RESEÑA + ENTREVISTA


Turistas del tiempo

Por Horacio Mohando

 

En Florentina, la nueva novela de Eduardo Muslip, asistimos a una reconstrucción del pasado sin interpretación de los hechos ni recuento de sensaciones o suposiciones. Está la mirada limpia del narrador que determina el estilo y expone la intención más honesta de la escritura: contar una historia. Ofrecemos aquí una reseña y una entrevista exclusiva con el autor.  

 

Florentina 
Eduardo Muslip
Blatt & Ríos, 2017

 

Hay dos maneras de utilizar el pasado. La primera está relacionada con la nostalgia. Una mirada hacia atrás, por encima del hombro, para obtener un pantallazo impresionista. Se rescatan algunos detalles que sirven para orientar los recuerdos hacía donde se ha decidido de antemano deben ir y ubicarse. Hay, en este movimiento, una trampa. El arrastre hacia el hoy habla de ausencia. Lo que se evoca ya no está. Y aunque sea una escena desbordante de alegría la soga que la rescata es la tristeza. La comedia, en el arte o en la vida, sucede aquí y ahora. Un estallido, risas, carcajada, que se sienten y hacen responder a los músculos de manera involuntaria. La memoria por su parte siempre está vestida de luto. 

La segunda manera es una toma de conciencia. Un reconocimiento de que todo lo que nos pasó, las personas que conocimos, están acá, ahora mismo, en algún rincón de nuestro cuerpo. No importa que tan reales sean esas experiencias sino la forma que adquieren para constituirnos, trabajando desde adentro para fabricar ese ángel efímero al que denominamos presente. La primera frase que dice el protagonista y narrador de la última novela de Eduardo Muslip, haciendo referencia a su abuela, es “Aparece Florentina”. De la nada, dice. Aclarando que si dijera que solo la recuerda la expresión sería escasa, incluso falsa. Porque Florentina murió hace mucho pero ahí está, apareció.  

Esta aparición le sirve al narrador para retroceder en el tiempo y desde ahí, desde ese vínculo familiar silencioso acotado al living de una casa, reconstruir utilizando la inocencia como estrategia de objetividad. No hay interpretación de los hechos, no hay un recuento de sensaciones, impresiones o suposiciones. Está la mirada limpia que determina el estilo y expone la intención más honesta de la escritura: contar una historia. Con la paciencia y el talento de un artesano Eduardo Muslip construye la narración sin molestarse en tratar de encontrar el significado de lo que pasó sino que da por cierta la experiencia sensible de cada uno de sus personajes. A su vez es el lenguaje en sus distintas formas lo que une y define los vínculos entre ellos con la misma fuerza que la sangre. Son los silencios, las historias repetidas, las frases hechas y los insultos las verdaderas paredes del ámbito familiar donde Florentina y su nieto se mueven, yendo y viniendo, atravesando espacios y tiempos. 

Nada es producto del azar. Florentina, la novela, es una pieza de ingeniería sensible. Sólida, eficaz. El autor, como en sus libros anteriores, sabe muy bien cómo construir un relato que tiene toda la forma de un registro acertado del fluir del pensamiento. Pero por otra parte es evidente que estamos frente a un escritor experimentado que maneja con oficio las herramientas de la construcción ficcional. Hay palabras, detalles, algunos de apariencia menor, que luego, a medida que pasan las hojas, vuelven a aparecer para expandirse y crecer siempre en un sentido calculado y potente.  

Aquellos que hayan leído cuentos y novelas anteriores se encontrarán con elementos conocidos del universo de Muslip: los mapas, las enciclopedias, las películas del oeste, Brasil, el deseo más como turbación que como acto concreto y pulsional. Ninguno de ellos es centro o elemento disparador de la trama. Pero tampoco aparecen como tercas obsesiones inútiles sino que se suman con comodidad a la propuesta, se acoplan al relato como si hubieran nacido para completarlo. 

Quizá el futuro sea eso. Una repetición necesaria y madura de lo que estamos haciendo hoy, no por eso menos elegante, mucho más conmovedora.    

 

Entrevista a Eduardo Muslip


Por Horacio Mohando

En cada uno de tus relatos y novelas siempre está presente la cuestión de los viajes. 

Hay ciertas cosas a las que siempre se vuelve. Puede ser por una cuestión de comodidad pero también está la obsesión de que hay una vuelta más, de que algo falta. Es lógico que los propios intereses aparezcan cuando se escribe. En el caso específico de los viajes pienso bastante cómo surge el concepto de extranjero a medida que uno se mueve por el mundo. En la literatura además la cuestión de la distancia sobre las situaciones y los personajes parece ser una condición necesaria para la creación. Escribir puede considerarse una forma de extranjería, que a veces es literal. Este movimiento hace que la percepción que está automatizada se despierte para ir incorporando los nuevos entornos que se van presentando. 

