ENSAYO

 

MUERTE Y TRANSFIGURACIÓN GAÚCHAS DE J. L. BORGES (1899-1986)
El íntimo cuchillo en tu garganta

Por Alfredo Grieco y Bavio
Desde Porto Alegre, Brasil


Con una renuencia que no siempre gustamos admitir, los argentinos vamos encontrándonos tardíos con el destino sudamericano de Borges. En esta nota, el autor de la novela boliviana Plato Paceño lee en Brasil tres versiones gaúchas del gran autor nacional de apellido portugués.

 

 

 

Para la sabia Helena Dorfman, nuestra anfitriona de la rua Riachuelo

 

Un académico y crítico literario, un autor de best-sellers masivos doblado en crítico erudito, un escritor octogenario -el  mayor cronista brasileño del siglo-, ofrecieron, en este Rio Grande do Sul del siglo XXI, tres versiones a contrapelo de Jorge Luis Borges in fabula. Este Borges, como el argentino, tiene apellido portugués. Cuando leemos esta literatura, en la letra chica hay más antidotismos que antagonismos; Borges es más un personaje, aunque sea protagonista, que un autor invisible, y, por una suerte de principio del tercero incluido, no es ni el otro ni el mismo que el mitológico de Buenos Aires. 

El cono de silencio 

El Borges heterodoxo (y anticanónico) de Luís Augusto Fischer, el Borges enamorado (ese campeón desparejo) de Charles Kiefer, el Borges asesino civilizado (entre detectives salvajes) de Luis Fernando Verissimo generan en los lectores rioplatenses una extrañeza y un escepticismo iniciales que postergan sine die la llegada del escándalo.

En “El muerto” y en varios textos de Borges, Rio Grande do Sul es el lugar de crímenes tanto más horrorosos e ignorados porque ocurren en el imperio de la anomia, en un mundo de contrabandistas y criaturas limítrofes que mueren según su ley, pero sin ley. Un más allá de las reglas y las normas: el otro lado del espejo de la tierra púrpura. Al otro lado de la uruguaya Rivera, en Sant’Ana do Livramento, empezó Hernández la composición de Martín Fierro, según apunta Borges en un prólogo al poema: como el gaucho en tierras indias, el gauchesco ha cruzado la frontera y entrado en dominios sin ley. Regresando de Sant’Ana do Livramento con el uruguayo nativista Enrique Amorim, Borges recibe en una pulpería un cono pequeño pero muy pesado, procedente de Tlön, leemos en el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. 

En Bolivia se llama gauchos a todos los argentinos, sin más regionalismo ni estratificación; en Brasil son gaúchos los riograndenses; en Uruguay el croata Antonio Dionisio Lussich supo de tres gauchos orientales que enlazaron a Borges con su triple nudo gauchesco. El argentino dijo que en el poema del uruguayo, Los tres gauchos orientales, se leía en filigrana el personaje y el argumento del Martín Fierro: Hernández y sus precursores. Geografías de la imaginación, poca, seca fantasía: “Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa”.

Orgullo y prejuicios. Los tres versos citados me reconducen a los tres gauchos gaúchos. Ese terceto es un poema del español –sevillano- Antonio Machado. Fue este año cuando vi en Porto Alegre, en un sebo, esas cavernosas librerías de usados que siguen siendo la alegría brasileña que não tem fim, el volumen de Luís Augusto Fischer, Machado y Borges (2008). Descarté en primer lugar que el Machado en cuestión fuera Manuel. Aunque el Jacob franquista le gustara a Borges tanto como el Esaú republicano, poner a Manuel principiando un título era una incorreción política que jamás podría permitirse, prejuzgué, ningún profesor universitario de Universidad Federal brasileña. Sumariamente, concluí, antes de abrirlo, este libro hablaría, o alguno de sus artículos hablaría, de Antonio y de Jorge Luis; me lo llevé, con otros. De hecho, ya existía un libro de ese título –del título que yo imaginaba, no el título de Fischer-, bastante copioso, de característico comparativismo hispánico transatlántico, obra de un autor de cuyo nombre no quiero acordarme, publicado por la madrileña editorial Gredos. Por supuesto, todos ellos olvidaban lo más importante, que esta vez es también lo más gratificante, aquello que habría justificado sus afanes críticos: el Borges agente secreto de Sasturain / Breccia en Perramus, que usaba versos de Machado, Antonio, como clave secreta.  

