CINE

Batallas de un pornógrafo

Por Horacio Mohando

Film inclasificable, Forced Entry es una pieza de culto que nació en los 70, época dorada del porno. Con el trasfondo bélico norteamericano y las libertades sexuales en expansión, la obra de Helmuth Richler es una rara avis del género que aún hoy produce incomodidad, estupor y morbo. Un saludable baño de sangre e incorrección política.   

 

 

Una derrota nunca se olvida. Es una herida abierta que no deja de sangrar y el dolor que provoca es tan cruel que solo disminuye o se desdibuja ante la aparición de un nuevo fracaso. La Guerra de Vietman que se desarrolló entre 1955 y 1975 fue el conflicto bélico más largo de Estados Unidos hasta la Guerra de Afganistán en el 2001. Muchos años antes de su conclusión el pueblo norteamericano mostró su descontento. El periodista español Fernando Múgica Goñi escribió que no hay guerra que aguante el directo. Considerado el primer conflicto televisado de la historia, los estadounidenses vieron en la cobertura de los medios, sin la usual censura militar, su peor reflejo: bombardeos y crueldad, violaciones y abusos contra los derechos humanos, misiones de “búsqueda y destrucción”. No les gustó lo que vieron. Más allá de la opinión pública, que comenzó a mostrarse de manera explícita en oposición a la guerra recién a partir de finales de la década del 60, el cine aparece en este contexto en un primer momento con su función sublimadora. Propagandística, anticomunista sin disimulo, The Green Berets (1968), entre cuyos directores figura John Wayne, apela a un desgastado y poco creíble patriotismo. Todavía faltan más de diez años para que Apocalipsis Now ilumine la oscuridad de las salas. En el medio, en 1974, se estrena Forced Entry. 

Escrita y dirigida por Helmuth Richler, la película comienza con la tapa del Hudson Dispatch, un diario del norte de New Jersey, del 22 de julio de 1974. El título que sobresale es Lot of the Vietnam Vet. Se hace foco en un párrafo donde se describe el síndrome post-Vietnam. Los veteranos, según dice el artículo, aún con la guerra terminada, como si aún estuvieran bajo fuego, siguen buscando enemigos. Corte. Una mujer vietnamita avanza en un bote sobre un río quieto. La imagen se congela y sobre ella aparece escrita una frase del doctor Robert Lifton que no agrega ni amplía sino que vuelve a repetir el mismo concepto. Se lee: “Este es el legado que los veteranos traen, una combinación de miedo, confusión, rabia y frustración que los conduce a la desesperada necesidad de un enemigo.” 

El Dr. Robert Jay Lifton fue psiquiatra de la Fuerza Aérea Norteamericana de 1951 a 1953. Atribuye a este período su posterior interés por la guerra y la política. Sus estudios sobre el comportamiento de las personas que habían cometido crímenes de guerra, de manera individual o en grupo, concluyeron que la naturaleza humana no es innatamente cruel y que solo un sociópata puede participar en atrocidades sin sufrir un daño emocional duradero. Entonces, los crímenes de guerra no requieren ningún grado inusual de maldad o enfermedad mental sino que suceden, de manera casi inevitable dadas ciertas condiciones, accidentales o deliberadas, a las que Lifton llamó atrocity-producing situations. En nuestro idioma, traducido de manera literal y no por eso menos exacta, "situaciones que producen atrocidades".

  

La acción comienza con dos policías examinando el cadáver de un hombre que se pegó un tiro en la sien. En un plano detalle vemos la masa encefálica expuesta y será ahí donde aparecerá sobreimpreso el título de la película. Ya sabemos cuál será el final de nuestra historia. El resto es el relato de cómo nuestro protagonista, del que nunca sabremos el nombre, llega hasta ese punto trágico. Empleado de la estación de servicio Joe’s Friendly Service lleva puesta una gorra con la bandera de Estados Unidos, un arma y un cuchillo ocultos en la cintura. Con una simple pero convincente estrategia consigue la dirección de una mujer que va a cargar nafta a la estación. Cuando ella se va él comienza a caminar por las calles de Nueva York hacía el departamento de su futura víctima. Pero para él no son las calles de la Gran Manzana. En lugar de los edificios, el cemento y los semáforos él ve mujeres y hombres con sombreros de paja, soldados, alambres de púa. Son las calles de Vietnam. Nuestro perverso playero es un veterano de guerra. Frente al espejo del lobby de un edificio su gorra se transforma en casco.  Antes de pasar a la acción, como si estuviera oculto por la maleza, el soldado espía a su presa. La mujer está con un hombre. Hablan, se besan, se desvisten, siguen hablando, cogen. La escena se desarrolla lenta y sorprende su logrado naturalismo que consigue que la coreografía clásica del sexo explícito (fellatio, cunnilingus, penetración en la posición del misionero) brille recubierta de una espontánea pureza.

