RESEÑA

Río Arriba

Reeditado por primera vez en cuarenta y cinco años, Hombre en la Orilla está compuesto de tres cuentos y una nouvelle. Conectados entre sí por varios elementos comunes, cada uno de ellos presenta la brillante solidez de un escritor notable.

 

Por Horacio Mohando
@ladraqueperro 


 

La Argentina, vasta en superficie, es un más largo que ancho muestrario de las variaciones posibles de una geografía. Una ventaja de implicancias también literarias. El paisaje, resultado de la conjunción aparentemente caótica de los elementos, no se resigna a ser solo la caja donde se desarrollan los hechos. Se mete, trasciende, se convierte en elemento disparador, en enemigo, en protagonista. El fondo devenido en figura. 

En el caso de los escritores la mención del lugar de nacimiento o, en su defecto, del lugar donde atravesó todos sus traumas y privaciones, donde soportó lluvias o temperaturas extremas, nunca es un dato menor. En algunos casos sugerida; en otras, explícita de manera salvaje. Prender fuego un llano, describir la llanura como nadie nunca lo hizo o, como Briante, pararse en una orilla y ver como el río se lleva calles, vegetación, posibilidades de redención, casas. El terreno, que con Rulfo es metáfora perfecta, en Saer, obsesión cíclica de variaciones mínimas, en Briante es el líquido que lubrica el devenir trágico  de las historias. 

Hombre en la Orilla, reeditado por primera vez en cuarenta y cinco años, está compuesto de tres cuentos y una nouvelle. Conectados entre sí por varios elementos comunes pero a su vez cada uno de ellos presenta la brillante solidez de las piezas notables, una madurez inexistente en cualquier otro primer libro, sin manchas, maldita y extraña. Y ni siquiera hace falta empezar a leerlo para notarlo, ya que tiene una dedicatoria insuperable:


“A mi padre, a quien como aquel personaje de Thomas Wolfe, le parecía que solo él debía morir, que debía destrozar su propio corazón y triturar sus huesos, quedar vencido, ebrio, magullado y sin conocimiento, hacer zozobrar su razón, perder su cordura, destruir su talento, y morir como un perro rabioso aullando a la inmensidad; a los gusanos de la tumba de mi padre, que un día avanzarán sobre el pueblo que transcurre en estas páginas, para borrarlo definitivamente”.

 

Tantos kilómetros cuadrados tienen su desventaja. Es fácil pasar por alto lo que debería ser ineludible. Sumado a que nuestra historia todavía se sigue desarrollando en forma de espiral concéntrica o como una araña deforme y aplastada cuyas patas están hechas de vías de tren, cuyo centro y corazón está plantado en Buenos Aires. Desde ahí la mirada al ombligo de las calles de cemento o a lo sumo al temido y poético olor a podrido del conurbano. Ahí parecen estar estancadas nuestras letras.  Habría, tal vez, que federalizar la mirada y, por qué no, mirar un poco hacia atrás, a donde está Briante luchando contra el agua oscura de los ríos. Es lo mejor que le puede pasar a la literatura argentina. O mejor dicho, a la literatura, a secas. Ya sabemos que la geografía también está hecha de accidentes.