 Mis prejuicios, sin embargo, no eran menores que los que atribuía a otros: preguiçoso no mapa-múndi do Brasil. La cópula en el título de Fischer unía a dos autores de apellido portugués. Borges estaba acompañado por Joaquim Maria Machado de Assis. En verdad, el porteño acompañaba al carioca; era el segundo, no el primero, de los autores en el título. Es cierto que la cronología hemisférica venía a salvar el honor argentino. Según el mexicano Carlos Monsiváis, en su único libro histórico sistemático, Aires de familia, uno y otro son, respectivamente, el mejor escritor del siglo XIX y el mejor del siglo XX latinoamericanos. 

 

Sobre cómo esos dos nombres habían llegado ahí, a un título a la vez único y dúplice, hay una primera explicación, de historia de la crítica literaria académica, que excede a Fischer. Y aun, por cierto, a toda geografía de la imaginación -diría Guy Davenport, al que me gusta citar- del próspero estado sureño de Rio Grande do Sul. 

En su libro ‘en clave de B’, de título tan borgesiano como barthesiano, Ficción y verdad, que estudia “el diálogo y la catarsis” en Gran sertón: veredas, Ronaldo de Melo e Sousa ya señalaba en 1978, no sin el pudor de Perogrullo, que son “pocas”, en la vasta bibliografía inspirada por la gran novela nordestina, “los estudios que realmente contribuyen al esclarecimiento del sentido de una de las obras magnas de nuestra literatura”. De hecho, comenta Wilson Martins en su Puntos de vista, tal indigencia convive con una proliferante industria crítica de análisis tanto de Guimarães Rosa como de Machado de Assis. Uno y otro son los dos novelistas más ‘difíciles’ de dos siglos brasileños, y -paradójicamente: por lo tanto, y no a pesar de ello- son los que más se han prestado a la divagación, inconsecuencia y repetición críticas. 

Urbano, suburbano, fronteiriço e continental

La crítica en paralelo era el paso difícil siguiente e inevitable en the way of all flesh. Un comparativismo fronteiriço, para citar el manifiesto antropófago de Oswald de Andrade, para quien ésta era palabra y noción que los caníbales tupíes ni sospechaban. Porque es a la vez destructora de purezas e impurezas. Destructiva de toda pureza, porque coloca un espejo de comparación obligada para fijar cualquier identidad presunta, que pasa así a depender, no de la igualdad de oportunidades en los puntos de partida - la ‘carrera abierta a los talentos’-, sino de la comparación: nada es singular, todo es efecto de resolver los juegos de las siete diferencias. Destructiva de toda impureza, porque la frontera, límite artificial, se vuelve originaria: garante la comparación como práctica crítico-literaria, avala la división y el distingo radicales, y desespera, en prosa o en verso, ante barrocos mestizos y ante composiciones heteroglósicas, ante culturas híbridas y cursilerías cholas, ante tragicomedias trans y sarcasmos pansexuales. 

Títulos como Lo insólito en Guimarães y Borges, un libro de Lenira Marques Covizzi, entre muchos que podrían citarse, delatan mendacidad antes que claudicación terminológica, apunta Wilson Martins. Este debería titularse Lo insólito en Guimarães y en Borges –son dos autores, y son dos insólitos. 

 

Borges segundón

Todos estos reparos, de brasileños a otros brasileños, son razonables. Es cierto que hay, cuando la hay, cortedad de miras; es cierto que no falta el adocenamiento metodológico. Nada dicen de algo que nos interpela a nosotros, y que ni tema ni dato es para ellos: el interés, la extrañeza, aun la fascinación que tales libros pueden provocar en lectores rioplatenses, sudamericanos, hispanoamericanos. A esas lecturas cortas y adocenadas no se les puede reprochar descuido o pereza filológicos (que sí encontramos a raudales, ay, en la hispanística contemporánea, pero esto es otro asunto). El Borges que presentan es en efecto Borges, no un fetiche de brazucos inventivos, fantasiosos, o taumatúrgicos. Y lo han leído en el texto. Sólo que no es – jamás podría ser- ‘nuestro’ Borges. 

