RESEÑA

Enchufe de tres patas

Electrónica intenta ser una radiografía ácida de la generación que vivió los 90 con desenfreno, y hoy sufre la angustia de no sentirse joven. Pero algunos problemas formales y cierta moral pacata hacen dudar de la distancia crítica que se propone. 

 

Por Horacio Mohando
@ladraqueperro

 

 



Electrónica 
Enzo Maqueira
Interzona, 2014


I.   La protagonista, la profesora, descubre que hoy en día tener treinta y pico es ser viejo. Se da cuenta que la juventud se ataca a sí misma convencida de que el tiempo pasa rápido. El ayudante de la ilusión de velocidad es el registro continuo a lo Facebook, sin intención histórica. Por el contrario, nada mejor que postear algo para que desaparezca, inmediatamente. En alguna tarde antropológica uno mismo revisa su perfil y descubre que al paso del tiempo se suma la acumulación de pasado. Se envejece más que nada por eso, por la interminable suma de recuerdos, por todo lo que pasó. No por nada se nos hizo frágil de memoria, era para mantenernos. Pero no contentos con eso pusimos la tecnología al servicio de la acumulación, trescientas fotos digitales de eventos que duran media hora. Pero toda esa basura no le interesa a nadie. Mucho menos al pendejo que te calienta, descubre la profesora. En este contexto, tomando como guía la pacata y disfrazada moral de Electrónica, se puede concluir que todo el tiempo ocupado en brillar, en excitarse y en drogarse quita fuerza a la capacidad de madurar. Por eso la tristeza de la profesora es vueltera, repetitiva, adolescencia sin gloria, desubicada en un cuerpo que en breve cumplirá cuarenta. Lo cual, como intención de relato, es noble. Pero que el resultado de ese propósito sea literatura pajera, de esa que hace eyacular solo a su autor, no. Aún en las descripciones de descenso, de círculos viciosos, de llanuras o de inmovilidad de cualquier tipo, se hacen necesarios los escalones, el ir hacia arriba, hacia la inteligencia, incluso la vieja y clásica acumulación previa al estallido. En todo caso, si el fin último es la reproducción de la imagen lo mejor siguen siendo los espejos, nunca escribir un libro.  

II. Si fuiste alumno de taller literario sabés que alguno de tus compañeros, o tal vez vos mismo, en algún momento va a caer en la trampa de escribir un cuento, un relato, en segunda persona. Si el profesor es bueno, o si tuviste suerte y hay un alumno inteligente, va a preguntar por qué. El autor, no sin cierta desesperación, va a responder cualquier cosa. Ninguna tendrá fundamento. El versero con recursos la puede llegar a pilotear argumentando que es una rebelión contra la “literatura del yo”, como si nadie supiera que cuando alguien habla de otro lo único que le importa es ser el centro y que lo escuchen. Como colaboración se podría llegar a argumentar que contarle a alguien su propia vida, sin ninguna intención psiconanalítica, aporta un cambio de encuadre, un corrimiento necesario  para entender qué fue lo que pasó y por qué hoy, acá en el presente, se está donde se está. No es lo que pasa en Electrónica. Te cuento lo que ya sabes, sin interpelación, sin agregar ninguna capa más que la sensorial básica, la del chisme o la liviandad. O lo que es peor, te la cuenta así para darle un giro al guión a pocas páginas del final, para que el lector abra la boca deslumbrado por la (supuesta) inteligencia de un autor, porque le da la nunca adivinada respuesta a una pregunta que, en realidad, nunca se hizo. El narrador le hablará a la profesora con frases tales como “Cada chongo que pasa por tu cama es una aplicación nueva para el celular que tenés en tu cabeza” o “el enamoramiento era surfear las olas de un mar que siempre reventaba contra un paredón”. De nuevo aquí podría esgrimirse la defensa de que es el personaje el que habla, que así está construido como botón de muestra de la generación pasada. ¿Por qué entonces no queda clara la distancia? ¿Por qué se sospecha todo el tiempo de que hay cierta intención declamatoria y pretenciosa en la construcción de las frases? Hay, es cierto, cierta fluidez amable para el lector, algún que otro hallazgo descriptivo y una brillante estrella secundaria: el Ninja, amigo de la profesora, que dice que algo que le pasó era como jugar a la ruleta rusa con el culo. 

III.  Es comprensible que el autor y que la editorial quieran que su libro se venda. Y que en ese afán se pongan llamadores, señales de atención en la cubierta, en la tapa. En este caso, desde la contratapa, Washington Cucurto afirma que “No es solo un folletín de amor entre docentes y universitarios a principios del siglo XXI: es una burla y una crítica letal”. No pareciera haber el odio suficiente en el registro en el que está escrito Electrónica para llegar a la misma conclusión que el autor de Cosa de Negros. En el siguiente párrafo hace referencia a que se habla de “una nueva camada de escritores argentinos” que nadie lee. Además le agrega el adjetivo “irreconocibles” para destacar a Maqueira. No es que a este autor le falten méritos para sobresalir. Pero si es la cronología la base de lo afirmado, en el contraargumento se puede mencionar, en una injusta lista, el registro sensible de Sebastián Robles, la inteligencia de Mavrakis, tal vez al calculado salvajismo de Terranova. Y a Harwicz. Y a Busqued. A Havillio y Larraquy. En este contexto se hace difícil sostener que Maqueira es el único que sabe qué escribir y cómo. Incluso entre los autores argentinos el tener demasiado claro qué escribir puede ser todo un problema. Cabe incluso preguntarse qué tan valido es definir una generación en términos literarios basándose en la década en qué nacieron sus autores. Habría que considerar mejor qué lee cada bloque, teniendo en cuenta a esos muchos libros, varios de autores muertos, que tienen una juventud larga y envidiable. 

Tal vez sea una amistad que desconozco lo que hizo que Cucurto escribiera semejantes afirmaciones. Pero ningún tipo de amor debe ser obstáculo del espíritu analítico. Se puede ser hasta la madre de un autor y hablar con justicia de los méritos de su obra. Como escribió ese gran lector que fue Roberto Bazlen, tomo el libro por lo que es y quiere ser (no como quisiera que fuese). Y este, mis queridos, es el mejor consejo que puedo darles.