NOVELA

Juguetería

de Haydée Mascaró 

En versión especial para Invisibles, presentamos fragmentos inéditos de una narración mayor de Haydée Mascaró. Poeta,dramaturga, actriz y guionista, su novela Tragando sables por Manhattan, finalista del Premio Planeta, integra el canon sigiloso de muchos lectores argentinos. 

Con una prosa de notable atención al lenguaje y sus vericuetos, Haydée Mascaró escribe a espaldas de aquella preceptiva retórica contemporánea que legisla frases directas transparentes para las buenas historias, y viceversa. Mascaró hace de una coruscante oblicuidad la magia de su arte narrativo. Puebla y despuebla hasta los más nimios escenarios del recuerdo, como un almacén o una tienda de juguetes, que evoca con un sistema descriptivo dúctil en las transiciones rápidas de resplandores y sombras. El relato que presentamos demora una tragedia anticipada pero no anunciada por su protagonista Alicia. Narrativa de pérdida y de muerte, dosificada en la alternancia de pasajes de deslumbrante imaginación visual y verbal. El fraseo cadencioso, de a ratos aun neobarroso, va urdiendo una trama intervenida por momentos musicales del pasado, sostenida por una poesía que busca dialogar con aquello que ya no puede ser nombrado.

Selección y Edición: Juan Maisonnave
Introducción: AGyB y JM
   

 

Explicación de la fiebre aftosa crónica: Apolo ha planteado a los
bueyes un problema que no pueden resolver. 

(Georg Cristoph Lichtenberg, l742-1799) 


Conservatorio Fracassi,
Lecciones de piano, teoría y solfeo, 
Fracassi, ja, qué pronóstico, abarata Ricardo.


Balas de pimienta contra los encurtidos, caracoleos de papel aluminio sobre las frutas, y escarcha, y bosques de Francia y Rhines con finura de cisnes, lluvias de plata en guirnaldas para ser tan felices, contempla Alicia. Apenas las seis dio algún reloj y una película de barro con brillo a celofán cubre la calle: una película asesina.

***

(…) aquel invierno cuando una peste rara arrojó a tantas toninas sobre la playa, la única vez que pudieron contemplarlas de cerca, lejos de sus delirantes martillazos contra un horizonte equilibrado. 

Colosales, hinchadas, pestilentes, turistas con fotos de parque de diversiones trepaban por ellas y hombres de guardapolvo blanco les hincaban inyecciones enormes sobre el lomo peludo. 

Alicia se desplaza con cautela. 

Alicia duda sobre el menú de la noche.

***

Granizos de sal y páprika, nevadas de pimentón si nunca nieva en Buenos Aires. 

Y aquella cara, aquella cara... 

***

Alicia suspira y aprieta su cartera contra el estómago. 

Rodajas de delicias orientales empujadas por sirenas y adioses que trepan desde el puerto cercano, óvalos de sarcófago aprisionan sardinas que navegaron orondas por mares remotos, tan orondas como los que se disponen a comprarlas sin conocer las costumbres de este pez que no emigra, dicen, sin imaginar que también las sardinas estuvieron vivas, que buscaron los abismos y el calor, porque hay animales que parecen haber nacido como muertitos... (…)

Alicia pregunta la hora al hombre alto.

Un aquelarre de embutidos de todo tipo organiza rectas y arabescos planeando una fuga por los techos, borrachos todos del Chianti que los acompaña, pero prisioneros todos de piolines y rótulos más complicados que joyas, aterrorizados por redes que encierran fetos de tiburones y rayas ciegas, pesadillas embalsamadas con las que los dueños del local tuvieron el mal coraje de decorar las alturas.

Alicia debe decidir el postre de la noche. Javier prefiere la crema de vainilla o chocolate; Ricardo el flan con gusto a flan. Para Ricardo las comidas derechas.

***

¿Qué es la síncopa? ¿y la armonía? ¿y la tónica?  