Este Borges –para nuestro espanto- es segundo término en todas las comparaciones, nunca primero. Machado y Borges. La heterodoxia radical de Borges, que Fischer remarca una y otra vez, caracterizada como su incomodidad máxima unida a su relevancia mayor, nace de la confrontación, que por otro lado tampoco luce ilegítima, con Machado de Assis. Fischer lee a  Borges en un texto prístino. Para nosotros, Borges es un autor canónico, una autoridad respetable: un hecho social, antes de cualquier línea que leamos. A Tulio Halperin Donghi gustaba señalar que este Borges seguro de su centralidad histórica es un dato de formación mucho más reciente de lo que pensamos, de poco más de cincuenta años, aunque se nos haga cuento que sea tan nuevo, tan novedoso. En cambio, al chilango Monsiváis, como a nosotros, no deja de asombrar el tartamudo carioca, no deja de impresionarnos cómo el imperio brasileño volvía provincianas a las novelas nacionalistas y empeñosas de las románticas y romanceadas repúblicas decimonónicas emancipadas de España; para los escolares brasileños, que leen el sterniano Bras Cubas con el tedio que los argentinos reservan para El limonero real, el valor e interés de Machado son el dato consagrado –sólo que, podría observar no sin sorna Halperin, ese valor encontró validación social, en vida del autor, mucho antes que Borges. (Machado impulsaba los acontecimientos históricos, como la abolición de la esclavitud; Borges parece, alternativamente, sufrirlos –el peronismo-, o beneficiarse con ellos –la Revolución Libertadora-). 

 

Borges au second degré

Ni Fischer, ni Verissimo, sienten o hacen sentir la fatiga estética que la citación de los aforismos de Borges y la proliferación de sus epígonos directos e indirectos ha acumulado sobre los hombros y las mesas de los lectores hispanoamericanos en general y rioplatenses en especial. Aquel efecto que Borges, hacia 1930, había resentido con el modernismo literario, cuando constataba que para los argentinos el que había sido el movimiento más revolucionario en las letras hispanoamericanas, el que había inclinado el eje de la tierra literaria, que había desplazado el meridiano poético e intelectual, se reducía a la composición de sonoras odas a Chipre por señoras (también señores) de Lomas de Zamora. 

 En ordine sparso, como en un título de André Corboz, como en un monólogo del protagonista de La grande belleza, ahí están los tigres, las rosas, las noches, los abismos ciegos, los crepúsculos del alba y del ocaso, los laberintos, los desiertos, las arenas, los dobles, los duelos, los ciegos, los vikingos, los espejos, las bibliotecas, las enciclopedias, las intrusas, los cuchillos, los heresiarcas que nunca copulan, los hermanos que siempre copulan, los gauchos, los compadritos, las etimologías, las metáforas y las hipálages, el aleph de oro, el zahir de cobre, las sombras con y sin luna, Stevenson, Conrad, Kipling, precursores velados y desvelados y revelados y anulados y homéricos y miliunanochescos, gólems, ajedreces y demiurgos, milongas, tangos y oranguntangos. Nada de todo esto encuentran desgastado los lectores del Rio Grande do Sul. A ellos los fatiga, en cambio, mucho más de lo que osan decir, la reverencia obligatoria por las vidas y las veredas secas del Nordeste mágico y folklórico; a ellos se les ha mueca la sonrisa de los bordes de la boca y de los ojos, la fina ironía y la ambigüedad cortesanas del mago de Cosme Velho.  

