RESEÑA

En el café de la juventud perdida   

Analizamos una novela de Patrick Modiano, último Premio Nobel de Literatura, en la que el autor explora la reconstrucción del pasado desde un presente que sólo existe como soporte de la escritura.


Por Daniel Fara
 



A pesar de haber recibido el Premio Nobel de Literatura, 2014, Patrick Modiano es un escritor extraordinario. No es frecuente pero ocurre. Faulkner y Kenzaburo Öe, por ejemplo, también fueron premiados.

A veces malgastamos, en autores soberbios, encubiertos por el tópico de la falsa modestia, la expresión "de bajo perfil". En el caso de Modiano, de su obra, no hay calificación que cuadre mejor. En sus treinta novelas se mantiene un despojamiento verdadero, entendiendo por tal al alejamiento de cualquier moda, de toda estridencia, pero también de la experimentación y del menosprecio del lector. Nada hay en esa vasta obra que impida la inmediata y profunda comunicación entre narrador y narratario, nada que se quede por el camino en cuanto a captar el interés y mantenerlo hasta el final.

Siempre, de alguna forma, Modiano nos habla de la memoria y el olvido, de la reconstrucción del pasado, de la instalación de ese pasado en un presente que existe sólo como soporte de la escritura. Ya nada ocurre ni va a ocurrir, es la idea, el hoy sirve exclusivamente para introducir una distancia, una perspectiva.

En el café de la juventud perdida*, el mítico Café Le Condé (en París, en las inmediaciones del teatro L'Odeón. Rive Gauche, bohemia, barrio Latino) es punto de convergencia y luego de irradiación para un relato que cambia de narrador pero encuentra una extraña continuidad pese a la variedad de perspectivas de quienes lo van retomando. Louki -según se bautiza en Le Condé a Jaqueline Delanque- es una joven que aporta al lugar un misterio sin estridencias, propio de su manera de ser, pero al mismo tiempo sugestivo para varios personajes que indagan en su breve pasado. La propia jovencita es un misterio para sí misma y así lo expresa cuando le toca a ella relatar.

Separado del aura que le confieren la nostalgia y la curiosidad de quienes recorren paisajes espaciales y temporales para saber algo más sobre él (y sobre ella), el pasado de Louki resultará simple, banal inclusive, para los que arriesgaron conjeturas mágicas, pero a la vez terriblemente complejo en cuanto a que equivale a una alternancia de encierros y fugas, de apercepciones y vinculaciones azarosas con la gente y los lugares, instalados en un mito de origen que nadie podrá explicar porque cada narrador ignora lo que sabe el otro. Le queda al lector la tarea de armar algo con los fragmentos o coincidir, sin más, con el misterio de lo incompleto que, en definitiva, resulta ser la clave de toda vida.

La acción transcurre, evocada desde el presente, entre los 50 y los 60, una época en la que Le Condé conjuga decadentismo y decadencia: ya no se reúnen allí los adeptos a Tzara ni los surrealistas de primera hora, pero sus fantasmas ocupan el tiempo y la voluntad tributaria de estudiantes y artistas oscuros (u oscurecidos), algunos tomados de la realidad -si es que para Modiano existe algo que podamos llamar con ese nombre- como Arthur Adamov,  Maurice Raphaël y Guy Debord, una de cuyas frases encabeza como epígrafe la novela e inclusive le da título: "A mitad del camino de la verdadera vida, nos rodeaba una adusta melancolía, que expresaron tantas palabras burlonas y tristes, en el café de la juventud perdida",

"No era de verdad yo misma, salvo mientras escapaba..." expresa Louki cuando le toca relatar. Su historia, su pasar de una huida a un encierro y de ahí a una nueva fuga, es también la de ese grupo de personas que recorren sonámbulas el laberinto de callecitas vecinas al Café, proyectando sobre ellas no tanto la imagen que tuvieron alguna vez sino el aspecto mágico, literarizado, que desde su presente vacío desean ver, aun a costa de muchos desgarramientos y desilusiones.     

 

*1 Modiano, P. (2007) En el café de la juventud perdida, Buenos Aires, Ediciones La Página, 2013. Luego de que Modiano recibiera el Nöbel, Anagrama lo relanzó.