Pero en Forced Entry no hay lugar para el goce. Nuestro protagonista no logrará disfrutar su posición de voyeur. Y por extensión tampoco el espectador. En su cabeza el ruido de la calle se transforma en la sirena que anuncia el bombardeo, una bandada de palomas tiene el mismo sonido que los helicópteros sobrevolando la jungla. El primerísimo primer plano de la penetración será interrumpido una y otra vez con explosiones, con niños huyendo de las ardientes nubes del napalm. Entonces sí, una vez que la mujer se queda sola, el veterano, inmerso en la locura irrumpirá para someter a la que su cabeza a convertido en enemigo. Sin embargo la manera en que actúa nuestro antihéroe deja al descubierto la verdadera naturaleza de Forced Entry: es una película porno. Si bien las imágenes bélicas seguirán superponiéndose a las de sexo ahora hay una desconexión. Ya no vemos a un veterano en las garras de su pasado sino al más común de los actores de la industria pornográfica. El rol clásico del macho que usa frases tales como cuánto te gusta la pija, chupala. Hasta que acaba y entonces sí vuelve a aparecer el hombre desintegrado que no puede volver a la realidad. Cortará el cuello de la mujer mientras en su cabeza suena el crepitar de las ametralladoras.      

Superada las restricciones del Código Hays y Dinamarca sentando precedentes al ser el primer país en legalizarla, la pornografía vivió su época dorada en la década del 70. Bajos costos de producción y grandes ganancias forjaron los cimientos de lo que sería una industria que hasta el día de hoy sigue vigente e imparable. Cuando se combina crecimiento y libertad es esperable cierto grado de confusión. En el caso específico del porno la búsqueda de su identidad, promovida además por su inesperada transformación a objeto de consumo cultural masivo, así como el tratar de establecer sus procedimientos formales, dieron como resultado películas que hasta el día de hoy presentan una originalidad y trasgresión narrativa que no ha sido superada ni por la misma industria que les dio vida. Garganta Profunda (1972) es una comedia delirante con una más que atendible banda sonora. Detrás de la Puerta Verde (1972) es un cuento lisérgico donde el sexo tiene toda la apariencia de una excusa. El Diablo en la Señorita Jones (1973) comienza con el suicidio de una virgen que terminará condenada en un cuarto con un hombre impotente que escucha el zumbido de insectos imaginarios. La señorita Jones es interpretada de manera magistral por Georgina Spelvin, a quien en los 80 veremos en la serie de películas conocidas como Locademia de Policía. Boys in the Sand (1971) inicia una larga tradición que se mantiene hasta la actualidad: el de ser parodias de películas que no son del género. Salvo esta última, el resto tienen en común a su protagonista, Harry Reems. De todas ellas de la única que renegará, escribiendo en su autobiografía que se arrepintió de haberla hecho, es de Forced Entry.

 

Forced Entry es molesta para todos. Resulta difícil de ver y se puede decir mucho sobre ella menos que es disfrutable. Es porno y es denuncia aunque sin definirse por ninguna. Su ubicación cronológica e ideológica está justo a mitad de camino entre el apoyo patriótico y la protesta por las consecuencias que terminan afectando el ámbito privado. Hay, en esta segunda etapa, un sutil lavado de manos. El protagonista es, desde el principio, tan víctima como las personas que secuestra, viola y mata. Las referencias al principio del film dan cuenta de ello. El Dr. Lifton fue un gran promotor de que el síndrome de estrés postraumático fuera incluido en el Manual de Diagnóstico y Estadística de Trastornos Mentales. Cuando un término de este tipo se universaliza también se diluye la responsabilidad y se lava un poco de culpa. Pero también se hace un poco de justicia ya que por ejemplo en el caso particular de Argentina seguimos sintiendo una incomodidad subterránea y un sabor amargo cuando repetimos que las Malvinas son argentinas.

Pero volviendo a los méritos particulares, alguien que no debe ser pasado por alto es el guionista y director de Forced Entry, Helmuth Richler, que en realidad es el seudónimo de Shaun Costello. Comenzó en los 60 como actor de lo que en la industria del porno se denomina “loop”, una filmación corta de un acto sexual. El mismo año del estreno de Forced Entry, su debut como director de un largometraje, exhibe Loops, un docudrama sobre un día en la vida de un pornógrafo. Lo que según sus propias palabras hacía era versiones para adultos de sus películas preferidas. Con la diferencia de que las rodaba en su solo día y con un presupuesto que nunca sobrepasaba los 5.000 dólares. Water Power, película de terror pornográfica basada libremente en la vida de un hombre que fue preso por hacerle enemas forzadas a sus víctimas, fue su versión de Taxi Driver. Y, según las propias palabras de Shaun Costello, la película más divertida jamás hecha. 

 
Fotograma de El diablo en la señorita Jones (1973) 


En el año 2002 se estrena un spin-off de Forced Entry. Nada hay en común entre la original y esta nueva película salvo un rechazo generalizado. Inspirada en la vida de un asesino serial californiano, recibió calificativos tales como horrible, desagradable, repugnante, aberrante, banal. Se realizó una operación encubierta para poder procesar y condenar legalmente a los productores por distribuir material obsceno a través del servicio postal de Estados Unidos. Su directora es Lizzy Borden que, ante la acusación de que sus películas degradaban a las mujeres, respondió que todo el mundo se degrada, que una secretaria de oficina sufre acosos sexuales y verbales, que es algo normal. “Las mujeres se degradan todos los días, al igual que los hombres”, concluyó. 

Ahí está la incomodidad del porno. Eso es lo que asusta en estos tiempos donde la corrección política es la única manera que estamos encontrando para lidiar con determinados problemas. No los cuerpos entregados al placer real o simulado sino el indomable dominio de las fantasías humanas, ese mundo ficcional donde todo es posible. Incluso el goce de la violencia.