Al menos hasta el día de la fecha, cuando se habla de flujos y reflujos de la acción u omisión de Borges en las literaturas hispanoamericanas, es difícil aplaudir, o deplorar, o siquiera calibrar sin incurrir en la falacia del ojo del buen cubero una disminución o acrecimiento físicamente apreciables del caudal total. Lo que sí han variado, como no podría ser de otro modo, son las aguas. En Argentina, o en México, o en España, o en Chile o Paraguay, encontramos escritores contemporáneos –del siglo XXI- tan diversos y desiguales como Luis Chitarroni, Matías Serra Bradford, Vlady Kociancich, Débora Vázquez, Isidoro Blaisten, Roberto Bolaño, Alan Pauls, Haydée Mascaró, Hebe Uhart, Javier Marías, Juan Sasturain, Guillermo Martínez, Pablo de Santis, Alejandro Rossi, el propio Monsiváis, José Joaquín Blanco, Javier Viveros, Helio Vera, Roberto Merino, Hugo Burel, Pablo Katchadjian (y aun tan distantes e insospechados de borgesianismo como Gary Daher, Eduardo Parra, Sergio Chejfec, María Moreno) cuya literatura sería imposible sin una exploración sistemática de las preferencias marginales de Borges, o de algunas de estas áreas, bien elegidas para sus propósitos. Y a su vez, esta indagación periférica, de los segundos y terceros anillos del conurbano borgeano, en la que hay muchos más protagonistas que los arbitrariamente citados, parece a su vez ya haber sido completada con arte y minucia, o estar a punto de concluirse. 

 

Experiencias e inocencias

En el mismo sebo portoalegrense de la rua Riachuelo donde compré el libro de Fischer, compré una novela francesa, de los años cincuenta, La escalera de J.P. Sartre, de Yves Lecoeur, que no conocía, y que resultó ser muy buena. Se me ocurrió preguntar a los vendedores si había libros que hubieran sido de Verissimo en la librería, y me dijeron que sí. No pregunté por esta, que me lanzó a una lista mental de títulos de novelas con nombres de escritores en el título, como Borges y los orangutanes eternos. Desde luego, la escolar El loro de Flaubert, de Barnes; Kakfa el orillero, de Murakami, y la anterior La pija de Kafka, de Bennett –pero esta es una obra de teatro; muchas rusas, con Pushkin, como la de Tynianov; obras inglesas con Wilde, de Ackroyd, Eagleton, etc-; Olavo Bilac ve las estrellas, de Castro, un antecedente brasileño. ¿Y la novela Las Geórgicas, de Claude Simon? Es el poema didáctico de Virgilio, pero es también una refutación comunista in full regalia de la versión anarquista de la Guerra Civil Española de George Orwell. En todo caso, ahí está la extensa novela de Broch, La muerte de Virgilio que tarda en morir. Me prometí completar la lista –no lo hice. Pero me parecía advertir que en la lista había un tono común, de consagración vía la desacralización de los autores, a diferencia de las biografías noveladas al estilo de Maurois, Ludwig o Merejkovsky y tantas colecciones de vidas ilustres e ilustradas, de un buen éxito sin desfallecimientos hasta hoy. 

Tanta experiencia parece no haber dejado sitio a la inocencia. Cuando leemos una novela como Borges y los orangutanes eternos (2000), de Verissimo –de la que soy, para citar a Lisa Block de Behar, a quien ya he citado varias veces en estas líneas, “el intrépido traductor” al castellano- , o Borges que amaba a Estela (1995) de Kiefer, nuestra primera impresión, que, advertimos, también es prejuiciosa, es la de hallarnos en un estadio de encuentro con la obra de Borges primigenio, que para los lectores hispanófonos escolarizados sería imposible recuperar sin programado candor. 

No sin desmayo acabamos por descubrir que este primer estadio de lectura de los admiradores gaúchos en poco o nada se asemeja al que alguna vez las literaturas hispanoamericanas dejaron atrás. Fue por pereza, e ignorancia supina, nos vemos forzados a reconocer, que habíamos dado por sentado que el primer encuentro con Borges debía tener, siempre, inevitablemente, determinadas características centrales o básicas, siempre las mismas: aquellas que tuvo para nosotros. 

