ENSAYO

Abismado en la noche

Por el Zambullista


Presentamos dos ensayos breves, magistrales, que analizan dos relatos de Franz Kafka, en cuyas historias siempre hay alguien ahí, velando solo en la oscuridad, a la espera de algo que puede salvarnos o destruirnos por completo, como una amenaza silenciosa, mientras todos duermen.

 

De noche 

         Abismado en la noche.

       Tal como a veces inclina uno la cabeza para reflexionar, así, estar completamente abismado en la noche. Todo en derredor duermen los hombres.

       Una pequeña comedia, un inocente autoengaño, es eso de que duermen en camas sólidas, bajo un techo seguro, estirados o encogidos sobre colchones, entre sábanas, debajo de mantas; en realidad se ha reunido, como una vez aquel entonces, y como después, en un paraje desierto, acampado al aire libre, un número incalculable de seres humanos, un ejército, un pueblo, bajo un cielo frío, sobre tierra fría, echados al suelo en el mismo lugar donde antes estuvieron de pie, la frente apretada contra el brazo, la cara hacia el suelo, respirando tranquilamente.

       Y tú velas; eres uno de los vigías. Agitando un tizón que has tomado del montón de ramas fraccionadas que hay a tu lado, descubres al vigía más próximo.

        Alguien tiene que velar; eso es así. Alguien tiene que estar ahí.

Franz Kafka. 

 


 

Abismado en la noche

 Por el Zambullista

 

1.

 

“Alguien tiene que estar ahí” no sólo para velar; también para hacer contacto y volver a desmentir el aislamiento.

Son vigías en el abismo de la noche y a nivel del suelo, no en lo alto de una torre y a la luz del día. Precisan hacer contacto muy seguido.

La frecuencia con que la línea se traza de tizón en tizón resulta de una tensión entre la necesidad de chequear y el riesgo de exponerse.

No vemos la amenaza que hace necesario que alguien esté ahí velando, abismado en la noche. La inferimos de la vigilancia, que sí vemos.

 

2.

Estar abismado en la noche, que es una desventaja para vigilar, se iguala a estarlo en una reflexión, que pide y lleva a sustraerse de todo.

Abismados en la noche se vuelven más vulnerables: lo amenazante está detrás de lo oscuro, que está tan cerca y es tan ubicuo que los rodea.

La única acción del cuento, donde un vigía agita un tizón y encuentra al más próximo, consiste en perforar esa oscuridad y tranquilizarse.

La amenaza sería mayor si fuese desconocida. Pero hay un historial que rodea esa vez, antes y después. Lo conocen en persona o por relatos.

Hay un historial. Lo sabemos porque ese “número incalculable de seres humanos” “se ha reunido, como una vez aquel entonces, y como después”.

 

3.

Pese al tamaño reunido, no hay seguridad ni comodidades. “Alguien tiene que velar” para que los otros duerman “respirando tranquilamente”.

Fantasean con las comodidades y la seguridad que no tienen. Pero “una pequeña comedia, un inocente autoengaño” da paso a una realidad cruda.

Lo que tampoco hay es estabilidad ni familiaridad: la errancia y la intemperie las niegan. Hay un ejército que acampa en un paraje desierto.

No está claro si el “paraje desierto” es un punto de encuentro o una pausa en la marcha. Como sea, los vigías son la única línea de defensa.

La única al momento de venirse el ataque (si lo anticipo) o impactar (si no). El duelo es entre su tiempo y el de reacción de los dormidos.

 

4.

En “un número incalculable de seres humanos”, un ataque impacta como el de un entusiasmo breve (aka zambullida) y su pequeña turbulencia.

En esa enormidad acampante siempre habrá más dormidos que despertados por un ataque, si la zona de impacto resulta ser un borde ínfimo.

La zona de impacto en esa multitud incalculable es pequeña como turbulencia de zambullida en ciénaga infinita. Fuera de ahí aún se duerme.

La ola de alerta se apaga cuando los afectados más directos contrarrestan el ataque y no necesitan despertar a nadie más. Y aún es el borde.

 

5.

El lugar, la hora y el clima son hostiles. La falta de señales es una señal: si el otro no responde, la línea pudo haberse cortado por ahí.

La falta de señales es (alg)una señal, no 1; el tema es saber cuál o acertar al apostar por una. ¿Y si el otro vigía sólo se quedó dormido?

¿Cuánto esperar hasta dar la alerta que despertará a todos? Si el ataque existe, seré culpable de tardar por dudar; si no, de precipitarme.

Lo tranquilizante que tiene que el otro responda es que te ahorra toda esta pensadera. La línea funciona; no hay nada que decidir por ahora.

 

6.

The cure, “At night”. Live 30-11-92, Olympia Grand Hall, Londres.

 

Dormir implica exponer el cuerpo a un ataque; dormir al aire libre, exponerlo aun más. Por eso ahí “alguien tiene que velar; eso es así”.

No así si dormís bajo un techo seguro, bien adentro de tu casa, protegid@ de miradas, sin advertir los cambios de la noche, y te lo cantan.

En “De noche” se le habla a un vigía. En “At night” el vigía le habla a un TÚ que duerme segur@, cómod@ y ajen@ a todo, como fantasean allá.

Si el autoengaño del cuento es un hecho en el canto, ¿ALGUIEN TIENE QUE ESTAR AHÍ (¿en la casa?) pasó de ser una ley a ser una fe del vigía?

La frase aplica también a la necesidad de una presencia en puesto emocional y a la de una existencia (HABER por ESTAR) en puesto metafísico.

El AHÍ donde tiene que estar alguien es donde hay un vigía (para la voz en off) y donde hay alguien durmiendo (para un YO que no dice HERE).

