ENSAYO

Blanca, angelical y eterna 

El peronismo contiene todos los elementos de un drama policial. Su historia incluye muertos, mutilados, desaparecidos, aparecidos y embalsamados. En este ensayo se analiza la representación literaria de Eva Perón.

Por Germán Lerzo

 

Hay un drama en torno al peronismo que tiene todos los elementos de un policial. Basta con ver que su historia, como toda historia que se precie de tal, incluye muertos, mutilados, desaparecidos, aparecidos y embalsamados. Ninguna víctima parece haber sido en vano. Todo contribuye a la creación de su mitología colectiva en virtud de las leyendas individuales. Con esos elementos, era evidente que la literatura se haría cargo de narrar una versión posible. De ahí que la historia del peronismo y sus protagonistas sea tan amplia que pudo narrarse en clave policial (Walsh), surrealista (Martínez Estrada), realista (Cortázar), autobiográfica (Jorge Barón Biza) y hasta grotesca (Copi). Incluso resiste todos los géneros: novela, cuento, crónica, poesía y teatro.  

El peronismo es también una colección de relatos. 

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Evita es la figura en la que se puede proyectar un esbozo del peronismo: una muchacha del interior dispuesta a concretar el sueño de la fama y la fortuna, que logra conquistar la esfera del poder para convertirse en la “abanderada de los pobres”, rodeada de lujo y confort. En esa incongruencia de no tener nada y lograr tenerlo todo se proyecta quizás el sueño argentino (que incluye también el caso de un cantante popular tucumano y de un boxeador como Gatica, que vino de Villa Mercedes). La concreción del sueño personal a través de la política, la música y el deporte. 

El peronismo como expresión de la cultura popular.

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Evita encarna la vida del personaje ideal para una novela de aprendizaje.  Pero los elementos novelescos de su vida no se terminan con la muerte, por el contrario, es en esa instancia que todo parece recomenzar para que su historia jamás termine de contarse. Como si el misterio que rodeaba su vida fuera el preludio perfecto del acertijo que desencadenó su muerte. Podría pensarse que el cadáver de Evita es el primer desaparecido que anticipa lo que vendría después.

El peronismo es un relato sobre algo que no acaba nunca o que siempre comienza.

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“Yo busco una muerte, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme” dice el narrador de “Esa mujer” de Walsh.  Y después agrega: “Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte.”  La sentencia es clara: a Walsh no le interesa Eva en tanto personaje histórico. Como autor de policiales, le interesa develar el misterio que existe después de su muerte.  El narrador intenta obtener esa información que lo llevaría al lugar donde se encuentra escondido el cadáver. Pero el relato del Coronel que ocultó su cuerpo, revela que la “fantasía perversa” del narrador es en verdad algo naif en relación a lo que ocurrió realmente con ese cuerpo insepulto. 

El peronismo es un misterio a descifrar.

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Pero ¿quién es Eva? En el cuento de Walsh, Eva es una virgen, una diosa,  una reina y un macho. En ese orden se la nombra. En palabras del Coronel, Eva combina todos los elementos: la pureza, lo terrenal, lo divino y lo masculino:

      • Una virgen: “Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente”.

     • Una diosa: “Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había ahí. Figúrese cómo se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.”

      • Una reina: “Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: –Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina?

      • Un macho: “¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!”

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 El peronismo es un misterio en torno a los muertos. Una historia policial en la que los muertos hacen posible el relato de los hechos y el relato de la investigación.  El drama policial del peronismo es tan amplio que traza un arco entre dos extremos: el fusilado que vive (Livraga) y el fusilado que no (Rucci). Y ambos sirven como materia narrativa para contar la historia desde una perspectiva o desde la contraria. De Operación Masacre (Walsh) a Operación Traviata (Reato). El peronismo como tragedia y después como farsa.

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La restitución del cadáver de Evita será uno de los motivos de lucha durante los años 70, un elemento de tensión que enfrenta a los grupos armados, la juventud peronista y el sindicalismo. La posesión de su cuerpo adquiere el valor de un botín de guerra con el que se gana cierta legitimidad de acción. Evita transformada en ícono de la justicia social peronista es el centro de la lucha entre Montoneros y el sindicalismo, antes de disputarse la simpatía del General. 

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Apoderarse de los símbolos peronistas es el nudo en torno al cual gira el ejercicio del poder cuando el gobernante siente que empieza a perderlo. Ahí se canta la marcha, se retoma la liturgia y se empapelan las calles con la imagen de Eva y Perón. En la desgracia, todos vuelven al refugio seguro del ritual y los símbolos del movimiento.

El peronismo es un conjunto de imágenes sagradas.

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 “Es posible que, como lo dice Homero, los dioses hayan enviado las desgracias a los mortales para que estos pudieran contarlas, y que en esta posibilidad la palabra encuentre su infinito recurso (…) Los dioses envían las desgracias a los mortales para que estos las cuenten; pero los mortales las cuentan para que esas desgracias jamás terminen.” (M. Foucault, El lenguaje al infinito, 1963)

 El peronismo es la desgracia que nunca se deja de contar.  

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Ante la inminencia de la muerte, como el protagonista del cuento “Un milagro secreto” de Borges o Schehrazada en Las mil y una noches, el relato prosigue, el lenguaje se proyecta al infinito, encuentra un espejo de sí mismo para postergar su final. “Pero también recomienza, se cuenta a sí mismo, descubre el relato del relato y esa ensambladura podría no terminar jamás.” (Foucault).

El peronismo es un relato dentro del relato.

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Dicen que Evita embalsamada parecía una muñeca de cera. Una muñeca, justamente, es lo que usa un hombre que deambula por los pueblitos del interior, representando el funeral de Eva. El hombre apoya una caja sobre una mesa, abre la caja, donde hay un ataúd y una muñeca rubia en miniatura. La gente se acerca al hombre enlutado, le dan el pésame y le dejan unas monedas. En ese cuento titulado “El simulacro” (incluido en El hacedor, 1960) Borges vio –si se permite la expresión– en esa falsificación de seres y de roles un ritual popular con el que se funda, según él, la “crasa mitología” peronista.

Para el autor, que durante el gobierno de Perón pasó de ser empleado de bibliotecas públicas a Inspector de Pollos y Gallinas en el Mercado Central, el peronismo era una falsificación, una farsa. Una pesadilla en la que la liturgia peronista podría simular una muerte o provocarla, celebrando la fiesta del monstruo.

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Ese tipo de simulación es un recurso que explota Copi. En la pieza teatral Eva Perón (1969) ella es el estereotipo de una princesa caprichosa y superficial que siempre está a punto de morir. Y al final de la obra simula su propia muerte: mata a una enfermera que luego pondrá en su lugar dentro del féretro. Evita elabora la puesta en escena de su muerte dentro del teatro. El relato del relato pasa a ser la representación dentro de la representación. Luego huye con sus diamantes mientras el General Perón anuncia oficialmente su deceso.  Evita constituye aquí, en palabras de Aira, “el sueño del mito”: Evita travesti, el sueño del mito, sobrevive para difundirse en el mundo como imagen. (Copi, César Aira, Beatriz Viterbo, 1991).

 

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El peronismo parece ser un relato que nos describe a todos. Contiene la historia del triunfo, de la derrota, de la lucha, de las miserias, de la simulación, de la traición, de la lealtad, del poder y de su falta. Es una historia que contiene todas las historias.  En La biblioteca de Babel, el peronismo podría ser un libro que contiene todos los libros de la historia argentina. Con el detalle singular que uno nunca sabe dónde, ni cómo ni cuándo termina, si es que podemos imaginar un final posible.