un manual de instrucciones para ciclistas, con un fraseo trepidante en sintonía con la velocidad del desplazamiento, construida desde fragmentos titulados que tomaban distintos puntos de vista a partir de los cuales se iba desenrollando la trama. En ese sentido, Barba empapada de sangre está alejada de cualquier tipo de fragmentación y, pese a que Galera opta nuevamente por el tiempo presente y la obsesión milimétrica para ciertas descripciones, el ritmo narrativo es algo lento, por momentos tirando a farragoso (notas al pie que el autor parece olvidar promediando menos de la mitad del libro, como si lo hubiera poseído el espíritu de Foster Wallace). La proliferación de personajes e historias laterales, los capítulos extensos logran sólo de a ratos sumar capas de sentido a la narración, y quizás en el momento culmine de la gesta existencial del nadador, el que ya esté con la lengua afuera sea el siempre sedentario lector.