O donde oigo respiros oscuros y siento la silenciosa desesperanza. O en lo profundo de tu casa o en lo profundo de la noche pero ahí, lejos.

Kafka: si falta alguien ahí (velando), pernoctar al aire libre es más riesgoso. The cure: si no hay alguien ahí (durmiendo), el vigía sobra.

Sobrar enfatiza la soledad en que está, de pie y viendo las horas pasar. Al vigía de Kafka lo rodea una multitud durmiente que lo necesita.

Kafka no menciona la soledad ni el silencio de su escena (sólo interrumpido por una seña silenciosa). The cure es más explícito y dramático.

 

 

Ante la ley hay un guardian
(una precuela)

«Cabe suponer que, a través de muchos años, a través de toda su edad adulta, ha prestado, en cierta medida, sólo un servicio vacío...»

El sacerdote del capítulo “En la catedral” de El proceso, de Franz Kafka (Colihue, 2005, Buenos Aires, p. 238. Traducción de Miguel Vedda).

 

Ante la Ley hay un guardián. Custodia esa entrada hace años. Sabe que está hecha para uno solo, que todavía no vino. Sabe también que ningún otro podría venir, lo que para él explica que absolutamente nadie le haya pedido entrar en todos estos años. Lo imagina como si los demás caminos que pueden conducir a esa puerta no existieran o estuviesen bloqueados. (Esta exclusividad es similar a la de la espada Excalibur, que se resistió a los nobles comedidos mientras esperaba que la empuñara su destinado Arturo.)

Hay cosas que el guardián no puede saber y se limita a suponer, apoyado en algún razonamiento. Por ejemplo, cree que lo que está vigilando no puede ser la puerta de la Ley, porque no ve razonable suponer que haya justicia para uno solo (por mucho que pueda halagarlo imaginarse el guardián de la Ley).

Los que no acuden por esta entrada, ¿van todos (o sólo varios) por otra o cada uno por la suya (situación en la que todos los caminos no conducen a un mismo punto –Roma o la muerte–, sino cada uno al propio)? En la primera opción, su caso es una excepción, tal vez única; en la segunda, sigue una regla general.

En ambas, cuanto más reducido sea el universo de los que tienen su puerta asignada, más poderosos cabe esperar que sean. Y, a la inversa, si cuanto menos reducido, menos privativo de poderosos es ese universo, hasta un campesino podría ser el destinatario de una puerta como la que custodia el guardián. 

 

Además de confiar que existe, el guardián no conoce nada del individuo al que espera: ni su identidad ni su posición social ni alguna seña particular o rasgo característico. Pero puede que tampoco lo necesite. Para el guardián, la tarea de reconocer al Arturo de esa puerta está simplificada al máximo (o sea, se las arregla con lo mínimo): X el destinado será el –primero y único– que logre arrimarse hasta esa entrada.

Hasta ahora no se diferencia de los otros: ni X ni nadie ha venido a pedir pasar por ahí. La diferencia es futura y modal: mientras los otros no podrían venir aun si quisieran, X sí. En definitiva, sólo uno puede venir a interrumpir la perfecta soledad del guardián, que no puede saber quién ni cómo es hasta que no llegue.

 

En realidad, tampoco puede saber si efectivamente el sujeto va a llegar. Se podría agregar que tampoco si aún vive; se podría pensar que X bien podría haber muerto y el guardián estar esperando en vano desde entonces y por el resto de sus días, si no se entera (destino de patrulla perdida). Pero al guardián le parece razonable suponer que la Ley no va a desperdiciar así a un funcionario y en caso de defunción del destinado cancelaría el destino y el servicio. Si esto es así, esa puerta –sea una o la única– está tan abierta como la posibilidad de que su destinado la cruce (o sea, que se presente ante el guardián y que reciba la autorización para pasar –lo segundo es menos probable que lo primero, si el guardián no recibe nuevas instrucciones –lo que no ha ocurrido ni es más razonable que ocurra durante la ausencia de X que durante su presencia).

Pero para verlo venir, además de con vida X tiene que andar con deseos o necesidad de atravesar esa puerta. “¿No es que todos quieren acceder a la Ley?”, podemos imaginar que se impacienta el guardián penelopeano.

 

No hay día que no pueda ser el de la venida de X. Pero la necesidad de contar con su voluntad impide que haya uno que deba serlo. Si algún futuro escrito lo tuviese marcado en el calendario, con cada día descartado se acercaría el día esperado. Pero aun así podría no estar escrito que fuese este guardián el que lo viese llegar. Ya sea que la entrada exclusiva haya sido habilitada desde el comienzo de la vida de X o desde su adultez, su cobertura puede insumir más de un vigilante mortal (y lo suficientemente maduro como para comprender y transmitir la respuesta que debe dar al solicitante).

No sabemos si él es el primer centinela de ese umbral o si en su momento vino a relevar a otro, que tal vez tampoco fue el primero y que se jubiló o murió mientras esperaba una visita que sigue sin concretarse. Él sí puede –como puede no– saberlo, según qué haya visto o de qué se haya enterado cuando tomó posesión del puesto. Pero ni él ni nosotros sabemos si será el último u otro guardián lo reemplazará. Se supone que, mientras el destinado viva, sigue siendo posible que a alguno le toque recibirlo, denegarle hasta nuevo aviso el acceso y, si X muere esperando el permiso, cerrar la puerta e irse.

 

Antes que estar a la espera de X, que puede no venir nunca o venir cuando él ya no esté, el guardián está al servicio de la Ley. Luego, no lo rigen temores ni esperanzas, sino un imperativo que comparte con el vigía de otro cuento de Kafka, “De noche”: «Alguien tiene que velar; eso es así. Alguien tiene que estar ahí»