CINE CLÁSICO

El sabio y las gentes de pueblo

Straw dogs de Sam Peckinpah cuenta la adaptación de un matrimonio cosmopolita a un pueblo rural donde la escalada de violencia y tensión sexual vuelve a los habitantes de la aldea en la representación de lo brutal y primitivo, como una pequeña Gomorra.


Por Jorge Mayer
 



A 43 años de su estreno el visionado de Straw Dogs todavía supone una experiencia perturbadora. A lo largo de este tiempo no han sido pocas las piezas cinematográficas que han pretendido, con mayor o menor fortuna, explorar el costado más animal de la condición humana. Sin embargo, la obra de Sam Peckinpah, a través de una eficaz combinación de sexo y violencia, ha conservado su capacidad de impacto y esa contundencia le ha valido un merecido sitial entre los clásicos de todos los tiempos.

Con Straw Dogs, Peckinpah realiza su primer trabajo fuera de Estados Unidos y, al mismo tiempo, toma distancia del mundo del western. Sin embargo, a poco de observar la batería de elementos que la película despliega, se verifica que ese alejamiento es apenas significativo. Se cuenta la historia de los Sumner, David y Amy (Dustin Hoffman y Susan George), el matrimonio de un matemático de carácter apocado y una atractiva joven inglesa, que huye del clima social enrarecido de los Estados Unidos a finales de los años '60. El destino escogido es el pueblo natal de Amy, una pequeña comunidad rural en el norte de Inglaterra, donde David planea terminar las investigaciones para un libro.

A poco de llegar, en el trámite mismo de acondicionar su nueva casa, los Sumner ven que su retiro idílico no será tal. El puñado de hombres que trabaja en la reparación de un techo se comporta de un modo hostil, rozando lo agresivo, que deja en claro que el americano no es bienvenido. Mientras David se abstrae, se aferra al modo de vida que ha aprendido, su esposa, vuelta al pueblo que la vio crecer, adopta una actitud llanamente provocativa para con los hombres. Hija de los años de la liberación femenina, se viste de manera sugerente y se prodiga en coqueteos que parecen señalar insatisfacción sexual.





Que David Sumner sea matemático no resulta un elemento casual. Peckinpah enfrenta a la cumbre del pensamiento abstracto con el barro de lo real, la sofisticación contra lo rústico, lo primitivo. La beca de investigación, la escritura del libro, el celo con que monta su estudio, son una trinchera, el modo que ha encontrado para evadirse de un entorno violento: en su país, por la guerra de Vietnam y la elevada conflictividad social; en su nuevo domicilio, por la barbarie de la comunidad que lo rodea. Hasta su mujer parece creer eso, de allí que se esmere por llamar su atención. Lo que al principio parecen pequeñas travesuras puestas al servicio del romance, de recuperar el interés de su marido, son -finalmente- el comienzo de una escalada de hostilidades que ponen al matrimonio en crisis.

Tal vez toda la película pueda leerse según la pista que Deleuze y Guattari sembraron en Mil Mesetas: nunca hay un solo lobo, siempre se trata de una manada. Peckinpah describe la comunidad convertida en manada en tres escenarios: los changarines trabajando en la reparación del techo, el bar en el que se reúnen a beber copiosamente, una gala de beneficencia que encorseta las conductas en aras de una cierta mundanidad. Sin embargo, y más allá de las apariencias, el retrato del pueblo es destemplado: sadismo, crueldad, misoginia, alcoholismo, dan idea de una pequeña Gomorra.



David Sumner no integra la manada. Por cortesía, acaso por temor, accede, no sin reticencias, a aceptar alguna de sus conductas pero está en un sitio que no le pertenece. La manada juega a rechazarlo, se burla de él, le impone condiciones gravosas. A estos efectos, hasta el pastor anglicano se convierte en un elemento funcional a la manada y tropieza con la fiereza de Sumner, que en todo momento se siente diferente, superior. En suma, se trata de un elemento extraño, venido de otro país, de la modernidad, al cabo poseedor del botín sexual llamado Amy, al que los lugareños consideran un bien propio. Toda la acción ocurre al calor de la puja por ese bien escaso.

A su vez, cuando la amenaza adquiere una dimensión mayúscula y Sumner ve peligrar su propia vida, reacciona y lo hace de la única manera posible: a través de la violencia. El tipo tímido, pacífico, casi cobarde, sufre una rotunda transformación. Un nuevo lobo ha tomado la jefatura de su manada y está resuelto a conservar lo suyo a como dé lugar. Nuestra moral de espectadores se ve comprometida y eso es precisamente el elemento irritante de la película: el asedio feroz a la casa de los Sumner nos interpela: ¿Qué haríamos nosotros en los zapatos del matemático?

A excepción del paisaje, Straw Dogs lo tiene todo para ser un western: el forastero prófugo, el parlamentarismo salvaje de un bar donde se bebe demasiado, un personaje que representa la ley, a cuyas espaldas los malandras obran con absoluta impunidad. La supremacía ha de resolverse mediante un combate que está planteado desde el principio. E incluso abunda en destratos a la figura de las mujeres, a las que relega a la condición de objeto sexual u ornamento. Peckinpah impone un tono deliberadamente seco, el que, asociado con un montaje frenético, no da tregua en ningún momento. No hay pausas para el humor o la reflexión. Todo en Straw Dogs conduce a la desesperación, a un estado febril de la conciencia.

La película es una adaptación de la novela The Sieg of Trencher's Farm, de Gordon M. Williams. Sin embargo Peckinpah se desmarca de ese título y toma prestada una cita del Tao: "El sabio no tiene benevolencia; para él las gentes del pueblo son perros de paja". En la Antigua China los perros de paja eran muñecos que se utilizaban en rituales para celebrar a los dioses. Terminado el ritual, se los pisoteaba y se los abandonaba. Después de Straw Dogs podemos afirmar que tampoco hay en Peckinpah una pizca de benevolencia.