Nuestra segundo descubrimiento es que muchos acercamientos propedéuticos a Borges que juzgábamos preliminares pero irrefutables lo eran mucho menos: nuestra reconstrucción de una primera lectura de Borges se adecuaba muy bien a nuestras ideas de cómo debía haber ocurrido, pero mucho menos a la realidad cómo había sido. Aquellos primeros estadios, y nuestras fabulaciones sobre ellos, se habían debido menos a cualquier orden o desorden necesarios o inevitables en la lectura de los textos de Borges que a nuestra receptividad a los aires de una atmósfera crítica e ideológica que no cuestionábamos, y que, más aún, ciegos o autómatas, en lo que a estética y teoría literaria se refiere, considerábamos derivativa de la propia obra de Borges. 

Entre aquellas nociones sometidas a un examen insuficiente o ninguno figuraba la ilusión de que Borges era un apóstata de toda ilusión del yo, un oficiante entusiasta en la liturgia fúnebre de la muerte del autor. Era el medio ambiente, estructuralista y post-, que tenía por soundtrack aquel réquiem, que nos conminaba a dar por sabido y fechado un deceso sin cadáver. La sola lectura del Borges (2006) de Adolfo Bioy Casares registra el paladeo y regodeo de Borges, que antes que enmagrecer se revigoriza cada año, por la epopeya y por la épica del autor, poeta o fabulador. 

 

Sin falacia ni herejía

Aquel contratiempo, aquel destiempo de nuestras imposibilidades mil veces argentinas, que desencadena tantos retrogustos contrarios a otros tantos segundos pensamientos, era para Kiefer o Verissimo un dato originario. Para ellos, sin siquiera el conato del guilty pleasure, el interés por la obra de Borges es también, y en muy primer lugar, un interés por el autor Borges. Y a esto lo hallan, con complacencia pero sin irreflexión, muy justificadamente ‘borgesiano’, sin más. Ni a la falacia de la intención, ni a la herejía de la paráfrasis temen, ni mucho menos creen ser falaces o herejes. 

 En Borges que amaba a Estela y otros dobles, Kiefer inventa para Borges –sin proponérselo en estos términos, pero así resulta para nosotros- una vindicación (hasta una venganza) del Borges a contraluz (1989) de Estela Canto, y de la espiritual autora de este libro. Es un Borges erótico, acaso un tanto girardiano, que encuentra su doble o pareja en una escritora frustrada al tiempo de los acontecimientos aunque memorialista avezada a posteriori. Y es una Canto que no está a la altura de las circunstancias -no las intelectuales, aunque tampoco a la altura de estas-; por sobre todo, y esta es la paradoja de Kiefer, amorosas. Borges a contraluz, según Kiefer, poco revela sobre Borges, pero es el testimonio y la prueba de una penosa, y en el fondo muy poco maliciosa, muy poco candorosa -sin ser por ello justificable o perdonable-, desorientación. 

 

Ni olvido ni perdón

En Borges y los orangutanes eternos, Verissimo convierte o revierte o invierte o pervierte, según paladeaba Kenneth Burke en El Bosque de la noche de Djuna Barnes –y en esto sí nos infiere una revelación que encandila- un tema y problema, como diría ahora Carlos Real de Azúa, que es vertebral en Borges, un autor tan hábilmente renuente a las intentos de vertebración con índice analítico incluido. Es el del íntimo cuchillo en la garganta, con el que concluye el “Poema Conjetural” que desespera de la revolución nazi de 1943 (y con el que concluye la vida, en ese poema – monólogo dramático al estilo de Browning-, de Francisco Narciso de Laprida, asesinado por los montoneros de Aldao) , el de “La muerte y la brújula”, “El Sur”, “La fiesta del monstruo”, “El Evangelio según Marcos” y tantos otros textos en prosa o en verso, unipersonales o en colaboración, ficcionales o ensayísticos. El encuentro cara a cara, fatal y letal, del varón letrado con los bárbaros que lo matan, con la lujosa barbarie asesina: la historia enérgicamente trágica de la Argentina y de su literatura desde El Matadero o “La Refalosa”. 

