RESEÑA

El Afilador

Juan Maisonnave libera a sus cuentos de cualquier tipo de barroquismo dejando en claro que el estilo no es excusa ni permiso para la cursilería o el exhibicionismo. Los adjetivos, escasos, duros y precisos, están siempre después de los sustantivos.

 

Por Horacio Mohando @ladraqueperro

 

Los Juegos Compartidos
Juan Maisonnave
2013, Santiago Arcos Editor

 

No se lee. Es lo que dicen. El oído siempre ha sido tierra fértil para las afirmaciones trágicas y la boca colabora envolviéndolas en delicados lugares comunes, sin pruebas ni datos que la confirmen. Lo cierto es que hay millones de palabras circulando. En internet, en celulares, a través de mensajes por Whatsapp, actualizaciones de Facebook y Twitter. También, en una cantidad notable, capaz de sorprender al más apocalíptico, en forma de libros. Se sabe, igual, que en esta vorágine la literatura parece ser la hija menos agraciada de la época. Una sola página supera ampliamente ciento cuarenta caracteres, multiplicando la posibilidad de ser abandonada ante la mínima sospecha de aburrimiento, de pérdida de tiempo. No hay imágenes, ni animaciones, ni un mísero lugar donde hacer click. Incluso su intento de pertenecer se materializó en un rectángulo gris al cual no solo le queda grande su traje de salvador, sino que además no cumple con ningún tipo de requerimiento estético. ¿O existe acaso algo menos agraciado que un Kindle?

Aun así, a pesar de las denuncias sobre su muerte y el ultraje continuo a las reglas elementales de gramática y ortografía, la palabra sigue siendo medio y destino, manera de entender y querer conquistar al mundo. La gente usa y desgasta las palabras, las oraciones y sus múltiples significados para llamar la atención, para que la sigan, para ser reconocida y multiplicada en favs, en Me Gusta. Se quiere conquistar, seducir, se busca sexo, adeptos a cualquier causa y también, con un alto nivel de cursilería, se busca enamorar. Incluso aquellos a los que la literatura les parece un chiste viejo buscan, desesperadamente, lectores.

Juan Maisonnave, autor de Los Juegos Compartidos, 2° Premio del Fondo Nacional de las Artes, entiende las cosas de otra manera. Libera a sus cuentos de cualquier tipo de barroquismo dejando en claro que el estilo no es excusa ni permiso para la afectación o el exhibicionismo. Los adjetivos, escasos, duros y precisos, están siempre después de los sustantivos. Literalidad bien entendida. 

En este uso de palabras tan desnudas no está la hoy tan común y estúpida costumbre de hacerse el revolucionario volviendo a lo clásico, sino la evidencia de la búsqueda del lenguaje que las historias le reclamaron. Sucesos extraordinarios por posibles. Espacios cotidianos, cuadrados como un departamento o una vuelta a la manzana en un pueblo, usados como campos de juego donde nadie gana. La soledad arisca de los que siempre pierden. El amor cruel, los horrores pequeños y constantes.    

En estos ámbitos, entonces, no hay lugar para metáforas ni ningún otro tipo de adorno. Solo hay lugar para las palabras pulidas, con su significado más directo. Y así, liberadas de las intenciones sucias del golpe de efecto, sin rebaba, adquieren ese borde agudo que les permite deslizarse para cortar, dejando marcas profundas en nuestra memoria y también, un poco, en nuestra carne.