POESÍA

En el nombre de la madre

Corinne es un libro sobre la forma de interrogar la muerte, al mismo tiempo que compone un delicado equilibrio entre lo que se va de la hija y lo que permanece de la madre ausente. 

 

Por Ariel Idez

 

Corinne,
Florencia Abadi
Alción Editora, 2014

 

¿Cómo vivir la muerte de la madre? Creo que esta es la pregunta imposible a la que Florencia Abadi da respuesta con la forma de un libro. Sería equivocado afirmar que en Corinne se transita un duelo porque no se trata de aceptar a la muerte, de procesarla, sino de interrogarla, de confrontarla, de acecharla.

 

Este es un libro para leer de un tirón, de principio a fin, varias veces. Los poemas que lo integran no dialogan entre sí; están eslabonados, unidos por el silencio que sobreviene en el blanco de la página entre el final de uno y el principio del otro.

 

En la religión judía cuando los hijos entierran a los padres, tienen que tajear una prenda de ropa que llevan puesta, para simbolizar el desgarro. En Corinne, en cambio, el ritual es otro: la hija se prueba la ropa de la madre, se calza sus zapatos para sentir su propio pie en la forma de aquel pie, “le roba la muerte a la madre, para abrigarse con ella”.

 

Algo de la hija se va con la madre, pero al mismo tiempo algo de la madre se conserva encarnado en la hija “Es el cuerpo lo que se extraña, no las palabras”, escribe Florencia Abadi. La cintura de la hija entallada en el vestido de la madre, su pie calzado en la horma del zapato, un gesto, idéntico, que anuncia el llanto. El poema señala estos rastros: hay un cálculo infinitesimal, un delicado equilibrio entre lo que se va de la hija y lo que permanece de la madre.

 

Podríamos decir, también, que Corinne es un libro sobre la muerte de una madre. Pero la muerte se nombra para ausentarla. La madre habita en los sueños, en los gestos, en los recuerdos, en las señales, es la imagen de la madre muerta la que no se integra en el collage. Corinne es, entonces, un libro sobre la vida de la madre, un libro sobre la forma en que una madre habita a su hija, un libro sobre la forma en que una hija no aprende a despedir sino a hospedar a su madre.

 

Se suele decir “plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro”. En esa serie, la pregunta acerca de por qué escribir un nuevo libro se confronta con la misma duda y el mismo agobio de por qué traer un hijo al mundo ¡si ya hay tantos! Sin embargo, los hijos nacen y los libros se publican y el motivo podría ser el mismo: para sobrevivir. Sobre-vivir, es decir, vivir encima, más allá de la vida. El libro nos recuerda, el hijo nos continúa. En este libro de Florencia Abadi se evoca la hija y vive para siempre la madre.

Ofrecemos una selección de Corinne de Florencia Abadi* 

 

I

 

Qué dirá el primer poema que escriba

ahora que murió mamá.

 

Ese libro envejeció en un instante,

la voz de mi hermana en el teléfono.

 

Antes no estaba tan lejos el pasado.

 

V

 

Estuve probándome tu ropa

la remera color salmón, la de cuello celeste, la japonesa

conservan               

la forma de tu cintura,

grabada sólo a medias

en la mía.

 

Estuve mirándome

en el espejo

estuve probándome

tu cintura, 

 

todavía no quise tocar los zapatos.

 

VII

 

Viene rasgada ahora

la felicidad

 

resiste.

 

IX

 

Yo uso tus zapatos

me gusta 

mi pie en la forma de tu pie.

 

Sara dice que no puede ponerse los zapatos de otro,

siente que se mete en su camino

que lo violenta

 

cuando se ponía las chinelas de la hermana, para salir al patio nomás,

era como si le robara la vida.

 

Ella también les saca fotos antes de tirarlos

no podíamos creer la coincidencia.

 

Pero meterme en tu camino

me gusta

y si lo violento

si te robo la muerte

voy a caminar con ella

abrigándome los pies.

 

XII

 

Cuando llegabas 

el ruido de la puerta

yo saltaba con ese ruido.

 

Es el cuerpo lo que se extraña, no las palabras.

 

XIII

 

Necesito saber si los demás también te ven.

 

Te acercabas hasta pisarme

y me pedías disculpas

es distinta la visión, la distancia, me explicaste.

Me contaste que los muertos 

hablan todos los idiomas.

Dijiste algo en ruso, en portugués,

sin querer, como confundida.

Sólo hablar

no leer ni escribir,

todas las lenguas con la lengua. Un prodigio.

De pronto advertí que había un dálmata,

te acompañaba.

Y al instante otro

y otro, y otro más.

Cuatro dálmatas te escoltaban. 

Uno por cada uno 

de nosotros.

Acaricié al más grande durante un rato. Mientras

un chico te miraba. Era claro que podía verte.

 

 

XV

 

No vi mi gesto

pero lo sentí en la cara

fue un segundo

como si viera el de ella

la mueca idéntica, su nariz

para un costado.

 

La tengo ahí

en el gesto inicial del llanto.

 

 

XVIII

 

Ayer de nuevo

te oculté que estabas muerta

pero esta vez yo quería decírtelo

estaba enojada con vos

un odio que me reventaba la cara

¿le digo?, le preguntaba a papá.

 

Te salvó él,

que su terror me despertara.

 

 

XXVII

 

El talón

el olvido se acumula ahí

como si caminar fuera consentir

a cada paso

tu viaje.

 

 

XXXII

 

Ellos tapaban los muertos con piedras

para que el alma no se escapara.

Con qué podría tapar yo 

el sobresalto del teléfono

la mordedura

para que no se escape

el miedo que te recuerda.

Anoche sonó el teléfono 

y no sentí nada.

 

*Florencia Abadi nació en septiembre de 1979 en Buenos Aires. Publicó los libros de poemas Malaluz (Persé, 2001), Otro jardín (Bajo la luna, 2009) y Corinne (Alción, 2014). Poemas suyos fueron traducidos al alemán, al inglés y al portugués. Es docente de Estética en la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Conicet.