Ingresos al Manuel de Falla

¿Falla? Ja, flor de dúo con Fracassi,

Elija su instrumento, sigue abaratando Ricardo

a quien sin embargo la buena música tanto le interesa, 

dedos 4-5, dedos 4-5, concluido el calentamiento rutinario Javier posa a Chopin sobre el teclado y Andrés posa sus deditos sobre el brazo de Javier que obtiene aquel peso incomparable acaso por la regulación precisa de su taburete y

***

Alicia se mueve con parsimonia.

El olor del almacén la penetra, la marea, la emborracha. ¿Otra vez la baja presión? Durante los primeros meses del embarazo de Andrés a ella también le había sucedido.

(…)Alicia recorre ese local como cada verano. Cada verano Alicia vuelve a pasar por allí igual que por la ruta a Mar del Plata.

(…) Sin duda el trágico accidente había cambiado drásticamente sus vidas. Y Alicia sentía que especialmente la suya.

***

Hay jaleas de nombres apretujados, canecas de ginebra, licores lentos de indianos con loro y dictadores negros, Amaros con diplomas, Pinerales, chinatos y hesperidinas, Ferroquinas honoris causa de bigotudos en musculosa. 

Barbas divididas de película muda proclaman el condimento que facilita la digestión de todas las viandas, avalan el fernet que templa, y recomiendan las alcachofas que abren el apetito para un paseo matinal a bordo de una vertiginosa bicicleta de Dunlop. 

Todo en una calma tal, que imposibilita pensar en lo que pasó.

***

Desde varios días atrás a Alicia venía dándole vueltas la idea del camión. ¿Se atrevería? 

El próximo sábado era el cumpleaños de Andrés. ARTÍCULOS DE LIBRERÍA Y JUGUETERÍA anunciaron las letras en arco. VENTAS AL POR MAYOR Y MENOR se leía sobre el escaparate. Los ojos sorteando la propia imagen, esforzándose por no notarse 

***

El cuerpo entero se involucra acompañando: cuando las manos ejecutan en el registro central, el cuerpo tiende a inclinarse hacia atrás, y cuando las manos van hacia los extremos opuestos del teclado, es preciso volcar el cuerpo hacia adelante, siempre con naturalidad, con esa naturalidad por la que cualquier artista paga bien caro, claro que el piano de Andrés lo restringe porque el suyo no es un piano de concierto.

***

¿Por qué no te tratás? Hoy en día esos trastornos tienen cura. Una vez más intentó Alicia ignorar las uñas comidas, las burlas de Ricardo. 

Javier torciendo la cabeza hacia el mar, interesándose en un humo sobre el horizonte, examinando una piedrita, Javier sandalias en mano recogiendo una almeja, apostando consigo mismo a yates de desconocidos, ¿Javier recordando el horrible episodio? Al no tomar parte, Javier agravaba la tirantez entre Ricardo y ella

Sin embargo Alicia sabe ocultar. 

***

Alicia y su obstinación; Alicia y lo que le cuesta aprender, obedecer, desobedecer; Alicia y los ahorros para comprarles regalos a Andrés, a Javier, a Ricardo, y para conservar en buen estado la casona de Mar del Plata. 

Se sentía cansada. Menos mal que para el sábado no había que pensar en fiesta. 

Tampoco Ricardo era ya tan joven. Le llevaba cinco años y la indiferencia cuando Alicia lograba alguna sonrisa de Javier al burlarse de las dietas y masajes a los que Ricardo solía someterse. 

Pero estas complicidades no eran frecuentes. Javier casi siempre aparte, la cabeza en la partitura, la mirada en el techo, la conversación en otro lugar, Javier siempre  preocupado por sus brazos, dedos y espalda. Atento siempre a la relajación, Javier siempre ejercitándose.

Con Andrés todo era distinto. Andrés contaba para que las sonrisas de Ricardo y Javier se volvieran contra ella. Se burlaban, no había duda. ¿Pero cómo podían burlarse de sus regalos, cómo podían burlarse de los regalos que Alicia compraba para Andrés?

Alicia se dirigió hacia los juguetes más pequeños. Hasta el sábado hay tiempo, trató de tranquilizarse.

Por eso jamás dejó de sorprenderla la facilidad con que Andrés y Javier discutían, se insultaban, se arrancaban los juguetes para reconciliarse en presencia de Ricardo. Siempre especulando y recomponiendo fórmulas para quedar dos contra uno.

