RESEÑA

El llamado de la especie

El libro es un largo poema en el que se enumeran todas esas prácticas que definen el costumbrismo peronista: una experiencia cotidiana donde, aparentemente, persiste impoluta, fuera de toda contaminación, la clave de su identidad, su razón de ser.

 

Por Germán Lerzo


 

La Editorial Interzona acaba de reeditar Escolástica Peronista Ilustrada de Carlos Godoy, que se publicó en 2007 por primera vez en editorial Funesiana, sin las ilustraciones del artista plástico Daniel Santoro, que hizo especialmente para la nueva edición. 

Carlos Godoy nació en Córdoba en 1983, un año que podría pasarnos desapercibido si no marcara el retorno de la democracia a la política argentina de la mano del partido radical que, en palabras del autor, no exentas de ironía, también es una fuerza peronista: “Todos/ los partidos políticos/ son peronistas”, “Los radicales/ también/ son peronistas”. Sin embargo,  la experiencia peronista en tanto ideología a Godoy no le interesa. Lo que el autor realiza, en cambio, es una descripción sentimental de su dimensión sociológica, una enumeración de los infinitos gestos, hábitos y prácticas cotidianas de las personas que pueden considerarse como tal: “Dormir en calzoncillos/ es peronista”; “Ir a la cancha/ es peronista”; “Mandar escabeche/ en encomienda/ a un hijo que está lejos/ es peronista”; “casarse/ por iglesia/ es peronista”; “comer con el noticiero/ en la tele/ es peronista”; “criar culo/ y panza/ es fisiológicamente peronista”; “el concepto/ de familia/ es peronista”; “el cine/ de Campanella/ es peronismo/ cursi”; “autogooglearse/ es la herida narcisista/ peronista”. Por eso Godoy, cuando lo escribió a los 24 años, evitó elaborar, atinadamente, una definición del peronismo en tanto movimiento político, lo que sería inviable o incluso imposible, ya que representa tantas cosas que solo conserva la fuerza de un término para designar algo inespecífico.

El libro es un largo poema en el que se enumeran todas esas prácticas que definen, de algún modo, el costumbrismo peronista: una experiencia cotidiana donde, aparentemente, persiste impoluta, fuera de toda contaminación, la clave de su identidad, su razón de ser. La vigencia del movimiento, entonces, es aquello que se manifiesta como gesto en las personas, cincuenta años después de su mejor versión, porque en palabras del autor: el único/ peronismo/ es/ el de su extinción. Si el peronismo como ideología se define por disolución, el hábito peronista, que sobrevive en el pueblo a fuerza de repetición, es aquello que le otorga su fuerza vital. Por eso Escolástica Peronista Ilustrada no es una descripción del peronismo sino de los peronistas. “El peronismo es un invento” sentencia Godoy. Un invento maravilloso, lógicamente, que sirvió y sigue sirviendo para crear más peronistas. Lo que contradice ese verso según el cual “el peronismo/ es una moda/ intransitiva”. 

Escolástica Peronista Ilustrada tiene la función de celebrar ese ritual que permite constituir a sus fieles como parte de una doctrina y una simbología que sobreviven más allá de los gobiernos. Y ahí reside, acaso, la eficacia y la originalidad del libro. Porque nos recuerda que ser peronista tiene la fuerza del mito que se transmite de una generación a otra como gesto: está presente en los hechos, no en las ideas que lo definen. La doctrina pasa de los padres a los hijos como esa receta para preparar un guiso, que se describe en la segunda parte del libro: Está poniendo/ un chorro/ de aceite/ en la cacerola/ colocada/ a fuego máximo/ sobre una hornalla. 

Intercaladas con la poesía culinaria del guiso primordial, el autor introduce distintas sentencias del General (Perón). Una de ellas puede leerse tal vez como una metáfora del peronismo o una respuesta ante la pregunta sobre qué es lo que representa:

Dijo el general:

Yo no he de olvidar

Jamás una lección que recibí cuando aún era un niño,

discutía con una persona mayor 

sobre la veracidad de cierta afirmación

por haberla leído en un diario

esa persona tenía un perro al que llamaba león

–Mire amigo–me dijo,  y dirigiéndose al perro,

lo llamó– león, león león.

Y el perro vino

–¿Ha visto?–me dijo– le digo león y viene, pero no es león

Es perro.

 

En esa “lección” Carlos Godoy nos ofrece, tal vez involuntariamente, una clave para entender el movimiento: una palabra que designa algo que no es; un animal de mil caras, que bien podría tratarse de un león, un perro, un caballo o un burro. Pero hay otro detalle que no es menor en la anécdota: parece irrelevante definir qué nuevo rostro adquiere la bestia; lo importante es que la esencia del movimiento se haya convertido en una lucha por el significante cuya razón de ser consiste en desmentir las mentiras que se publican en los diarios. La justicia social ha perdido terreno ante la preocupación por la justicia poética. Y poco importan los elementos que lo constituyen, cuando cualquier guiso puede ser el guiso, o un perro puede designarse con el nombre de un león.

Si la primera edición de Escolástica Peronista Ilustrada de 2007 habilitaba una lectura contextual y permitía definir un mapa de la literatura neoperonista, según Esteban Schmidt, y el kirchnerismo triunfante generaba "un marco performador para su desarrollo evolutivo”, habría que analizar hoy qué nuevas lecturas habilita en relación con el campo literario y con el contexto político actual. A pesar de que la capacidad para hacer ese análisis nos supere, dejamos planteado el interrogante si esa red de sentidos que el libro de Godoy establecía con Villa Celina (Incardona) y Maternidad Sardá (M.Rodríguez) en 2007, podría hoy establecerse con la poesía confesional de Hombre de Cristina, de Washington Cucurto (Vox, 2013), que dice así:

Oh, CRISTINA, te necesito…

Cómo me gustaría correr hacia tus brazos

Para que me acaricies la cabeza como a un perrito…

En vez de andar así, bajo este sol infinito que no deja de quemar ni de noche…