CRÍTICA



El último Elvis,
de Armando Bo (nieto)


Por Román Setton

¡Nómbrame un animal cuya destreza sea tanta que yo no sea
capaz de imitarlo! –dijo el mono al zorro, con jactancia.
El zorro, sin embargo, repuso:

–Y tú, nómbrame a un animal tan desdeñable al que
se le pueda siquiera ocurrir imitarte.

¡Escritores de mi nación!, ¿debo acaso expresarme con mayor claridad? 

Gotthold Ephraim Lessing, “El mono y el zorro”.



El último Elvis es probablemente la película más contemporánea del cine argentino del 2012: y es la película más contemporánea quizá en dos sentidos, 1) la más actual, en la medida en que es una película cuyo protagonista es un fan y no ya una estrella, ni una estrella caída, como sucedía con Pajarito Gómez en los años 60 o con Soñar, soñar en la década de 1970. No, El último Elvis toma como centro de la acción la vida de un fan de Elvis, del mismo modo que El Fan (Mariano de la Canal, que se hizo conocido en principio como el fan de Wanda Nara) tomó recientemente la centralidad del espacio televisivo y pasó a tener mayor visibilidad que la propia Wanda (una chica sencilla que logró, según las promesas del cine en sus comienzos, instalarse en el centro de la pantalla). Pero también es una película contemporánea en otro sentido; 2) en un sentido más tradicional de contemporáneo y en la medida en que se puede utilizar “contemporáneo” como una categoría histórica, en el sentido en que se suele considerar a Nietzsche un filósofo contemporáneo, que se distancia claramente de los parámetros de la filosofía moderna y cuyos textos tienen características que reconocemos como propias de una etapa del pensamiento y de la cultura (entre ellas, el hecho de que se enuncie desde un uso particular del nombre propio). 

En este sentido, la película se interroga por la identidad de un modo que pareciera ser el producto de una conjunción entre un elemento muy propio de nuestra época y otros interrogantes más amplios de carácter histórico. La película narra la vida cotidiana de Carlos Gutiérrez, un obrero que vive en el centro de Avellaneda, trabaja en una fábrica y es, visto desde una perspectiva externa, un imitador patológico de Elvis. Mira exclusiva y compulsivamente conciertos de Elvis, llama Priscila a su ex mujer, afirma ser el propio Elvis, e imita a Elvis en shows ocasionales con sostenido virtuosismo.

Hay también otro elemento que hace la película inminentemente actual y es el elemento documental. La idea original era hacer una película de ficción que tomara por base, en parte, la vida de John McInerny, un arquitecto platense que es un imitador de Elvis y tiene una banda llamada Elvis Vive. Como en el casting no lograron dar con un actor que lograra satisfacer al director terminaron por utilizar –¡oh sorpresa!– al propio John McInerny para encarnar a Carlos Gutiérrez. El arquitecto platense con un destino de clase media (probablemente media alta) y con sueños de rockstar terminó por encarnar al obrero de Avellaneda con un destino de clase media (probablemente media baja) con sueños de rockstar. Se trata en ambos casos de personajes pequeños con grandes aspiraciones, de superposiciones de identidades de diferentes magnitudes, y con diferentes modos de distanciarse de la propia identidad.

Se trata también probable y fundamentalmente del ingreso de la vida en el cine, del hecho de que en el cine actual cualquier elemento ajeno al cine pueda ser incluido dentro de una película, como lo muestra Tarnation (Jonathan Caouette, 2003) o Papirosen (Gastón Solnicki, 2011), y como ya sucede hace rato con la televisión, la caja infinita que comprende la totalidad de la vida y probablemente más.

Se trata también de la muy sana pérdida del aura en el cine y en la actualidad en general. Platón se quejaba de que la mímesis artística era imitación de imitación, que importaba por lo tanto una degradación en el orden del ser. Con una metafísica materialista, Marcelo Hugo Tinelli nos cambia felizmente las grandes estrellas por Wanda Nara, y a Wanda Nara por su fan.

Sin embargo, la película tiene una suerte de giro idealista hacia el final, Carlos Gutiérrez viaja a Memphis a la casa de Elvis. Gutiérrez toma una decisión postergada, se encierra en su casa y toma unas pastillas: toda la acción comienza a discurrir con una lógica onírica, sin que ningún obstáculo se interponga entre los sueños de Gutiérrez y los sucesos. De este modo, se toma un avión, luego un taxi, recorre las autopistas de Memphis hacia la casa de Elvis –y estas autopistas y los carteles recuerdan de manera inequívoca a la Panamericana, y las calles de Memphis son iguales a las de Avellaneda–, entra a la casa de Elvis, ahora convertida en museo, y logra permanecer allí después del cierre, deslizándose por fuera del camino permitido al visitante. Allí se suicida imitando la muerte del Rey. Y la imagen de la casa de Elvis es finalmente la imagen de la casa de Gutiérrez en Avellaneda. En ese mundo de suplantaciones, Memphis es igual a Avellaneda y la muerte de Carlos Gutiérrez es la muerte de Elvis, y el camp que nos presenta Armando Bo (nieto) es como el camp de Armando Bo y Sarli, pero un poco más pretencioso y logrado.