***

El pianista no tiene por qué vivir como ermitaño Ni ejecutar solo. Puede y hasta debe ejecutar con orquesta. Es bueno conectarse, establecer lazos de amistad con otros músicos, insiste Javier, y hay piezas para interpretar a varias manos, sabe muy bien Andrés

***

(…) ¿Muñecas espías? Otras, ahorcadas junto al techo. 

Alicia sabía que igual que a muchos varones, a Andrés le gustaban. Y a ella también le hubiese gustado regalarle una. Secretamente. Porque ninguno de los dos se hubiese atrevido a revelarlo, a revelarse. Sería otra de esas complicidades que tanto unen o que tanto separan. ¿Cómo pasar con una muñeca para Andrés, nada menos que para Andrés, en las narices de Javier y sobre todo en las de Ricardo? 

***

Alicia les pasó de largo a los ojos absurdos de unos cuantos patos pelados, a los últimos trompos de lata y a los cubos de letras. Los juegos de encastrar tampoco eran ya para la edad de Andrés. A la izquierda, el caballito de cuello alarmado, aliento largo y crines con rulitos de oveja. Una hilera de linternas y lupas. Para regalar con éxito hay que tener muy en cuenta el gusto del agasajado.

Al fondo el gigantismo optimista de algunos muñecos con guantes en vez de manos y los dientes cooperadores del intrépìdo superratón para salvatajes a toda costa y contra cualquier voluntad. 

¿Quiénes serían sus los fabricantes? ¿En qué ciudad vivirían? ¿Cómo serían sus voces sin muñeco? La voz de Alicia era opaca como la de Ricardo, la de Javier, colorida y vibrante. 

Tarea de velorios y sobremesas, la de buscar parecidos y controlar estaturas en la familia. Dicen que Walt Disney trabajaba en equipo. 

***

 (…) Gazapos de levita, ositos sin salvación. Unas cuantas bestiecitas sin nombre ni compositor que las componga, mezclas de conejo y burro, y perritos sin autor. Zona de los pollitos macrocéfalos y los bebés hidrópicos, bebitos a control remoto y sin embargo felices, bebitos pintarrajeados como para el prostíbulo. Un barrio donde asaltan los escalofríos de la felpa china, un hampa de pelambreras y cruzas indescifrables.

***

Frente a los camiones Alicia se preguntó si Ricardo hubiese elegido alguno. Las más variadas formas según oficio o propósito: bombero, hacienda, lechero y volcadores con y sin acoplado. 

Ricardo le avisó aquel día. 

Y siempre su indecisión. Una y otra vez la indecisión. Mezcladores, de mudanzas. Una ambulancia. Una ambulancia con sirena. 

Y ella, muerta. 

***

Ricardo le había enseñado a manejar durante un veraneo en Mar del Plata. 

La mirada de Alicia vagaba sin orden, cada vez más indecisa, igual que cuando conducía y las indicaciones de Ricardo sólo lograban aturdirla. Enterraba las ruedas en la arena, no conseguía colocar la alfombra de goma y terminaba por irritarlo como cualquier mujer a su marido. 

Manejando por primera vez en la ruta, la cinta de asfalto le pareció mucho más ancha, una cinta que sólo se angostaba al paso de los camiones, moles que avanzando de frente y por su izquierda empujaban con violencia masas de aire sobre el auto, amenazando tragárselo o arrojarlo lejos. Que se pegara bien a la derecha y no tuviera miedo, le recomendaba Ricardo. Alicia no debía olvidar que conducía un modelo liviano. 

***

Ricardo le había enseñado cómo cruzar las barreras durante la noche. Hay que utilizar luz baja para no encandilar ni encandilarse. Así podría discernir la eventual luz de una locomotora. Escuchar.

Camiones de ruedas inmensas, compactas. 

Aquella vez el tamaño de la rueda la aterró. Un camión con rollizos destinados al armado de una alguna casita campestre. La gente se compra aparte. Elegida en la sección muñequitos de plomo.