Los milagros no se recuperaban, ni se comparten. Tras el encuentro cara a cara, como en un poema de Platen, como en una muerte en Venecia, venían la peste, la muerte, la creciente, la inundación, el fuego, el final anunciado de crónica triste. En Borges y los orangutanes eternos, novela policial, experimental, rigurosa y dépaysée, la novela del cronista Verissimo, el destino sudamericano de Borges no es el de detective, mártir o legislador; no muere, sino que él es el matador: sin ser cuchillero, es el asesino. 

Y aquí la discontinuidad antes planteada entre las lecturas de estos autores urbanos de Porto Alegre y los anteriores desarrollos literarios hispanoamericanos –asimetrías temporales, temáticas dispares, divergencias críticas, preferencias de focalización, decisiones de jerarquización- empieza a perder su claridad y distinción. Con una vuelta de tuerca, el considerar que esas lecturas fueran tan diferentes era un prejuicio más, o una facilidad asumida por el solo motivo de que resultaba ventajoso el distanciarlas. 

Verissimo participa de una serie antagónica de narraciones del siglo XXI, sin embargo no menos ‘borgesianas’ en su impostación. Levantado el freno inhibitorio, ¿por qué morir, si el impulso es matar certeros, y resucitar mejores? La bestia debe morir: el otro salvaje hechiza, pero, con autocontrol, ni nos envenena ni encarna ni convoca a la muerte. Acaba yéndose como quien se desangra. El protagonista se vuelve héroe. El relato de la derrota digna y fatal como la Decadencia de Occidente ya no seduce a los escritores de este frente para la victoria letrada. 

Una lista adecuada o siquiera representativa de estos civilizados que hoy vencen puntualmente a los gauchos o bárbaros de la noche lateral de los pantanos que los acecha y los demora sería larga, y prolija. Sólo ejemplificando, emulando sin panache a la remanida enciclopedia china, algunos nombres y títulos. En novelas del chileno Fuguet, del peruano Bayly, del boliviano Urrelo, de los argentinos Farré o Taborda, en películas como la venezolana Desde allá, las argentinas Vil Romance, Vikingo, Agua y Sal, El hombre de al lado, Fase 7, El ciudadano ilustre, el golpe de fascinación y hostilidad, la guerra a muerte por el reconocimiento, ocurre, sin duda, pero, ¿por qué morir nosotros, si podemos matar? Vendrá la muerte, pero tendrá mis ojos. 

El otro, el mismo, resulta el tercero incluido, esta figura del Borges lusófono, gaúcho. Esa misma literatura argentina que, según la repetida sugerencia de David Viñas, había nacido con una violación seguida de muerte, la del joven unitario a manos de los federales rosistas en El Matadero de Esteban Echeverría, la misma muerte que Bioy replica (y alegoriza en tiempos de peronismo) en el unitario que navega desde Uruguay para morir en Argentina en el “Homenaje a Francisco Almeyra”, la de la escena inicial de Dar la cara, termina con otras violaciones y muertes. Sólo que, como Borges cuenta en “Emma Zunz”, como otros -los tres gaúchos-, leyeron, algunos pocos nombres, unas pocas figuras, cambiaron: los que matan antes morían, los que mueren antes mataban.  

Es cierto que en “El niño proletario” ya no eran los pobres los que matan, es cierto que en “Emma Zunz” no son los más débiles los que mueren. Pero la Emma de Borges tiene que desfacer un entuerto que había sufrido su padre en Bagé. Es decir, en Rio Grande do Sul. Para mitigar tanto Edipo, había sido allí mismo, a esa ciudad riograndense de Bagé, donde Verissimo había destacado a un psicoanalista, gaúcho ortodoxo, y freudiano estricto, que, auxiliado por su benjaminiana asistente Lindaura, resuelve los casos más difíciles. O analista de Bagé (1981) es el libro más famoso de Verissimo, uno de los más leídos de Brasil. Pero, para Juan Zunz, el analista fabricado en Porto Alegre llegó a destiempo a Bagé.