El escritor como viajero que llega.

O que cuenta el propio viaje. Las mil y una noches es un libro donde se la pasan viajando a veces por motivos bastante prosaicos, como la venta de un objeto. En el caso del personaje de Florentina es un tipo de migración que podemos definir como muy argentina.  Esos inmensos, largos e incómodos viajes donde todo se transformaba en algo tremendamente definitivo. Hubo mucha gente que fue y vino como ella. Mis propios abuelos libaneses llegaron a Tucumán y pusieron un almacén. Mi papá creció allá para luego venirse a Buenos Aires a los veinte años. Más allá de donde uno considera que pertenece, el lugar de nuestra infancia nos marca. Cuando yo era chico el viaje a Tucumán era en tren. Se tardaba un día. Después de muchos años volví en avión. Tardé una hora y media. Tal vez por el corto tiempo del vuelo no pude decir que volví. En Avión hablo sobre esa sensación de largo recorrido, donde lo importante no fueran los acontecimientos sino el viaje en sí. El avión que va lleno y vuelve vació, atravesar la noche volando.

Esta cuestión de la extranjería que mencionás aparece concreta en Phoenix.

Cuando se viaja se trata de ser cooperativo con el entorno. Se acepta lo que el espacio y el lugar te ofrecen. Dentro de ese aceptar uno se descubre internalizando de manera solidaria lo que te dan. Yo también fui un estudiante de otro país.  Y tuve una incomodidad respecto a asumirme como extranjero en una situación tan protegida en el contexto de una universidad. Se siente un poco como una estafa ponerse en el lugar de desarraigo como si fuera una variante del viaje en barco. No podés considerar que estás en el mismo lugar que el inmigrante o el ilegal. Yo escribí Phoenix estando en Estado Unidos, después volví y lo terminé en Argentina. Pero mantuve esa sensación de que seguía allá porque si lo hubiera escrito desde el punto de vista del retorno hubiera sido muy diferente. 

En el relato final de Phoenix también hay desplazamiento pero de otro tipo. Se vuelve a la infancia del protagonista. 

Esa fue una decisión de los editores. Yo les había dado mis cuentos y les pareció bien editarlo así. En general yo acepto las cosas que me dicen así, desde afuera, porque uno tiene poca distancia con lo que escribe. A la mayoría de la gente que lo leyó le pareció particular ese final pero también enseguida le encontró coherencia.  En última instancia, no importa si es una decisión editorial o mía.

El pasado es otro elemento constante en tus libros, pero sin nostalgia. 

Hasta la palabra misma me molesta un poco. Y los equivalentes en otras lenguas también. En portugués, saudade,  parece más romántica, casi espiritual. Como si se pudiera hacer de ella algo trascendente. En la nostalgia hay siempre una asunción de que el pasado fue maravilloso. Pero desde una perspectiva historicista es algo que sucedió y punto. El pasado solo existe en función de esa reconstrucción de recuerdos, cuando es así evocado. Es más presente en el sentido de que actúa en la mente de una manera determinada. La verdad es que estoy escribiendo bastante del pasado muy explícitamente. Son escenas que uno atestiguó o vio, de las cuales quedaron registros. Puede estar la sensación de pérdida.  Ese puede ser el motor: si no escribo esto se pierde. De todo lo que se vive no queda nada. Por eso el registro, que siempre es parcial. En el caso de Florentina mi goce mayor estuvo en ciertos pequeños personajes de los cuales tenía muy poca información. El chico que se ahoga en el Riachuelo, por ejemplo. Hay una realidad ahí, hubo alguien al que le pasó eso, existió. Pero el disfrute está en la escritura, en ese presente. Y me pasa con toda esa galería de personajes. Pero no es real. Florentina ni siquiera representa a mi abuela, nunca es tan directo. Te basás en eventos más o menos familiares pero veo como una especie de obsesión con este tema. Hace poco releí Léxico Familiar de Natalia Ginzburg. Me había encantado en su momento. Y tiene una consigna que hace explícita que es cuando se recrea un espacio de familia todo es verdad. Ella mismo dijo que no pudo cambiar ni los nombres propios, que no quería nada falso. Yo creo que más allá de la propuesta ella sabe que los textos tienen una autonomía propia. 

Vos también hablás sobre la familia pero construida desde el lenguaje, desde las frases que se repiten una y otra vez.

Sobre lo que se escribe hay algo que uno podría pensar: esto se lo escuché decir a otro, es una versión filtrada por una suma de voces familiares. Como si hubiera un intermediario entre el narrador y lo que se cuenta.  Pero es el lenguaje el que construye los acontecimientos. Al mismo tiempo hay como un efecto de que los  hechos están en el relato.  Pero a mí mismo me pasa que me pregunto de dónde lo saqué, si estoy inventando o lo inventó un tercero. Pero tampoco es necesario ponerse a chequear fuentes. 