De pronto una cara junto a la suya que Alicia no reconoce, una mano desprendiéndole la cadenita de oro con una estrellita: "Que ella te guíe". ¿Qué hubiese sucedido aquel día de haber tenido Ricardo la edad suficiente para manejar?

Alguien apresurándose a quitarle la alianza que su madre jamás se quitaba. El olor dulzón a la gomina de una cabeza que no era la de Ricardo: el médico. Cuidado. No la muevan. No los muevan.

La mejilla de Ricardo apoyada sobre la ventanilla delantera. Y tan rubia, tan rubia la cabeza de su madre recostada sobre el volante. Alicia no advirtió que la sangre le empapaba el pecho, la frente, las palmas. Vidrios incrustados en la cara. 

***

Ranchos, ombligos al aire, criaturas descalzas y flaquitas mirando pasar los trenes, escupideras perforadas, latas de pintura herrumbradas y vegetación rala.

***

Ruta con banquinas sembradas de cruces y coronas de flores en memoria de accidentes que los viajeros jamás mencionaban. Hablaban de otra cosa. O comentaban lo de siempre: imprudencia y banquinas en mal estado. Lo llamaban el camino de la muerte. Años más tarde lo ensancharon. 

En aquel lugar la marcha era muy lenta. Son las siete menos cuarto. Allí era obligatorio aminorar. Ocurrió cerca de la barrera. Ricardo gritó. Y tanta, tanta sangre sobre el pecho de esa rubia tan bella sentada al volante. 

Cuando llovizna es peor que cuando llueve. Se forma una película resbalosa sobre el asfalto. Una película asesina. Una vez acallados los motores, las voces resuenan insignificantes en el abierto. Alicia jamás había subido antes a un carro. El hombre del carro se ofreció. Mejor no la muevan. No los muevan. Luego la policía. Datos, identificaciones, es decir caos y una simulación de orden. Alicia no podía hablar.

Trenes. Trenes exactos. Trenes recibiendo señales, seguridad vial a cargo de guardabarreras suizos que jamás charlarían con un vecino ni tomarían mate en la casilla escuchando a Rácing; tampoco se emborracharían porque Basilea no es Mendoza por idénticas que sean. 

***

¿El camioncito rojo o un robot? Ya no hay tiempo. Las tres y media. El camión rojo con acoplado avanzando por la  peligrosísima curva de Dolores (…) 

***

Las siete y cuarto. A Alicia le costaba resolver. ¿Qué le parecería a Andrés un camión? Hay que decidirse. O te detenés o cruzás, repetía Ricardo. Vos confundís, terminás mareandoló al otro. Con la banquina nunca se puede contar. Inundada y en pésimas condiciones. Hay que evitar el choque frontal. En el choque frontal las posibilidades de salvación son nulas. 

¿Muerta? La mujer está muerta. No hablen, no griten. 

No. Una ambulancia, no. No podía ni siquiera mirarla. La cabeza de Ricardo inerte. Javier con un desmayo. ¿Por qué la ambulancia no? ¿Por qué no luchar? ¿Pero contra qué o contra quién? 

Entonces se la llevaron, se la llevaron chorreando sangre aunque todavía viva y cubierta con una sábana blanca.

***

Alicia sentada en la placita devorando el chocolatín que había comprado esa tarde como para Andrés, un sabelotodo simpático y enclenque, un chico asustadizo, un chico intoxicado por la música y la envidia el pobre Andrés, siempre abrazado a aquel pianito petiso, siempre golpeando y toqueteando aquel burdo regalo de su madre para calmar los celos y el intolerable suplicio de una inteligencia sobrenatural y un oído absoluto. 

Aquel fulgurante camión rojo, el regalo para su hermano muerto, terminaría en manos del cuidador de la bóveda. O mejor dicho en manos del hijo del cuidador de la bóveda.

Es sabido que ciertos hechos suelen repetirse en la vida de las familias, hace girar su alianza Alicia. La del padre, como hermano mayor la había usado Ricardo. Ninguna había usado Javier. Tal vez por el piano…

Alicia volverá el próximo año a la juguetería y elegirá otro estupendo regalo para el niño, quizá sin sospechar que cualquiera puede ser atacado por la bizarra sensación de que no existe. Ataca de tarde.