CINE

Don Juan frente al espejo

Analizamos un clásico de la filmografía de Truffaut, El hombre que amaba a las mujeres(1977), en el que su protagonista, Bertrand Morane, encuentra en la ficción literaria una salida a sus romances efímeros. 

 

Por Jorge Mayer 

 

 

 


Lo mismo que sus camaradas de la Nouvelle Vague, François Truffaut era poseedor del don de hacer algo extraordinario con ingredientes y situaciones de lo más comunes. El conjunto de su obra puede considerarse como la construcción de una lírica de lo cotidiano. Pero lo que distingue a Truffaut de sus pares es que lo escribió con su propia sangre, sin ocultar nada. Con más o menos fortuna, ahí están la infancia truncada, la pasión de lector incansable, el deleite por las piernas de mujer, el temor a la muerte.

 

Ese temor a la muerte se ve plasmado en la primera escena de L’homme qui aimait les femmes. Asistimos a las exequias del protagonista. Desde su morada definitiva, Bertrand Morane contempla el desfile de las mujeres que amó (del modo singularísimo que tenía de amar). Son las piernas de mujer “el compás sobre el que gira el mundo, dándole su equilibrio y armonía”, dice en algún momento el protagonista y la cámara de Truffaut ratifica ese aserto.

 

La película narra las vivencias de un hombre que ha hecho del perseguir a las mujeres su sino existencial. Más que la lascivia o el machismo lo que lo mueve es una sana admiración. No importa el escollo que se interponga en el camino: sea legal, etario o geográfico. Morane va en pos de jugar el juego munido de su principal arma: la confianza inaudita en una cierta manera de pedir las cosas. Parece imposible que exista una mujer capaz de resistir ese modo de ser abordada. Sin embargo, Morane no siempre gana y ese margen de error, tomado con una delicada cuota de humor, es el que logra que la reiteración de episodios en ningún momento incurra en el tedio.

"Somos libres" se repite como un estribillo. Ese es el modo de escaparle no sólo a la idea de matrimonio sino hasta de una relación convencional de escala mínima. Bertrand no acepta que sus chicas se queden a dormir. Siente que pierde la pulseada, que el apartarse una pizca de su ética lo condenaría a una relación previsible, ordinaria. Prefiere que la mujer se le presente como una caja de sorpresas, lo que constriñe sus romances a la efervescencia de lo efímero. No quiere conocerlas ni que lo conozcan, no aspira a la conquista definitiva. Lo suyo va por otro lado. No es un don Juan en el sentido típico, no busca a la mujer como un ornamento para la exhibición pública. Tampoco detalla los pormenores de una martingala. Sólo juega pero lo hace con toda seriedad.

 

A mitad del film nos encontramos con que Morane, a propósito de un desengaño, emprende la escritura de un libro de memorias. Mira el presente y escarba en el pasado en procura de una misión en la que nadie puede ayudarlo: conocerse a sí mismo. Merced a esa indagación nos adentramos en la tristeza que desde muy pequeño se apoderó de ese rostro anguloso, poco agraciado, de mirada infantil. Su única familia fue una madre que apenas le prestó atención. En todo momento ella lo ha hecho sentir un estorbo, la desproporcionada condena por un error de juventud. Él, como un acto reflejo, encuentra consuelo en la lectura y en interponerse de modo discreto entre esa madre desalmada y los hombres.

 

Pese a estar en la madurez, Morane no tiene familia ni amigos. Fuera de las mujeres su única pasión parecen ser los libros. Trabaja en un laboratorio. En dos o tres escenas podemos verlo testeando juguetes -un avión, un barco- compenetrado en lo suyo, con la actitud circunspecta de un niño maduro que está ajustando cuentas con sus tempranas desdichas.

 

Sobre el final, cuando damos con la punta del hilo de la madeja, cabe preguntarse: ¿Por qué la persistencia en un afán que se agota en sí mismo? La película no lo deja claro pero puede arriesgarse una hipótesis.

 

Al menos en su recuerdo, el niño Bertrand careció de afecto. Su madre no lo quería, lo ignoraba, lo arrinconaba contra el silencio. De grande, Bertrand encuentra en la palabra una suerte de esgrima y en la destreza para emplearla, la llave maestra para conquistar mujeres. Hay un tránsito desde el silencio al ejercicio de la palabra que lo transforma en un ser poderoso, atractivo. Sin embargo, la composición del libro, la traducción de la vida en una pretensión artística, lo pone ante un escollo novedoso: ¿cómo terminarlo? Con las mujeres la salida era tan simple como eludir el compromiso, huir. Y aquí, una vez más, asoma la figura de Truffaut, a quien Woody Allen calificó alguna vez como “un obrero del cine”, un director que prefirió hacer muchas películas antes que obsesionarse con realizar la gran película. El modo más eficaz de terminar un libro (una película) es dejarse ganar por la idea del siguiente. Para un libro de memorias, en cambio, el único punto final apropiado es la muerte.