En una entrevista del 2010 dijiste que no considerabas que estuvieras haciendo una obra, ¿seguís pensando igual?

Yo escribo. Puede ser que uno tenga conciencia de lo que retoma o de lo que continua, si decide recrear situaciones anteriores. Yo como lector no leo la Obra de un autor, leo textos individuales. Puede ser que haya cuentos o novelas que funcionen bien entre sí en el análisis. La producción literaria es compleja. Más allá del programa que uno se haga el resultado es impredecible. Uno puede tener la convicción de la cosa lograda y después a la distancia ver que no es tan así. Para mí está bueno que alguien me diga: leí esto y eso me lleva a leer otra cosa. Me parece bueno que un libro te lleve a otro libro y a lo mejor ese otro libro te gusta más o menos que el anterior. Pero me resulta difícil pretender que todo funcione como un todo más o menos orgánico. Se habla de, por ejemplo, la Obra de un determinado autor, sobre todo de los escritores del canon donde parecería que lo primero prefigura lo último. A mí me gusta pensar más que hay gente que rescata. Descubre un cuento viejo y eso lo gusta mucho más que cualquier otra cosa que haya leído con anterioridad. 

Pero, igualmente, podrías tomar distancia y opinar sobre tu propia escritura, notar cambios de forma, estilo, temáticas...

Hace poco volví a leer algunos cuentos de Examen de Residencia y siento que la cadencia, la elección de las frases, el ritmo, las repeticiones va modificándose. Es más fácil cuando se trata de otro. Cuando leía a Jamaica Kincaid podía identificar un tono que era parecido al que yo quería llegar, además de disfrutar mucho la lectura. Por lo general se lee aquello que dialoga mejor con lo propio. A menos que uno lea cosas que a propósito van para otro lado. Pero igual uno siempre termina volviendo. Es cierto que yo leía las Mil y una noches cuando era chico y tenía muy presente esas referencias. Pero también es cierto que lo leí hace poco y por eso lo nombro y lo utilizo en Florentina. Tal vez si hubiera leído En Busca del Tiempo Perdido otra hubiera sido la influencia. 

En Plaza Irlanda tenías una inspiración concreta, la novela Las cosas de la vida, de Paul Guimard.

No es un autor muy popular. Ni siquiera sé si lo tengo presente un escritor, si alguna vez le vi la cara. Es como si te dijera que un político escribió una novela. De esa novela se hizo una película, que no la ví, que fue más popular que el libro. Pero en mí tuvo en efecto parecido al que te conté de Jamaica Kincaid.  El lenguaje fue el que me pegó, su manera de escribir. 

En el posfacio de la reedición de Plaza Irlanda escribiste que rescataste de esa nouvelle la voz precisa que privilegia la comunicabilidad de lo narrado. 

Ese tipo de lenguaje está cerca de cierta transparencia, de cierto tono realista que al mismo tiempo es el más artificial de todos. En la novela de Guimard es un tipo que está agonizando en un hospital y la narración fluye como si estuviera sentado en un escritorio reflexionando con claridad cartesiana. Es el artificio mayor de la tierra pero que sin embargo crea una ilusión de naturalidad. Me gusta esa contradicción, es eso lo que da la literatura. 

Tus libros son muy buenos en eso. Tienen una apariencia de devenir de la conciencia pero detrás hay un mecanismo aceitado.

La verdad que no me parece nada mal que produzca ese efecto. Pero también es cierto que en el relato de viajes que estoy escribiendo ahora me está costando encontrar una forma que llegue a ese punto que decís vos. Podría decir: este material está bien que sea fragmentario, desde el punto de vista de la trama. Hay una parte mía que siente que es una solución de compromiso. Pero bueno, uno siempre está negociando internamente. Yo no escribo desde una estructura narrativa muy rígida, como un formulario que hay que completar. Pero sí tengo un plan que se se va rehaciendo permanentemente a medida que avanza la escritura. La forma está al servicio de lo que uno quiere. El año pasado leí La Novela Luminosa, de Levrero. Hubo cosas que me interpelaron. Esta consigna de escribir sobre lo que está costando escribir la consigna. Esto de ir justificando el no hacerlo y que eso vaya generando la escritura, como un diario, fragmentado en su forma pero que va prolijamente tomando forma. La idea original de retomar algo que había quedado a medio hacer cada tanto me pasa. Pero también sé que hacer eso es una garantía de tortura. 

¿Cómo te llevás con la crítica literaria? 

Bien. La verdad es que estoy bastante contento con lo que leo en reseñas y críticas. Incluso me pasa cuando me hacen preguntas que me dan ganas de contestar con lo que leí sobre mí o sobre lo que hice. Y creo que hasta lo diría convencido.